161. Yo, Oliva

Liliana Nogueira Pache

 

No sé por qué hoy me siento así, quizá porque cada vez que me peinan, me relajo y mis pensamientos vuelan a otros suelos, otras manos, otros cielos… Quizá sea el otoño que cambia la luz de este olivar, mar de tierra sin horizontes. También yo, como ellas, las mujeres que me atienden, que recogen de rodillas mis frutos, me siento cansada… Son muchos años los  que llevo en mí… Más de lo que ni ellas ni ellos, jornaleras, temporeros de manos arrugadas, como mi tronco, podrían imaginar…. Ni tampoco vivirán.

Al pensar en cómo vine hasta aquí parece como una de aquellas fábulas que nos contaban de retoños cuando aún vivía con mis hermanas en Bechealeh, nuestra aldea al norte de Líbano.  Yo llegué a Al –Ándalus con uno de los mercenarios, allá  por el año 900.  La madre de Ahmed El Hajj, el mercenario,  le había metido en el macuto una rama de oliva para que, según la tradición familiar, le conservara la vida….Y así fue, Ahmed, igual que yo, vivió.

Tantos linajes…Picual, arbequina, cornicabra, hojiblanca, manzanilla, gordal, farga, nevadillo blanco…Tantos símbolos para tantas memorias… De vida, de llanto, de muerte,  de paz… La Acrópolis, Luxor, Getsemaní… La Tierra Prometida…

Aunque me complace la  imagen del visir y poeta Ibn al-Hammâra, “Las aldeas de Andalucía aparecen en medio de la verdura de los vergeles como perlas engastadas en medio de esmeraldas”,  tal vez haga pensar a quienes no conocen nuestra morada, que el olivar es solo eso, un océano verde y ocre. Y no, qué va a ser…

Cierto que cuando en los cultivos no hay tractores ni tantos artilugios mecánicos, mas colores se arropan entre nuestras sombras.

A mí me acompañan los rojizos de las amapolas en abril, con las primeras calideces del año, y en septiembre cuando la canícula comienza a calmarse. También la manzanilla, con sus coquetas y diminutas margaritas, la rubia mostaza y los jaramagos, que parecen vestirlo todo de oro. Los ajo-puerros desperezándose en junio como copos de nieve y hasta de púrpura se acicalan a veces. O el azul intenso de las borrajas, estrellas de cinco puntas alegrando el verano… Y no solo porque coquetee con mi atuendo, que bien sé quitaron el hambre a muchas familias humildes y a sus animales…Y algún que otro echado al monte.

Cuando el olivar parece estar solo, yo los escucho. A los petirrojos primero, cuando todavía tienen que encender las luces en las alquerías, con sus cantos carismáticos y prolongados. También son los últimos en callarse, cuando ya el día se ha ido.  O las abubillas con su peculiar silbido y tan llamativas que pronto me hacen olvidar el olor que dejan en mi regazo. No he visto nada tan atractivo como sus crestas anaranjadas, abanicos de plumas parecen. Me gusta también el canto dulce y agradable de las golondrinas, ¡Qué pericia volando!… Pero nada tan gracioso como esa especie de maullido de los mochuelos… Búhos tan pequeños que he visto acurrucarse en la palma de la mano de algún gañán.

Y tantos otros que me visitan a lo largo del día, de las estaciones… Cómo se lamentan las de otros campos, donde el silencio lo interrumpen desbrozadoras, vareadores y todas esas máquinas atronadoras…

Tanta vida que bulle entre nuestros troncos ensortijados… Cierto que estoy en un olivar pequeño, que ha estado en la misma familia desde cuando solo tenían una pequeña choza  con cuatro trastos y lo rentaban al patrón… Mucho, mucho tiempo después de que los descendientes de Ahmed El Hajj fueran expulsados de sus tierras,  pasamos a manos de un priorato y luego después al heredero de un fraile exclaustrado, don Rafael, el patrón de la parcela.

Don Rafael, había sido un buen amo, viudo y ya sin hijos tampoco, cedió las tierras a Torcuato, Antonia y sus tres hijos.  La familia que tanto había trabajado para sacar el olivar adelante. Y sí que trabajaban,  sobre todo cuando iban a la aceituna… Desde que despuntaba el alba hasta que anochecía.

Y aun y a pesar de lo duro del trabajo, la mañanas frías, las espaldas doloridas, las rodillas entumecidas, había risas, coqueteos y algún que otro enamoramiento. Aunque antes,  cuando la recogida se hacía en familia o con los de otras parcelas, cuando aun no se habían ido tantas manos que ayudaban a la recogida, cuando no había cuadrillas profesionales, los veía más… Los escuchaba más…

“Si tu boquita fuera

aceitunas verdes,

toda la noche estaría

muele que muele,

muele que muele.”

Y el aroma… El aroma de la leña  cuando al terminar la recogida, cocinaban un guiso de arroz con lo que se terciase… De la hogaza de pan crujiente y dorada… Rebanadas untadas con aceite laguneando por entre las rendijas de su miga… Del tomillo, del romero, en las aceitunas machadas…

Otras esencias acuden a mi memoria… Matices de pasados diversos…

Hubo un tiempo en que me sentí… No sé si menospreciada es la palabra que busco…Tal vez era demasiado joven y no estaba segura de mi auténtico valor…

Utilizaban mis frutos mi néctar, zumo de oro, como combustible… Los quemaban  para calentarse, para alumbrar sus casas, las calles… Mezclaban mis aceites con sustancias violentas para quitar suciedad… No apreciaban mis cualidades, creía…

Poco a poco, escuchando a mis hermanas con más experiencia y cordura que yo y, sí todo hay que decirlo, menos egocéntricas, comencé a sentirme orgullosa, como ellas… Ahora sin pretensiones… Con generosidad…

Poder iluminar la oscuridad con las lucernas, orientar  navegantes… Liberar cuerpos del polvo de los caminos… Suavizar pieles cansadas, aliviar, sanar…Ungüento, alimento de dioses…

Cuantas memorias… Nostalgia de otros tiempos… Aun me parece ver a María Manuela, tan chica y ya recogiendo aceitunas en su caldero ayudando a su madre, Antonia… A los hermanos echando una mano a Torcuato, el padre, cuando no había escuela, cargando los sacos que iban hasta la almazara a lomos de los mulos.

Aurora, nieta de Antonia y Torcuato, se encarga ahora de la tierra, de mí. Y como yo, también recuerda, su infancia, su juventud… Su vida de casi cincuenta años…Sus estudios… La ciudad… El retorno…

Compartimos nuestra alegría cuando algún lince nos visita  y aunque la primera vez que una jineta se coló entre mi ramaje nos agitamos un poco, cada puesta de sol la esperamos… Nos divertimos con el  caminar del zorro, como de perfil, y no queremos imaginar la trifulca que se armaría si los perros se enteraran…

Es a la caída de la tarde, cuando Aurora se sienta conmigo y si estamos en verano es entonces cuando habla con Olivia, su hija, que está fuera en la universidad, sobre historias que se han ido pasando en la familia desde cuando don Rafael se las contaba a los hijos de Antonia y Torcuato.  Y yo me dejo ir con el susurro de sus palabras y las vuelvo a vivir, las historias… Entonces ya no siento el cansancio… El peso de los años…

Una de las que nunca me cansaré de escuchar es la de Batán, el bandolero… Que no era tal, sino uno de los escondidos del monte…

María Manuela no tendría más de quince años, cuando una fría tarde de diciembre, las siete serían, fue al gallinero por ver si había huevos y comprobar que la puerta del corral estaba trancada…  Se había corrido la voz de que una zorra acechaba por allí…

“No te asustes”, le dijo mientras le tapaba la boca con una mano sucia y huesuda, “Tengo hambre y solo quería eso, comer. No grites y te suelto.”  No hubiera podido, gritar, aunque hubiera querido, pues, aunque difícil de asustar, el miedo se le había metido en el cuerpo.

En la cocina, preparando la cena, encontró a su madre.  María Manuela abrió la alacena, sacó una bolla de pan, unas aceitunas de la tinaja de barro y un poco de aceite del cántaro, cortó unos pedazos de la bolla, los untó de aceite, los puso en un cuenco con un cazo de aceitunas y se fue.  Al poco regresó, guardó todo en la alacena y comenzó a poner la mesa.

Mientras cenaban, Antonia, mirando a Torcuato dijo: “Parece que el zorro anda de vuelta.”… “Parece” respondió él.

María Manuela se quedó con  el bocado a medio camino.  Su madre, su padre y sus dos hermanos siguieron comiendo el guiso de  borrajas que tanto les gustaba.

Y tantas, tantas otras que han mecido mis sueños… De santos y aparecidos…Tesoros, duendes y encantamientos… Si hasta sirenas hay ¡Y en plena sierra!… Amores imposibles de lágrimas eternas… Deshonores y venganzas… De moros, cristianos, moriscos, que no lo eran tanto, y de judíos… De  ronquidos salvadores de gandules empedernidos.

La tarde se acaba… Lentamente un manto azafranado va cubriéndolo todo… La brisa mece mis recuerdos y vuelvo a verle… A Miguel… El niño de Orihuela, pastor de ovejas soñado… Y allá, en otro atardecer dorado, sentados contra mi tronco, él y su compañera, compartirán sus sueños… Y… ¿Quién sabe?   Tal vez presienta su cantar a estos siglos de aceituna, a estas manos doloridas y altivas…