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150.- Huelma también existe

Garnata Iliberis

 

Sierra Mágina también existe.

Por amor a una mujer llegué a Huelma y desde entonces también estoy enamorado de éste pueblo y sus gentes.

En mayo de 1979 mi novia Fali, quiso que conociera su pueblo, Huelma, a unos 70 kilómetros de Granada. Salimos en autobús por la tarde. Ya por el camino, los Montes Orientales mostraban en sus lomas gran cantidad de olivos, pero fue tras dejar Guadahortuna y subir una pronunciada pendiente, que vimos, desde la cuesta de los Gallardos, no un mar, sino océanos de olivos perfectamente alineados en continuas colinas, collados y montes, sintiendo como si fuéramos un barquito a punto de ser engullido por un alud de árboles plateados, percibiendo el estupor de un antiguo descubridor ante un nuevo mundo.

Tras las catorce curvas cerradas de la dichosa cuesta, que amenazaban con matarme a nauseas, llegamos al pueblo, desparramado por una colina, anticipo de un gran macizo como es Sierra Mágina. Desde el autobús en marcha, mi novia me llamó la atención sobre un querubín rubio de unos diez años que guiaba dos cabras por las calles:

— Mira, ¡ése es mi hermano Pedro! — a la vez que golpeaba el cristal y le hacía señales y éste sorprendido, nos saludó, no perdiendo de vista los animales.

Tras bajar del autobús en la plaza del ayuntamiento, mientras respiraba profundamente recuperándome del mareo (gracias a santa biodramina) pudimos ver al final de unas calles empinadas, una imponente iglesia renacentista y un torreón más que un castillo con un ventanal medio derruido. Subimos la cuesta llena de pedregales que llevaba al barranco, un barrio más modesto, a casa de sus padres. Por el camino nos íbamos encontrando a varias vecinas que curiosas le preguntaban que quién era yo, y en el quicio de su puerta a una pareja de riguroso luto, muy tristes; eran los silleteros a los que Eta había asesinado a su hijo, que era Policía Armada recién llegado al país vasco, nunca se recuperaron del terrible golpe.

Y llegamos a casa de mis futuros suegros y cuñados que me esperaban con expectación y curiosidad, en el «despacho» — comedor —. Me acogieron de forma muy cariñosa en una vivienda muy humilde, de paredes de cal viva, vigas de madera, chimenea de leña, y en el patio, el váter, gallinero y zahúrda donde ya estaban las cabras. Una vez presentados, vino mi primera sorpresa con el «dialecto» huelmeño, mi suegro, José Antonio me dijo — ¿Vamos a ligar? — ante mi sorpresa, Fali asintió — ¡Si, si, ve con él!

Así que nos dirigimos al bar de «ase» César, ya que se trataba de echar una «ligaílla» — un aperitivo o tapear — en un local regentado por un hombre gordo y alto que curiosamente se llamaba como yo, en el que tomamos unos vinos y como tapa unos vasitos muy calientes y picantes de caracolillos blancos.

Unos días más tarde, como era la fiesta de los hornazos de Pascua — un bollo con un huevo duro — que se comía en la ermita de la Fuensanta a unos kilómetros del pueblo. Fuimos para allá y por el camino acompañamos a varias mujeres que llevaban unas voluminosas cestas llenas de ropa sobre la cabeza o apoyadas en la cadera para lavarlas a mano en la fuente de la Teja, donde se distraían contándose las nuevas murmuraciones y rumores del lugar. En la arboleda de la ermita lo pasamos muy bien, comiendo, bailando y cantando; y así poco a poco fui integrándome y comprendiendo a estas gentes tan extrañas para mí.

Para un urbanita o ratón de ciudad como yo, me fui llevando buenas sorpresas con los hábitos y el idioma local, con palabras propias como «chirguetera» o «churretera» (chismosa), bulto «comeor» (inútil) «blincaciecas» o brinca acequias (tonto), «aruñar» (arañar), chupete (fuente del parque) … Por ejemplo mi suegra Ángela me llamaba «lechuzo» ya que a me gustan mucho los dulces y pasteles.

Otro capítulo de costumbres son los apodos y motes, si preguntabas por José Antonio Grande, nadie le conocía, pero si preguntabas por «El Latero» te daban la dirección exacta. U otros motes como los Pijas, Tórtolos, Quintos, Torreznos, Trompos, Chirres, Jeromos y algunos verdaderamente hilarantes como los «Pijapana», la medio kilo, el Culopato o la Sacopapas.

Otra tradición es la de poner el nombre del abuelo paterno al primogénito de un matrimonio, dándose situaciones curiosas como que en una familia con tres hijos llega a haber hasta cinco hombres con el nombre de Jeromo (Jerónimo), el padre, el primer hijo y los tres primeros nietos.

Otra práctica es la de que si unos novios duermen juntos por primera vez, son ya para sus respectivas familias matrimonio, eso sí, «mal casados», hasta que pasen por la vicaría, estando entonces «bien casados».

O los guisos desconocidos para mí, como los papa jotes, hormigos y andrajos.

Pronto conocí a los personajes más relevantes, como Leocadio, el recién elegido alcalde comunista, el médico D. Paulino, los pudientes terratenientes como Felipe el Quinto, el Suizo, el Pellejero y a Ramírez, dueño del cinema y máquinas traga-perras. Así como a tres «infelices» de los que existía una chanza que decía :

Tres cosas tiene Huelma que no tiene Sevilla
la Estrella, el Motoquo y el Negro de la Villa.

Aún siendo novios, volvimos varias veces saliendo a echar una «ligaílla», viendo los partidos del equipo local o jugando al fútbol con los jóvenes del pueblo. O yendo a la discoteca El Sol, que en realidad era un guateque en una gran habitación con sillas a los lados y un simple tocadiscos, en el que ponían las canciones de los grupos y cantantes de la época, como Umberto Tozzí y otros italianos… o Los Pecos y Camilo Sesto… aunque nuestra favorita era Luz de luna de Santana. Cuando tocaban las canciones «lentas» los jóvenes pugnaban por arrimarse y ellas colocaban de forma estratégica el entramado de codos como si fueran un defensa central. Eso sí, salíamos de allí con profundo picor en los ojos y la garganta, y un persistente tufo a tabaco en el pelo y la ropa. Años más tarde abrieron la Epsylon y el Cinema que dejó de ser un cine al que llegaron las películas de destape para ser pub o discoteca, en donde casi siempre se terminaba con alguna pelea de «gallos» entre huelmeños y «guahortuneños», por aquello de que los forasteros no podían acercarse a las chicas locales. Recreando conflictos centenarios entre localidades vecinas.

Como viene siendo costumbre, la situación laboral era pésima, así que para la mayoría de las familias la recogida de la aceituna que en circunstancias normales duraba dos o tres meses, — implicando a varios componentes familiares — suponía un respiro para la economía del clan. Completando sus ingresos con otras labores como la construcción y hortalizas los hombres, y en la industria textil las mujeres. Por ejemplo, mi suegro complementaba los ingresos de olivarero como «Latero u Hojalatero» y otras habilidades que realizaba en casa como restañar ollas y pucheros, arreglar paraguas o fabricar cántaros de aceite o leche. Cuando escaseaba el trabajo local, agarraba un cajón de madera con herramientas y se dirigía hacia los pueblos de la cercanía voceando sus destrezas consiguiendo siempre algunos dinerillos, como él decía.

La recogida de la aceituna.

Antes y después de la recogida, se hacen trabajos y cuidados en cada olivo, como la cura y tratamientos para prevención de plagas y enfermedades, el riego, la poda y «chuponar» — cortar las estacas y varas que le salen al árbol en la parte baja y que le quita vigor a la planta.

Aquel invierno volvimos a Huelma, caían fuertes «nevazos» como se dice allí. Toda la familia se aprestaba a participar en la recogida de la aceituna, así que por simple curiosidad acompañé a la familia varias veces al trabajo. Temprano se levantaba todo el mundo y tras un rápido desayuno se dirigían hacia las fincas como se podía, en coche, furgonetas, en algún tractor con remolque, e incluso en burro o mulas y casi siempre a pie. El camino no era largo, pero la sierra enorme y nevada, imponía su ley glacial a todo bicho viviente. Al llegar ya estaba encendido un fuego en el que los recolectores se calentaban las manos, tostaban algunos torreznos y se los comían con pan y aceite; echaban piedras al fuego que guardaban mucho tiempo el calor, para después guardárselas en el refajo las mujeres o en los pantalones los hombres para calentarse las manos con ellas. Cada uno se pertrechaba como podía, con guantes y gorras si tenían y varias capas de ropa, las mujeres se hacían dedales o «dadiles» como le llamaban ellas, con las capuchas de las bellotas para preservarse de la frialdad en las puntas de los dedos. El manijero, iba disponiendo los componentes, normalmente de dos hombres y dos mujeres por olivo , dirigiendo por donde se iba a trabajar ése día; según el terreno la labor era diferente, las olivas laderas o «laeras» son las situadas en pendientes y ésta situación dificultaba mucho la recolección ya que implicaba más lienzos incluso entre árboles; o los bancales o «blancales» que son las olivas situadas en campos de arcilla blanca ( de ahí su nombre ) que si llueve o nieva se embarraban complicando muchísimo los trabajos.

Una vez elegidas las zonas e hileras a recolectar, se hacían los cercos o ruedos — rastrillando alrededor del árbol para quitar piedras y recoger las posibles aceitunas ya caídas — se echaban mantas en el suelo alrededor del olivo elegido y un vareador o «avareador» iba sacudiendo las ramas más altas y exteriores, mientras el piquetero con una vara más corta se subía al árbol y zarandeaba las ramas interiores — en esa época los árboles eran más altos y frondosos — cayendo las aceitunas sobre la manta o lienzo en donde las mujeres se afanaban en recogerlas y echarlas en los capachos de esparto o pleita como se le llama allí. Después los capachos eran transportados a las cribas y al echar su contenido e ir cayendo se iban separando las aceitunas de las ramitas y piedras hasta otro capacho, donde otra persona hacia la selección final y éste era llevado al remolque del tractor. A media mañana se paraba a almorzar, acercándose todos a la fogata, reponiendo fuerzas con bocadillos o trozos de pan con aceite y quesos y embutidos, aderezados con cerveza o vino. Como única diversión se encendían las pequeñas radios con largas antenas para escuchar las radionovelas de la época — Simplemente Maria, Lucecita… o Los Porretas y las diatribas de Encarna Sánchez — o se cantaban cancioncillas más o menos picantes y los clásicos cotilleos y chismes locales. Una vez reenganchados unas horas más, se recolectaba el «salteo» que son las aceitunas caídas fuera de los lienzos, y se retiraban las herramientas, fardos, etc…. Un último caldeamiento en los rescoldos de la fogata y vuelta a casa, con las últimas luces del día, cansados, mojados y ateridos de frío la mayoría de las veces. Las buenas cosechas podían durar dos o tres meses. Así olivo tras olivo, hectárea tras hectárea, y día tras día. Así desde hace siglos y milenios.

De éstas vivencias hace ya más de treinta años, y todo ha cambiado, ya más mecanizado, menos personas implicadas. Las plantaciones y labores se van diversificando hacia los viveros, almendros y pistachos. Y además por la excepcional belleza de los parajes se está fomentando el turismo rural, senderismo y oleo-turismo.

Estas palabras son un pequeño homenaje a esas fabulosas personas que se dejaron y se dejan en los campos, la piel y los huesos.

 

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