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146.- Amores en barbecho

Joaquín Ortiz Ortiz

 

Muchos años más tarde, sentado en el pescante del remolque junto a lo poquito que quedaba del hombre de su vida, Damián Montilla se acordó de aquella madrugada de verano en la que su madre lo sacó de la cama para que fuera a ver si era verdad que durante la noche no habían caído lagrimitas de San Lorenzo, sino un diluvio de animales mansos de circo en el centro de los olivares.

Damián Montilla llegó a las crestas de la sierra entre las últimas escurrajas de la noche, y cuando el campo se empezaba a manchar de luz harinosa, vio los pescuezos de las jirafas danzando por encima de las copas de los olivos, vio a dromedarios tiñosos despellejando las potreras, manadas de leones desdentados acechando a las tórtolas y osos miedosos encaramados en lo alto de los chopos. Y mientras docenas de loritos y de cacatúas jugaban al escondite en el olivar, en el barrio de San Lorenzo, para santificar el milagro, se habían montado tantos altares de cirios y de palmatorias que el humo de las velas ensuciaba el aire, emborronaba los contornos, atufaba el campo con olor a misa de catedral y espesaba tanto los pensamientos que muchos creyeron que estaban envolviendo los olivos con plástico fino de regalo para llevárselos a la capital.

Para cuando aquella caterva de bestias empezó a diluirse por el campo lo mismo que se pierde el hielo en el agua caliente, ya no había rincón del pueblo en el que no se hablara del milagro de la noche de las Perseidas. A medida que las calles que conducían a la ermita se llenaban de oratorios improvisados, y mientras se enviaban miles de copias de una misma carta al obispo Doroteo para contarle que el campo que estaba ayer inmaculado había amanecido inundado por un tropel de bichos, Damián Montilla no le dijo a nadie que aquella era la señal que llevaba pidiendo desde hacía más de dos años.

Por eso, delante de la puerta de la ermita y para parecer asustado, se santiguó seis veces y rezó entre dientes dos salves mudas para que no se le notara en la cara que desde que lo despertó su madre, tenía la certeza de que aquella pirotecnia animal era la contraseña que los dioses le enviaban para poder seguir a pies juntillas las recomendaciones de su médico y poder adentrarse en el laberinto profundo de sus pasiones.

Por entonces, poca gente sabía que Damián Montilla hacía años que estaba aquejado de un padecimiento sin nombre, un mal no descrito por la medicina que le barrenaba los huesos y que en las noches de verano lo levantaba del suelo haciéndole perder su asiento de aceitunero. Se sentía tan vaporoso que muchas noches se amarraba a la cama con la cincha del aparejo para no despertarse de sopetón al chocarse con el techo. Y fue eso lo que le dijo a Don Cristino cuando le contó que desde que empezó a trabajar en la cuadrilla de Rafael Alegre, se había hecho tan liviano que no le dolía la espalda cuando vareaba, ni le crujían los huesos cuando se pasaba el día limpiando olivos, pero en cuanto llego al tajo, doctor, y veo a Rafael Alegre, me arde el pecho y me pongo tan nervioso que pongo huevos de rana. Y creyéndose enfermo, intoxicado, le contó que el cuerpo se le iba llenando de burbujas azucaradas que le explotaban por todos los rincones y que cuando ya no le cabían dentro, soltaba una vomitona de pompas que le llenaban las comisuras de los labios de espumarajos.

Don Cristino no tardó en descubrir que aquellos eran síntomas de otro tipo de veneno, y solo supo decirle que ese tipo de infección no tenía pinta de curarse con friegas de vivaporup, y por eso se le ocurrió recetarle la lectura tranquila y rumiada a tres estómagos de un vademécum de enfermedades raras. Y le propuso, para ir entreteniendo su ansia, que se tomara cada noche cinco páginas con un vaso de agua de Carabaña y un chorro alegre y generoso de aceite de Ricino. Busque sus síntomas, relea cada palabra, hurgue en cada letra hasta que encuentre algo reconocible, y si no se tropieza con nada que le resulte familiar, le espero dentro de dos años a la misma hora.

Aunque Damián Montilla rebuscó en cada sílaba de aquel vademécum de males urbanos, no encontró ningún síntoma que hablara de deshacerse como los garbanzos en remojo. No había ni una frase sobre jornaleros hechos de chatarra que tuvieran que agarrarse a los remolques para no flotar en medio de los olivares. Y dos años después, a la misma hora y con las hojas del vademécum casi transparentes del manoseo, volvió al médico, pero no se atrevió a decirle que en estos dos años, mientras se buscaba entre enfermedades de ciudad y mientras hacía gárgaras de Carabaña, había pedido con todas sus fuerzas que San Lorenzo le enviara señales claras que le ayudaran a salir de ese barrizal. Don Cristino tampoco quiso contarle que no encontraría en ningún libro de achaques el nombre de la quemazón que le arañaba el pecho, y le dio el alta diciéndole que a la vista de sus síntomas lo único que puede tomar son… decisiones.

Por eso durante el sopor de las siestas del verano, Damián Montilla empezó a pedir a golpetazos de pecho y de escapulario que San Lorenzo le indicara si podía adentrarse en el laberinto de sus pasiones profundas, y sucedió que en la noche de las Perseidas se acostó esperando una señal de los dioses, y mientras soñaba que sabía cantar fandangos calientes, su madre lo sacó de la cama para que fuera a ver si era verdad que las lágrimas de San Lorenzo se habían hecho animales de circo en medio de los olivares.

Aunque le costó semanas abrirse paso entre la sopa de sus pensamientos, después de escuchar a su médico y de ver con sus ojos aquella arca de Noé deshilachada que le había enviado el cielo, Damián Montilla tomó la firme decisión de enseñar sus entresijos escribiendo canciones que lo abrieran en canal lo mismo que a los guarros del escaparate. Empezó a perder el miedo componiendo en silencio y se pasó veranos enteros escribiendo de memoria coplas que no salían del umbral de sus labios. Un día y otro día, en medio de los olivares, componía en silencio para aquel hombre que se le había clavado en el centro de la frente. Luego, a la hora de la siesta, se sacaba las palabras pegadas al paladar con una cuchara sopera, las ponía encima de la mesa camilla, las cambiaba de orden cien veces y las leía despacio hasta que sonaban a canción, y limadas y redondas se quedaban preparadas en la recámara de la boca para dispararlas al día siguiente, a la sombra de los remolques, en medio de los olivos. Pero cuando Damián Montilla se cruzaba con Rafael Alegre, las letras se le encasquillaban en el cañón de la garganta y al mundo, lo mismo que al barrio de San Lorenzo el día de las Perseidas, le salía una neblina que hacía que las cosas que se veían con tanta claridad en la penumbra de las siestas, se pusieran borrosas a la luz del día. Y aquel sentimiento envuelto en plástico se fue hinchando hasta hacerse tan grande que no podía salir por la boca. Pero en una mañana de otoño temprano, durante la campaña de las aceitunas de verdeo, se abrió una fisura en las defensas de plástico cuando a la hora del almuerzo, le dijo Rafael Alegre:

— Damián, el aceite y la verdad siempre salen a flote.

Las palabras de Rafael abrieron un boquete tan grande en las murallas del titubeo, que por el agujero se le fue deshaciendo en hilillos de miel caliente la pelota de miedos del corazón. A medida que los riñones se le iban llenando de certezas, se fue dando cuenta de que para que aquel rincón del sur se hiciera el centro justo del universo, no le quedaba más remedio que varear aquel plástico fino que dividía el mundo en dos mitades. Pero después de meses barajando palabras sobre la mesa camilla, ensayando fandangos hechos de fiebre y de temblores y cuando Damián se empezaba a desabrochar el carácter, el campo enmudeció de sopetón. Rafael Alegre, lo mismo que se van las cigüeñas, desapareció del pueblo. Lo reclutaron de madrugada con urgencias de zafarrancho de combate, y contaron en el almuerzo que lo metieron en un tren militar que se lo llevó tan al sur, tanto, que se acabó terminando hasta la tierra.

Y se fue Rafael por un tiempo incontable a defender desiertos secañosos. Se lo llevaron al Sahara a barrer arenas viejas mientras a Damián Montilla se le enmudecían los olivos, se le mustiaban las mañanas y el trabajo del campo se le llenaba de ramón seco y de fajina de potreras. Y como no sabía nombrar aquel sentimiento escondido en los pliegues de sus entrañas, para conservarlo y para que no se lo comiera aquella sacudida profunda de soledad, se envolvió el alma en papel de estraza con bolitas de alcanfor, y no pasó un día sin pedir a San Lorenzo que guardara el corazón de Rafael Alegre en una fiambrera de cinc para que no se le empolvara con la arena caliente del desierto.

Pero mientras Damián Montilla se enterraba en balagueros de romero y naftalina para que la distancia no le pudriera el ánimo ni los recuerdos, a Rafael Alegre se le llenó la voluntad de arena, y solo se le ocurrió limpiarla dejándose soplar con amores de urgencias y con pasiones hechas de carne sin aliento. Rafael Alegre se arrancó la soledad del desierto a tirones de amores huecos, y a golpe de deleites cuarteleros vacíos se fue resbalando entre reclutas, furrieles y alférez de academia por una pendiente escurridiza que nunca supo volver a subir.

Para entonces el tiempo de los olivos de Damián Montilla se había frenado tanto que la máquina de la paciencia empezaba a engullir a sus propios engranajes. La tarde que lo encontraron tirado en medio del olivar y envuelto en burbujas, habían pasado tres años sin saber nada de Rafael. Cuando lo llevaron a casa cubierto de pompas de jabón que le brotaban a borbotones por las comisuras de los labios, su madre, que no conocía el mar y que creía que había uno solo, lo limpió, lo vistió y le dijo, sabiendo por experiencia que la desazón era un lujo de ricos, que saliera ahora mismito a buscar todo lo que le hacía falta para cribar los satines del aire oxidado que estaba respirando.

Y durante la noche pusieron en el remolque un toldo de caravanas de las películas del oeste, y al amanecer enganchó las mulas y tiró recto para el sol de mediodía. Sin darse cuenta, se hizo peregrino de una religión secreta y peregrinando en sentido contrario, como si fuera un sino de vida, se tropezó con aquel fallo garrafal de la naturaleza que era el mar. Y lo intentó cruzar por ciento trece sitios mientras se iba chocando con la costa lo mismo que las moscas se porracean contra los cristales. Y creyendo que aquello, lo mismo que el amor, era una pieza única, indivisible y con un solo nombre, después de meses buscando la entrada de aquel laberinto siempre igual, se dio por vencido, y solo se le ocurrió aliviar su desencanto escribiendo a su madre una postal con letras de escalofríos para contarle que el mar era una pamplina, mama, que era siempre lo mismo, que nunca había visto tanto terreno desaprovechado y que por no servir, no servía ni para darle agua a las mulas.

Y regresó a los arrabales del mundo y se plantó delante de los olivos a puerta gayola para que el campo lo revolcara y le puliera las aristas, y se quedó tan solo en medio de lo que antes fue el centro del universo que los años se le cayeron encima como un guantazo a traición. Se hizo tan viejo que una tarde, pocos meses después de enterrar a su madre y en un arrebato de suficiencia, reventó contra el suelo la radio de bolsillo en cuanto se dio cuenta de que ya sabía todo lo que necesitaba para vivir.

—Me cago en la leche, uno se hace listo y valiente cuando ya no sirve para nada.

Y sin nadie a quien rendir cuentas, se fue dejando convencer despacio de que las cosquillas eran lo mismo que la risa, y que la contentura estaba pegada a las borracheras en la taberna del Canalla. Y en un rosario de días rancios e iguales que iban de la viña a la taberna y de la taberna a la cama, sin que nadie le avisara, a Damián Montilla se le empezó a picar el vino añejo que tenía clavado en las entrañas desde que empezó con las lecturas del vademécum. Un coco seco y callado le estaba royendo el hígado y hacía que la podredumbre le empezara a salir por la cara con rosetones malvas que le mustiaron sus gestos morenos. A Rafael Alegre, perdido desde hacía casi cuarenta años en tierra de nadie, se le gastó el alma a fuerza de refregar las cerillas de su pasión por cualquier caja. Y la carne se le pegó a los huesos, se le hizo de algodón blanco entre besos de paja y amores vacíos, y un día se le disiparon los fluidos y su sangre perdió la espesura antigua de morcilla lustre, y se le volvió tan líquida que se le transparentaban las manos, las orejas y la vida. Y mientras uno se oxidaba a tragos de vino caliente y vomitonas de fandangos, y el otro se pudría a golpe de besos de hojarasca y de amores de urgencias, los dos se hicieron tan viejos por separado que no había mañana que no pidieran que el cielo volviera a enviar señales tan claras como aquella tormenta de la noche de las Perseidas, esa que reventó la lona del circo ambulante, revolcó las jaulas de los animales y sembró el campo de bichos mansos y de señales claras.

Y sucedió que una mañana cualquiera, al campo se le rompieron los moldes de hacer días iguales, cuando una furgoneta negra con letras doradas se salió de la carretera y atravesó el olivar pisoteando redes, arrancando bajeras de olivos y empotrándose como un morlaco en los zarzales del arroyo. Como aquella fanfarria tenía todo el tufo de pirotecnia celestial, a Damián Montilla le empezó a brincar el corazón dentro de su caparazón de viejo lo mismo que rebotaban los loritos y las cacatúas contra los olivos, pero allí no estaba Rafael Alegre. De allí solo salieron seis músicos blanquinosos con dedos de alambre que pidieron permiso para desenfundar guitarras, y sin mediar palabra, se animaron con ritmos de quejíos hasta que las chicharras se callaron, las tórtolas se acurrucaron en sus nidos y no quedó un alma en el campo que no se arremolinara alrededor de aquel concierto de aceitunas y de sol.

Damián se sentó con ellos a la sombra de un olivo y a golpe de chatos de vino y de guitarrazos, el campo se fue llenando de fandangos calientes salidos de sus huesos en las horas de siesta de otro tiempo. A fuerza de quejíos se fue estrujando el alma con cada copla, y aquellas canciones que en otro tiempo se quedaron pegadas al paladar, fueron llenando los olivares con una historia que él nunca había contado pero que todo el mundo sabía. Y cuando estaba diseccionado en rodajas finas de mortadela, abierto en canal por los fandangos y sin sitio en donde esconder los despojos de vida que le quedaban, se dio de bruces contra la voz redonda y conocida de un desconocido. Un hombre mordisqueado y vomitado por la vida le dijo que las penas resecas se hacen astillas cuando se mueven. Era Rafael Alegre.

Y para no espinarse con reproches, envueltos en música, con todas las cuadrillas del término como testigo, aquellos dos carcamales de huesos de escarcha y de carne de acordeón, se subieron al pescante del remolque, fue entonces cuando Damián Montilla se acordó de aquella mañana de verano en la que su madre lo sacó de la cama para que viera si era verdad que estaba lloviendo bichos mansos en medio del campo. Y con una vomitona de pompitas de jabón dulce que le salían por las comisuras de los labios, preguntó gritando:

— ¿Por qué camino nos vamos?

— Por el más largo, Damián – respondió a voces Rafael para que todos lo oyeran. — Tira pal pueblo por el camino más largo que, por mí, como si nos morimos en este pescante. Da vueltas por el campo hasta que las mulas tengan mulinas, coge todos los padrones, tira por las peores veredas, gira y vuelve a girar hasta que las aceitunas que llevamos en el remolque fermenten y se hagan vino peleón, que de aquí no nos bajamos hasta que nos emborrachemos tanto y nos hagamos tan valientes que seamos capaces de quitarnos de encima hasta la última froncia del guiñapo de plástico que nos ha jodido la vida.

 

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