150. Sara nos cuenta su historia

Jessica Galio

 

Si la vida fuera una película de animación, les diría que me desperté alegre, les canté a los pajaritos y observé una imagen perfecta cuando me paré frente al espejo; pero mi realidad sucedió de manera diferente: dormí muy poco durante la madrugada porque una incómoda picazón en mi cara me desveló, le arrojé las almohadas al reloj despertador y me levanté de la cama irritada.

Camino hacia el baño, tropiezo con la aspiradora e irreflexivamente le protesto al aparato que jamás me entenderá. La falta de sueño me ha convertido en un ser gruñón, hoy me parezco al inquilino de al lado. Él se molesta por todo y me regaña constantemente, lo admito: a veces actúo a propósito porque me gusta contrariarlo.

Me acerco al espejo con la esperanza de encontrarme encantadora, ayer utilicé productos nuevos para la piel y el cabello, pero cuando veo mi reflejo lo único que se me ocurre es maldecir a la mala suerte. Tengo los labios hinchados debido a una reacción alérgica, me recuerdan al trasero de un mandril; debajo de mis ojos resaltan grandes ojeras y mi pelo se parece a la melena de un león. Me pregunto cómo iré a la cita a ciegas que planeó mi mejor amiga.

Observo de nuevo el desastre, ¡ni siquiera un sapo me besaría! Renuncio dramática a mi futuro esposo, a los tres hijos que tendríamos y me imagino en una casa rodeada de gatos. Cepillo mis dientes con resignación. Al sentarme en el inodoro me doy cuenta de que será un día difícil: también estoy estreñida. Si la vida fuera una película de animación, mi hada madrina aparecería en este momento, me diría: «No te quejes, la situación del inodoro es peor.» Me río por la ocurrencia y decido resolver mis problemas, los lamentos nunca nos libran de las dificultades.

Mientras tomo el antihistamínico para aplacar mi alergia, recuerdo los consejos que leí en un libro de remedios naturales. El aceite de oliva acabará con todos los percances mañaneros que entorpecen mi salida. La versátil sustancia alivia el estreñimiento, la gastritis; también es muy buena para la piel y el cabello. Bebo una cucharadita del líquido dorado, me humedezco la cara y el pelo con él, minutos después recibo una videollamada de mi amiga.

̶ ¿Qué le hiciste a tus labios? ¡Me encantan!  ̶ grita entusiasmada Lucía, mi mejor amiga.

̶ No mientas, mi boca se parece al trasero de un mono  ̶ digo desanimada.

̶ Relájate, chica sexi, vas a activar tu gastritis  ̶ me aconseja Lucía ̶ . Espero que esta noche sacudas tus telarañas…

̶ Y yo espero que mi acompañante me guste  ̶ le confieso expectante, ella me dedica un guiño.

̶ ¿Qué te echaste en la cara? ̶ me pregunta.

̶ Aceite de oliva  ̶ respondo.

̶ Eso me ha recordado que tengo una cita con el masajista. Disfruta la experiencia, cariño  ̶ me sugiere y cuelga.

Corro hacia el inodoro con la certeza de que el líquido dorado es eficaz para el estreñimiento; después me ducho. Al secarme percibo que el aceite de oliva me ha suavizado la cara y el pelo. Mis dudas se alejan, ¡iré a la cita! Me he depilado las piernas, también otras zonas, no quiero que mi acompañante me vea como una oveja lanuda y tierna, prefiero parecerme a una abeja sexi, tentadora.

Por cierto, me llamo Sara, soy diseñadora de moda. Los idiotas que confeccionaron la valla del establecimiento donde trabajo consideraron que mi nombre con zeta tenía más “estilo” y obviaron las prohibiciones en materia de Propiedad Industrial. Intenté convencerlos para que enmendaran el error, agoté todos los recursos: conversé, sonreí, fruncí el ceño, les arrojé palabras acompañadas por zapatillas y agua fría; finalmente fue la ley la que los “persuadió”. Es una larga historia que prefiero olvidar, pero lo recordaré siempre, aquella valla con una zeta enorme y usurpadora generó una interjección de asombro: « ¡Vaya, qué desastre! ¿Comieron setas alucinógenas? »

Debería probarme el vestido que usaré durante la cita, hace tiempo que no me lo pongo y quiero evitar otra contrariedad. Lo he dejado en el balcón porque tuve que lavarlo, olía extraño. Es un vestido tubo de color carmesí con falda corta y escote halter, siempre que lo usaba atraía pretendientes, por eso lo apodé el Invicto. Espero que esta vez suceda lo mismo.

Me cubro con la toalla, camino como si fuera una espía hacia el balcón y ahí está el Invicto, elegante, seductor. Repentinamente estornudo, la tela que me envuelve se cae. Un silbido me indica que el imbécil de al lado contempla el espectáculo. Tapo mi cuerpo e intento tranquilizarme.

̶ Buenos días, Antonio. ¿Disfrutaste “las vistas”? No lo harás de nuevo  ̶ le hablo con seriedad, si fuera modesto le diría: «Hola, guapo, esos ojos miel me fascinan y lamería encantada la peca que custodia tu boca.»

̶ Buenos días, nudista ruidosa, te devolveré las palabras cuando duerma en tu cama  ̶ comenta mi vecino arrogante.

̶ Eso es lo que sucede todas las noches en tu imaginación. Baja de las nubes, te puedes caer  ̶ contraataco.

̶ Ponte hielo en los labios, pececita  ̶ dice Antonio con picardía, yo le muestro mi dedo del medio y entro furiosa.

Me visto apresurada, cojo las llaves y la botella que contiene el aceite de oliva, salgo del apartamento decidida a vengarme de Antonio. Mientras bajo la escalera, advierto que me puse el pantalón al revés, pero no retrocedo. Camino hacia el buzón de mi vecino gruñón, echo en su exterior el líquido dorado. Sonrío al imaginar la reacción de Antonio cuando busque la correspondencia. Doy un paso, resbalo con las gotas de aceite que se derramaron en el suelo y caigo, me he torcido el tobillo. Descubro sorprendida que Antonio me observa con seriedad, evidentemente vio lo que hice.

̶ El aceite de oliva ayuda a controlar la diabetes y la presión arterial, espero que mi regalo te guste  ̶ digo con ironía.

̶ Eres muy amable, pero no tengo padecimientos. Te mereces la caída  ̶ reprocha Antonio.

̶ Creo que los dos somos culpables. ¿Me puedes prestar un pañuelo para limpiar el piso?  ̶ le pregunto con la intención de evitar que otra persona resbale, él asiente, me entrega un pañuelo, limpio y se me escapa un quejido porque el tobillo me duele mucho.

̶ ¿Necesitas que te ayude?  ̶ sus palabras me generan remordimiento.

̶ Antonio, lo siento.

̶ ¿Empezamos de nuevo?  ̶ lo miro asombrada ̶  Me llamo Antonio, vivo en el apartamento cinco y soy escritor.

̶ Mi nombre es Sara, con ese, vivo en el apartamento seis, prometo no hacer ruido si me ayudas a pararme  ̶ le dedico un guiño y él sonríe.

Antonio me llevó en sus brazos hasta el auto, yo parecía la protagonista de una película animada aunque estaba despeinada, tenía el pantalón al revés y el tobillo hinchado como un salchichón. Después fuimos al hospital; allá me diagnosticaron un esguince, me pusieron la venda elástica e incluyeron en el tratamiento el vocablo más odiado por la hiperactividad: reposo. Afortunadamente mis ligamentos no se desgarraron, espero recuperarme pronto. Descubrí durante el viaje de regreso que Antonio es una persona muy divertida, incluso compartimos los gustos musicales. Él me ayudó a subir la escalera y se marchó apresurado, creo que desde hoy huirá de mí, le he causado muchas molestias.

Acabo de llamar a Lucía para avisarle que no iré a la cita. Me siento tranquila, conozco la razón: el hombre que me gusta vive en el apartamento cinco, tiene hermosos ojos ambarinos con detalles verdes y el pelo dorado como el aceite de oliva. Me atraen la viveza que advertí en sus palabras; la amabilidad de sus gestos; esa franqueza que a veces me enfurece y su humor irónico. Lo invitaré a cenar cuando mi tobillo se mejore, ese día me pondré el Invicto. Alguien ha presionado el timbre, me levanto del sofá, cojo las muletas, camino con torpeza hacia la puerta, al abrirla encuentro a un Antonio sonriente, tiene varias bolsas en sus manos.

̶ Esta tarde seré tu chef, ¿prefieres pollo o pescado?  ̶ pregunta Antonio, yo freno el deseo de confesarle que lo quiero a él.

̶ Los dos me gustan, elige tú, la cocina es tuya  ̶ respondo y me aparto para que entre.

̶ Cocinaré pechugas en salsa de queso parmesano, le echaré espinacas y una cucharada de aceite de oliva, son buenos para tus ligamentos  ̶ dice Antonio con picardía, después me dedica un guiño.

̶ Sospecho que escondes muchos talentos, quiero descubrirlos  ̶ Antonio observa mi tobillo y se queda pensativo, la expectativa me acelera el corazón.

̶ Si no te hubieras caído… ̶ susurra mi vecino, su voz sensual me genera una sensación muy agradable.

̶ Estaría en otra cita  ̶ termino la frase.

̶ Sara, le pedí a tu amiga que organizara un encuentro para acercarme a ti. Eres complicada, pero me gustas  ̶ confiesa Antonio.

̶ Acércate, quiero que entres en mi vida y desordenes la cocina, la cama, todo.

Antonio se aproxima, me siento nerviosa. Nos besamos, suelto las muletas para colocar mis manos en su nuca, le rodeo la cintura con las piernas mientras él me sostiene. Nuestra historia continuará en la cama. Usaremos el aceite de oliva de una forma ajena a las películas animadas, pero omitiré los detalles porque la intimidad es el secreto que mejor esconde una pareja.