147. Dios salve al aceite

Bichito

 

—Hola a todos y bienvenidos a un nuevo vídeo —escucho una voz animada al otro lado de la pared. Femenina, como mínimo adulta, pese al conjunto de palabras utilizado.

—En este día tan apacible… —la persona que habla empieza a toser—, disculpen; en este día tan apacible voy a explicar el contenido de mis meriendas diarias con aceite de oliva, las cuales las redes sociales están empezando a catalogar como fitfat o guilty pleasure entre otros nombres. 

Es seguro. El tono en el que ha pronunciado esa presentación tan curiosa trata de emular una juventud natural; pese a ello, suena algo exagerada. 

“Estoy seguro de haberla escuchado hablar antes» pienso.  «Aunque no recuerdo precisamente dónde”. 

Me guardo la mano de olivo en el bolsillo trasero, quitándome a su vez los guantes llenos de aceite y me acerco a la pared para escuchar mejor; resulta interesante su entusiasmo. 

—El primero se trata de un sencillo sándwich de mermelada ¡Sí, semejante a los de la película “Paddington”! que contiene, no obstante, ciertos elementos característicos que lo diferencian. El aceite de oliva, por ejemplo, se trata del sabor más singular en esta receta…

Oigo pasos al principio del pasillo y, sabiendo que no debo estar donde estoy, tomo una decisión precipitada. 

Entro apresuradamente al salón en el cual se encuentra aquella mujer, siendo mi sorpresa mayúscula al descubrir quién es.

—Las aceitunas, un elemento sublime que aporta ese toque internacional al Jam penny… disculpe, ¿Qué hace usted aquí?

Mis ojos están apunto de querer quedarse ciegos al ver quién está frente a mí. No es solo mi nueva jefa, para la que cultivo todo un reciente olivar de siete hectáreas, sino que…

—Mil perdones, su majestad.

—Llámeme Elisabeth, —sonríe—: y oriénteme en este vídeo sobre la olivicultura, si es tan amable.