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157.- Aquel olivo…

Celia Pérez León

 

Andalucía siempre le había olido a oliva. Y en aquel lugar recóndito, perdido en medio de la nada. En aquel pueblo pequeño, solo uno más entre el mar de poblaciones que formaban el aljarafe, aquel olivo parecía ser extrañamente único. ¿Qué podía tener aquel árbol entre todos los que se extendían ante sus ojos?

De pequeña le había encantado trepar a los árboles. No distinguía denominación de origen ni especie vegetal. Simplemente trepaba, como los monitos. Así la llamaba mamá. “Monito”. Eso cuando trepaba. Cuando bebía la llamaba de otras muchas maneras. De maneras que no quiere recordar. Monito es mejor. Reía y le decía: “¿A dónde va el monito?” Y, ¿a dónde había ido? No había vuelto a ver a aquel monito desde ese día. En aquel olivo.

Las cosas que pueden ver los monitos desde lo alto de los árboles son extrañas. A veces son preciosas. Como las vistas. Desde los olivos, esos árboles en general bajos, llenos de ramas que se extienden a lo ancho, permitiéndole con facilidad que se acomode y pueda escribir en su cuadernito, no ve muchas cosas. Al menos no tantas como en los naranjos, o como en el limonero que crece en el patio de su casa. Pero, por alguna razón, le encanta escaparse allí. Más que un monito, se recuerda a sí misma como aquel búho de Winnie The Poh. Por supuesto, no recuerda cómo se llamaba. ¿Tenía algún nombre o era tan solo Búho? Sea como sea, se recuerda a él. Siempre lleva su libreta, y anota todo lo que aprende en los árboles. Por ejemplo, al principio todas las olivas son verdes, pequeñas y amargas. Pero según maduran, cuando al fin se acerca septiembre, se vuelven oscuras y sabrosas. Eso lo anota. Eso, y que de vez en cuando, le parece ver a alguien que se acerca. Alguien que la mira, que la observa entre las sombras. Como mamá.

Las sombras nunca le han dado miedo. Está acostumbrada a ellas. Las ve desde que tiene uso de razón. No recuerda cuando fue la primera vez que las sintió arrastrándose bajo sus pies. Los escalofríos eran inevitables en aquellas ocasiones. Por eso le gustaban tanto los árboles. Ahora lo recuerda. No era porque fuera ningún monito, ni si quiera un búho almacenando conocimientos en su libreta oscura. No. Era por las sombras. Las sombras no podían alcanzarla cuando estaba en el árbol. Allí, en el reino de las ramas oscuras y las hojas verdes, entre las olivas maduras, era ella quien reinaba. Solo su sombra podía observarla desde abajo. Hasta que aquella sombra empezó a visitarla.

No era una sombra parlanchina. Era de esas que permanecen en silencio, solo observando. Como ella y su libreta. ¿Anotaría la sombra sus movimientos? ¿Sabría que la observaba? ¿Contaba las horas que pasaba en aquel olivar, sola, desprotegida? Era una niña inteligente, así que sabía todo lo que se oía en las redes. Trata de blanca, niñas que nunca volvían de su paseo al kiosco, el terror de la búsqueda de cuerpos que nunca aparecen… Ella lo había escuchado, aunque allí, en aquel pequeño pueblo, esas cosas no pasaban, ¿verdad? Eso le decía su madre cuando le preguntaba por las sombras. ¿Eran las sombras quienes se llevaban a las niñas descuidadas? Cuando mamá no bebía le acariciaba el pelo y le decía que no, que las sombras no existían y allí, en aquel pequeño pueblo donde todos se conocían, no pasaba nada. Solo había olivos. Y la vida giraba alrededor de ellos. Se plantaban, se cultivaban, se recogía su fruto, y vuelta a empezar. A veces ella quería ser como las olivas. Crecer allí, y luego desaparecer para no volver. Toda la tierra que con tanto entusiasmo cuidaban sus vecinos daba un fruto que apenas veía. Allá donde fueran a transformarse en aceite o encurtido, estaba muy lejos de allí. Ella quería ir a aquel lugar, a donde iban las olivas. Desaparecer. Nunca imaginó que su sueño se haría realidad.

Cuando mamá bebía, las sombras le daban menos miedo. Por eso se iba al olivar. Porque aunque por la noche las sombras eran mucho más grandes y amenazantes, en los olivos no podían alcanzarla. Mamá sí. Pero a mamá le daban demasiado miedo las sombras como para salir de casa de noche. Nunca había sido muy valiente. Por eso nunca le decía quién era su padre. Le había prohibido decir “papá”, y realmente no le molestaba. Le parecía una palabra calentita, como “chocolate” o “pastelito”. Una palabra que se le dice a alguien a quien quieres, y a aquel hombre no lo conocía si quiera, así que no podía quererlo. Cuando mamá bebía decía cosas. Hablaba de otras sombras, de otros nombres. De personas a las que no conocía. Y lloraba. Lloraba tanto que pudo aprender mucho de las lágrimas y los dolores a una corta edad. Todo lo anotaba en su libreta, por supuesto. Pero ya fuera, entre las ramas de aquel olivo.

Se preguntaba cuándo había elegido aquel como su árbol favorito. Al principio, ni si quiera era consciente de estar subiendo una y otra vez al mismo. No lo sabía. Hasta que su cuerpo fue capaz de subir sin que sus ojos miraran, un día en el que las sombras estaban demasiado cerca, casi a punto de atraparla. Cerró los ojos, no quería verlas, y de repente estaba arriba. Así se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo subiendo al mismo árbol. No le puso nombre. Los árboles no necesitan nombre, no contestan a él, y quizá ya tengan uno. Así que no le dio ninguno nuevo. Por si acaso. No le hacía falta llamarlo de ninguna manera para tenerle cariño. “Árbol” se convirtió en sí misma una palabra calentita. Una donde podía incluso dormir.

Tenía once años cuando la vieron por primera vez allí. La culpa fue suya, sabía que no era buena idea subir a su árbol en época de cosecha. Había jornaleros a cualquier hora del día. Algunos, gente del pueblo. Otros, no tan afortunados, venían de fuera. Y no eran afortunados no por no haber nacido en aquel pueblo vacío, si no por acudir cada año a aquel lugar cuyo nombre si quiera podían pronunciar. Al menos no lo hacían. Ella se acercaba a las casas en las que dormían, y los escuchaba hablar. Ninguna de las palabras que decían se parecía al nombre de aquel lugar. Una vez hizo una amiga. Una chica de ojos grandes, de sonrisa torcida y pelo desordenado. Nunca hablaron. Pero sí jugaron. Incluso treparon a los árboles juntas. Fue mucho antes de que encontrara su árbol. Años después, supo que se la llevaron las sombras. Fue otra de las niñas sin cuerpo y sin nombre, que ni si quiera sale en las noticias, pero que nunca vuelven a casa.

A partir de aquel día en el que la encontraron, lo de “monito” quedó atrás, y allá a donde fuera lo que escuchaba era: “La niña mona”. Suponía que su aspecto descuidado no debía ayudar a que los niños del pueblo la trataran con algo más de respeto, pero hacía tiempo que había asumido que con ellos no había nada que hacer. Al fin y al cabo, es imposible razonar con alguien que te odia desde antes de que seas capaz de presentarte. Así que, “la niña mona”, era tan válido como “eh, tú”, su anterior nominación en la escuela más cercana. De cualquier forma, los niños de clase eran la menor de sus preocupaciones en aquella época. Lo peor era mamá, que ya no era capaz de pasar ni un solo día sin beber, y las sombras, que cada vez se acercaban más. Tardó tiempo en entender que en realidad no eran “sombras” en plural, si no que era una sola sombra. Lo descubrió revisando su cuaderno. La describía cada vez que la veía. Siempre la pillaba en momentos indicados. Volviendo del colegio, al mediodía. Cuando salía a comprar algo para mamá, casi siempre vino de cartón y alguna cerveza. En el olivo, en su árbol. Eran los tres momentos en los que estaba absolutamente sola. Y en todos ellos, estaba la sombra. Era escalofriante, pero nunca se había girado a mirar quien la proyectaba. Estaba tan acostumbrada a vivir con ella que… En cierta parte, había asumido que en algún momento, la sombra la alcanzaría. Ocurrió cuando ella tenía quince años.

Papá era una palabra muy extraña para aquel entonces. Una palabra se compone de letras y sonidos. Para generar un sonido, el cuerpo requiere de músculos, y aunque muchas palabras contenían las mismas sílabas que aquel vocablo, era incapaz de decirlo con comodidad. Sus músculos no estaban entrenados para llamar a nadie “papá”. Sin duda alguna, su visita le tomó por sorpresa. Era su padre. Su… Pa…. pa… Era incapaz de llamarlo así, ni si quiera en su mente. Los gritos de mamá eran mucho más poderosos que el terror que le tenía a la sombra, que ahora sabía, era aquel hombre que le pedía que le llamara papá.

Se fue cuando ella tenía dos meses. “Sin un duro, con una mano delante y otra detrás”, le explicó. Lo de mamá con la bebida empezaba en aquel entonces, y él era demasiado joven. Había intentado llevársela con él. Lo hizo por la mañana, después de una de esas noches en las que mamá “era capaz de beber como un legionario en sus años mozos”, le explicó. Se subió a uno de los camiones en los que transportaban la oliva, a seguirla allí a donde fuera, a alejarse del pueblo, de las miradas, de los rumores, y de mamá. De las botellas volando por encima de su cabeza, de los gritos a las dos de la mañana. “Tú me entiendes, ¿verdad?”, le preguntó. Claro que lo entendía. Casi pasaba más horas en su árbol que en casa, porque cada vez había menos horas en las que mamá no bebiera. Lo peor era en la cosecha. Tenía que conformarse con el limonero, y no era lo mismo. Las ramas no eran tan cómodas, y no podía escribir, solo mirar. Su pa…. dre, le explicó que mamá los había encontrado. No sabe cómo, pero se lo imagina. “Aquí nos conocen todos, hasta los migrantes. Esos son los que más saben, porque no hablan. Y créeme hija, cuanto más habla un hombre menos conoce de lo que dice”, le explicó. Después vinieron los jueces. La demanda la organizó su abuela. “A ella seguramente no la conozcas, porque la muy hija de…. Del diablo, murió cuando tú no tenías ni seis meses. Pero fue ella quien lo organizó todo. Seguramente tu madre no se había dado ni cuenta de que no estabas. Pero ella sí. Ella era más astuta que los zorros.”, eso le contó su pa…. Padre. Mamá se presentó al juicio, y dijo todo lo que la abuela le había dicho que dijera. El resultado: Una orden de alejamiento, custodia completa para la madre y dos días en el calabozo. “Te traigo el papel, para que lo veas. Para que no pienses que te miento. Que yo siempre he sido de los que dicen la verdad, si no pregunta en el pueblo. Que de algo debe servir que nos conozcan todos”, le dijo, sacando aquel papel oscuro, manchado de tierra y arrugas. Él se fue, porque no servía de nada quedarse allí. No había metros suficientes para cumplir con la orden de alejamiento, y tenía que ser alguien para intentar si quiera luchar por ella. Pero no aguantó sin verla. “Eras mi niña, la luz de mi vida. No podía aguantar sin ti, sin tu mirada en mi vida. Así que empecé a seguirte. A observarte. Un día te vi salir de casa, un día de esos en los que tu madre… Estabas manchada de vino y de miedo, y no pude evitar maldecir mil veces a la muy… De tu abuela. Pero no me podía acercar. Este papel maldito me ataba. Aún me ata. Pero no tanto. No tanto como para…”, la sujetó de la mano, y entonces se quejó.

Fue el primer sonido que su pa… Pap… Padre. Escuchó de ella. Un quejido. Suave, pequeño, pero manchado. Ella era como las olivas. Verde todo el año, hasta la cosecha. Entonces mamá se ocupaba de que fuera morada, pero amarga.

La sombra dejó de asustarla, pero no de visitarla. Aquel hombre, su pa… Pap… Padre. No se atrevía a acercarse lo suficiente a ella, por si la veían. Al menos no de día. Así que se conformaba con seguir siendo su sombra. Al menos durante el día. De noche, era otra cosa. Volvió a aprender a subir a los árboles, “porque si tú eres un monito, hija mía, yo con tu edad, tenía que ser un orangután o algo de eso”, le decía siempre con una sonrisa. Volvió a aprender a sonreír, eso se lo veía en la cara. Si sus músculos no sabían decir “papá”, los de aquel hombre llevaban mucho sin practicar el sutil arte de la sonrisa. Por eso lo hacía con tanta torpeza. Casi con miedo. Le explicó que en la hoja —así la llamaba siempre, no la orden, si no la hoja— decía que no podía acercarse ni a ella ni a su madre. Así que, si alguien los veía juntos, se lo podían llevar para el cuartelillo en menos dos. Por eso tenía que ser así, una sombra. Desde aquel día, ir al árbol cada noche dejó de ser una necesidad, y se convirtió en un privilegio. Allí la esperaba él. Papá. Tenía diecisiete años cuando lo dijo por primera vez.

Desde un árbol pueden verse muchas cosas. No tantas desde un olivo. Desde un olivo solo se ven las sombras, y por eso supo que algo no andaba bien aquella noche. Pero lo supo demasiado tarde. Papá le había quitado el miedo a las sombras, y se había olvidado de contarlas. Nunca supo quién hizo la llamada. “Aquí en el pueblo nos conocen todos”, decía siempre papá. Su madre —porque ya no era mamá para aquel entonces— no dijo nada cuando ella volvió antes de tiempo, con la hoja en la mano. No dio explicaciones. No dijo nada. Ni si quiera bebió. Él desapareció, como las olivas tras la cosecha, y no volvió a verlo.

Andalucía siempre le huele a oliva. Y en aquel lugar recóndito, perdido en medio de la nada, en aquel pueblo pequeño, solo uno más entre el mar de poblaciones que formaban el aljarafe, aquel olivo parecía ser extrañamente único. ¿Qué podía tener aquel árbol entre todos los que se extendían ante sus ojos? Era el olivo de las sombras. El olivo de la memoria. Todo puede verse desde el lugar indicado, y aunque hace mucho de aquel día en el que, mochila al hombro, siguió los pasos de papá para subirse al camión donde transportaban las olivas y seguirlas en su huida, aún puede recordar su sombra.

Cuando papá aparece detrás de ella, siempre tras su sombra protectora, siente como los ojos se le llena de lágrimas. Lleva cinco años sin verlo, sin saber dónde ha estado. Pero si algo tiene claro, es que mientras aquel hombre estuviera vivo iría cada día a aquel árbol, a buscarla, como una sombra. Hacen tan solo cinco días que le dieron la noticia. Su madre ha muerto, y por primera vez esa estúpida hoja deja de tener significado alguno. Cuando lo abraza nota como ha crecido ella, y como ha encogido él. Sus músculos han entrenado mucho para aquel momento, los de él no han practicado tanto la sonrisa.

—Papá.

 

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