143. La caja entre las raíces

Alberto Guaita Tello

La potente grúa arrancó con esfuerzo el tocón del milenario olivo y lo hizo a un lado.

Aquellos campos, que antes habían llegado desde Atenas hasta la costa de El Piréo, habían ido secándose sin que nadie pudiera remediarlo. Dos operarios descendieron al socabón que había dejado. Debían reenganchar las eslingas para arrancar el resto de las raíces. Al menos serían buena leña para los inviernos, inusualmente crudos, que venían sufriendo durante la última década.

Uno de ellos, Demetrio, vio una caja entre el polvo y las piedras. Estaba envuelta en los jirones de lo que en su día fuera una colorida capa.

Como hipnotizado, apartó los harapos, que se deshicieron entre sus callosos dedos, dejando al descubierto una caja hexagonal, poco más pequeña que una inofensiva cajas de galletas holandesas.

El brillo del medio día arrancó destellos dorados de su preciosa decoración. Estaba tallada finamente y decorada con hilo de oro y plata. Los dioses en ella representados parecían moverse y bailar con la luz del sol.

Se quitó su empapada gorra, marcada por la sal del sudor de mil días de duro trabajo y la dejó caer. Para él, se hizo el silencio y el mundo pareció casi detenerse sin hacerlo del todo.

Absorto, corrió el delicado pestillo. Se deslizó voluntarioso, como si hubiese sido engrasado aquel mismo día. La abrió, sin sentir como su compañero le sacudía los hombros, gritando sin que pudiera escucharle.

Un rayo cayó demasiado cerca, he hizo huir a los demás trabajadores. Su compañero consiguió salir torpemente del hoyo. Un terror cerval se apoderó de él.

No iría muy lejos, ninguno lo haría.

Una brisa heladora llenó el rostro, las cejas y los huesos de Demetrio de escarcha, mientras entre ella se escuchaba el siseó de un antiguo nombre…

Pandora.