151. Si fueras árbol

Dolores Mª Pérez González

El campo es horas mirando al cielo, sequía, inundación, granizo. Pobreza y trabajo.

Clara Obligado, Todo lo que crece

 

Miras el reloj, apenas son las cuatro de la madrugada y ya no aguantas más en la cama. Te rebulles intentando no despertar a tu mujer y sales descalzo, con la ropa en la mano. Preparas un café y fumas el primer cigarrillo, hoy tendrás que estar de vuelta antes de las diez para ducharte e ir a la cita en el hospital. Consultas la página del tiempo, calor, y ojeas las noticias en el móvil antes de salir del coche que dejas bajo la chaparra de la linde. Un perro ladra y otros le responden a lo lejos. Subes por la vereda hasta llegar a lo alto del cerro de los pinos, oyes la orquesta de grillos y ranas desde la acequia que bordea la aranzada de riego, también sembrada de olivos. Ya nadie pone papas ni cebollas, solo dejan un cachito de tierra para la hortaliza del gasto. Le envías un mensaje a tu mujer, hoy te gustaría almorzar papas a lo pobre con huevos fritos, cebolla y pimientos verdes. Te colocas la linterna frontal en la cabeza y empiezas a andar entre las hileras de olivos, alineados como un ejército en formación y empiezas a pasar revista. Te agachas en cada tronco y compruebas que los goteros no estén atascados. Cambias el sector de riego y sigues mirando que el agua llegue a cada una de las pozas. Notas tus pasos más lentos y los dedos engarrotados. Tan solo te quedan unos días para cumplir los sesenta. Miras hacia el barranco, al otro lado del río. Sobresalen las paredes desconchadas del cortijo de los Gayumbares, viejo y abandonado, cayéndose ante la mirada atónita de los olivos alameños que lo rodean, dejados de la mano de dios desde hace décadas. Al lado de un gotero ha retoñado una mata de dompedro, con sus flores rojas engurruñidas hasta que el sol de la mañana las invite a abrirse. El relente de la madrugada te cala los huesos y te quedas arrecío, aun así, sigues adelante, sabes que cualquier día te pueden multar por regar olivos. De momento hacen la vista gorda porque los árboles agonizan bajo esta sequía que lo va agostando todo.

Sigues andando por las siete fanegas de olivar mal contadas, donde conviven los troncones de lechines, los picudos mezclan sus pies con los de cojón de gato, manzanillos y los plantones de hojiblancos que sembró tu padre ya empiezan a dar fruto. Desde el suelo blanquecino del crubrial forman un rimero que contrasta con el color rojizo de los polvillares hasta llegar al cerro donde el terreno se encrespa y se transforma en un pedregal blancuzco.

Aún no hay suficiente luz para distinguir las manchas verdes y bien alineadas del Cortijo del Aire. Esos sí que dan cosecha y sin necesidad de riego, te dices para tus adentros. Si te tocara una primitiva no podrías resistir a la tentación de hacerle una buena oferta al dueño, aunque después piensas que para qué quieres tantos, a esos no podrías conocerlos, ni nombrarlos o hablarle a cada tronco.

Es agosto y el solano hace de las suyas, aunque este año con el goteo has conseguido que la aceituna engorde más y no haya demasiados puntillos verdes en la solera.  El recibo de la luz te mermará la poca ganancia, el abono ha triplicado su precio, todo se encarece y no sabes si a fin de año te reducirán la subvención que salvó y entusiasmó a tantos labradores y que ahora los señoritingos de los despachos no paran de recortar.

A la izquierda distingues unos montículos enlutados, un silencio mortecino. Es a lo que ha quedado reducido el olivar de Pepe, el Garduño, que lo cuidaba con tanto esmero.  Se murió de pronto. Al caer en manos del hijo cortó los olivos de un día para otro. Fue amontonando las ramas sobre los troncos cortados a ras del suelo y los quemó como piras funerarias, mientras el humo bailaba su danza de la muerte y anegaba el cielo. Cuando le preguntas por qué lo hizo, se encoge de hombros y te responde con desdén: ya no eran rentables. Ahora va a plantar una variedad de transgénicos que no necesitan mano de obra y se laborean con una máquina.

Este año no has podido colaborar en la limpia de la acequia ni de la matriche y han usado una máquina que sacó montañas de cieno grisáceo y han destrozado la maleza de los lados: rosales silvestres, esparragueras, escaramujos, durillos y madreselvas.

Barres las hojas secas de las soleras y haces montoncitos entre las camadas para quemarlos cuando amaine el solano. La ceniza dejará pequeñas manchas grises en el suelo que el poniente se encargará de esparcir. Vas cortando las sierpes que crecen en los troncos y llegan hasta las cruces. Admiras la trama que ha crecido después de la última tala. Suspiras. Si no riegas cada madrugada el olivo se estresará, se arrugará la aceituna y caerá al suelo.

Tu hermano se ha pasado al cultivo con cubierta vegetal. Producen menos y con ella se ha llenado todo de yerbajos, y aunque no quieres malas yerbas, te alegras de ver corretear a una liebre que te sigue entre las camadas y bebe de uno de tus goteros. En el suelo han hozado los jabalíes y se han comido las almendras que habían caído fuera de la herriza. Hace mucho tiempo que no se ven zorzales como cuando eras un crío y ponías las trampas con las alúas que atrapabas cuándo salían del hormiguero y las metías dentro de un tarro de cristal con la tapa agujereada. Apenas escuchas alguna pareja de tórtolas o un mochuelo. Las pájaras perdices tampoco se ven ya corriendo o volando bajo, como si fueran los pingüinos de patas rojas desterradas del secano. Lejos quedó la primavera que coloreó las hileras llenas de jaramagos, margaritas y alguna que otra mata de amapolas.

Caminas por el polvillar, se apelmaza el polvo rojo sobre tus botas gastadas y sientes como se te clavan las piedras en la planta del pie.

Mateo, tu vecino ha enterrado las gomas y los goteros para que no se vean. Y en la esquina de la linde ha formado un majano, un montón de piedras recogido de entre sus olivos. Con tanta piedra encima ya no brotan ni gayumbas ni carrascas. En los polvillares que no riegan, los árboles están sin fruto, se les retuercen las hojas y caen formando una espesa alfombra crujiente sobre la solera. Te detienes junto a la herriza del cerro, donde crecen sin orden: un almendro, esparto, aulagas y un acebuche desgreñado. Debajo ves una hilera de cagarrutas negras que delata la madriguera de un conejo.

En el colegio de tu nieto, por el día de Andalucía, ofrecen a los niños un desayuno de pan con aceite. Algunos se niegan a probarlo y otros en cambio, quieren repetir una vez lo prueban. Muchos creen que el aceite crece en las estanterías del supermercado. No tienen ni idea de la cantidad de trabajo que es necesario para conseguir un simple litro de aceite. Los desvelos, desde que empieza a florecer el olivo, va creciendo la trama, hasta que llega la temporada de la aceituna. Dependemos del cielo, solía decir tu abuelo. Del clima cada vez más cambiante, añades tú, las heladas y el granizo en invierno y los calores del verano.

La mano de obra cada vez es más escasa y menos experimentada, apalean los olivos rompiendo las ramas. Antes, recuerdas, era una época de trabajo y alegría. Se podía hablar y gastar bromas a los novatos mientras se vareaban los olivos con cuidado de no dañarlos, se echaba el fruto en los sacos y se transportaba hasta la zaranda para quitarle los ramones que caían revueltos con las aceitunas. Incluso surgía algún amorío entre los vareadores y las aceituneras. Ahora con el ruido de las máquinas no se puede cambiar palabra con los compañeros, todo hay que hacerlo corriendo, extender y tirar de los fardos a toda velocidad, se llenan las espuertas y se sube el fruto al remolque. Al final del día después de llevar las aceitunas a la almazara, te sientes tan reventao como ellas.  Y luego a saber cuánto te pagarán por cada kilo.    Depende del momento de la recolección, del tipo de olivo, de si ha helado o no, si son del suelo o del vuelo, tienen un rendimiento distinto. Y eso que no le echas cuentas a las horas que pasas cuidando tus olivos, de tus jornales, solo de lo que tienes que pagar cuando llega la temporada de la azituna, como te gusta llamarla. Te haces cargo de los seguros y de los cursos de riesgos laborales, que consideras un sacacuartos, que te hacen pagar una y otra vez, aunque siempre sea lo mismo: usar guantes, cascos, gafas protectoras y no ponerse debajo del que está dando los palos.

Así año tras año, y aunque malamente te dé para vivir mantienes la esperanza. No entiendes como el hijo del Garduño ha podido cometer esa atrocidad de quemar los olivos del padre, de donde ha sacado tanto rencor para hacerle eso a estos árboles sagrados. Te preguntas qué será de los tuyos cuando tú faltes, si harán lo mismo. No quieres ni pensarlo. Ya cuando eras joven, allá por los ochenta se arrancaron muchos olivares. Si no llegan a conceder las subvenciones de la Unión Europea no quedarían olivos en pie, piensas, aunque ahora hasta las hazas de riego estén sembradas de olivillos o de barbecho.

El domingo llevarás a tu nieto a buscar nidos de gamusinos. Al final son los únicos que han quedado junto a los de las musarañas. Desde que se les ponen los tratamientos para la mosquilla en primavera, y con los líquidos y abonos, no han quedado apenas pájaros en el olivar, aparte de alguna tórtola, mirlo o mohíno. Los pajarillos son la alegría de los olivos.

A las doce tienes la cita con el oncólogo.  Te aferras a una vareta de esperanza. A la fuerza que te transmite cada tronco. Si fueras árbol, quisieras ser olivo, pero no un olivo cualquiera, sino uno de esos antiguos, de tronco sinuoso, con apariencia de duende, rodeado de la familia y de los vecinos, con sus troncos grises y sus copas frondosas. Duros y resistentes, sin necesidad de riego. Y que a pesar de las inclemencias del tiempo resisten. Resisten a los malos tiempos y, aunque los apaleen, talen y los dejen pelados, en sus troncos retoñan nuevas ramas y se llenan de vida con cada primavera.

Pasas por el lado de la higuerilla blanca que nació en mitad una camada. Sus brevas son dulces y pequeñas. Es otro milagro en el olivar, como la liebre que te sigue o el dompedro florecido. Con su tronco liso y grisáceo, sus ramas peladas en invierno, y las hojas como manos abiertas y olorosas en verano soportando la chicharrera del agosto. Piensas en tu hermana, si fuera árbol sería como esa higuerilla: atípica, frágil y cabezota.

Escuchas el murmullo del AVE al circular por la vía. Ya no pasa el trepaollas que con su silbido avisaba de la hora del almuerzo y el estómago le hacía fiestas esperando destapar las fiambreras con el chorizo en manteca colorá de la matanza, los chicharrones, las migas, o el remojón de naranja con bacalao, las sopas de maimones con aceitunas aliñadas o las arencas. Tu padre cortaba con su navaja las rebanadas de pan asentado y el queso. A su lado, siempre la botella con aceite y un botijo con agua para echar un trago cuando la sed apremiaba. Recuerdas a tu madre con un cojín en las rodillas, bajo el olivo, con su transistor escuchando la radionovela, mientras recogía la aceituna a dos manos. A tu hermana que se encargaba de los salteos y al pequeño que se entretenía jugando con el perrillo, mientras tú vareabas junto a tu padre.

Sin darte cuenta ha amanecido. El sol ha ido iluminando las copas de los olivos. Es hora del bocaillo. Vas hacia el coche y te cruzas con Mateo, el vecino. No echáis una humá sentados en el balate, como hacían años atrás vuestros padres. Apenas cruzáis unas palabras, si la cosecha de este año será buena a pesar de los calores, con la vista puesta en la lejanía, en los puntos verdes y frondosos del Cortijo del Aire, de espaldas a los túmulos ennegrecidos del hijo del Garduño, mientras una chicharra empieza a acribillar la mañana.

Te hubiera gustado sentarte un rato con él, conversar, aunque él no fume y hable poco. Contarle entre calada y calada que este año le concedieron la beca Erasmus a tu hija, la que tiene la misma edad que el suyo, y que se irá muy lejos, a una ciudad de la que no sabes pronunciar el nombre, donde no hay olivos ni llega apenas el sol ni el aceite. Tu hija te envía un Wasap: mamá ha dejado las papas echadas en agua ¡vente ya! que no se os haga tarde para ir al médico. Con un gesto cansado levantáis la mano y emitís una especie de gruñido a modo de despedida y cada uno sigue su camino. Sientes que se afloja un poco el regomeyo que te abrochaba el pecho.

Te inquieta que tu niña se vaya tan lejos, aunque sabes bien que ella, si fuera árbol, también sería olivo.