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154.- El aceite de los espíritus

Diego Eguibar Blázquez

 

Âgot se estaba mirando al espejo. Se quedó embobada contemplando su cara de color canela. En sus ojos azules, se denotaba una expresión de nerviosismo. Era normal, pues al día siguiente comenzaba su nueva etapa de Erasmus como estudiante del grado de biología en la Universidad de Jaén.

Nunca había salido de Noruega, su lugar de nacimiento, salvo para realizar un viaje a Sudán cuando era pequeña y así conocer a su familia por parte de padre.

Su madre, nativa de Oslo, conoció al padre de Âgot veintidós años atrás en una biblioteca de la ciudad. Decidieron casarse y al poco tiempo la tuvieron a ella.

Hacía ya dos años que ambos habían fallecido en un accidente de tráfico. Âgot vivía con su abuela sudanesa, Akifa, a la cual llamaba cariñosamente Yaye.

Akifa salió de Sudan para cuidarla y que no se sintiese tan sola después del fallecimiento de sus padres. Su adaptación a la cultura del país nórdico fue rápida. Sin embargo, seguía manteniendo sus creencias y tradiciones acerca de la magia y el chamanismo.

—¡Âgot, baja a desayunar! —exclamó Akifa.

—Ya bajo Yaye.

Âgot bajó rápidamente las escaleras y le dio un abrazo a su abuela al llegar al salón.

—Buenos días, mi niña ¿Has descansado?

—La verdad es que no he conseguido pegar ojo en toda la noche por los nervios del viaje.

—¿Tienes todo preparado?

—Sí, Yaye, aunque no he sido capaz de guardar todo en una única maleta. Me cuesta mucho seleccionar las cosas que llevarme.

—Eso es porque eres muy presumida y seguro que llevas las maletas cargadas de ropa —dijo Akifa esbozando una sonrisa.

Âgot sonrió. Es cierto que era una chica presumida. Además, era muy aplicada y su sed de conocimiento no tenía límites, por lo que seguramente también llevaría sus maletas abarrotadas de libros.

El día avanzó y Âgot ultimó los preparativos para el viaje.

Me gustaría que mamá pudiese compartir este momento conmigo y escuchar los chistes de papá para quitarme el nerviosismo de encima, pensó.

Bajó a cenar con su abuela. Cuando terminaron, Akifa se marchó a su habitación, pero Âgot se quedó medio tumbada en el sofá, no tenía sueño. Se puso a ver la televisión hasta que sus ojos se terminaron cerrando.

Eran las nueve de la mañana y el sol entraba por la ventana del salón. Âgot se despertó y estaba la televisión encendida.

Su avión salía a las tres de la tarde, por lo que aún tenía tiempo para estar un poco relajada.

Viajaría primero hasta Madrid y, una vez allí, cogería el tren hasta Jaén.

Âgot fue a despertar a su abuela para poder aprovechar sus últimas horas con ella.

Cuando entró a su habitación, vio a Akifa bebiendo de su peculiar tarro africano y realizando un ritual que solía efectuar para desear suerte a un ser querido en su nueva etapa.

—Ya estás otra vez con tus cosas, Yaye.

—Hola, cariño. Quiero agradecer a los espíritus esta gran oportunidad que te han proporcionado para ver mundo y garantizar que no te ocurra nada malo —dijo mirándola con una expresión afable.

—Gracias, Yaye, aunque sabes que yo no creo en esas cosas.

—No deja de ser tu herencia cultural, cariño. Aunque no creas en ellos, estoy convencida de que los espíritus te protegen.

Âgot besó a su abuela en la frente y subió a su habitación. Una vez allí, guardo las últimas cosas que le faltaban y bajó la maleta al salón.

La mañana avanzó rápido. Âgot y Akifa comieron pronto. Ya casi era la hora de que Âgot partiese.

Se montaron en el coche viejo de Akifa y ésta le acercó hasta el aeropuerto

—Te voy a echar mucho de menos, Yaye.

—Y yo a ti, mi dulce niña. Avísame en todo momento de que estás bien.

Una vez llegaron, Âgot abrazó fuertemente a Akifa con los ojos humedecidos por las lágrimas y salió del coche.

En el aeropuerto, realizó el check-in y se sentó a esperar su vuelo. Sacó un libro de Stephen King y se dispuso a leer para amenizar la espera.

El vuelo fue agradable, a pesar de tratarse de un viaje largo. Se sentó al lado de la ventana y puedo observar Madrid desde el aire conforme iba llegando a su destino.

Cuando salió del aeropuerto, todavía brillaba el sol en el cielo, a pesar de que los días iban decreciendo, característica propia del mes de septiembre.

Se subió a un taxi para ir hasta la estación de Chamartín y allí coger el tren con destino a Jaén.

El viaje en tren fue más largo y se le hizo pesado. Al llegar a la estación de Jaén, le estaba esperando un hombre con un letrero en el que estaba escrito su nombre.

—¡Hola! Fabrizzio, ¿verdad? —le preguntó Âgot en inglés.

—¡Si, bienvenida! ¿Qué tal el viaje? Imagino que estarás cansada, cuéntamelo mejor en el coche de camino a casa.

Fabrizzio era uno de los encargados de coordinar a los estudiantes extranjeros para la realización de su estancia en Jaén. Además, era quien gestionaba el piso en el cual iba a residir Âgot con otros compañeros. Se trataba de un hombre entrañable, fornido y de una vestimenta y modales exquisitos.

Llegaron al edificio en el cual estaba el piso donde viviría ese curso. Era un edificio viejo pero con mucho encanto. Se ubicaba en una zona tranquila, próxima a las tierras de cultivo de los olivares y a la vez bien comunicada para desplazarse hasta la universidad.

Âgot no puedo observar más detalles, pues era ya de noche y además estaba muy cansada.

—Tus compañeros están durmiendo —le dijo Fabrizzio—. Esta será tu habitación. Deja tus cosas tranquilamente y siéntete como en casa. Yo tengo que irme, pero tienes mi teléfono para lo que necesites

Fabrizzio salió y le guiñó un ojo antes de abandonar el piso.

Âgot estaba tan cansada que apenas reparó en la decoración de la habitación. Fue al baño a darse una ducha rápida y al regresar a la cama cayó rendida.

Había amanecido. Âgot se despertó y se estiró entre las sábanas. Su sueño había sido placentero y, su descanso, reparador.

Salió tímidamente de la habitación y se dirigió hacia el salón. Allí vio a otra chica y a dos chicos de su edad sentados en el sofá.

—Buenos días —dijo la chica levantándose para saludarla—. Espero que hayas descansado. Yo soy Alice y ellos son Edward y Leo.

Alice era una muchacha pálida, rubia y de ojos claros. Edward era un chico rechoncho de mofletes colorados y Leo era alto y moreno.

—¡Encantada! Mi nombre es Âgot.

Los chicos se levantaron también. Edward y Alice eran ingleses y Leo era francés.

—Mucho gusto —dijeron ambos al unísono.

Se dirigieron a la cocina y Âgot les siguió. Allí prepararon el desayuno y volvieron al salón para desayunar en la mesa.

—Espero que te guste el piso —le dijo Leo—. Los alrededores del edificio son espectaculares, luego te llevaremos a verlos.

Faltaban dos días todavía para el comienzo del curso, por lo que podrían aprovechar para enseñarle todo con calma.

—Estupendo —dijo Âgot mordisqueando una tostada con mermelada.

Cuando terminaron de desayunar se vistieron todos y salieron a la calle.

—Vamos a la zona de los olivares —dijo Alice—. Las vistas te servirán para quitarte los nervios previos al comienzo del curso.

Âgot asintió sonriendo.

Subieron la calle trasera al edificio y llegaron a los pies de una colina. Cuando la subieron, Âgot se quedó boquiabierta con lo que estaba viendo. Multitud de olivares se extendían en una hilera que llegaba prácticamente hasta donde alcanzaba la vista.

Comenzaron a caminar a través de ellos. El olor era muy agradable y caminar por el campo hacía que se le despejase la mente.

No muy lejos de los primeros olivos, se alzaba una especie de caseta de madera.

—Allí venden garrafas de aceite, extraída de estos mismos olivos —dijo Edward—. Teníamos pensando comprar una para probarla en casa.

—Genial, me han hablado muy bien del aceite de este lugar—dijo Âgot.

Se dirigieron a la caseta y Alice fue la primera en entrar, pues era la que mejor sabía hablar español. El resto la siguió hasta el interior. Dentro, había un hombrecillo de pelo gris y ataviado con ropa de trabajo agrícola.

—Buenos días, buen hombre —dijo Alice.

—Muy buenos días, majetes. ¿En qué os puedo ayudar?

—Queremos comprar una garrafa de aceite, por favor.

—Eso está hecho.

El hombrecillo se dirigió a un estante y cogió una garrafa.

—Esto es gloria bendita. Menudas ensaladas vais a preparar con este aceite. Está tan buena, que os recomiendo que probéis una cucharadita directamente de la garrafa en cuanto lleguéis a casa.

—De acuerdo, gracias por la recomendación —dijo Alice, sacando un billete de diez euros para pagar al hombre.

Salieron y contemplaron un poco más el paisaje. Al rato, se dirigieron de nuevo al piso.

—Gracias por la invitación, Alice —le dijo Âgot.

—Anda, boba. No me las des.

Llegaron a la casa y dejaron la garrafa en la encimera de la cocina. Leo cogió cuatro cucharitas y las repartió.

—Vamos a hacer caso al experto —dijo.

Fueron metiendo de uno en uno la cuchara en la garrafa. Âgot fue la última en hacerlo.

—Mmmm, riquísimo —dijo Edward.

Âgot se llevó la cuchara con aceite a la boca. El sabor era muy intenso y reconfortante, nunca había probado nada igual.

—¡Qué bueno está esto, chicos!

De repente no había nadie en la cocina.

—¿Chicos?

Âgot se dirigió al salón a ver si se habían ido allí, a pesar de haber desaparecido de manera espontánea.

Cuando entró, observó las figuras de dos personas allí plantadas.

No podía creer lo que estaba viendo, era imposible. Sus padres estaban ahí, delante de ella. Se quedó petrificada y a la vez horrorizada, pues ambos tenían heridas por la cara y las manos, cómo si acabasen de sufrir un accidente de tráfico.

—Hola, mi amor —dijo su madre acercándose a ella para abrazarla.

Âgot se quedó paralizada ante tal situación.

—En que mujer más guapa de has convertido —dijo su padre uniéndose al abrazo.

A Âgot le invadieron sentimientos encontrados. Por una parte, miedo por aquella aparición que se manifestaba ante sus ojos. Por otra, alegría y serenidad al ver a sus padres de nuevo.

—Mamá, papá —dijo mientras las lágrimas comenzaban a salir de sus ojos. ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué está ocurriendo?

—Tranquila, mi amor —le dijo su madre dándole un beso en la cabeza.

—Tú has hecho posible que estemos aquí —dijo su padre.

—¿Co-cómo?

—Tu herencia espiritual. El poder fluye en tu interior. Tan sólo necesitabas un estímulo para poder usarlo.

El aceite… Pensó

—Queríamos transmitirte que estamos muy orgullosos de ti. Eres muy luchadora y sabemos que llegarás lejos en todos tus propósitos —dijo su madre—. Ahora, debemos irnos.

—Siempre te querremos —le dijo su padre acariciándole el pelo.

—¡No, no os vayáis! —gritó Âgot llorando desconsoladamente—. ¡Quedaros conmigo, por favor!

De repente, la visión de sus padres desapareció. Âgot se quedó tirada en el suelo desconsolada y navegando en un mar de lágrimas y sensaciones.

—Âgot, despierta—dijo una voz.

Âgot abrió ligeramente los ojos. Estaba tumbada en el sofá del salón.

—¿Estás bien? —preguntó Alice.

—¿Qué ha pasado? ¿Y mis padres?

—¿Tus padres? Debe de haber sido un sueño, te quedaste con la mirada perdida en la cocina después de probar el aceite y luego te caíste al suelo.

—¿A vosotros no os ha pasado nada después de probarla?

—Lo único que nos ha pasado es que hemos descubierto que este aceite está riquísimo —dijo Edward riéndose—. Ya me he tomado tres cucharadas.

—Lo mejor será que intentes comer algo y que descanses —le dijo Leo.

Los dos días restantes al comienzo del nuevo curso se le hicieron eternos. No paraba de pensar en la visión que había tenido.

El comienzo de su segundo año en la carrera de biología había llegado. La Universidad de Jaén le pareció preciosa. Tenía un encanto diferente.

En el primer día les enseñaron las aulas, los laboratorios y demás instalaciones.

Al terminar el día de clase, Âgot se dirigió discretamente a los laboratorios y cogió un tubo. Se marchó a casa y vertió un poco del contenido de la garrafa de aceite en él.

Al día siguiente, en una práctica que realizaron en el laboratorio, sacó discretamente el tubo y dispuso una gota de aceite en un portaobjetos para verlo al microscopio. No observó nada raro, era una simple gota de aceite.

Al término de la práctica, se acercó a su profesor y le pidió el favor de realizar un análisis bioquímico de dicho aceite. Su profesor contactó con ella esa misma tarde y le indicó que los resultados eran normales.

Es aceite normal, no hay nada raro en ello, pensó Âgot.

Yaye tenía razón. Mi herencia espiritual me acompañará siempre. Desde hoy, este será mi catalizador, mi elixir, mi conexión con mamá y papá.

Será, el aceite de los espíritus.

 

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