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155.- El Olivo Milagro de Culla

Pedro Luis Bellés Puig

 

Queridos amigos de MQC, si me lo permitís, me gustaría contaros un cuento inspirado en mi vida, “basado en hechos reales” según creo que os gusta llamar a vosotros a las historias que un día ocurrieron de verdad. Me llaman el Olivo Milagro, nací en Culla, un pueblo del Maestrazgo de Castellón y uno de los pueblos más bonitos de España. No me lo invento. Existe un papel que lo acredita. Tengo tantos años que ni siquiera me acuerdo del día en que me injertaron de la variedad “aragonesa” o “bocasina” sinónimos con los que se conoce, según pueblos, la rancia extirpe de mis majestuosos antepasados.

Soy hijo del sufrimiento y de la necesidad, también del amor que a veces acompaña a la esperanza de quien trabaja la tierra con sus manos para comer lo justo sin llegar a morirse de hambre. Al dolor también lo conozco de primera mano. Me lo presentaron una mañana ventosa y fría, regida por un tímido sol de invierno que coronaba un enero recién estrenado. El mismo día en que acuchillaron mi corazón de madera para convertirme en lo que he sido siempre. Aquel lejano día de dolor y de vida, apenas era un brote tierno de acebuche al que una mano tan cruel como sabia amputó a ras de tierra, sin miramientos ni anestesias, con la fina hoja de una navaja cabritera tan de moda por estas tierras en épocas carlistas como el trabuco y los sables que tantas almas levantaron hasta la gloria del cielo o enterraron en los abismos del infierno, según casos y según almas.

Las mismas manos ásperas, callosas y sarmentosas que habían llevado a cabo tan cruenta mutilación clavaron en lo más profundo de mi corazón una fina cuña apunto de desangrarse, procedente de otros lares. La soldó a mis entrañas con un cordel de esparto y la cubrió de tierra húmeda con el noble propósito de que se agarrara de nuevo a la vida. No tuve más remedio que olvidarme de lo que había sido hasta ese día de fríos, filos de navajas de muerte y transferirle mi savia para que no muriera de pena y yo con ella. Con tan salvaje y cruenta operación a corazón abierto cambiaron sin preguntarme mi primitiva esencia silvestre de acebuche para convertirme en olivo. Acebuche y olivo las dos personas que junto a la aceituna forman la santísima trinidad del aceite de oliva.

Permitidme que vuelva al principio, pues con los años, con sus incontables excesos sobre mis recias espaldas, a veces mis palabras pierden el hilo, cambian de tiempo, aunque eso sí, nunca de lugar, y se pierden en otras historias, pues tantas son las que ocurrieron a mi sombra y alrededores que me cuesta diferenciar unas de otras.

Como os decía al comienzo soy viejo. Viejo sí pero no viejísimo como mis parientes milenarios desperdigados por los valles del Bajo Maestrazgo, por esos pueblos de Traiguera, Canet, La Jana o San Mateo. Tan viejos que ni siquiera los campanarios de sus pueblos o los doveles de las casas más tradicionales que adornan calles que un lejano día fueron de tierra y piedra tienen punto de comparación con los olivos milenarios que cubren sus campos y sostienen sus tierras desde que los trajeran los romanos cuando se empeñaron en conquistar el mundo, quién sabe si de aquel Huerto de los Olivos en el crucificaron a Cristo.

No quiero ser desagradecido y, en esta oportunidad que me brindáis a través de esa savia mágica que recorre las entrañas de internet, dedicar un merecido recuerdo a todos aquellos labradores que desde mi más tierna infancia se preocuparon porque las malas hierbas que nunca miran por donde crecen y su objetivo no es otro que conquistar el mundo no pudieran conseguirlo, no les quedará más remedio que respetarme y resignadas, crecer en los baldíos o linderos pues ahí es, y no en otro lugar, donde debe crecer lo que no sirve más que para llenar estómagos de insaciables rumiantes.

Al principio las arrancaban de mi vera ayudados con pequeños y enjutos jumentos que apenas eran capaces de arrastrar el arado de madera importado de Roma. Más tarde, con ese fruto híbrido que los humanos, tan expertos en mezclar sangres y savias sin control ni miramientos, lograron obtener del sexo sin amor entre un pollino y una yegua. Efectivamente, me refiero a un mulo o una mula dependiendo del sexo, un macho según los llaman en el Maestrazgo con independencia del mismo. En otras ocasiones, fijaros si llegan a ser desconsideradas bestias las que caminan a dos patas, no tuvieron reparos en juntar un caballo con una burra para obtener otro tipo de mulo en este caso llamado burdégano, tan grandes a la hora de venir al mundo que para sacarlos de las entrañas de sus menudas madres tenían que estirarlos con una cuerda de esparto atada a sus patas delanteras, pues no había parto natural que valiera con semejantes mezcla de padres y madres obligados con engaños y a la fuerza a procrear vida, más que vida, intereses y conveniencias. No os toméis a broma lo que mis palabras cuentan, pues yo mismo vi con mis propios ojos tan antinatural parto, aquí mismo bajo la sombra de mis ramas, que por muy poco no terminó en tragedia.

Ruego me perdonéis una vez más por perderme o en el mejor de los casos andarme por las ramas, nuca tan bien dicho pues a mí es algo que por naturaleza se me da bien. Contaba que fueron estas heterogéneas mezclas de seres vivos creados sin otra finalidad que no fuera el duro conreo de la tierra los que continuaron arrastrando el arado de madera romano al que muy pronto se le acopló una pala de hierro para que cortara mejor la tierra y los surcos fueran más profundos y más anchos y más grandes, gracias a la mayor fuerza de los machos que ahora estiraban del forcate.

Muy pronto a tan inhumanos como necesitados patrones les pareció que un mulo en soledad se les quedaba pequeño para sus pretensiones de ahondar cuanto más mejor en la tierra y juntaron a un par de ellos con el objetivo de multiplicar fuerzas. Por supuesto para conseguirlo agrandaron la pala un poco más si cabe. Alguna vez llegué a ver a un par de vacas o bueyes, que no son otra cosa que dos toros castrados, unidos a una toza con costillas de cuero, con la finalidad de hacer surcos tan hondos que dejaran en la superficie la tierra arrancada de sus profundidades, recién estrenada, rebosante de alimento, pues jamás había visto la luz del sol ni tenido contacto con raíz alguna.

Qué tiempos aquellos de tranquilidad y sosiego en los que se araba sin hacer ruido, sin los humos ni los olores impuros y contaminantes que arruinarían el aire pocos años más tarde. Días en que el único sonido que mataba el silencio de estas tierras dormidas desde el origen de los tiempos era el crujido de las colleras, los tiros, los yugos y el susurro de la tierra al abrirse bajo las sandalias de cuero o las abarcas de cáñamo de los labradores que, llenando el aire de alegres jotas y fandangos, dirigían entre sus piernas con pericia la esteba.

Más tarde, y de esto no hace ni cien años, llegaron los motores de gasolina o gasoil, tanto me da una cosa como otra, que con fuerza desmedida arrastran arados de varios pares de rejas. Menos mal que en apenas un rato lo dejan todo trillado y se marchan corriendo a maltratar la tierra en otros lugares. No, las molestas máquinas de hierro, no son comparables a los burros, a los machos, a los bueyes ni a la paciencia y dedicación con que nos cuidaron sus antepasados de cuatro patas que a medio día hundían el hocico en el morral para reponer fuerzas.

No quiero dejar pasar esta oportunidad que me brinda la literatura sin nombrar a mis compañeros de parcela que durante años enriquecieron mi vida, haciéndola entretenida y amena. Al principio fuimos diez olivos en hilera los que llenamos el estrecho y ruin escalón levantado con paredes de piedra y tierra arañada con las uñas a la pedregosa montaña. El viejo macilento y desdentado que injertó los acebuches que siempre nos sostendrán en pie sabía lo que se traía entre manos. Entendía que un olivo necesita su espacio seis brazas como mínimo o su equivalente en pasos que nunca deberían ser menos de diez más que menos. Con el tiempo llenamos de vida y de fruto el bancal situado enfrente de la masía sin llegar a tocarnos, creciendo horizontales, casi a ras de suelo, como debe crecer un buen olivo, sin estirarnos hacia el cielo, sin que nuestros brazos que cada año iban creciendo un poco más llegaran a acariciarse nunca. Así lo hemos hecho siempre que el labrador es generoso. Cuando el espacio y la tierra son suficientes. Un olivar que se precie nunca podrá ser un bosque espeso cuyos desgraciados habitantes crezcan en desesperada competición buscando la luz del sol, la caricia del cierzo mezclada con la tramontana. De ninguna manera alguien tan importante, capaz de crear frutos rellenos de oro líquido, puede crecer de semejante manera. Con tantísima barbarie y rudeza.

Como os decía antes de volverme a perder y de que mi vista regresara una vez más a ese centro del universo que siempre ha resultado ser mi ombligo, no puedo olvidarme de mis compañeros de finca. De las vides que sembraron a mi lado allá por finales del XIX. Fue un labrador que siempre vestía camisa de cuello redondo, pantalón corto ceñido que en el Maestrazgo llamaban zaragüelles, chaleco abotonado con la espalda de raso y el frontal de lana negra, fajín rojo, prieto y enroscado a la cintura, medias de lana parda sin tintar y alpargatas de cáñamo. Su testa siempre cubierta, a veces por una boina negra, símbolo en aquella época de simpatías carlistas sobre todo a partir del día que las prohibiera el general Espartero. A ese respecto tengo que decir que nunca llegué a ver tantas por estos bancales cubriendo cabezas como en aquellos días. Cuando las autoridades se dejaban ver se cambiaban la boina por un pañuelo anudado a la cabeza a modo de farol aragonés o cubriéndola completamente a lo bandolero.

Fue ese hombre con tan curiosa vestimenta casi siempre rebozada de polvo y mugre quien trajo unas pequeñas y delicadas varas del sur de Francia a las que llamaba garnacha. Las plantó por todo el bancal sin respetar las distancias necesarias para una buena convivencia entre vecinos ni nada que se le pareciera. Las varas cogieron con desgana a nuestra sombra y crecieron raquíticas, llenando el silencio de quejas lastimeras. A veces les crecían tanto los brazos que los arrastraban por el suelo. En invierno los podaban y se quedaban cortos, levantados hacia el cielo como si de una mesnada de náufragos suplicando ayuda se tratara.

Nunca llegamos a hablar con las delicadas cepas de garnacha pues siempre estaban enfadadas, se quejaban porque les tapábamos los rayos de sol manteniéndolas en contra de sus deseos bajo nuestra espesa sombra. No querían darse cuenta de que antes de llegar ellas allí estábamos nosotros y que no son maneras para hacer amigos esas de empujar hacia los lados a quien está plantado en un lugar desde hace tantos años. Nunca me cayeron bien, ni siquiera tuvieron el detalle de aprender castellano. Un día, del que tampoco me alegro, para evitar que eso a lo que ahora llaman karma y antes “alegrarse del mal ajeno” decida contravenirse conmigo, vino a primera hora de la mañana una cuadrilla de hombres armados con picos y azadones. A eso del medio día no quedaba ninguna. Nadie se atreve a contradecir las subvenciones del estado. La verdad es que nunca las he echado de menos.

Fue a mediados del XX cuando el nuevo dueño de las tierras se presentó aquí delante con un puñado de almendros jóvenes con las raíces tiritando del frío y los plantó entre las nuestras. Por lo que oí decir en alguna conversación con su señora, la almendra hubo un tiempo en que se pagaba mucho más que el aceite. Esto fue, según dicen, antes de que la importaran masivamente de California. Recuerdo con desprecio a semejante hereje llegando a decir que. si no fuéramos tan grandes y con las entrañas tan duras nos cortaría a pedazos para vender la madera, pues sabido es que del olivo como del cerdo se aprovecha todo, sin tirar nada.

Los pequeños intrusos de hoja caduca crecieron deprisa entre nosotros y tengo que reconocer que muy pronto me acostumbré a su compañía. Hablaban poco, nunca se quejaban por nada y siempre nos respetaron. Para no importunarnos decidieron crecer hacia el cielo. Aquí, a nuestro lado, estuvieron una larga temporada hasta que empezaron a secarse, a morirse uno detrás de otro, por esa enfermedad importada no se sabe muy bien de dónde que se come sus raíces y se contagia a través de ellas con las rejas de los tractores, “Amillaria” creo que se llama la muy jodida. La verdad es que duraron poco y aún es hoy que los echo de menos. Nunca olvidaré su humildad ni su graciosa timidez, ni sus preciosas flores de azahar, tan bellas y tan hermosas.

Uno de los peores días de mi vida fue la mañana en que secuestraron, después de tantos años compartiendo sol, aire, agua y tierra, a mis viejos compañeros de mala vida, buenas cosechas y otras no tan buenas. Uno tras otro, fueron arrancados de la tierra a la que estaban unidos desde hacía siglos por la uña del gigantesco brazo de una máquina excavadora. Un verdadero monstruo metálico que poco tenía que ver con los últimos tractores que habían removido la tierra que siempre sostuvo nuestras raíces. Fue dramático, nunca he llorado tanto como aquel aciago día de despedida y muerte en que les cortaron con una ruidosa máquina de lustrosos dientes de sierra, ramas y raíces, y se los llevaron nunca he sabido dónde. Más tarde supe, por alguna conversación de cazadores que almorzaban a mi sombra, que los arrancaron de su amada tierra para llevárselos a países tan lejanos como Francia o Alemania y adornar, con sus viejos troncos estriados, construcciones modernistas que nada tienen que ver con las masías de la loma y el valle que siempre pudimos contemplar desde nuestra pedregosa atalaya. Fuera de estos paisajes tan bellos como dramáticos los imagino solos, tristes y perdidos igual que aquel desgraciado en que una noche de desesperación eligiera una de mis ramas para quitarse la vida con una cuerda de esparto. No pude hacer nada por evitarlo. Ya se sabe los árboles somos los seres más sufridos que habitan la tierra, ni siquiera con la amenaza del fuego somos capaces de movernos, preferimos desafiarlo sin mover un músculo de nuestro cuerpo, perdón, una madera de nuestro tronco, quería decir.

Siempre he desconocido el motivo por el que a mí me dejaron tranquilo en este lugar que tanto he amado, respetado y del que desde hace tantos años formo parte de su paisaje. Unos paisajes a los que algunos describen como de extrema desolación y en cambio a mí me han parecido siempre de incomparable belleza, supongo que en ello algo tendrá que ver el haber formado durante tanto tiempo parte del mismo. Por comentarios de los que un día buscaron mi sombra, intuyo que tal vez fuera porque mi diámetro era más pequeño, mi tronco más liso y uniforme que el de mis hermanos mayores. Por ese motivo no atraía tanto como ellos a tan despiadados marchantes y mercaderes que son capaces de venderlo y comprarlo todo por dinero sin vergüenza alguna.

Para rematar esta maravillosa historia escrita en un papel de celulosa fabricado con la savia de algún lejano pariente, el equivalente vuestro seria haberlo escrito con tinta de sangre sobre una fina y curtida piel inhumana, perdón, humana quería decir, os contaré el motivo por el que se me conoce como el Olivo Milagro.

Resulta que allá por finales de los cincuenta, concretamente el año 1956 si mi desgastada memoria no me engaña, hubo una cruenta helada que se llevó a muchos parientes cercanos y otros tantos desconocidos “al otro barrio” tal y como soléis decir vosotros. “A una estufa de leña” según decimos nosotros. Tras semejante apocalipsis, en el que las temperaturas llegaron a bajar durante muchos días por debajo de los menos quince grados centígrados, perdí la conciencia. Durante más de cincuenta años me dieron por muerto, la verdad es que vegeté, nunca una palabra tan apropiada para definir a quien vive sin vivir en él y mucho más si su cuerpo está compuesto mayormente por materia vegetal, sin enterarme de nada, sin sentir sobre mi piel muerta por el frío y el hielo esos agentes meteorológicos que tantas veces me acariciaron, durante tantos años. Algunos decían que estaba muerto pero la verdad es que en lo más profundo de mi ser la savia seguía latiendo por debajo de aquel injerto que mi primer propietario clavara en lo más profundo de mi corazón. Un buen día cansado de tan interminable duermevela un brote tierno tuvo a bien volver a asomar a la luz su yema terminal después de permanecer tanto tiempo dormida.

Y aquí estoy de nuevo vivo y resucitado contemplando y admirando los paisajes de ese Maestrazgo tan viejo, tan muerto por el abandono del hombre y justamente por ese motivo cada vez más vivo, como los viejos olivos que seguimos cubriéndolo con nuestros sufridos cuerpos, tan duros como el pedernal y nuestras suaves hojas, tan suaves y tan finas como una gota de lluvia en otoño.

Muchas gracias a todos. Ha sido un placer conocerlos. Hasta la próxima cosecha.

 

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