159. Las concubinas del Rey

Sasha

 

Cuando me crucé con mis concubinas en la almazara, se estaban quitando ese vestido verde que tanto las favorecía. Algunas de ellas me guiñaron un ojo a modo de despedida, mientras que yo les lancé un veloz beso al aire impregnado de ese aroma que, gracias a ellas, me hacía inconfundible. No tardé en sentirme incómodo por esa despedida tan fugaz, pero de un momento a otro podían mandarme tanto para Nueva York como a Tokio, o quién sabía dónde, aunque también cabía la posibilidad de que me quedase en casa, en Jaén. Justo antes de salir de la almazara, giré la cabeza para reiniciar mi despedida, pero ellas ya no estaban. A través del cristal oteé el horizonte, donde todavía había algunos olivos cuyas ramas sostenían con orgullo a otras de mis concubinas vestidas de verde, y sonreí agradecido porque todas ellas, sin pedirme nada a cambio, me habían convertido en lo que era, el rey de los aceites.