152. Tribología

Maruja Villa Toro

 

El comportamiento del chico me tenía intrigado. Había llegado a pensar que, quizá, mi decisión de apostar por él había sido condicionada porque fuese mi paisano. Sin embargo, siempre que mi mente me llevaba por esos derroteros, aparecía ante mí su imagen pedaleando a velocidad de cohete a través de los olivares de nuestra tierra. No podía haber sido un error. El cambio de país, el régimen del centro de alto rendimiento, la lejanía de los seres queridos… A algunos les cuesta mucho adaptarse. Le notaba más delgado y, por lo que me dijeron sus compañeros no debía comer mucho, como si no le gustase lo que le preparaban.

Aquel día, desayunando antes de la carrera se me iluminó la bombilla. Le vi comer desganado un par de tostadas sin untar y me extrañó, pues, mientras tanto, sus compañeros devoraban la mantequilla y mermelada que había sobre la mesa.

Echando la vista atrás, puedo afirmar que pocos viajes me aprovecharon tanto como el siguiente que hice al pueblo. Fui a casa de sus padres y les pedí que me diesen alguna botella de aceite de oliva virgen extra de la cooperativa para llevársela al chico. Así descubrimos la clave de los muchos éxitos que vendrían después.

En efecto, no me había dejado llevar por los sentimientos. Sacó buen partido a sus botellas de aceite, que pronto se convirtieron en garrafas, pues varios compañeros de equipo decidieron comenzar a emularle. Ahora, nos hace campeones toda vez que tiene ocasión. Ha puesto las bondades del oro líquido, su arma secreta, en boca de todo el mundo del deporte, hace bandera del olivar jienense siempre que puede y, aunque es muy tímido, me contesta con sorna cuando le saco el tema:

-Director, estas piernas son delicadas, no se lubrican con cualquier grasa.