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141.- El Loco del Olivar

Martín Carmona Sánchez

 

Me siento bajo mi fiel amigo centenario en busca de una sombra que consuele mi acalorado estado a estas horas de la tarde. El trabajo en el olivar es duro y más aún cuando el sol y el silencio son tus únicos compañeros. Solté mi mochila junto al tronco y tras ahuecarla un poco reposé sobre ella la cabeza.

A mis cuarenta años me sentía afortunado por tener todo aquel terreno para vivir. Mis visitas al pueblo eran escasas y solo tenía relación con tres o cuatro personas que veía de forma esporádica. Una de mis aficiones era coleccionar navajas, las cuales usaba en mis quehaceres diarios de forma indistinta alternando unas y otras.

Las pequeñas hojas tintineaban al son de la suave brisa que recorría todo el cerro vivificando las gotas de sudor que caían por mi despejada frente.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el cansancio a un mundo donde todos mis problemas desaparecieron por completo, donde cada ápice de mi existencia se componía de versos escritos en galletas de vainilla para degustar lentamente con el paso del tiempo.

Eran muchos los años que viví y trabajé en aquel cortijo. Jornadas interminables en las que jamás eché de menos la compañía de nadie. Jornadas en la que la mayor felicidad era cuando llegaba el momento de la recolección de la aceituna y podía degustar en una buena rodaja de pan recién hecho aquel oro dorado que amargaba mi gusto pero endulzaba mi corazón.

Desperté sobresaltado. Allí había alguien más y se acercaba hacia donde descansaba este humilde hombre de bien.

— Buenos días, ¿podría decirme dónde puedo encontrar una gasolinera?

Miré de arriba abajo a ese ser repeinado, pijo y de ropajes caros y sin mediar palabra abrí mi mugrienta mochila. Creo que mis ojos habían tomado un tono algo sangriento y desquiciado ante aquella interrupción. Los cerré un momento y cogí aire. No me molestan las visitas pero hay horas y horas y todo andaluz sabe que la siesta cuando se trabaja en el campo es sagrada.

Agarré a la pequeña Lucia, avancé y tras mirar fijamente a aquel desdichado personaje le corté el cuello de lado a lado.

La sangre caía a borbotones mientras el hombre caía de bruces al suelo con las manos sobre la garganta. Un reguero color rojo casi negro regaba las raíces del viejo olivo que me servía de cama. No solo me despierta, sino que además me llenará todo esto de hormigas.

Me encantaba ponerle nombre a mis navajas, y en especial a Lucia porque ella era la que siempre me sacaba de apuros. ¿Cuántas y cuántas veces tuve que recurrir a ella para poder comerme las castañas que en las brasas de la candela pedían a gritos que las devorara? Me encantaba su mango blanco hecho de asta de ciervo.

¡Ah sí!, disculpen. Estaba contando cómo el visitante cayó al suelo. Sí, murió allí mismo. Pero no lo enterré hasta que no acabé mi siesta. Las preferencias de un hombre dicen mucho de sí mismo, y para ser buen trabajador hay que estar descansado.

El tener que enterrar a parte de este pobre desgraciado me había trastocado un poco los planes de la tarde. Me hubiera gustado seguir deserpando los olivos que hay junto a la carretera, para poder así ahorrarme encuentros no deseados, pero visto lo visto tendría que dejarlo para mañana.

La noche aparentemente iba a ser fría, pero tenía leña de sobra como para pasar el otoño, el invierno y hacer chuletas para todo un regimiento. Puse la carne sobre las rejillas y esperé a que la leña se consumiera un poco para poder empezar a cocinar.

Guardé los zapatos y ropa “pijita” en el saco de esparto que utilizaba para las “cosas de arder” y cogí a la pequeña “Jacinta” para hacer trozos más pequeños de aquella jugosa y fresca carne. De vez en cuando se agradece comer algo distinto, hacía años que había descubierto que la carne humana era una de mis favoritas. Eso sí, cuando quería cocinar un sabroso arroz de campo, no podía dejar de contar de un par de simpáticos zorzales para darle sabor.

Estaba disfrutando de la parrillada de carne (también asé un par de patatas pero esas no las probé), cuando el sonido del motor de un coche me sacó de mi hipnótico festín. Dejé la garrafa de aceite de oliva con la que aderezaba la carne y limpié la navaja sobre la maga de mi bonita camisa de cuadros azules.

Salí a la puerta del cortijo con “Jacinta” abierta en mi mano, y me dispuse a saludar a mis inesperados visitantes.

— Buenas noches amigo Cosme – me dijo el señor Cabo de la Guardia Civil del cercano pueblo de Granja del Olivar.

— Buenas noches señor cabo – respondí afablemente mientras le estrechaba la mano como un hombre educado que soy.

El Cabo era una buena persona, con mucho carácter pero buena persona. Le gustaba pasarse de vez en cuando por mi cortijo a ver si había alguna novedad en mi huerto de la que poder dar buena cuenta en su mesa. Me encantaba charlar con él y su compañero de turno sentados en la entrada con una buena copa de vino. Desde que quedé solo en el campo y mis padres faltaron, no había semana que no recibiera su visita aunque fuera de unos pocos minutos.

— Cosme, estamos buscando a este hombre. Se ha encontrado su coche a dos kilómetros de aquí, junto a la Molina del Cojo. ¿Lo has visto? – mientras me enseñaba la fotografía en su móvil de última generación.

Comencé a temblar sin parar. Incluso creo que las manos me sudaban y la voz se me tornó en balbuceos. Estaba sin palabras. El tío de la foto era el mismo al que había cortado el pescuezo hace unas horas y degustado hace un rato; pero lo interesante de todo ello es que el cabo se había comprado un IPhone de nueva generación y eso me perturbaba: qué habría hecho con las fotos que sacamos a la cierva que pillamos en el lazo el mes pasado.

— ¿Lo has visto o no? – Insistió.

— No Don Jesús yo no he visto a ese señor por aquí. Usted sabe señor cabo que siempre estoy más solo que el chino de Kung Fu, ese que iba por el desierto en alpargatas. – dije de forma apenada.

Me despedí de la pareja de guardias tras la correspondiente copa de vino. Los minutos volaban sobre los cómodos taburetes que hice, (con el tronco del roble viejo que crecía allí donde el riachuelo a la derecha). Y más rápido aún si los acompañábamos con un poquito de queso en aceite que yo mismo elaboraba y del cual me gustaba presumir.

Metí la mano en el saco y arrojé a la candela un zapato para que la goma sirviera de combustible. Quería tener una buena fogata esta noche pues tenía el cuerpo destemplado. Me había sentado mal la cena, seguro que el estirado ese que me había comido era intolerante al gluten. Esta noche toca abonar el olivar por culpa de estos retorcijones tan molestos.

El sol de la mañana entraba por la pequeña ventana construida entre piedras. El sonido de algunos pájaros se dejaba querer en la duermevela mientras tomaba conciencia de lo que había hecho el día anterior.

Tal vez fue una locura pasajera o mi falta de empatía o que estoy loco, pero me vestí rápido y fui corriendo al lugar donde enterré a esa persona.

Había hecho algo terrible y no podría perdonármelo.

Escarbé con las manos desnudas donde la sangre aún mantenía húmeda la tierra hasta que un brazo frio y rígido se comenzó a ver entre las piedras y barro espeso.

Respiré aliviado. El reloj todavía funcionaba. Jamás me hubiera perdonado el que un aparato de tal calidad y precio se hubiera estropeado por culpa de esta mente desequilibrada.

Escupí en la esfera y la restregué hasta que quedó brillante de nuevo. Me encantaba mi nuevo regalo.

El cuerpo del susodicho quedó semi desenterrado. La parte del muslo que me comí anoche reflejaba brillante el sol de la mañana.

Me tumbé de nuevo bajo mi amigo olivo y mi amigo pijo y me puse a contemplar las nubes que con prisa inusitada surcaban los cielos en busca de parajes por descubrir.

— ¡Buitres! — grité sobresaltado.

Tiré del tronco del cadáver y lo arrastré cerro abajo, hasta unos cincuenta metros de donde yo me encontraba en un principio. Me volví hasta la zona alta y sentado a la orilla de mi árbol favorito me dispuse a contemplar ese maravilloso espectáculo que es el de la naturaleza cobrando su precio.

Una bandada de buitres cada vez mayor se hacía visible sobre nosotros y poco a poco bajaban en busca de su desayuno.

Lo esperpéntico de la situación se mezclaba con lo increíble de la naturaleza. Trozos de carne desgarrados por los picos afilados, pelea de aquellas grandes aves sobre los huesos blanquecinos de aquél desgraciado, el ruido ensordecedor que hacía y el batir de unas alas que congelaba el mismo miedo de tu piel. Menos mal que el bicho estaba muerto antes de que se lo comieran esos pajarracos, no podría imaginarme un tormento mayor.

Mientras tanto Lucía hacía su servicio con la última manzana que me quedaba de la compra del mes y tumbado con la cabeza en la mochila organicé mentalmente la jornada con el ruido de los buitres de fondo.

La cara desencajada del pijo corriendo hacia su coche era un cuadro. Sin duda alguna le había llegado muy adentro la historia que le había contado, lo que podría haberle pasado si me hubiera despertado de mal humor. Sonreí al imaginarme la bronca del cabo cuando ese pobre infeliz llegara al cuartelillo contando su encontronazo con “el loco del olivar”:

– Ese hombre que es capaz de devorar a un ser humano por interrumpir su siesta.

 

 

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