145. La danza del círculo

Tana Rosa

 

Aquella mañana de invierno de principios de los años sesenta, mis ojos se perdían por el inmenso paisaje de olivos; mirara donde mirara, filas y filas se alineaban sin fin ni principio, cubriendo todo el horizonte que se abría ante mí. Nada que ver con el paisaje de nieve del norte que dejaba atrás.

Después de varios días viajando en un tren con asientos de madera, llegamos a casa de mi abuela materna, en un pueblo de Jaén.

A los pocos días, mis padres y mi hermano mayor se incorporaron a la cuadrilla de aceituneros en un cortijo de los alrededores. Mi hermano pequeño, que tenía solo unos meses de edad, y yo que era la encargada de cuidarle, también fuimos a pasar la temporada en el cortijo de la cuesta.

Recuerdo que, por las mañanas temprano, se ponía en medio de una gran cocina la inmensa sartén de migas. Los hombres y mujeres permanecían de pie y formaban un círculo, dejando unos metros de distancia alrededor de las trébedes que sostenían la sartén; ordenadamente desde varios puntos, algunos daban unos pasos, cogían una cucharada y volvían al sitio, luego avanzaban y retrocedían otros… Esta danza se repetía hasta que se terminaban las migas. Mi madre me servía unas cucharadas en mi plato.

La cuadrilla se marchaba al tajo. Yo me quedaba con la casera que era la encargada de hacer la comida y me daba instrucciones para atender y entretener al pequeño que no diera guerra. A mediodía, cuando ya tenía listo el gran puchero de comida, venían dos hombres de la cuadrilla para transportarlo y todos nos íbamos al tajo. Al llegar el rancho, los aceituneros dejaban los lienzos, las varas, las espuertas y sacaban sus cucharas; repitiéndose la danza del círculo alrededor del puchero. Luego la comitiva volvíamos al cortijo.

Al terminar la jornada, las mujeres lavaban ropa y atendían a su familia. Las improvisadas cenas donde cada familia tiraba de sus provisiones estaban acompañadas de conversaciones en torno al olivar y la aceituna, salpicadas de canciones y chistes.

Al concluir la temporada de recogida de aceituna, nos fuimos a vivir a una aldea que se encontraba en el mayor de los latifundios de los alrededores. Poco a poco me fui enamorando de ese paisaje perfectamente ordenado. Correteaba con mis hermanos y los otros niños de la aldea por ese mar de olivos y las panderas que rodeaban la aldea; me sentía libre, al igual que los pájaros que no me cansaba de mirarlos levantar el vuelo.

Al llegar el invierno, volvía la recolección de aceituna, sólo que aquí, no se efectuaba al jornal como en mi primer invierno. En esta finca, se recogía al destajo.  Se formaban cuadrillas, normalmente con el grupo familiar.

Cerca de la aldea, se levantaba la casa de los aceituneros. Cada invierno se llenaba con varias familias del pueblo o venidos de otros lugares. Ellos y los habitantes de la aldea, éramos los encargados de la recogida.

Cada grupo tenía un número y los capachos, se numeraban con él. Mi hermano llevaba la aceituna de nuestra familia a la criba y en un cordel, hacia un nudo por cada capacho que llenaba.

Las hileras de olivos se asignaban siguiendo el orden correlativo de los números. Mas o menos todos ya habían ojeado el terreno y sabían cuantas olivas “buenas o malas” les habían tocado en suerte, esto se valoraba en función del mucho o poco fruto que tuviese el árbol y era importante para al final del día haber llenado mas o menos capachos. Se tardaba lo mismo en trabajar un olivo “doblado de aceituna” que uno cuyo fruto ralo, se repartía por todas las ramas y suponía una perdida de tiempo.  Esto era importante, pues para que el tajo avanzase parejo, los de las hileras colindantes, primero el de la derecha y después el de la izquierda; cuando se habían adelantado más de tres olivos, tenían que “robar un olivo” hasta que el grupo rezagado se ponía a la par de los otros. Las estrategias de acelerar el esfuerzo para no perder un olivo bueno, o ralentizarlo para salvase de uno malo, eran parte de un juego tácito, que al final del día se reflejaba en los kilos de aceituna recogidos. Los grupos fuertes dominaban el tablero del juego y los pequeños, se acomodaban a sus posibilidades.

El trabajo en el grupo se repartía en función de la fuerza de sus miembros. Los más fuertes, vareaban y titaban de los lienzos, por lo general eran los hombres, pero también había mujeres. Los chicos y chicas mayores que tenían fuerza para carga con pesadas espuertas sobre sus cabezas llevaban la aceituna a la criba y llenaban sus capachos, estando atentos a no equivocarse. Un hombre que trabajaba al jornal era el encargado de ayudar en la criba y custodiaba los capachos.

Al anochecer, cuando terminábamos la jornada, yo me cogía de la mano de mi padre y juntos nos íbamos a la fábrica a controlar el esfuerzo de nuestro trabajo, tenían que coincidir los nudos de la cuerda con la cantidad de capachos que teníamos en la almazara. Solíamos llevar un trozo de pan, para comerlo con el aceite recién exprimido, era espeso y amargo, una delicia; ese aroma si cierro los ojos, lo percibo de nuevo. El olor de la almazara lo llenaba todo. El olivar se llenaba de vida.

El trabajo era duro, pero se vivía con aire festivo y de buen humor, salpicando el esfuerzo del trabajo con chascarrillos, canciones y bromas sobre posibles noviazgos. No era raro que, de cada temporada de aceituna, saliera alguna pareja de novios. Esto lo reforzaba el que, en la casa de los aceituneros, al terminar la jornada se enchufara el tocadiscos y se formase baile y un rato de diversión.

Un par de años más tarde, yo era la que llevaba la aceituna a la criba, con una espuerta que pesaba más que yo.

La temporada de la recogida de aceituna era muy importante para la economía familiar de toda la provincia. Era del dinero ganado con tanto esfuerzo recogiendo aceituna, del que se disponía para los gastos fuertes, tales cómo compra o reformas en la vivienda o hacer frente a bodas, comuniones, bautizos y en otros casos, para saldar las cuentas con el panadero.

Después de la recogida de la aceituna, las mujeres y los niños de la aldea, nos dedicábamos las semanas siguientes a la rebusca. recogíamos las pocas aceitunas que se quedaban en el olivar y las llevábamos a vender a la almazara.  Era un trabajo cansado y a medida que pasaban los días, eran cada vez menos productivos, así que, los niños protestábamos y no queríamos ir. Ese dinero mi madre lo empleada en comprarnos ropa y arreglos para la casa.

Mi padre y mi hermano durante el año eran tractoristas y trabajaban en las labores de mantenimiento de los olivos de la finca. Las familias que allí vivíamos, formábamos parte de ese microcosmos del latifundio de olivos, nos mimetizábamos con el paisaje y velábamos por que el olivar estuviera bien; en una simbiosis de dependencia mutua, donde nosotros cuidábamos de los olivos y ellos de nosotros.

Así fui creciendo, correteando por el verde olivar, midiéndome en la cruz del retorcido tronco y trepando a las ramas; parecía una de ellas extremadamente delgada, de piel aceitunada donde destacaban dos aceitunas negras, de mirada inquieta que todo lo escudriñaban. Jugaba con otros seres, los elementales del olivar. Ellos sanaban sus heridas y las mías, decían que yo era una joven estaquilla que se desplazaba; a la que había que cuidar, para que creciera fuerte y recta.

Los años que pasé entre olivares, viviendo en mi mundo de fantasía, amando olivos como seres de mi familia, viéndolos felices o abrazándolos si sentía que sufrían; fueron los mejores años de mi vida. Allí, pese a las dificultades, me sentía absolutamente libre, perseguía las nubes, jugar con las libélulas y las mariquitas, fundirme con el azul del cielo o parándome quieta, sintiendo que mis pies se clavaban en el suelo y mis dedos eran raíces; jugando a ser un olivo.

Luego soñé un mundo más grande y quise volar detrás de los pájaros. Pero siempre vuelvo a mi querida y mágica tierra, al olivar que me enraíza a esta tierra mía.

Rememoro aquel primer invierno de olivos y aceituneros, me íntegro en el círculo de la danza y bailo con el son del vareo que me llega desde tan lejos. El oro líquido del olivar y la fortaleza de los olivos, corren por mis venas, son mis señas de identidad, me dan sentido de pertenencia, uniéndome al linaje de mis antepasadas, mujeres fuertes y valientes, que no se movieron nunca de este entono. Conocedoras de los remedios para la salud, que extraían del sagrado árbol. Poseedoras de sabiduría eterna que las ligaba a su tierra.

Me engañaron los sueños, no había mundo más grande que la danza del círculo y el mar de olivos.