139. Las lágrimas del olivo

Aletheia

 

Envidiaba el alto talle de los chopos del río, la cercanía del agua que calmaba su sed y les servía de espejo. Desde su puesto en la loma del pequeño cerro, el olivo asistía con asombro a la hermosa transición de oro que aquellos árboles esbeltos tributaban al otoño, y a la lluvia de estrellas amarillas que derramaban cuando el viento los mecía. Hasta anhelaba su desnudez de invierno, con aquellas ramas tan lisas y tan blancas, preñadas ya de primavera. Luego miraba las hileras que formaban sus hermanos, todos anchos y escasos de estatura, sin gracia alguna en sus troncos rugosos, rodeados de tierra seca, polvorienta… Y lloraba.

La luna, que se acercaba cada noche al olivar y le escuchaba respirar su pena, se apiadó de él. Renunciando a parte de su brillo, lo acarició despacio, mientras le iba dejando una huella de luz plateada en el envés de cada hoja. Después convirtió sus lágrimas en frutos tersos, redondos, como zarcillos morenos. Y le prometió que también él se transformaría en oro. No faltó a su promesa.