158. Donde viven los olvidos

Amador Aranda Gallardo

 

He vuelto a ver la ropa tendida en los balcones, volando con el empuje de un viento adverso al compás de un sol del amanecer, destellos blancos asustados que se iluminan y se ensombrecen, a destiempo, con ímpetu, según bailen los vientos que soplan desde el solitario campo de olivos. He visto a los niños jugar al balón prisionero en un parque de cemento y alquitrán, gritando emocionados como nosotros lo hacíamos, sin miedo al futuro, pendientes solamente de ganar en su juego y de reír, de reír sin límites, de vivir sin mesura, como animales salvajes que habitan el mundo sin ser conscientes de la vida o de la muerte. He visto a los viejos salir a la calle, –con arrugas como cicatrices del tiempo agotado– descansar en los bancos, sin más futuro que el de esperar al siguiente día, sin más sueños que los de despertar en la mañana, sin más temores que los que angustian a sus nietos y a sus hijos.

Y con ese viento adverso, con la luz del amanecer cegando mi conciencia, te he buscado en mi barrio, entre los pisos de protección oficial con los que el régimen quería separar a los pobres de los ricos, por los estrechos callejones que apenas dejan pasar el aire, –que ahogan la existencia con manos amigables– en las tiendas en las que se pide turno al llegar y se conversa como con un familiar; en el patio de un colegio vacío que ya no nos pertenece; entre los aceituneros que se suben temprano en las furgonetas y camiones, que se abrigan en el invierno enemigo, que se preparan para un día duro de aceituna con un sol que calentará sus cuerpos y que tiznará sus caras. También el frío y el viento inundarán sus rostros de arrugas por las que surcarán lágrimas de alegría y de duelo.

Y allí, caminando sin más rumbo que el de encontrarte, te he buscado entre los que quedan de cuando fuimos, entre los que sobreviven desde que escapé, entre el laberinto de recuerdos que te dan forma, que te crean a retazos de olvido y te alejan, como el papel que vuela sin rumbo prendado en el viento del recuerdo. Te he buscado en un barrio ajeno al mío, prohibido por miradas inquisitivas, las que nos decían que no podíamos estar juntos, las que nos obligaban a escondernos, a besarnos en tiempos fugaces, las que te forzaron a mentir cuando todo acabó, a pensar que lo nuestro no fue más que sueño, que no fue más que memoria inventada, que no fue más que pasado añorado que dificulta mi presente. Te he buscado en esta calle de ricos, donde se hacían colas para cobrar el jornal después de una semana trabajada en la aceituna, donde se mendigaba el pan por labrar la tierra y se pedía lo que es de uno con vergüenza, con la cabeza gacha, con el orgullo mermado por unas míseras pesetas. Las calles en las que te busco también huelen a barro y a sudor, a orujo de las fábricas, a aceituna machacada en el suelo y a hoyo de pan con aceite, a comida que se vuelve recuerdo tangible en la memoria, comida capaz de cimentar y de dar sentido a toda una existencia de olvidos, de desmemorias, de recuerdos inventados, de formas de sobrevivir con el dolor sepultado en lo más profundo del corazón vencido.

¿Dónde estás, sigues aquí, sigues existiendo en mi memoria o te has borrado como un monigote de tiza después de la tormenta?
He disfrutado al oler el café recién hecho y el pan tostado con mantequilla en la taberna de la esquina, el anís tempranero y el sol y sombra, y el humo del primer cigarro que se asienta con la leche caliente y se añora durante el largo día en el campo, entre olivos que dan la vida y la quitan. He olido los jazmines empapados de agua en una mañana de verano y he recordado nuestro primer beso, robado como nuestra engañosa memoria, bajo un sol oscuro que ahora me oculta tu cara, intentado verte entre la bruma del tiempo y del pasado. Nuestro portal sigue oliendo a serrín y a sudor, a sexo a escondidas, a caramelos de anís, a pan con aceite y azúcar, a tardes que anochecen entre besos, a comida caliente, a miseria, a sueños robados, a juventud indecisa, a juventud cobarde.

A ti y a mí, que nunca fuimos.

Te he buscado en las estrechas calles que subían hasta tu casa, en el cegador blanco de las fachadas encaladas, entre los adoquines del suelo firme y eterno, en las mansiones de habitaciones infinitas, en un espacio que no era nuestro, – que no era mío– y del que queda todo y del que ya no queda nada. No te he encontrado en nuestros rincones inventados: ya no están los corazones que dibujamos en los árboles, ni nuestros nombres grabados en las paredes, ni nuestros besos de vaho en los cristales del Casino Primitivo. Han muerto los viejos que nos decían que lo nuestro era imposible, (una rica con un pobre, un obrero con la hija del señorito) ya han dejado de cuchichear en los balcones, en las esquinas, detrás de la celosías, y el tiempo –amigo/enemigo– ha sepultado el pasado en un recuerdo sin testigos del que yo, solo yo, soy dueño.

Todo se ha borrado víctima del tiempo que no ha superado nuestro destino.

Caminando entre estaciones he vuelto a tocar con mi mano desnuda y arrugada el complicado frío de diciembre. He acariciado el pantalón de pana heredado de mi padre y he limpiado el barro que se pegaba en los días de recogida, llenos de trabajo sin recompensa y de sabañones en el orgullo. He tocado la tierra y el suelo, los olivos y sus surcos infinitivos, y me he pegado a ellos buscando un recuerdo que me ate al mundo. He escuchado de nuevo las risas de mi madre, tirada en la tierra «rebuscando» aceitunas en el suelo, con varias faldas y enaguas sobre sus piernas para ahuyentar al frío, canturreando y trabajando sin descanso mientras los hombre vareaban los olivos con fuerza, sin descanso, con un ritmo sonoro que nunca muere.

Y aunque quería escapar, y aunque quería escapar de ti, he recordado tus pies congelados bajo las mantas o al asilo del brasero de ascuas, cuando las caricias eran alimento y consuelo, cuando el sexo era un juego, un paraíso por descubrir y el futuro un día efímero, un lugar al que llegar cuando fuésemos mayores, lejano y tardío, como el amor que no cuaja pero que baila sin disolverse en la memoria.  He buscado el medio corazón que guardamos y del que dijimos que no nos separaríamos y solo he encontrado recuerdos desordenados y sin sentido, como tu caja de costura donde los hilos de colores se enamoran sin futuro y donde los restos sin sentido tenían que cortarse con la justa e implacable tijera de metal del tiempo: los años nos cortan y nos separan y nos unen, injustos, como ambos fuimos cuando se acabó el deseo.

Y sin querer, enterrado en mi presente, he escuchado el repique a muerto de las campanas desde la Iglesia de Santa Marta el día de tu funeral, y a las beatas criticar a los pobres después de rezar el rosario y tomar la comunión. He escuchado los susurros de los vecinos a través de las paredes de papel que nos separaron durante años. Escucho sin querer sus reproches y sus dichas, sus lamentos “Este año no ha llovido, este año no hay cosecha, la aceituna ha caído al suelo. Seguramente nos echemos ni tres días de jornal”; la televisión que se amolda al silencio como un eco inseparable y se mezcla con sus los sueños cuando duermen y con sus pesadillas cuando despiertan.
Y no me he rendido y he buscado tu voz entre la multitud, como cuando nos perdíamos en las fiestas de San Bartolomé, entre risas y miradas y besos que se encontraban en la vergüenza, entre las canciones de los cacharritos y los gritos fingidos en las atracciones. He buscado tu mano en el tren de la bruja, en los coches de choque, entre la música de la orquesta, en la churrería móvil del Llanete, en la discoteca en la que fuimos jóvenes; me he emborrachado de vida y de madrugadas, de pasados efímeros que me dicen que ya no seré feliz, que me dicen que esa época ya pasó, que mienten y yo los creo. Pero no he podido tocar lo que ansiaba, tu mano caliente y hogareña y he vuelto a casa borracho a buscarte, a buscar tu voz a través del teléfono de góndola rojo, donde te escuche sin pausa, donde nos dijimos te quiero, donde nos contamos el futuro con pensamientos inciertos. Pero solo había silencio, silencio, mucho silencio y el susurro de los vecinos que han seguido mendigando dignidad en sus pequeños cuartos y yo he seguido mendigando dignidad en mi pequeño cuarto. Y he vomitado como cuando te dije que no quería verte más. Y he llorado como el niño que aun no ha crecido del todo. Nada ha cambiado desde que ambos mirábamos al futuro como si fuese un destino imposible, incapaces siquiera de empezar un borroso camino que nunca nos atrevimos a hacer juntos.

He llorado al saborear la leche de cabra caliente, recién ordeñada en el patio helado. He comido pan inundado en aceite y he añorado el sabor de las gachas y de las migas con chorizo. He fumado recordando tus besos con sabor a tabaco y a pipas con sal, echando el humo como Bette Davis en una de tus películas favoritas. He vuelto a probar la morcilla frita en los fríos días de matanza, cuando los vecinos se reunían para matar un cerdo comprado entre todos. Y he buscado tu sabor en labios ajenos, el sabor seco y dulce de tu saliva, tan diferente a todas las bocas. He sentido el dolor de no volver a saber de ti, el dolor de aceptar de una vez por todas que has muerto. Como un recuerdo vago transitas en las memorias de los que quedaron. Y me he rendido en el dolor de una imagen que yo mismo he creado y que da sentido a tu ausencia, que se alimenta de tu figura como un animal hambriento que degüella a su víctima entre gritos y lamentos. He recordado nuestro final sin despedidas, entre futuros y presentes, con promesas que nunca cumplimos, con recuerdos que no sabemos gestionar, como muebles viejos que se van moviendo por casa y que ya no sirven para nada, pero que nadie se atreve a tirar. Nuestro amor era eso, ahora lo sé, un mueble viejo del que hay que deshacerse y que ocupa un espacio que ya no le corresponde.
Hoy he vuelto a nuestro pueblo y te he buscado como el niño que fui, como el niño que soy. Hoy he vuelto al lugar en el que nos amamos. Hoy he vuelto al pasado y era presente. Hoy he vuelto a donde fuimos, donde viven los olvidos, y tú, siempre tú, promesa vacía, no estabas allí.