140. Pinocho y el aceite de Jaén

Manuel Valera García

 

Qué entristecido estaba Gepetto, el carpintero, desde que Pinocho se convirtió en un chico de verdad, de carne y hueso, y creció, y se casó, y tuvo hijos y se marchó a vivir tan lejos. Cada vez venían menos. Ya casi no venían, de hecho. Ni Pinocho, ni su mujer, ni ninguno de los cuatro nietos.

Qué tristeza caía sobre Gepetto, el carpintero, durante las largas horas del día en que se sentaba junto a la ventana del taller y miraba a través de los cristales. Con la vista perdida, en su cabeza seguía recordando las peripecias vividas detrás de su pequeño hijo de madera. Cuando tuvo que salir a buscarlo la primera vez. Cuando hubo que rehacerle los pies, que se le habían quemado. Cuando fue tragado por aquel monstruo marino y pensó que jamás volvería a ver la luz del día.

De vez en cuando, el maestro Cereza, amigo de Gepetto, el que le dio el trozo de madera del que surgió la marioneta con vida, se pasaba por la carpintería.

– Gepetto, viejo amigo, ya casi no sales a la calle. ¿Qué sabemos del bueno de Pinocho? Llevo tanto tiempo sin verlo…

– Ahora vive en la ciudad. Se hace llamar Don Pintone della Riva… Se ha hecho contable.

– Vaya, lo siento mucho.

Y el maestro Cereza, que seguía sintiendo piedad por su amigo, quiso hacer algo por él. Una mañana, se presentó con un enorme tronco de madera.

– Gepetto, te traigo un regalo. Me lo manda un amigo español. Es madera de olivo. Tócala. Mira qué pureza, qué color.

La mano izquierda del carpintero, pues era zurdo, acarició y sintió dureza, nobleza, pulcritud.

– Qué maravilla de madera. No se parece a los olivos que tenemos aquí, en la Toscana.

– Es de un olivo de Jaén, una tierra de España desde la que me la manda mi amigo. Trabájala. Es fácil de pulir. Ya verás qué acabado, qué brillantez.

Y Gepetto, el carpintero, se puso manos a la obra y de nuevo realizó el prodigio de tallar a un muchacho. Le salió más serio que la otra vez. Un rostro con facciones que anunciaban madurez, responsabilidad, voluntad. Unos ojos curiosos. Una nariz con personalidad. Unas manos poderosas y un cuerpo listo para el esfuerzo.

Quizá lo que pesó sobre su alma mientras daba forma a la madera con el escoplo fueron los sinsabores pasados. Quizá fue la soledad la que inspiró cada trazo. Lo cierto es que, cuando varios días más tarde se dio a la labor de lijar, Gepetto comprobó que maese Cereza había sido sincero al hablarle de la calidad de la materia prima obtenida del olivo jiennense.

– Ojalá no me haya equivocado contigo…

Y suspiró. Y en ese suspiro había una parte de dolor por todos los esfuerzos hechos por el hijo primero y que luego se revelaron estériles. Muchos dirían que esa amargura no es exclusiva de Geppetto, del padre del travieso muñeco de madera, sino que puede ser compartida por todos los padres del mundo. Un hijo es para cien padres, pero cien hijos no son para un padre… Todo esto pensaba el carpintero mientras lijaba, pulía, daba los últimos retoques, los mejores, los que otorgan personalidad.

Dudó mucho a la hora de rematar la nariz. No quería que le pasase como la otra vez, con ese apéndice que crecía y crecía al mentir. Así que, esta vez, el chico salió chato.

Y Geppetto se fue a dormir. Cansado. Y con la voz apagada se despidió de él:

– Buenas noches, hijo mío.

Y durmió sin sueños el carpintero, durante las pocas horas en que consiguió cerrar los ojos y abandonarse. 

El hada dudó, asomada al ventanuco de la carpintería. ¿Entrar de nuevo? ¿Volver a poner la rueda en marcha, dar vida a este nuevo Pinocho?

– ¿Qué piensas hacer? -le preguntó Pepito Grillo.

– No lo sé. La otra vez, fíjate cómo acabó… El otro Pinocho ha crecido, no viene apenas, se ha hecho contable… ¿Es que puede salir peor? Sí, podría ser abogado, pero…

– Pero esta vez, hada, es distinto.

– ¿Distinto por qué?

– ¿No lo ves? ¿No lo sientes? Fíjate en esas hechuras. En la madera. ¿No la percibes, esa fuerza serena, esa determinación que le viene desde dentro? Este Pinocho se parece a los olivos…

– ¿Y si me equivoco dándole vida?

– ¿Y si te equivocas no dándosela?

El hada se debatió entre el sí y el no durante casi toda la madrugada, pero finalmente, después de contemplar la caída de una estrella fugaz sobre los campos de la Toscana, y harta de la insistencia de Pepito Grillo, penetró en la carpintería, voló hasta Pinocho y agitó su varita.

Y el madero cobró vida de nuevo. Otra vez un Pinocho. A fin de cuentas, el nombre estaba disponible, ya que el anterior lo había dejado vacante al hacerse llamar Don Pintone della Riva…

Fue él quien despertó a Gepetto.

– ¡A trabajar, padre! ¡Arriba, que ya está amaneciendo y hay mucho que hacer!

Al carpintero le costó convencerse de que aquello no formaba parte de sus sueños. Un segundo hijo, pero ahora dispuesto, cariñoso, atento, laborioso, impaciente por salir a la mañana y ganarle por la mano al día.

– Vamos, padre, que luego aprieta el calor.

Sobre la mesa de la cocina estaba el libro de Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi. 

– ¿Has leído este libro, hijo? Me lo escribió un amigo de Florencia. El pobrecillo era periodista, me dio pena y no quise decirle que no a que contara mi historia…

– Lo he leído, sí. Es lo primero que he hecho al despertar a la vida. Déjame decirte algo, padre, con todo el respeto: no sé cómo aguantaste todo eso que te hizo el hermano. Menudo pieza.

Y Pinocho, el nuevo Pinocho, preparó café cargado y pan tostado.

– ¿Dónde está el aceite?

Y por ahí vino el problema. Cuando Pinocho probó el aceite de oliva, escupió el bocado de pan. Y la nariz, chata, graciosa, respingona, comenzó a crecerle.

– ¡Hijo mío! ¡Si no has dicho ninguna mentira! ¡Otra vez esa nariz!

La nariz de este Pinocho no crecía cuando mentía, sino cuando tomaba aceite de oliva que no era de primera calidad.

– ¡Pica, pica mucho!

Hubo que llamar a maese Cereza, que trajo una botella de aceite de Jaén.

– Me la envió mi amigo, el que también me obsequió con el tronco de olivo. Me parece que el chico sólo quiere aceite del bueno.

Y así era. 

Pinocho, además, se reveló enseguida como un muchacho aplicado, trabajador, que aprendió el oficio de su padre con rapidez, madrugador, capaz, responsable. En el taller, volvieron a entrar trabajos. La casa prosperaba. Mientras trabajaba, Pinocho escuchaba a Joaquín Sabina, el cantante de Úbeda, y en sus ratos libres le leía al padre los libros de Antonio Muñoz Molina, también ubetense, y de Juan Eslava Galán, de Arjona.

– Eso es la madera, amigo -decía maese Cereza a Gepetto-. Al chico le tira Jaén, ¿o no lo ves?

– Vas a tener que pedirle más aceite a tu amigo. No puede tomar otro.

A la caída de la tarde, el joven de madera leía todo lo que caía en sus manos referente al campo, a la agricultura, a la comercialización de productos agrícolas, a la maquinaria, al marketing y la venta de aceites…

Una noche, Gepetto, para que se distrajera un poco de tanto trabajo, le dijo que había llegado al pueblo un circo de marionetas. Pero Pinocho dijo que detestaba eso, que a él no le aportaban nada esa panda de muñecajos insensatos. Y señalando a la tostada con aceite se lamentaba:

– Padre, a esto lo que le pega es una buena loncha de jamón. Y aquí no hay. Aquí no hay nada.

Una tarde, cuando volvía de la biblioteca con los últimos libros sobre agricultura que le faltaban por leer, el Zorro y el Gato le salieron al paso, e intentaron engañarlo, diciéndole que ellos conocían un monte en el que, si plantabas monedas, crecían árboles que daban dinero. Pinocho les dio una lección erudita de agrónomo, mostrándole las barbaridades que decían.

Cuando cumplió un año, en el pueblo ya no le quedaba más por aprender. Pinocho soñaba todas las noches con las orillas del Guadalquivir, con las serranías, con campos de olivos que se perdían más allá del horizonte. Con la lluvia de mayo, que tan bien les hace a las aceitunas. Con el verdeo. Con la recogida. Con olivos preñados de cargadas y negras aceitunas.

– Me preocupa el chico, amigo Cereza. Esto se le ha quedado pequeño. No para de hablar en sueños de no sé qué de un lagarto de la catedral de Jaén. No sé qué es eso.

– Gepetto, asúmelo: Pinocho es de Jaén.

Las botellas jiennenses dejaron de llegar, porque el amigo de maese Cereza murió después de haber cumplido los ciento cinco años y ya no quedó nadie que mandase buen aceite de oliva virgen extra.

Pinocho se entristeció, sin nada bueno que echarle al pan, y al guiso, y a la ensalada… La nariz le fue creciendo hasta dolerle de un modo continuo e insoportable.

Gepetto lloraba durante las largas madrugadas, cuando el hijo se despertaba gritando. Al parecer, lo acosaba una pesadilla recurrente en la que lo convertían en asno y le obligaban a tomar aceite italiano.

– Hada, tienes que solucionar esto.

– Te dije que no iría bien, Pepito Grillo.

– Pero sería tan fácil para ti arreglarlo…

– No quiero liar más las cosas.

– ¿Es que no te da pena? ¿Qué trabajo te cuesta? Es tan poco lo que tienes que hacer…

– Está bien, está bien. Por no oírte, hago cualquier cosa. Pareces la voz de mi conciencia.

Y el hada, condescendiente, agitó una vez más su varita. De inmediato, Gepetto quedó jubilado. Vendieron el taller, y con lo poquito que le dieron de paga y con los ahorros que habían conseguido juntar durante el último año en la carpintería, pudieron pagarse el viaje hasta Jaén.

Allí, Pinocho por fin pudo ejercer en plenitud cuanto había aprendido. Comenzó cogiendo aceituna el primer año, pero cuando terminó la campaña se había ganado la confianza de toda la cuadrilla y del dueño del campo. Gepetto vio cómo el chico volvía a su ser y su nariz regresaba al tamaño original. 

Pinocho se puso por su cuenta, compró terrenos, obtuvo su propia aceituna. Muy pronto se comprobó que era el mejor aceite que se había conocido. Se lo rifaban. Además, montó una empresa de oleoturismo, otra de aprovechamiento por biomasa del hueso, talló artesanías con las maderas… 

El joven sentía a los olivos, los escuchaba, sabía lo que necesitaban. Y él los embelesaba, los seducía, los convencía para que diesen la mejor aceituna.

Pinocho y los olivos se querían, estaban hechos de la misma materia. El hermano, al enterarse del éxito familiar, se ofreció por vídeo conferencia para llevarle las cuentas.

– Te prometo que seré honesto y claro con tus dineros.

Pero la nariz le creció de inmediato, y los hermanos no llegaron a ningún acuerdo.

Dicen que Gepetto, aunque ya jubilado, hizo un último trabajo: una mujer de madera de olivo, guapa como una novia en abril, agradable como la tierra mojada, lista como el águila real de Sierra Morena. Y que se llamó María Catalina y fue la compañera de Pinocho. 

Dicen también que la familia acabó comercializando su propia marca: “Pinocho, el aceite de verdad”. Y dicen que durante las noches de aquel verano, cuando el calor apretó y nuestro amigo de madera, su mujer embarazada y Gepetto se fueron a pasar unos días de refresco a Cazorla, por los campos de olivos se escuchó la voz de Pepito Grillo, cantándole a la luna de Jaén lo mismo que los ciervos berrean cuando les llega su tiempo otoñal. Y dicen que la luna se ruborizaba y parecía entonces una esplendorosa aceituna de plata.