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163.- El viejo olivar

Heisenberg

 

El viejo olivar había estado allí desde siempre. Desde hacía cientos de años, quizá miles.
Estaba formado por seis árboles viejos y retorcidos, de tronco muy grueso y escasa frondosidad, plantados en un terreno seco y pedregoso. A José le gustaba fantasear, pensando que aquellos olivos ya estaban allí mientras Cristóbal Colón descubría América o cuando el emperador Carlos V ampliaba las fronteras de España, hasta convertirla en un gran imperio..
Ocupaban un secarral de tierra rojiza con mucha pendiente, que hacía imposible el acceso del tractor, por lo que estaban muchos años (desde que murió la última mula) sin recibir ningún tipo de cuidado y con el único riego de la escasa agua que caía del cielo. Eso, junto a su avanzada edad, había hecho que la producción de oliva hubiese ido menguando, año tras año, hasta convertirse en prácticamente irrisoria.
Eran unos árboles feos y maltratados por el sol y los fuertes vientos pero, a pesar de eso, el zagal se había enamorado de ellos desde el primer momento en que los vio. Podía recordar nítidamente, aquella mañana de deslumbrante claridad, cuando acompañó a su abuelo a visitar, por primera vez, el apartado bancal.

– Míralos – dijo sonriente el abuelo mientras protegía sus ojos del sol, colocando la palma de su mano derecha a modo de visera -. Estos son más viejos que yo – añadió con guasa melancólica.

José se quedó, durante unos instantes, embobado, mirando aquellos troncos retorcidos y de color grisáceo, que llevaban cientos de años luchando contra los fuertes vientos de los inhóspitos parajes del Altiplano murciano.

– ¿Cuántos años tienen? – preguntó con curiosidad infantil.
– Un montón… Cientos – contestó el viejo -. Ya estaban aquí cuando mi abuelo y también, cuando el abuelo de mi abuelo.
– ¿Los olivos viven más que los hombres? ¿verdad?
– Ja,ja,ja… – rio a carcajadas -. Muchísimo más – añadió -. Viven para siempre.
– ¿Para siempre? – repitió el crio incrédulo.
– Si. Como lo oyes – dijo mirando a su nieto a los ojos -. Hasta que el hombre los arranca – añadió con tristeza reflejada en su voz.
– ¿El hombre los arranca?¿Por qué? – preguntó contrariado.
– Porque dejan de dar oliva y ya no se ganan perras. El ser humano es avaricioso y solo conserva lo que produce dinero – contestó con seguridad -. Tu padre quiere arrancarlos, pero le he dicho que espere a que yo me muera. Le he cogido cariño a estos árboles – después de decir aquello suspiró profundamente.

Ahora, varios años después, cuando el niño se había convertido en un espigado adolescente, los augurios de su abuelo estaban a punto de cumplirse. El anciano agricultor había muerto hacía apenas seis meses y el padre de José no era una persona paciente.

– Este año arrancaré los viejos olivos – dijo con naturalidad mientras la familia cenaba.
– Son los olivos del abuelo. Él no quería que los arrancaras – replicó José con desparpajo.
– El abuelo ha muerto – al tiempo que lo decía, el padre fulminó a su hijo con la mirada -. Esos olivos no producen nada y necesitamos leña para el invierno. El viejo estaba empeñado y cogió la aceituna mientras pudo, pero yo no puedo perder el tiempo para nada.
– Pero… – comenzó a replicar Jose.
– No hay peros que valgan – contestó enérgico el padre, al tiempo que daba una palmada sobre la mesa -. Si digo que los olivos se arrancan, los olivos se arrancan – dijo muy serio dando la conversación por zanjada.

José sabía que su padre no hablaba en broma. Era un hombre justo que se deslomaba, de sol a sol, para sacar adelante a su familia. No era fácil ser agricultor, en unos tiempos en que los intermediarios se llevaban la mayor parte de los beneficios y el cultivador solo recogía unas migajas que apenas le permitían subsistir. Eso lo había convertido, con el paso de los años, en una persona adusta y severa que parecía haber perdido los sentimientos. Sin duda alguna, aquellos viejos olivos tenían los días contados.

A partir de ese momento, José se conjuró para subir todos los días al bancal. Se lo debía a su abuelo pero, sobre todo, se lo debía a aquellos retorcidos olivos que, durante siglos, habían dado su fruto para alimentar a muchas generaciones de su familia.
Era primavera y el día comenzaba a alargarse así qué, cada tarde, después de hacer las tareas del instituto, el joven cogía su bicicleta y subía al viejo olivar.
Una vez allí, de forma indefectible, realizaba siempre la misma ceremonia: con lentitud, iba acercándose a cada uno de los árboles y, con movimientos lentos, pasaba la palma de su mano por los retorcidos y ásperos troncos a modo de caricia. Después, se sentaba a la sombra del más grande y, en voz alta, les agradecía los cientos de años que habían ayudado a comer a su familia. Aquello le provocaba una sensación de alivio que hacía algo más llevadera la espera hasta el fatídico día. No cabe duda de que él, al igual que su abuelo, había establecido un vínculo particular con aquellos árboles
Era cierto, pensaba cada día, que aquellos olivos estaban muy viejos y casi derrotados por la vida pero, justamente por eso, creía que merecían una oportunidad. Su grandiosa existencia, no merecía un final tan triste y vulgar como ser transformados en leña por una motosierra.

Una de las tardes, cuando el joven estaba tumbado a la sombra del gran olivo y observaba, con mirada perdida, el infinito azul del cielo, una voz inesperada lo devolvió a la realidad:

– Buenas tardes – dijo con timbre grave.

José, al oírlo, se puso en pie de un salto y, de forma refleja, se sacudió la tierra de sus pantalones vaqueros dándoles varias palmadas con las dos manos.
Frente a él, encontró la figura de un hombre de mediana edad y porte muy elegante, que lo miraba sonriente. Iba vestido con un traje negro recién planchado y una camisa blanca que tampoco mostraba una sola arruga. Calzaba unos botines marrones de media caña y cubría su cabeza con un bonito sombrero de Panamá, adornado con una cinta de tela de color negro. Su rostro, de piel muy morena, contrastaba con un ancho bigote poblado por pelo muy blanco. Tenía una gran nariz aguileña y cubría sus ojos con unas enormes gafas de sol metálicas de cristales verde oliva. El sombrero dejaba escapar algunos mechones de pelo, del mismo color que el del bigote. Medía, al menos dos metros y parecía muy fuerte.

– Buenas tardes – contestó José, en voz baja, sobrecogido por la imponente presencia de aquel forastero.
– Siento haberte asustado – dijo el elegante visitante -. Me llamo Demetrio. Acabo de llegar a la aldea. ¿Vives por aquí? – preguntó.
– Si, señor. Vivo en la calle Mayor – contestó educado.
– ¿Cómo te llamas?
– José – respondió el joven.
– Espléndidos olivos, José. Deben tener, al menos, quinientos años. ¿Son tuyos?
– Si – contestó José con orgullo -. Son de mi familia.

Entonces, Demetrio, entró con cuidado dentro del bancal y, con parsimonia, comenzó a examinar los árboles. Al llegar a cada uno de ellos, se detenía y colocaba la palma de su gran mano sobre el arrugado tronco. Después, elevaba la vista y miraba las copas de los olivos y tomaba entre sus dedos alguna de sus hojas con extremado cuidado, evitando que se desprendiera de la rama. Una vez que hubo finalizado el extraño ritual, se acercó a José y le dijo:

– Son buenos árboles. Me gustan.
– Gracias, señor – contestó el muchacho, agradecido -. Eran de mi abuelo – añadió con voz llena de orgullo.
– Soy carpintero. He comprado la vieja serrería de los Ortuño. Necesito buena madera para empezar a trabajar – explicó hablando despacio -. ¿Con quién tengo que hablar para comprar estos árboles? – preguntó.
– Lo siento, pero no están en venta – respondió con rapidez José.
– Son muy viejos. Ya no deben dar casi oliva – comentó con seguridad -. Si siguen sin cultivar por más tiempo, morirán y ya no valdrán nada.
– ¡Los olivos nunca mueren! – contestó el joven con enojo -. Me lo dijo mi abuelo.
– Ja,ja,ja… – rio a carcajadas el carpintero -. Ya veo que se trata de un asunto sentimental – esto último, lo dijo retornando a la seriedad -. De todas formas, estoy muy interesado. Hablaré con tu padre.

Después de decirlo, sin despedirse, se dio la vuelta y abandonó el bancal con paso lento, al tiempo que tarareaba, entre dientes, una pegadiza melodía.
Mientras lo veía alejarse camino abajo, José pensó en las palabras que, hacía años, le había dicho su abuelo. En efecto, todos los hombres eran iguales y solo pensaban en la utilidad material de las cosas. Cuando algo dejaba de ser rentable, perdía todo su valor. De nada valía lo anterior. Todo se borraba de un plumazo.
Su padre, a pesar de los deseos de su abuelo, quería talar aquellos olivos y convertirlos en leña porque habían dejado de ser productivos. Por contra, Demetrio, el carpintero, los quería porque decía que la única utilidad que les quedaba era ser transformados en vigas y listones de madera. Se mirara por donde se mirara, los árboles estaban condenados a muerte.
Conteniendo la rabia, miró al cielo y se prometió que él, no sería nunca como su padre ni como el carpintero. Creía en la naturaleza y valoraba todo lo que ella le había dado, de forma desinteresada, durante cientos de miles de años al ser humano. Posiblemente perdería aquella batalla, pero no estaba dispuesto a perder la guerra sin presentar antes una reñida batalla. Los viejos olivos y, sobre todo, la memoria de su abuelo lo merecían.

Un par de días después José vio que su padre, estaba de mejor humor que en otras ocasiones. Fue, de nuevo, durante la cena, cuando el rudo agricultor informó a su familia:

– Ya no voy a talar los viejos olivos – dijo con una amplia sonrisa en su rostro.

Su mujer sonrió y lo miró, ilusionada. Después, dirigió los ojos hacia su hijo con la esperanza de compartir su satisfacción. Comprendió que algo no iba bien, cuando vio que el joven había dirigido su mirada hacia el suelo, al tiempo que apretaba sus puños con fuerza.

– Se los he vendido a un carpintero que ha llegado nuevo a la aldea. Por lo visto se ha quedado con la vieja serrería – hablaba en voz muy alta, seguramente debido al estado de euforia -. Él mismo los talará y los trasladará a su carpintería.
– ¿Te pagará? – preguntó su mujer.
– Ja,ja,ja… Eso es lo mejor – dijo exultante de felicidad-. Me pagará mucho más de lo que valen. Ya me ha dado una señal – al decirlo, golpeó dos veces con la mano derecha el bolsillo de su camisa -. Debe estar loco.
– ¿Cuándo los matará? – preguntó José con ironía.
– No empecemos, hijo – dijo conciliador -. Ya hemos hablado del tema. Esos árboles ya no valen para nada. Ganaremos un buen dinero y… seguro que algo te llegará – intentó pacificar la situación.
– ¿Cuándo los talará? – insistió el muchacho.
– No lo sé, hijo. Pero parecía tener prisa – contestó -. Yo ya le he dado permiso. Lo mismo mañana ya no están en el bancal.

José no contestó y se levantó malhumorado de la mesa. Ya en su habitación, se arrojó sobre la cama y después de enterrar su rostro en la almohada, lloró como un niño durante un largo rato. Pensó que todo aquello había pasado demasiado rápido. No le había dado tiempo a aceptar que los olivos serían talados. Todo había sido un auténtico desastre.

La noche fue un largo duermevela en la que el insomnio, se intercalaba con cortos periodos de sueño plagados de pesadillas. En una de ellas los viejos olivos, enfurecidos, se desplomaban sobre él golpeándolo sin cesar hasta dejarlo sin sentido. Fue, sin duda, la noche más amarga de su corta vida.
A la mañana siguiente, la cara de José era un poema. Unas grandes y lívidas bolsas rodeaban sus ojos, enrojecidos por el llanto. Andaba arrastrando los pies como si careciera de fuerzas y apenas intercambió un par de monosílabos con su madre mientras desayunaban. Cuando partió hacia el instituto, la madre lo vio alejarse, apesadumbrada y triste, sabiendo que su hijo soportaba una gran pena.
Cuando llegó al final de la calle Mayor, giró hacia la travesía de la Amargura. Al leer el nombre de la calle escrito el la placa metálica, no pudo evitar que una mueca de sarcasmo se dibujará en su boca. Que nombre más idóneo para aquel maldito día.
Al fondo de la calle, pudo ver el gran cartelón recién instalado a las puertas de una vieja nave blanca que rezaba: Carpintería Demetrio. Al leerlo, no pudo evitar que el estómago le diera un vuelco y una arcada recorriera su tubo digestivo en sentido ascendente. Por unos instantes, pensó en dar un rodeo para evitar pasar por la puerta del negocio de ese malnacido, pero comprobó que sus pies se dirigían hacia allí como atraídos por un imán. No cabía duda que tendría que enfrentarse a sus demonios. Solo deseaba, que el destino le evitara tener que pasar el mal trago de ver sus olivos derribados y tirados en el suelo. No se merecía tener que ver esa imagen.
Conforme se acercaba a la vieja serrería, su corazón comenzó a palpitar con tal fuerza que parecía que quisiese escapar por su boca. Cerró los ojos como mecanismo de defensa, pero cuando se supo ante la gran puerta metálica que permitía vislumbrar el amplio patio que había a la puerta de la inmensa nave, detuvo su marcha y los abrió.
En ese mismo instante notó como una mano grande se posaba en su hombro izquierdo y oyó de nuevo, a sus espaldas, aquella voz grave.

– ¿Qué te parece? – preguntó.

José no pudo contestar. Estaba mudo y las lágrimas se derramaban descendiendo por sus mejillas. No sabía que hacer. Era una impresión demasiado grande.

– Me ha costado mucho trabajo y mucho dinero – aclaró -. La conversación que mantuvimos fue corta, pero me hizo pensar. No se merecían morir – añadió.

Los viejos olivos del abuelo, lucían en todo su esplendor plantados en aquel enorme patio. El sol incidía de lleno sobre ellos y mostraban el intenso verdor de sus pequeñas hojas. El joven muchacho pensó que todavía estaban llenos de vida. Recordó, con nostalgia, la primera vez que los vio cuando aún era un crio. Miró hacia el cielo y deseó que su abuelo también estuviese viendo aquella bonita estampa.
Aún con los ojos llenos de lágrimas, pero con una amplia sonrisa en su cara, se giró despacio y miró a Demetrio. Después, lo abrazó con fuerza y con un hilo de voz, dijo con sinceridad:

– Muchas gracias. Es usted un hombre bueno.

 

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