162. Tiempo

Anaya

 

Es imposible imaginar de qué forma es el tiempo. Se conoce que le gusta detenerse en las nubes suaves cuando saltan la sierra hacia el valle, en esos algodones sobre un perfecto lienzo azul. El tiempo, si no tiene prisa, juega con sus formas, después, en silencio, toca la tierra.

Hay lugares donde el tiempo siente las estaciones y mira como los inviernos de hielo recorren los caminos, después, espera a los veranos que serán de brasa. Cuando el tiempo se hace tierra, la historia nace entre en el ruido de los campos. El campesino descansa contemplando como el sol se oculta en el horizonte, su luz tranquila se cuela entre las ramas. Los campos son mares que llegan hasta la primera línea de casas de un pueblo. Sus paredes blancas y tejados rojos, mirando desde el cerro, no pierden la esperanza, porque allí sus gentes saben que el cielo y la tierra son tiempo. La tierra que no tiene raíces se pierde, se la lleva la lluvia que no tiene espera, o el viento la levanta cuando el sol aplasta las piedras. Pueblos que se agarran en la tierra y que entienden al viento cuando mueve las ramas. Los días construyen a los siglos de los campos que escalan hasta los riscos de la sierra. Troncos retorcidos por mil batallas y ramas con hojas de esperanza. En esos lugares hay un verde que se alza para contar su historia que es la de un árbol callado. Si el tiempo tiene forma será la de un olivo.