160. El viaje de Arbasal

Ricardo Reina Martel

 

A todo buen narrador le gusta comenzar su historia con un «Érase una vez», aunque esto, en la mayoría de los casos, no sea posible. Creo que ha llegado el momento de referir cierta historia que oí una vez. Os la relataré tal como llegó a mis oídos; de una manera extraña y cercana a lo misterioso. Tomad asiento en el interior de esta humilde morada, acomodaos que la noche se acerca, pronto hará frío y la lumbre se halla dispuesta.

Érase una vez… un lejano imperio donde vivían un rey viudo junto a sus tres hijas. Un rey que se encontraba presionado por el resto de la corte, debido a que había llegado la hora de decidirse por una nueva esposa e intentar conseguir descendencia a través de un hijo varón. Entonces, nuestro soberano, reunió a sus hijas y les informó de la situación; no sin antes ofrecerle la concesión de un deseo como prueba de fidelidad y amor.

La mayor de sus hijas se llamaba Ayla, era alta, bien proporcionada y dotada de un cabello espectacular de color azabache. Ayla le pidió emanciparse y asentarse en una ciudad en la que pudiese gobernar y donde poder establecer un nuevo reino, independiente al de su padre.

La segunda de sus hijas se llamaba Beatriz y era tan hermosa que su cuerpo se semejaba a las esculturas que ornamentaban el templo. No se intimidó ante la petición de su hermana y solicitó como ofrenda el peso de su cuerpo en valor de diamantes.

La tercera de las hijas se llamaba Tania y —por razones que no vamos a referir ahora— fue criada por damas que servían en la corte. Era una chica humilde y dada a la fantasía, aunque no por ello resultaba menos agraciada que sus hermanas. Solicitó a su padre un ungüento junto a la simiente del árbol que lo proporcionaba.

El padre, con paciencia, oyó las peticiones de las tres hijas y tras retirarse a meditarlas, regresó al día siguiente y formuló una pregunta a cada una de ellas.

—Dime, mi querida Ayla: ¿para que deseas emanciparte y poseer tu propio reino?, ¿no eres feliz aquí, junto a tus hermanas y tu padre? —Y Ayla, con soberbia le contestó:

—No es mi deseo dar explicaciones sobre el proceder de mis actos, pero al ser vos mi padre, me veo obligada a ello. Deseo poder disponer de toda una ciudad y su población para, de esta manera, poder satisfacer mis caprichos y afanes. —A lo que el padre asintió, sin ningún tipo de convencimiento.

—Ahora dime tú, dulce Beatriz, ¿para qué tanta necesitad de joyas y diamantes? Si durante tu vida has disfrutado de cuanto has necesitado; dime entonces, ¿a qué destinarías tanta fortuna?

—Dispondría de un poder inmenso. Compraría vestidos y esclavos que me adulasen en el día y durante la noche. —El padre volvió a asentir con la cabeza, también esta vez, sin ningún tipo de venia ni aprobación.

—Me quedas tú, mi pequeña Tania ¿Qué utilidad dices que darías a ese extraño ungüento al que te has referido?

—Vos ya conocéis de mi afición por la curación y la gastronomía. Se dice que dicho aceite proporciona calidad a las comidas y que su consumo, a largo plazo, proporciona beneficios en el cuerpo, dado que demora el envejecimiento. También se dice que atrae la risa, nos acerca a una vida más saludable, va bien para ciertas heridas en la piel e incluso se utiliza como ofrenda en las lamparillas de los templos. Si mi padre me proporcionase una simiente de dicho árbol, sin duda que ello contribuiría a desarrollar un enorme beneficio para nuestro pueblo. —Esta vez el rey calló, profundamente emocionado y convencido por las palabras de la pequeña Tania.

—Se hará como deseáis, a lo que añadiría que cada una de vosotras habréis de ser consecuente con el fruto de vuestras pretensiones, pues no todas defienden un mismo propósito.

El rey se dirigió a su mejor guerrero, el héroe Arbasal, y le ordenó llevar a cabo un largo viaje que pudiese satisfacer el deseo de su hija Tania.

—Lo único que sabemos de dicho árbol es que se encuentra en el país de las Hespérides, donde reinan los dioses y donde comienza el fin del mundo, por lo tanto, mi amado Arbasal, elige a tus mejores hombres, pero que no pasen de diez. No te demores, ya que en cuanto regreses habré de tomar esposa. El reino debe tener un descendiente. Que nuestra diosa Ishtar te proteja, cumple la misión y te prometo que dicha historia será tallada en tablillas de arcilla para que todos sepan de tus hazañas. Avísame en cuanto estéis dispuesto y daré órdenes para que la ciudad de Ebla, la rosa blanca, os despida como merecéis.

Y así, en una mañana del mes de abril, donde el sol lucía sobre un cielo tremendamente azul y tal como era deseo del rey; la ciudad salió para despedir a la expedición que puso rumbo al sur, cabalgando sobre corceles recién llegados de la alta Mesopotamia.

Alcanzaron la orilla del mar y descendieron hasta la tierra de Canaán, siendo bien recibidos. Sin apenas demora consiguieron alcanzar la tierra de los faraones, donde contemplaron las maravillas de una civilización tan desconocida como sorprendente.

Eran guerreros fuertes, acostumbrados a cabalgar, razón por la que soportaron sin queja las penurias del viaje. En Egipto reemplazaron sus caballos, pues los primeros ya habían cumplido su misión; y a partir de ese momento habrían de penetrar en tierras inexploradas, por lo que decidieron cruzar el Mediterráneo y desembarcar en tierra de Minos, donde moraba un gran rey, amigo de la ciudad de Ebla. Desde allí continuaron navegando hasta la isla de los sículos y ya no les quedó más opción que introducirse en el desierto; siendo atacados, una y otra vez, por las beligerantes tribus que encontraban a su paso.

De los diez que partieron de Ebla, tan solo cinco consiguieron llegar con vida al norte de África. Tras reponerse en una aldea de beduinos, tres de ellos decidieron abandonar la misión, tomando a tres hermosas pastoras por esposa; situación que les permitió pactar con los beduinos la posibilidad de alcanzar las costas de Hispania. Construyeron una embarcación de madera, y aferrados a ella sortearon islas y tiburones.

Sin dilatarnos más en la historia, resumiremos diciendo que Arbasal y su amigo Niceas, al fin consiguieron alcanzar la costa, aunque no lograron divisar el templo de Melkar y las columnas que señalaban el fin del mundo hasta pasados varios meses de estancia en Hispania. Derrotados y sin apenas fuerzas para mantenerse en pie, fueron rescatados por las entidades que protegían el Jardín de las Hespérides y estas, dada su clarividencia, advirtieron que no eran portadores de ningún mal, ni ambicionaban maldad alguna.

Sorprendidos por el luminoso paisaje se introdujeron en la tierra de la maravilla, donde grandes aves de colores enamoraban con su canto y un enorme dragón de cien cabezas dormitaba por encantamiento de las ninfas, Caminaron por entre pasajes sinuosos hasta toparse con un portentoso palacio que se introducía bajo tierra y cuyas almenas era decoradas por enredaderas y rosas multicolores. Allí fueron recibidos por Nix, la diosa de la noche, que les interrogó y disfrutó con los avatares sufridos por nuestros protagonistas durante el viaje. Les invitó a descansar en palacio y les dio a probar un néctar que deleitaba a los dioses.

Al día siguiente, la diosa Nix, les presento a sus tres hijas; las ninfas Egle, Aretusa y Hesperia. Se embriagaron del néctar de la vid, probaron los panes más tiernos y exquisitos que pudiesen imaginar; hasta que… Hesperia los invitó a impregnar el pan en un líquido de color verde, pero profundamente dorado. Se sorprendieron del aroma tan intenso que brotaba de semejante jugo, y comprobaron que jamás habían tomado nada semejante.

Tras la ostentosa comida, Arbasal, preguntó por la naturaleza de susodichos alimentos y la diosa le habló de una planta llamada trigo, de un arbusto llamado vid y de un pequeño y retorcido árbol llamado olivo. Y sobre una bandeja de plata, reluciente como la luna, Aretusa le ofreció el fruto de dicho árbol. Entonces Arbasal recordó la misión que le había llevado hasta allí y lloró cuando le vino a la memoria la ciudad blanca de Ebla y el fracaso de su misión. Las hijas de Nix, apiadándose del guerrero, le agasajaron brindándole valor.

—Mi amado rey nos mandó a por una simiente de este árbol y poder satisfacer el deseo de la grácil Tania, la pequeña princesa.

Entonces las ninfas les hicieron repetir la historia, una y otra vez, prometiéndole que les ayudarían en consumar la misión a cambio de pasar un ciclo lunar entre ellas.

Lo que sucedió durante ese tiempo, creedme si os digo que no es de nuestra incumbencia, dado que esta historia carecería de fin, pero, eso sí, nuestros hombres aprendieron a leer en las estrellas y se hicieron un poco más sabios, si cabe.

—Llegará el día en que este jardín no sea más que una mera leyenda y os tocará a vosotros, los hombres, devolverle su memoria cuando nosotras habitemos en el olvido. Llevadle pues a la pequeña princesa, una simiente de vid, otra de trigo y cinco plantas del árbol del olivo. Otorgadle nuestras bendiciones y decidle que cultive los frutos y así, generaciones venideras obtendrán la recompensa. Llevaos un cesto de estas manzanas doradas del huerto de la madre Hera ahora que el dragón dormita, y que sea vuestro rey quienes las reparta con conocimiento y buen proceder. A nosotras no nos queda más por intervenir en esta historia.

Prepararon una nave que habría de llevarle hasta las costas cercanas de su país. Sin embargo, Niceas se había enamorado de la ninfa Asla, la que mora en el estanque. Arbasal no pudo negarle el derecho a quedarse junto a ella, pues había sido el compañero más fiel; y de esta forma, partió, en solitario, de vuelta a casa.

La nave cruzó el mar y era tal su majestuosidad y presencia que nadie osó atacarle. Desembarcó en Ugarit, una ciudad portuaria del norte de Siria, y desde allí, nuestro hombre, cruzó a caballo hasta la ciudad de Ebla.

Habían pasado seis años, el rey había tomado esposa y todo el mundo había perdido la esperanza de su regreso y del éxito de la misión.

Sin embargo, las ninfas se encargaron de avisar de la llegada del guerrero a través de los sueños. Y el rey, nada más despertar, mandó abrir las puertas y engalanar las calles.

El tiempo había jugado en su contra y de sus tres hijas tan solo quedaba la pequeña en palacio, pues sus dos hermanas mayores habían tomado matrimonio con sendos príncipes de reinos adyacentes.

Arbasal se creció nada más ver las murallas de la ciudad, recordó su casa, su niñez e incluso le vinieron los días de gloria de sus primeros combates. Fue recibido como nadie recordaba y aclamado por esa necesidad de héroes que toda civilización necesita.

El rey le abrazó como quien halla al hijo perdido y entonces, Arbasal la vio a ella, la princesa convertida en mujer, y supo que ahora sí que había llegado a destino. Las hermanas, presurosas al enterarse del regreso del guerrero, reclamaron su parte y el padre que no deseaba disputa, entregó una manzana dorada a cada una de ellas. El resto fue para la joven Tania, por derecho propio, y esta, mandó construir acequias y traer los mejores jardineros de todo el oriente.

La boda entre Arbasal y Tania fue de lo más celebrado de la antigüedad, el rey le cedió los terrenos del sur que daban al cauce del Éufrates, donde germinó una prospero reino que cubrió de olivos sus orillas.

Así da fin a esta historia, puntualizando que, al pasar el tiempo y no tener descendiente el rey, la corte decidió que la princesa Tania heredara el reino, alcanzando el imperio un grado de prosperidad que no volvería a repetirse.

Y sucedió que, pasado dos mil años y tras la total devastación del país, la diosa Ishtar guio una nave cargada de aceite hasta el Nilo, donde se expandió definitivamente el reino del olivo.

Esta es la leyenda, pero como todas las leyendas no la deis por cierta, pues puede que no sea más que fruto de la ensoñación del hombre, pero… ¿quién sabe?