138. El destino del agua

Lola Madero Calmaestra

 

Hoy desciendo hacia ellos, después de muchos meses de desesperado abandono, de silenciosa ausencia, ha llegado el momento de mi regreso.

Generosa, caigo veloz, me estrello y fluyo sobre las alargadas y extenuadas hojas de mis olivos sedientos. Me deslizo, nerviosa por sus ramas, sintiéndome abrazada, mecida y sostenida por ellas. Acaricio sus racimos penetrando entre las cruces de pétalos de sus pequeñas flores que, a mi paso, se abren y brillan transformadas en esperanzadora trama.

Aquí, en esta tierra, me siento deseada, sé que mi presencia es desesperadamente anhelada, añorada. No hay palabras que puedan expresar cuánto me han echado de menos.

Conmovida resbalo temblorosa e impaciente por el envejecido y retorcido tronco hacia un suelo cuarteado ávido de mí. Emocionada, atravieso sus centenarias raíces entrelazándome con ellas, calando y extendiéndome hacia lo más profundo de su interior, llenando sus grietas, quitando su sed, su miedo, su hambre.  Susurro entre los harapos y la hierba seca, componiendo el sonido sin nombre más celestial y ancestral de nuestro mundo.

Mi ser, translúcido e insípido, comienza a cambiar, soy raíz, tronco, rama, hoja, trama, verde y negra aceituna. Renazco entre las fuertes manos que me recogen de esta tierra húmeda de rocío y escarcha. Siento cerca mi ansiado destino, me separaré de mí misma, me teñiré de oro y verde, seré feliz, seré aceite.