156. Romance de una aceituna

Mari Ángeles Molina Godoy

 

Contemplé por primera vez el cielo cuando me desprendí de los algodones que me cubrían y las alas blancas de mi flor volaron como pájaros, que durante un tiempo fueron enjaulados. Entonces mi pequeño y redondo cuerpo asomó a la vida y supe de los campos que debajo de mí se extendían, de las ramas que me sujetaban y el recio tronco que me dio la vida.

Fue una mañana del mes de mayo, cuando me vi reflejada en tus ojos verdes como en un espejo y, desde ese momento, me enamoré de ti.

Fueron tus manos curtidas, tu piel morena y tu pelo castaño. Fue tu paciencia mientras crecía, viendo como mi color se iba tiñendo de verde a morado, de morado a negro como la noche, con mi corazón madurando, en tanto tú venías a verme cada día.

Yo soñé con besar tus labios, con meterme en tu cuerpo despacio para quedarme siempre a tu lado.

Y al fin llegó ese día. Tú me abrazaste y mi carne púrpura se estremeció. Sudó tanto mi cuerpo en tus manos, que me convertí en aceite para rozar tu boca con frenesí. Entré en tu casa, regué tus platos y desplegué con sutileza todos mis encantos, con aromas y perfumes frutados difíciles de describir.

Nuestro amor será eterno, porque me metí en tus venas y, desde ese momento, tú no puedes vivir sin mí.

Campesino de pasos firmes, que al final de cada jornada el cansancio ralentiza para dejar a su aceituna dormir.