149. Lagar

María Beatriz Ibarrola

 

A rayos se abría paso el sol por el día. No pedía permiso, era su turno.

Él lo sabía. Resplandecía en sus hebras enredadas y empezaba su ronda diaria: nueces, uvas y olivas.

Y yo comenzaba la mía. Era él mi compañía, o viceversa.

Ya no lo discutíamos. Íbamos. Él sosteniendo con su mano mi sombrero, y yo, colgando su luz en mi sonrisa. Era rutina.

Un día faltó a la cita. Y el siguiente. Y el otro.

Nubes y nubes. Presagios de tormenta.

Llegó la lluvia. Y él no se atrevía.

Yo le reclamaba en nombre propio y en el de las olivas. Ellas lo necesitaban tanto o más que al agua. Y él, no aparecía.

Me acostumbré a recorrer sola las plantaciones. Chapoteando agua, embarrando botas. Mezclando allí mis lágrimas, disimulando ausencias.

Un día, volvió. La vida es un ciclo.

Me hizo guiño en los ojos, cosquillas en el sombrero. Para no sentirlo, me coloqué anteojos.

Llegaba el otoño y con él, los frutos. Brillantes de agua. Círculos imperfectos, pero aun así, deseados, precisos.

Verdes y negros. Según la paciencia y el tiempo otorgado. Pudieron. Son fuertes.

Y yo he aprendido. No soy un lagar.

El sol no puede ser mío. Debo quitarlo de mi cabello y mi sonrisa.

Sólo ir y sembrarlo en olivares, nogales y viñas.

O en mi huerta.

O en la realidad de la maceta que florece en mi balcón.

En mi familia.

En mis amigos.

No ser más lágrima.

Debo ir y sembrar el sol por donde camino.