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137.- El guardián del olivo

Julio Navarro Carmona

 

Un amor contrariado le robaba horas de sueño en las últimas semanas. Veintinueve días sin él y aún acudían a su cita nocturna algunas lágrimas furtivas que dejaba escapar, serpenteando entre las pecas de su rostro, llevándose recuerdos, hasta morir en el mar de su cuello liso y tostado por el sol. Si se equiparaba al protagonista de la canción de Joaquín Sabina, todavía le quedaba una odisea de noches en blanco con pensamientos de desamor que ascendían como plegarias hasta el techo de su dormitorio para desvanecerse en la oscuridad.

Aunia busca a tientas el teléfono móvil que descansa sobre la mesita de noche, junto a una novela de William Faulkner, “Luz de agosto”. Las tres y veinticinco de la madrugada. Resopla.

No puede evitar abrir la aplicación de WhatsApp y buscar el nombre de Jadar. Siente un pinchazo en la boca del estómago al verlo en línea y se pregunta si estará haciendo lo mismo que ella. La curiosidad revolotea un momento a su alrededor. Lo encuentra algo más delgado en la nueva foto del perfil y trata de buscarle algún defecto, pero tiene que reconocer que aún le siguen atrayendo esos rasgos que la enamoraron: los ojos de diferente color, los labios gruesos siempre prestos a besarla, el pelo ensortijado y esa expresión al sonreír que le hacen parecer ingenuo. Sin serlo.

“Infiel de mierda”, piensa irritada mientras cierra la aplicación. Las imágenes de él en la cama, con aquella chica, la asaltaban como corsarios, en cualquier momento, sin piedad, asestándole puñaladas de sicario en el órgano vital que más le dolía. Dos años de felicidad truncada. No quiere darle más vueltas, al menos por esta noche. La arqueóloga trata de ordenar en su mente la agenda que le espera en apenas unas horas.

Habían descubierto una tumba Íbera de dos mil años de antigüedad. A la mañana siguiente procederían, por fin, a su excavación y exhumación. Era algo excitante pensar lo que encontrarían. Las teorías eran halagüeñas.

El dueño de la finca donde apareció la sepultura la había llamado esa misma tarde por teléfono, por quinta vez consecutiva. Pesado. Tuvo que cogerlo. Insistía en tener una entrevista a solas con ella para prevenirla de que el olivo milenario que colindaba con el sepulcro no sufriese daño alguno. Ya se lo había manifestado, incluso redactaron una especie de contrato para tal fin y hasta estaría presente en todo el proceso, pero perseveraba en su idea de verla. No lo llegaba a entender, pero accedió a entrevistarse con él una hora antes de que comenzara su jornada laboral para que se quedase tranquilo otra vez más y, de paso, darle las gracias por colaborar. No quería que pusiese trabas en ese descubrimiento.

Un sueño plácido va ganándole la partida a las preocupaciones y pensamientos, hasta finalizar vencedor.

Se despierta alterada, pensando que el despertador no ha cumplido su función. La luz de la pantalla del móvil da cierta vida a la habitación en penumbra y entornando los ojos lanza un suspiro de alivio. No se ha dormido. Aún queda una hora para que suene el tañido característico del reloj, pero sabe que no podrá dormir más. Se levanta y hace su rito diario de abluciones matutinas.

Con el pelo húmedo, en albornoz y perfumada con fragancias frutales, se prepara un café bien cargado y una tostada regada con el aceite que dan los olivos que le legó en propiedad su padre. Le encantan esos aromas matinales que conquistan la estancia, sobre todo el del pan caliente.

Mientras da pequeños bocados, degustándolos sin prisa, piensa que el oro líquido ha estado integrado en su vida desde que tiene uso de razón, como si fuese uno más de la familia; igual que la cultura del olivar, inculcada, sobre todo, por su progenitor. Le gusta trabajar en sus olivos: Junto a la cuadrilla que contrataba cada año para la recolección vareaba como le había enseñado su padre, peinando las ramas y buscando la salida de ellas para no hacerles daño. También se echaba la sopladora a las espaldas o acarreaba espuertas. Nada le pesaba. Una vez terminada la cosecha, los fines de semana y algunas tardes, cogía la pequeña motosierra y podaba recordando las nociones del abuelo, para después apilar el ramón en el centro de la camada y prenderle fuego. Poseía un viejo tractor que compró de segunda mano junto a algunos aperos de labranza. Ella curaba, abonaba y pasaba los ganchos. En verano eliminaba pestugas y revisaba goteros.

Reconoce que le encantaría dedicarse exclusivamente a su olivar, pero no tiene los suficientes olivos como para ganarse la vida con ellos.

La arqueóloga termina de lavar el plato donde se ha servido la tostada, también el vaso que aún mantiene el calor del café y, aunque piensa que es demasiado pronto para partir a su trabajo, no puede aguantar más la espera y se pone la ropa de trabajo. Sale de su casa. Un hormigueo se ha instalado en la boca de su estómago por la incertidumbre de lo que encontrarán en el sepulcro.

La carretera que lleva al yacimiento arqueológico de Cástulo es algo estrecha y serpentea entre un mar de olivos, su vehículo parece un pequeño velero navegando entre ellos.

Unos metros antes de llegar a las puertas del yacimiento, la carretera se bifurca. La de la derecha te lleva a la antigua Urbe y en la puerta, pese a la hora, ya esperan algunos trabajadores contratados y otros tantos voluntarios, junto a los componentes de un grupo de teatro caracterizados con ropa íbera, romana y cartaginesa para representar algunas escenas de la época dentro de la antiquísima metrópoli. Los visitantes agradecen la sorpresa del teatrillo. Ella sigue por la izquierda, pero toca el claxon al pasar y saluda con la mano. Al reconocerla le dedican “Buenos días”, casi a gritos. Cantos musicales de chicos y chicas, jóvenes en su mayoría, que surcan la mañana soleada. Los conoce a todos. Se siente querida y agradecida mientras avanza y el murmullo de voces y risas se acalla.

La tumba descubierta no se encuentra dentro de la antigua ciudad amurallada, sino fuera, relativamente cercana a sus muros, bajo las ramas de un olivo milenario que había aparecido en varias revistas por su longevidad inusual, entre ellas el National Geographic

Aparca su vehículo en un claro, apenas a unos veinte metros de la tumba y se dirige hasta ella. No hay nadie aún y mira el aparato que domina nuestras vidas encadenado a la muñeca. Todavía falta una hora y cuarto para que aparezcan los compañeros y quince minutos para entrevistarse con el pesado. Desde detrás del olivo milenario aparece la figura espigada del propietario portando un bolso térmico, Aunia imagina el agua fresca en su interior y lo observa bien mientras se acerca. Hay algo en él que no le gusta desde que lo conoció.

Tras los saludos de rigor y una charla corta y superficial, el propietario le cuenta la historia de ese olivo milenario sin que nadie se lo pida.

«¿Sabías que el apóstol Santiago trajo a España aceitunas del huerto de Getsemaní? Del olivo donde Jesús oró por última vez antes de ser arrestado. Un antepasado mío, seguidor del discípulo, fue obsequiado con tres de ellas. Guardó sus huesos y los plantó aquí, utilizando las técnicas de germinación de la época. Los tres olivos crecieron con vigor, pero dos de ellos ya no existen. Uno sirvió de leña para calentar a unos salteadores de caminos que en el siglo XV se refugiaron en la desaparecida ciudad de Cástulo. El segundo ardió a principios del siglo XIX, en la guerra de la independencia, junto a la casa que existía pegada a sus ramas. Fue la venganza de un grupo de militares franceses en respuesta al asesinato de unos compañeros de armas. El tercero aguanta estoicamente. Dicen que para que viva tantos años necesita regarse con la sangre de un sacrificio humano, pero… no creas eso. Pertenece a mentes fértiles en fantasías. Lo único cierto es que este olivo ha sido de mis antepasados desde su nacimiento y quiero legarlo a mis sucesores en el mismo estado que me lo entregaron.»

— ¿No vienen los compañeros? —Se interesa el propietario cuando termina el relato.

Aunia parpadea rápido y seguido. La arqueóloga no cree nada de lo que acaba de escuchar.

— Aún falta una hora para que aparezcan. He venido temprano porque habíamos quedado usted y yo y, sobre todo, porque no podía dormir pensando en el hallazgo.

— Eso es vocación —contesta el propietario con el rostro sonriente.

— Le esperaba algo más tarde. Veo que usted también ha madrugado

— ¡Oh! Tutéame por favor, Aunia. Sí, yo tampoco podía dormir. Además, tenía que venir a cambiar el sector de riego, amén de cuidar de este olivo milenario pero, en verdad, quería entrevistarme contigo porque existe otra tumba y quiero que la veas y seas tú quién se lleve el mérito de descubrirla.

La arqueóloga abre los ojos de par en par. ¿Otra tumba? Y quería que fuese ella quién se llevase los honores de encontrarla, pero no pensó en esto último. Captó toda su atención el que existiera otra. Lo desconocía y su imaginación tomó vuelo.

En ese momento el hombre abre el bolso y extrae un par de botellas azules, de agua fresca. Le ofrece una a la arqueóloga y ella la acepta mientras están de acuerdo en que será un día caluroso. Aunia, cuando termina de beber, sin preámbulos, le dice que quiere ver la nueva sepultura.

El propietario le pide paciencia, debe ausentarse un momento para que otros olivos reciban el agua por goteo. Tan solo tiene que abrir una llave y cerrar otra. En diez minutos volverá, le dice mientras se aleja.

Una tormenta de verano había dejado al descubierto la fosa junto al olivo longevo, un pequeño socavón en la tierra de un metro aproximadamente. Aunia, mientras espera, se acerca a ella, pero comienza a sentirse mal, mareada. Lo achaca a los vértigos que sufre a menudo y los maldice por aparecer en este día. Observa el asiento natural del tronco viejo y retorcido del olivo vetusto y piensa en ir hasta él para sentarse y descansar un momento, pero no puede evitar trastabillarse en el camino por culpa de unas piedras que parecen nacer del suelo como malas hierbas y que no ve, al punto de creer que caerá de bruces, pero unas manos la sujetan justo en el momento de la inminente caída. Se ve atrapada entre unos brazos conocidos. Es Jadar, vestido con ropa íbera.

Se sorprende y las mariposas de su interior revolotean alteradas. Aquellos ojos de distinto color la observan y brillan como cuando le regalaba palabras cargadas de amor en las noches pretéritas y felices de pasión desbocada. Sigue enamorada, pese a todo.

–¿Qué haces aquí? No te esperaba. Gracias, ha faltado poco para caer. ̶ Dijo, separándose de sus brazos en un gesto inconsciente y tratando de utilizar un tono neutro que camuflara sus verdaderos sentimientos. Algo muy humano. Pero sin conseguirlo en realidad.

–Te estaba esperando.

Aunia no tenía conocimiento de que se hubiese incorporado a la compañía de teatro, ni sabía de sus dotes como intérprete. Tuvo que reconocer que la túnica le sentaba genial ajustada al talle por un cinturón ancho. Los músculos de sus brazos y piernas relucían morenos por el verano. Pero lo que más le llamó la atención fue que tuviese el detalle de formar parte del grupo teatral, sin duda por estar cercano a ella. Un gesto para resarcirse del mal causado. «Te estaba esperando» esas palabras resuenan en su cabeza y, junto a la manera de mirarla, la dejan tocada. Confusa.

No sabe el motivo, pero agacha la cabeza y con ella las murallas construidas, dejándose arrastrar por una fuerza invisible que le hace olvidar el dolor provocado. Jadar, con los brazos y las manos en posición de ofrenda, avanza un paso y la vuelve a abrazar. Ella es un bote a merced de las olas. Sus labios la buscan y ella se abandona. Bajo el olivo milenario hacen el amor.

Una vez saciado el hambre del cuerpo y del corazón, quizás también el del alma, Aunia apoya el rostro sobre el pecho de su amante y llora en silencio, hasta que la vence un cansancio infinito y sus ojos se cierran para entrar en el reino de Morfeo, donde suele encontrar paz.

Sueña que recolecta la aceituna de ese olivo milenario como se hacía antiguamente, ordeñando sus ramas con las manos para no hacerle daño y recogiendo, una a una, las que descansan en el suelo, sobre el ruedo. Las espuertas de esparto se agrupan en mitad de la camada, llenas de aceitunas negras y brillantes bajo un sol espléndido, esperando ser cargadas en una carreta de madera tirada por una mula torda con aspecto de hastío infinito y que parece no interesarle nada de lo que ocurre a su alrededor. Siente paz y se ve envuelta por una sensación de protección que no recordaba desde su infancia. Pero todo eso se esfuma al ver que el carretero es el dueño del olivo. Apoyado en el estribo la observa, con esa mirada huera que no le gusta a Aunia, que no sabe interpretar, pero que la incomodaba. Se acerca hasta ponerse frente a ella. Postrada de rodillas detiene su labor. Alza la vista y el esbelto carretero le habla de soldados franceses, de malhechores que queman las almas de viejos olivos y de su secreto mejor guardado. Le dice que siente atracción por las mujeres con pecas en el rostro. Una especie de fuerza interior le empuja hacia el deseo y el deber ineludible de poseerlas. Una vez satisfecho el anhelo, siente otro más fuerte y antiguo. Uno que inauguró Caín a costa de Abel.

Aunia busca miradas, pero no conoce a nadie de los que a su alrededor pululan. Siente miedo de ese hombre y quiere salir corriendo, pero los pies le pesan. Da pasos flemáticos, sin poder alejarse de él. Unas lágrimas calientes afloran en su rostro, viajando entre sus pecas.

Despierta sobresaltada por el ruido del claxon de uno de los vehículos. Sus tres compañeros llegan en fila india, puntuales y van descargando las herramientas con que trabajaban a diario. El dueño de la finca hace acto de presencia y los saluda, sonriente.

Trata de olvidar la pesadilla y piensa en su encuentro con Jadar. De no ser por el picor de labios que dejan los besos apasionados, juraría que había sido un sueño. ¿Cómo se dejó llevar de esa manera? Ya hablaría con él, si se pensaba que por haber flaqueado le perdonaría la traición estaba muy equivocado. Tenían una conversación pendiente. Pero, ¿dónde se había metido?

No se pudo levantar, el mareo no la abandonaba y todo lo veía lejano y difuso. Se rindió acunada en el tronco. A las doce y media sus compañeros terminaron el trabajo pesado. La urna de piedra estaba desenterrada y se dispusieron a mirar en su interior. Dos mil años después la luz del sol entró de nuevo al rectángulo pétreo y se asomaron los ojos curiosos de los arqueólogos. Aunia no pudo evitar sentirse algo estéril por no poder participar.

Entre el polvo que una vez tuvo vida aparecieron unos collares y pendientes de oro, también diademas con un excelente trabajo orfebre, junto a unas pulseras de plata. Eso les indicaba que aquella tumba pertenecía a una mujer de clase alta, que en su tiempo debió de tener poder. Quizá alguna princesa.

Aunia llama a Jadar por teléfono cuando se siente mejor, pero los tonos se acaban y no responde. Lo intenta con el director del grupo de actores. Es amigo. Tampoco hay respuesta.

Hace un esfuerzo para incorporarse y el mareo desaparece. Corre hasta sus colegas pero parece invisible para ellos. ¿Acaso no la ven? Desesperada quiere agarrar a la topógrafa, pero se le escapa de entre los dedos como si fuese agua. Se marchan todos. ¿Qué está pasando? Se asusta.

La mañana se vuelve fresca de repente, oxidada de otoño. Un movimiento bajo el olivo milenario llama su atención. Son cinco mujeres las que parecen estar mirándola y se reconoce entre ellas. La cordura se le escapa como las volutas de humo de un cigarrillo. Se da cuenta de que todas tienen algo en común: Las pecas en el rostro.

Desvía su mirada hacia el hombre espigado y la joven pelirroja que de repente aparecen a su lado, ¿Cómo es posible? El dueño del olivar extrae de su nevera portátil un par de botellas azules, de agua. Las reconoce y un escalofrío le recorre la espalda. La desconocida que hace preguntas se da la vuelta y Aunia puede ver su rostro cubierto de pecas y la placa policial colgando del cuello.

La inspectora encargada de investigar la desaparición de la arqueóloga acepta el agua mientras sonríe y las pecas de su rostro, preciosas estrellas en ese firmamento, se iluminan.

 

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