141. Adivinando olores

Jane Didion

 

El amor frente al paso del tiempo. Un tiempo que, como un caballo blanco que galopa sobre los campos de olivares de las tierras de Jaén, busca el infinito que se esconde detrás del horizonte. Un amor a los olivos y su aceite de oliva que, frente al paso del tiempo, mi madre exploró a lo largo de su vida, incluso cuando estuvo cubierta por el manto del olvido. Un amor universal, como el que expresan los olivareros hacia sus zumos milenarios. Aquellos que reposan en silencio en las almazaras que existen entre el río Guadalquivir y Sierra Morena. Porque allí, ella y yo, descubrimos eso espacios que nos hablaban del tiempo. Aromas y sabores que nos hacían sentir muy pequeños cuando los notábamos dentro de nuestro cuerpo. El aceite es un producto milenario hecho con esfuerzo, dedicación y amor. Un producto expuesto a las inclemencias del tiempo; un tiempo bañado por los rayos dorados del sol y acariciado por el viento; un tiempo plagado de olores, como aquellos que, junto a mi madre, yo traté de adivinar a lo largo de mi vida. Una vida expuesta al amor fraternal y sus adversidades. Un amor fraternal en el que fracasé, como si la coraza de héroe del tiempo en la que enfundé a mis sueños hubiese sido fundida por el paso de los días. Yo intenté buscar la belleza dentro de la tragedia que es el olvido, pero ni siquiera el poder que representa un caldo milenario como es el aceite del oliva ante el paso del tiempo fue capaz de arrebatar a mi madre de la enfermedad del Alzheimer.

Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Oigo el sonido del reloj que me llega desde el final del pasillo. Un reloj que, como el goteo del grifo de los depósitos donde reposa el oro extraído de las tierras de Jaén, marca el ritmo del tiempo. Sonidos que años atrás acompañaban a nuestros pasos en las almazaras que visitábamos, y en las que mi madre me enseñó a amar la vida adivinando los olores de los aceites jienenses y sus esencias; o el alma, como ella llamaba al aroma de aquellos caldos que, silenciosos, reposaban a salvo de la herrumbre del paso del tiempo. Entonces, cuando caminaba cogido de su mano, no sabía qué era aquello de desear lo imposible. Entonces, sólo me preocupaba no soltarme de su mano, salvo cuando escribimos en una de aquellas almazaras nuestros más íntimos deseos: el de una madre sobre la vida, y el de un hijo sobre su madre. Deseos escritos al amparo del silencio que gobierna a los secretos; unos secretos sobre los que siempre me he mentido, porque creía que significaban otra cosa distinta a lo que significan ahora.

Madre, nadie nos entendió cuando nos pasábamos tantas tardes adivinando olores. Aquellos que yo te acercaba en pequeños vasos con distintos aceites. Y si lo intentamos fue porque a ti nunca se te dio bien escribir y después casi se te olvidó hablar y, cuando lo hacías, emitías largas frases inconexas que pertenecían al lenguaje de las sombras. Yo, aunque tú ya no lo sepas, todavía deseo lo imposible. Y todavía sueño con volver a ver cómo se dibujan aquellas palabras a través de tus labios. Palabras que, como un poeta que lee sus versos, tú emitías cuando iniciabas la liturgia de la cata que nos alejaba de la realidad y nos sumía en la letanía de los recuerdos. «Delicado, punzante, atenuado, con mucho cuerpo», me decías, mientras me quedaba mirándote y sentía que la libertad nos perseguía más allá de los sonidos y de los pensamientos, pues todavía éramos capaces de creer que aún había un espacio para la esperanza. Una esperanza que reducía la distancia que nos separaba a través de los olores. Diálogos olfativos de unos ingenuos que todavía pensaban que era posible regresar al pasado a través de los aceites que un día compartieron juntos. En mi adolescencia. En tu juventud. Diálogos que al final se tornaron mudos, pero que entonces nos llegaban a través de un sonido convertido en aroma. Un aroma reconvertido en el lenguaje universal de los afectos más íntimos, del amor fraternal y sus adversidades. Aquellos aceites de oliva, con el paso del tiempo, se transformaron en nuestra particular forma de hablarnos; unas veces con palabras, otras con la mirada, y más tarde, con nuestros silencios. Silencios cargados de recuerdos.

Madre, entonces nadie creyó en nosotros, ni siquiera la doctora de cabecera, que me dijo que no había otra pastilla que te permitiera dormir menos y, así, poder estar despierta el tiempo suficiente como para que de nuevo jugásemos al juego de las palabras, o a contar nuestra particular selección de variedades de aceites; aceites de oliva envueltos en el recuerdo de aquel día que escribimos nuestros deseos en una de las paredes de las almazaras jienenses que visitábamos cada verano; un espacio en el que tú me decías que se detenía el tiempo. Entonces te creí, pero ya no, sobre todo cuando soy testigo directo de que el paso del tiempo no siempre es benévolo con aquellos que lo sufren. Cuando echo la vista atrás creo que el maldito tiempo se nos escapó entre las manos, y lo noto cuando recuerdo tu rostro, porque tu mirada perdida yo creía que era igual al rugir de las olas; una metáfora que me decía que tus ojos caminaban sin rumbo por la senda de los no recuerdos. Recuerdos que se mostraban incapaces de distinguir el verdadero significado de tu existencia. Ellas, las olas, tras tu marcha, siguen abatiendo su furia sobre las rocas sin saber cuál es su destino. Igual que tú madre que, desde que te has ido, ya no fijas tu mirada perdida tras aquello que realmente andabas buscando. Sin embargo, yo sabía que tú nunca estuviste perdida, porque tus ojos me decían que tu mundo marchaba en paralelo al mío, sólo eso. Entonces me decía a mí mismo que tus prisas no eran mis prisas, porque simplemente tus hallazgos no requerían de simples chispazos de luz, sino de la plenitud del amanecer que iluminaba tus ojos cada mañana; esa plenitud que se dibujaba en tu cara cuando nos mirabas sorprendida antes de llevarte desde la habitación al baño. Y aunque a mí, como a ti, también nos costó llegar a comprenderlo, creo que esa luz que nos bautizaba cada mañana nos hablaba de la finitud de la vida, y de esa posibilidad de nacer y morir que conlleva la llegada de un nuevo día, justo lo contrario que entonces te sucedía a ti que, cada vez que el sol se ponía por el horizonte, deambulabas por vírgenes aguas tormentosas y caminos todavía inexplorados por el ser humano. El cerebro, ese gran desconocido del que nos hablan los científicos y los médicos, en ti se transformó en un ave fénix que se difuminaba y resucitaba tras cada gesto con el que recobrabas un poco de tu esencia. Esencia tangible cuando tus manos nos acariciaban la cara o tus ojos recuperaban el brillo de antaño. El cerebro, ese gran desconocido del que nos hablan los científicos y los médicos, sin que ellos sepan que, como Goethe, nosotros deseábamos lo imposible; un imposible que tú y yo tratamos de vencer adivinando olores. Olores teñidos del color oro de un líquido extraído de las entrañas de las tierras de Jaén. Líquido áureo, suave al tacto e infinito cuando tocaba nuestro paladar. Sensaciones, todas ellas, que nos unieron en mi adolescencia, en aquellos veranos que pasamos visitando almazaras, compartiendo pequeños secretos y coleccionando olores. Olores capaces de unir experiencias en una senda de tierras milenarias. Tierras de trabajo y silencios. Sudor y campo. Sabiduría y leyenda. Olores y recuerdos que, sin embargo, con el paso del tiempo, no lograron remediar nuestro destierro. Un contratiempo que, a pesar de todo, a ti y a mí no nos impidió seguir explorando lo imposible adivinando olores. Como tampoco nos hizo falta el consuelo redentor de quienes te visitaban y se paraban a mirarte sin llegar a comprender que ya no te acordabas ni de sus nombres, ni de sus caras, ni de los buenos y malos momentos que compartiste a su lado, quizá, porque el olvido también forma parte del destierro del corazón.

Mamá, todo parecía estar en nuestra contra, como si nuestro mundo se hubiese reducido a contemplar cómo las olas se abatían sobre un barco varado en mitad de una playa. Un barco varado y olvidado hasta por sus náufragos. Antes de volver a caer en la desesperación miro a través de una rendija que me dice que no existen barcos sin náufragos ni leyenda, como tú y yo tenemos la nuestra. Náufragos y leyendas que a mí no me asusta invocar junto al rugir de las olas, pues pienso que uno de sus movimientos nos llevará a un lugar donde no nos hará falta hablar ni expresar aquello que pensamos, porque allí, adonde iremos, no existirá el ayer, y así no tendremos que molestarnos en recordar; esa perenne tarea que en demasiadas ocasiones es una condena. Allí, donde el rugir de las olas nos sea propicio, descansaremos sobre un lecho de paz y silencio, y con la mirada acapararemos el sabor de la dicha que nos unirá por encima de tu enfermedad y el paso del tiempo, tal y como hace el depósito en el que reposa el aceite de oliva más viejo del mundo. Un aceite eterno como nuestro amor fraternal que no entiende de tiempos ni fronteras.

Madre, ya sé que tú tenías tus recuerdos, pero eran de vidas y vivencias que yo no compartí a tu lado, pues todavía no era de este mundo. Experiencias vividas junto a tus padres, y tus hermanos; sucesos de una infancia rodeada de cariño que, a su vez, te aisló siempre de ese mundo hostil de lanzas y tejados quemados; y después llegaron tu juventud, un pueblo distinto y sus fiestas, tu primer traje nuevo, aquel que no le gustaba a ese chico del que tú ni nadie se acuerda ya, pues tu destino estaba muy lejos del suyo. Un destino que también te alejó de aquellas casas de piedra que ya no queman leña los días de invierno, y de esos aromas y esencias que las grandes ciudades no distinguen. Y así toda una vida que todavía entonces navegaba por tu cabeza, la misma que más tarde se negaba a recordar mi nombre, a pesar de que te dijese eso de: «yo soy tu hijo», cada día y a cada momento que depositabas tus ojos sobre mí. Entonces, aunque nadie lo supiera, tú y yo nos comportábamos como esos delincuentes de los sentimientos que sólo son capaces de robar el cariño ajeno si no se desprenden del propio. «Egoístas de lo ajeno», como te decía cuando te invocaba el lema de nuestra particular revolución. Revolución contra el olvido y la ausencia de páginas llenas de recuerdos. Revolución que intentó sobreponerse al paso del tiempo y al silencio adivinando olores.

Madre, soy víctima de la impaciencia de la no paciencia, y también de la sempiterna presencia del aire del silencio que ni se ve ni se toca, salvo cuando me acogen tus no recuerdos.  Un aire del silencio al que alguna vez burlamos, por ejemplo, de esa manera tan natural en la que en ocasiones suceden las pequeñas cosas. Pequeñas cosas que, en nuestro caso, venían disfrazadas en forma de olores y, por eso, todavía no me rindo a intentar adivinar el designio de tus pensamientos cuando me acerco a la nariz un recipiente con una aceite de oliva que desprende un aroma afrutado, porque es entonces cuando sueño que de tus labios sale la palabra excelente mientras te agarro tus manos y compruebo que no las tienes heladas. Y, recordándolo, todavía disfruto de ese momento de felicidad momentánea que, con el tiempo, he adivinado que es la única y más auténtica de todas sus variantes, porque para mí, tus manos y tu capacidad para distinguir aquellos caldos áureos han sido como una especie de termómetro que regulaba mi tormento. Por eso te quiero recordar así, con el dibujo de una sonrisa en tu boca, aunque tu mirada perdida en mi recuerdo todavía se obceque en seguir buscándote cual exploradora del infinito en un horizonte que sólo existía dentro de ti. Quizá, si tus ojos hubiesen sabido que ese infinito no tenía fin, hubiesen dejado de mirar hacia el más allá y se hubiesen parado en la cercanía de mi cara, para darse cuenta de la tonta expresión de felicidad que se me ponía cuando te veía mínimamente lúcida e intuía que no sufrías. Sin embargo, esa ironía que conllevó en sí mismo tu olvido, hizo posible que tu resistencia a que los demás te atosigáramos con nuestras muestras de afecto —ridículo afecto a veces—, fuese derribada y, no sólo eso, porque la barrera innata que tu papel de madre severa ejercía bajo tu férrea voluntad de las cosas bien hechas, quedó huérfana de cualquier potestad. Esa disciplina se tornó en una cercanía que, aunque silenciosa, fue el único símbolo que aún nos quedó de tu esencia; una esencia que, a pesar de mostrarse tantas veces lejana, aún está en el ambiente que todavía nos une y en la proximidad de mi recuerdo sobre tu mirada, porque a través de ella y su anhelo, tú todavía eres capaz de seguir dibujando palabras. Palabras, eso sí, que dibujas en un espacio que sólo tú conoces, como aquellas que dibujaste una tarde de verano en una de las almazaras que visitamos. Por eso, ahora mi recuerdo viaja hasta aquella tarde de verano en la que escribimos dos frases; una tú y otra yo. Aquella tarde, en la que me quedé embelesado mirándote y mi inocencia de crío escribió: «nunca me olvides», como si tú fueses la verdadera protagonista de aquella visita y no aquellos silenciosos caldos resguardados de la tiranía del paso del tiempo por la sabiduría centenaria de los maestros aceiteros que supieron unir su cuerpo y su alma cual hechiceros con su pócima. Nunca lo había pensado antes, pero aquella tarde de verano quizá sea el primer recuerdo consciente de mi amor fraternal hacia ti, y me sorprendo a mí mismo con una expresión que no llega a ser una sonrisa, a la vez que pienso en el mágico poder que tiene la ensoñación: recuperar el tiempo a través de los recuerdos, porque aún soy capaz de respirar, como si fuera hoy, el aire del silencio que nos acompañó durante todo el trayecto, pero sobre todo, de lo que jamás me olvido cuando lo hago presente es de tu sonrisa, la misma que, con el paso del tiempo, aún hago presente cuando te preguntaba el nombre del aceite de oliva que acercaba a tu nariz. En ese instante, como ahora, sé que siempre te recordaré así, sonriendo, porque ese fue el gesto de tu cara después de escribir en aquella antigua almazara: «Adivinando olores».