163. Un olivo

Lázaro Rafael

 

Yo soy uno de esos olivos, descendiente de aquella estirpe austera que atravesó ese Atlántico para crecer en tierra extranjera, aquella que usted, maestro, declaró ser tierra suya sin haber nacido en ella.

Hoy me acarician alisios, me cobija el Timanfaya. Sí, yo hoy soy ese olivo que daba sosiego a su vida, aquel joven brinzal del Alentejo que acurrucado entre sus piernas navegó por el aire y arraigó entre volcanes.

¡Cuánto honor maestro! Cuánto honor maestro que mi sombra dé cobijo a sus restos. Que mi sombra y mi presencia sean vivo recuerdo de su memoria, de sus letras, de su amada Portugal, de la Azinhaga rural, de ese patrimonio sentimental, del abuelo que abrazó a sus árboles antes de partir de este mundo, de esa su niñez de olivos y esos recuerdos de aceite.

¡Yo soy uno de esos olivos! Un olivo, maestro, que dio sentido a su vida, sus nostalgias. Unas raíces firmes en su voluntario exilio, ese guardián de su casa, esa seña de identidad, ese lugar escogido para tejer nuevas historias, para dar descanso al alma, para soñar despierto, para divisar ese horizonte sentado desde su silla bajo mi sombra.

Yo soy ese olivo maestro, aquel que usted escogió, un olivo agradecido por compartir tanto honor, y esta ya tierra tan mía, como usted sintió tan suya.

Un olivo, Azinhaga, un olivo, Portugal, un olivo, A Casa y Tías, un olivo, Lanzarote, un olivo, José y Pilar…