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144.- El olivo

Francisco José Eguibar Padrón

 

Hacía días que le habían pronosticado una enfermedad terminal y no le daban más de un año de vida, aquel capitán de sueños, rastreador de estrellas en los cielos de las noches de verano hizo un alto frente al enorme olivo centenario, ordeñó y degustó algunas de sus carnosas perlas y seguidamente, en un acto de dendrolatría, se abrazó a su sagrado tronco, candelabro del que manaban múltiples brazos, sobre el cual el tiempo, o quién sabe si el mismísimo Miguel Ángel, había cincelado un rugoso e intrincado mapa y cuyas hojas lanceoladas de su copa, en consonancia con el refrán, proporcionaban abundante y generosa sombra a los caminantes que a su vera recalaban huyendo del plomizo sol.

Fue entonces, que, cerrando los ojos, una película se proyectó en su mente, en la que se veía en su juventud vareando ese mismo coloso al que ahora se aferraba, y la legión de olivos que poblaban los miles de hectáreas hasta donde alcanzaba su vista, allá donde la serranía besaba el firmamento entre el levitar de las nubes. Y cómo en la almazara, acaso tras misteriosa alquimia, se obtenía el orujo, del cual, tras el proceso adecuado, surgiría el líquido graso dorado del aceite, auténtico sustento de su familia y los vecinos del pueblo.

Escurridizos como el precioso líquido, seguían fluyendo en él los recuerdos que en cascada caían desde el río de la vida; la suya, ya en la cincuentena. Fue allí mismo, hacía más de treinta años, al amparo de aquel olivo, que Rocío, abrazados, le dio a probar la pulpa de sus labios, su primer beso. Aquellos valles de olivar de espeluznante belleza, patrimonio de la humanidad, ya desde entonces también patrimonio y templo de su amor.

Se separó del tronco, se dirigió a su vehículo y puso rumbo al pueblo desandando el tiempo en un viaje al pasado. A la derecha, casi seca, aún estaba la alberca donde de pequeño con otros zagales, iban a cazar ranas y renacuajos, juguetes melancólicos y con un futuro gris que depositaban en sus tarros de cristal. Cuántos los gorriones a los que no habían dado tregua con sus tirachinas, y decenas las jícaras de los postes de la luz reventadas. Había pateado aquellos campos y pasado revista al ejército de olivos al amanecer y al crepúsculo, en invierno y verano, y guarecido en casetas y refugios al socaire de los elementos. La vida en un pueblo no tenía nada que ver con la de una gran urbe como Madrid, metrópolis a la que se trasladó a los veintitantos años por vicisitudes del devenir y donde residía desde entonces y creado una familia; ahora, después de tantos años, retornaba a sus raíces antes de partir a la Isla de los Muertos para saber de ella, su gran amor, la que le regaló su lozanía, confidente y cómplice de sus sueños, acúfeno permanente en su memoria que el tiempo no consiguió borrar. Perdió todo contacto desde que se marchó del pueblo: “¿Se habrá casado?, ¿tendrá hijos?, ¿se acordará aún de mí?” –pensaba—; el tiempo se le acababa, se moría, y decidió emprender rumbo en su busca con el propósito de verla, y para ello inventó mentirosa disculpa.

El pueblo en esencia continuaba siendo el mismo, con algunas edificaciones nuevas y la alternancia del partido político de turno; la plaza del Ayuntamiento se mantenía exactamente igual, salvo el detalle de alguna fachada revocada. Se dirigió a la casa a la que tantas veces la acompañó a su regreso en noches de claro de luna y tardes teñidas de vino por el sol, pero le comunicaron que ya no residía allí, indicándole la dirección de su nuevo paradero. Una añoranza le sacudió de repente de arriba abajo al pasear por aquellas calles, y comprendió que ya no eran las suyas, sino las de otro espacio y dimensión: nadie de su familia le esperaba, sus padres habían fallecido y su hermano se había trasladado a vivir a Barcelona; pasaba desapercibido para los lugareños que se cruzaban con él y los pocos que reparaban en su presencia lo miraban con la curiosidad con la que se mira a un forastero. Allí seguía, junto al estanco, el Bar “Casa Manolo”, se detuvo y decidió entrar; Manolo, el barman y propietario, encorvado sobre el fregadero sacudía los vasos bajo el chorro del grifo, peinaba ya muchas las canas y estaba más enjuto de como lo recordaba; al verse, se saludaron con efusividad, a poco de llegar a las lágrimas.

— ¡Caray, Andresito, si eras casi un crío la última vez que te vi! – exclamó el barman.

Asintiendo con la cabeza, Andrés esbozó una sonrisa.

— Qué tomas, ¿un mosto, como en los viejos tiempos? Todavía me acuerdo, ¿eh? – profirió jocosamente Manolo.

— Eah, vale. Buena memoria – espetó Andrés.

Durante los minutos que permaneció allí, recordaron con nostalgia tiempos pasados y Manolo le puso al corriente de las novedades y a requerimiento de él le habló de Rocío.

— Rocío, sí, excelente muchacha, es la maestra de escuela y se casó con Emilio. Ese era el amigo tuyo con el que venías por aquí, ¿no? – le transmitió Manolo.

Emilio, efectivamente, era uno de sus amigos de la pandilla que siempre había bebido los vientos por ella; por un momento sintió que la hoja fría de una navaja le rasgaba el alma, pero, ¿qué quería?, si se marchó a Madrid en un arrebato de juventud, dejándola plantada a pesar de sus ruegos y lágrimas; nunca se arrepentiría lo bastante de aquello, el tremendo error de su vida; bien sabe el cielo que daría lo que fuese por retroceder en el tiempo. Inmarcesible el amor que sentía como la melancolía insufrible por su ausencia. Su matrimonio era un despropósito, solo salvado por la existencia de sus dos hijos.

Se despidió de Manolo y se encaminó hacia la casa de Rocío; no se atrevió a llamar y permaneció apostado en una de las esquinas al acecho, le entró la duda de si la reconocería transcurrido tanto tiempo. Después de esperar por espacio de media hora vio que una mujer salía de la casa, y un aleteo de mariposas en el estómago le puso en alerta de que era ella, emprendió la marcha a su encuentro escudriñando su figura; ella iba con la cabeza gacha, su pelo era corto y no lucía ya aquella melena crespa, auténtica seña de identidad y fragancia de su embeleso; vestía sencillo: pantalón vaquero, camisa y chaqueta de entre tiempo. Al llegar a su altura le habló.

— Rocío – musitó, aún no convencido de que fuera posible que se estuviera dirigiendo a ella, haciéndose el encontradizo.

— ¡Andrés! – exclamó ella alzando su cabeza y como paralizada, con media sonrisa en los labios y embargada por sorpresa alevosa.

Andrés la observaba casi en trance, con la sensación de no poder abarcarla, sin atreverse a parpadear para no perderse un átomo del instante. Los años la habían impregnado de una belleza más serena y aunque sus ojos habían perdido parte del brillo que aquellos dos luceros irradiaban en su juventud, seguía siendo realmente bonita; no obstante, su mirada parecía distante y como bañada por un halo de resentimiento, sin tornarse indiferente pero evitando cualquier reflejo de entusiasmo. Cuántas veces, fueron miles, ella en sus sueños y en vivir este momento y, sin embargo, la primavera no eclosionó ni en el cielo el arco iris.

— ¡Mamá, mamá! – Rocío dio un giro de ciento ochenta grados y melosamente abrazó a las dos niñas, que venían acompañadas de su padre.

— Andrés, estas son mis hijas Fátima y María y mi marido Emilio. ¿Te acuerdas de él? – espetó Rocío.

Andrés estrechó la mano fláccida que le tendió Emilio, a la par que en un rápido reconocimiento comprobó la generosa barriga que le sobresalía de la chaqueta y las pronunciadas entradas de su cabello. Pensó que los años le habían pasado menos factura que a Emilio, omitiendo el pequeño detalle de que sus días estaban contados, y, no obstante, para Emilio eran sus besos.

— Pero, dime, Andrés, ¿qué te trae por aquí después de tantos años? – le preguntó con curiosidad, Rocío.

— Bueno, un asunto que quedó pendiente de mis padres – dijo él improvisando con lo primero que se le ocurrió. No se atrevió a confesarle la verdad, que durante todo este tiempo había morado en el desierto de la amargura y que sus días transcurrían bajo un cielo color plomo, y la falta de valor que mostró en su juventud por no luchar por ella. Qué desazón le hurgaba las entrañas al afrontar que nunca más se fundiesen ya sus labios ni pasear entrelazados de la mano por la mansedumbre de los olivares al atardecer, los celos de que esos momentos los compartiese con otro hombre le desgarraban. ¿O tal vez ya ni siquiera sentía celos? ¿Acaso la proximidad de la muerte no fuera un bálsamo que le aliviase el aceptar que su lugar no estaba junto a ella?

— ¿Quieres venir a casa con nosotros y charlar? – le preguntó Rocío mirándolo fijamente.

— No, gracias, es que tengo prisa, ya resolví aquí el asunto pendiente de mis padres y me esperan en Madrid. Tal vez en otra ocasión en que vuelva por aquí – mintió Andrés, sabiendo que la parca no tardaría en venir a buscarlo.

Rocío, abrazada a sus hijas y en compañía de su marido retornaban a casa. Andrés lo hacía en busca de su vehículo para regresar al tedio; se volvió hacia Rocío y comprobó que mientras caminaba, ella también se había vuelto hacia él; se miraron durante unos segundos con mirada intensa y profunda, convencidos de que esa sería la última vez. Si hubo algún mensaje subliminal en esa mirada, solo Andrés y Rocío lo supieron.

Andrés, de regreso a la capital, al salir del pueblo hizo otra parada en el olivo centenario, sacerdote fiel custodio de sus secretos y testigo de su amor, y abrazándose de nuevo al egregio árbol, sintió en sus labios el beso tibio de Rocío.

Según avanzaba en su coche, chalupa en medio de aquel mar de olivares, miró por el retrovisor y vio que allí quedaba el olivo, majestuoso, sobrio, eterno, llama votiva del amor que Andrés y Roció se profesaron, y que allí perduraría por los siglos de los siglos.

 

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