148. Proyecto Atenea

Minerva

 

Ahora solo quedaba él en el laboratorio. Las bajas en la tripulación, así como los daños estructurales provocados por el impacto del asteroide, habían obligado a una reestructuración de personal y una reasignación de recursos que amenazaban con poner fin a su ya de por sí maltrecho programa.

Gran parte del trabajo ya estaba avanzado, es cierto. Las raíces de los olivos habían arraigado bien sobre el sustrato basáltico que imitaba las condiciones del suelo de Marte. Además, los árboles estaban respondiendo bien a las simulaciones de las circunstancias atmosféricas.

 

Lo que le preocupaba era la supervivencia de los esquejes de Cornicabra y Hojiblanca almacenados en la Cryo-Cámara. La mayor parte de la energía de la nave se había desviado al motor principal y al sistema de ventilación, ocasionando que muchos de los planes iniciales, luego considerados secundarios, fueran abandonados. Las condiciones desfavorables del viaje habían provocado que, semana tras semana, las expectativas y el alcance de su programa se vieran mermados. Ya habían desechado la mitad del equipamiento de prensado por falta de espacio. Así como se descartaron muchas variedades de aceituna por recortes en el consumo energético.

Por suerte, la Sección de Alimentación y Agricultura estaba incluida dentro del organigrama de “Proyectos Esenciales”, aunque muchos en la cadena de mando consideraban su trabajo de Preservación Olivarera como prescindible. Esos tecnócratas subestimaban el gran beneficio que podrían obtener para la nutrición de los nuevos colonos del planeta rojo. Sin contar con el trasfondo cultural que valía la pena conservar.

Únicamente su conocimiento, perfeccionado por otros antes que él durante miles de años, podría garantizar que, en el futuro, los supervivientes humanos pudieran disfrutar del oro líquido. Parecía una misión titánica, lejos de la capacidad de un solo hombre. Pero alguien tenía que hacerlo. Y él creía firmemente en ello.