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142.- El abuelo

Víctor Paz

 

Después de que la abuela pusiera la comida en la mesa y cada uno fuera servido, los hijos del viejo hablaron de la empresa, de la cosecha de oliva y la venta de aceite en el mercado mundial. El abuelo escuchó la conversación, a lo que pidió la palabra y les contó sobre sus días en la recolección del fruto del olivo en la campiña.

–Yo pasé muy lindos momentos en el campo, allá en Mendoza, trabajé mucho tiempo con mi primo Chito en los campos de olivo. En aquellos años era joven y fuerte, y pese a que la guerra me había llevado el brazo izquierdo, yo trabajaba duro. Nunca dejé que eso impidiera hacer mi vida. Chito se levantaba conmigo a la madrugada para juntar las aceitunas, pero antes preparaba salamín seco que calentaba en la plancha de la cocina a leña y ahí desayunábamos. Después salíamos a cargar las canastas, yo me sujetaba la cesta como mochila y como podía, tumbaba las aceitunas con el palo. Cuando llegaba media mañana, me esperaban con un sartén de huevos fritos y cebolla, chorizos y un buen vino tinto como premio a mi esfuerzo. Yo no me dejaba ganar por la compasión, yo le ponía el pecho a todo, y también el estómago, porque al medio día cerrábamos la jornada laboral con un suculento puchero. – Los hijos reían pensando en tanta comida tragada por el abuelo y en tan poco tiempo.

– Mi prima María hacía masitas de vainilla. – Siguió contando el abuelo a su familia. – Masitas de maicena para el postre. Recuerdo que hacía kilos y kilos que guardaba en un baúl de madera que trajimos con mis hermanos escapando de la guerra allá en Villacarrillo, España. También recuerdo que cuando terminábamos de cosechar los olivares y me quedaba tiempo libre, salía a cazar. –En ése momento el viejo se puso eufórico y prosiguió: – Me encantaba salir a cazar, yo lo acompañaba a mi primo, montaba a su lado y corría juntó a él las liebres que salían en el campo. El caballo era baqueano y sabía correr las liebres, solito salía al cruce de las bichas y las acomodaba bajo las patas para que los perros las agarraran. ¿Saben una cosa? jamás dejé que, por faltarme el brazo, me acobardara la vida. Así como sabía andar a caballo con una sola mano, así me las arreglaba con todo. Como el olivo soy, podrá desgajarme la vida el cuerpo, pero yo tengo las raíces firmes para hacer fuerza y aguantar. –Explicó el abuelo emocionado y alisándose los bigotes.

Respiró hondo, se levantó del sofá, saludó a todos y se fue a tomar aire bajo el viejo olivo de la casa. La nostalgia le anudaba las palabras entorpeciendo la respiración, pero el viejo era de madera fuerte y no se doblaba así nomás.

La mano de su nieto más pequeño le rozó los pantalones, y el abuelo salió de su estupor. Los recuerdos lo ponían nostálgico. La carita lo observaba con curiosidad y ternura pidiendo su atención. Sus otros hijos habían llegado hacía un momento y lo esperaban en la sala, por lo tanto el viejo no tuvo más remedio que tomar la mano de su nieto y regresar a la mesa. Ya sabía de antemano que, como cada domingo, venían a escuchar sus historias.

–Sentados todos– Dijo el abuelo al entrar en el comedor. Rápidamente los recién llegados hicieron una media luna frente a él, quedando así perfectamente ordenados, esperando que el anciano contara alguna de esas fantásticas historias en los olivares de su familia.

–Hoy les voy a hablar del nono Alfredo, su bisabuelo. –Expresó orgulloso el viejo en un suspiro. – ¡Don Alfredo! así era como respetuosamente lo llamaban los peones y la gente del pueblo allá en la Villacarrillo, donde yo nací. – Un respetuoso silencio se apoderó de la sala. – Recuerdo que nuestra familia tenía campo y cosechábamos las más grandes y verdes olivas, exclamó el viejo con un ademan de grandeza.

Los niños arrastrados por la historia no sacaban la vista de su abuelo que con un simple narrar y nutridos ademanes, dibujaba lugares y personajes en el aire de la sala. Como bolitas de vidrio los ojos de los críos, brillaban, acompañado lo asombroso del relato.

—Hacíamos carneadas que duraban una semana entera — Prorrumpió el abuelo y parecía saltar de la silla en el periplo del recuerdo. — Venían los vecinos a colaborar, dos vacas y dos chanchos matábamos, y la fiesta duraba días mientras hacíamos chorizo y otros embutidos. Había mucha comida en la mesa y la carne se servía todo el día. Ni colesterol, ni diabetes, ni que nada teníamos, así que no me vengan a hablar de cómo uno se debe cuidar. De viejos y añosos se morían los viejos antes, ahora nos enfermamos por cualquier cosa y ya nos meten medicinas para el corazón o la presión.  — Renegaba el viejo salido del relato, atrapado en su presente.

—El bisabuelo Alfredo andaba con su delantal blanco y el cuchillo bien afilado, de acá para allá dando órdenes a sus hermanos y vecinos para que todo saliera bien. Se bebía ginebra. El fuego siempre estaba prendido, se colocaban unas ollas grandes para hervir agua o cocinar la grasa del chancho con la que después se hacía chicharrón para ponerle al pan casero o comer con la mano. Arrancábamos como a las cinco de la mañana y terminábamos bien a la nochecita. —El viejo seguía su relato sin interrupción. —Yo andaba metido entre todos los tíos y mis hermanas o jugando con los hijos de mis vecinos. Gomera al cuello cazando en el monte de olivos. –Un nuevo recuerdo tomó al abuelo por sorpresa y buscó hacerse lágrima en sus ojos, pero el viejo se contuvo y continuó. –Mi infancia fue un tiempo de abundancia, mis padres nunca me hicieron faltar nada. Mi familia eran personas serias, muy queridos, hombres de palabra, respetados en Villacarrillo. Sus negocios se hacían con un simple apretón de mano. Cuando venían las cosechas caían en casa los peones golondrinas, los dejábamos dormir en los galpones junto con las máquinas, las bolsas y las canastas. Recuerdo que mi padre los visitaba y hablaba con ellos hasta bien entrada la tarde, después de la jornada. Yo me escapaba para ir con él y mi madre me traía de la oreja prohibiéndome juntarme con ellos, ella no quería que me mezclara con esa gente. Ser el hijo del patrón me colocaba en otro nivel, decía, distinto a esos pobres trabajadores. Aquella cuestión siempre me pareció una tontería y será por eso que nunca le hacía caso. Todo era abundancia y felicidad, hasta que llegó la guerra, esa maldita guerra. — El abuelo se incorporó del sillón rápidamente, su semblante se había puesto duro. Le dolía el corazón y el brazo izquierdo se le había acalambrado. Le costaba respirar y suspirando hondo como si en la bocanada de aire se le remolinearan todas las imágenes que llevaba dentro del pecho, anunció que debía dormir su siesta.

–¡Queremos más historias! –exigían los nietos, gritando y levantando la mano. Pero el abuelo le dio un beso a cada uno y se fue a su habitación.

Ya había pasado el mediodía, la luz del sol penetraba por la maraña de la parra en la pérgola y un dejo de nostalgia se encendía en la mirada del hombre mientras se acostaba a dormir. Cuando cerró los ojos, un cielo azul cubría el mar, un viejo barco escupía humo negro por la chimenea y las gaviotas revoloteaban sobre el puerto y la popa. Un pañuelo blanco lo saludaba desde el embalsado, y él, junto a sus hermanos, miraban zarpar el buque hacia un destino incierto. “América” dijo su hermana mayor al colocarle la boina en su cabecita de diez años. En su hombro colgaba el vendaje del hospital cubriendo el muñón en su brazo, aún podía oler la pólvora. El bombardeo había sido suficiente para que sus padres vendieran todo lo que tenían y enviaran a sus hijos con su otra familia en Argentina, donde un futuro mejor aguardaba seguramente. Ellos por lo pronto se quedarían en la campiña hasta la próxima embarcación. Sus cinco hijos serían los primeros en partir, y la mayor, la encargada de cuidarlos hasta llegar a destino.

En Mendoza se habían afincado sus primos, les estaba yendo bien con el aceite de oliva. Seguramente lejos de la guerra todo sería mejor. El horror de la dictadura apenas los había mordido y ya los tenía marcados para siempre. El sueño del viejo no parecía acabar y se mezclaba en la línea del tiempo una y otra vez. Pudo verse parado junto al mostrador atrapado por unos ojos pardos que lo miraban con picardía mientras pesaban el pan. Vio a sus hijos corriendo por la nueva casa en el pueblo, vio a su hija vestida de blanco frente al altar con los mismos ojos pardos de su madre. Escuchó un paso doble a lo lejos entre el gentío una noche de verano cuando propuso matrimonio al amor de su vida y se llevó a vivir al campo a la hija del panadero. Se vio niño, joven y viejo. Simplemente se reencontró con la vida, y mientras la siesta lo mecía entre los recuerdos, el viejo se quedó dormido para siempre.

 

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