136. La sola materia

Manuel Giménez González

                                   

Para llegar a Cabra del Santo Cristo tenía que traspasar la sierra de Mágina serpenteando colinas onduladas. Había salido de Jaén con las primeras luces del día, y en su recorrido atrás dejó Úbeda y Baeza. Condujo con la precaución y lentitud que le exigían los límites de la carretera con sus curvas pronunciadas y cambios de nivel.  En la profundidad de la deshabitada serranía abocó a una escueta planicie en una altura determinada de la carretera desde donde se divisaba un paisaje pletórico de olivos hasta alcanzar el horizonte y perderse en la lejanía. Bajó del coche. El tiempo parecía que se había parado. Comprobó que no hacía frío, a pesar de la hora temprana, lo que era signo de estar en su tierra. Respiró profundamente hasta inundar sus pulmones del aire de la sierra ahora que estaba tan próxima.  Observaba las sombras esparcidas tras la línea que se detiene en el último fulgor del horizonte y lo adelgaza hasta su total desaparición. Conocía ese lugar. Siempre le había impresionado la disposición de miles y miles, quizás millones de olivos como espíritus fantasmales, espectros surgidos de la tierra en una armonía planificada. Se preguntaba si alguien se había detenido en contarlos uno a uno, pero esa tarea le parecía casi imposible dado su inmensidad en un número infinito. Había escrito un texto dirigido a los olivos, él que se consideraba un escritor, un poeta amante de sus orígenes donde le había tocado nacer. Y, en verdad, esta era la tierra que tanto amaba, la que deseaba volver siempre que estaba lejos, y la que le traía recuerdos de la infancia. Era el lugar preciso donde podía resumir el tiempo pasado, encontrar la ansiada felicidad y las más primitivas emociones de sensaciones desconocidas, de pálpitos inadvertidos, y también de ensoñaciones casi secretas.

El sol iniciaba su curva ascendente y estaba cercano a la ondulación de los montes cubiertos con los olivos. El sonido del viento, como un rumor de silencio, le recordaba el agua cuando corre por los arroyos. Con los folios en la mano se dispuso a leer en voz alta el texto que había escrito para la ocasión, como si se tratara de un auditorio que le miraba expectante y en absoluto silencio. Era como si los espectadores, en esos ojos avizores, fueran la naturaleza que mostraba sus vivencias en todo su esplendor.

Se dirigió a un gigantesco olivo en el linde de los olivares, que parecía ser un rey poderoso que dominaba un extenso territorio, y junto a él, en una inmensidad sin límites, se ordenaban hileras tras hileras de olivos como fueran sus vasallos para rendirle pleitesía. Él, sería el actor principal, el que representaba la riqueza natural del paisaje extremo.

 

“Hacia ti me dirijo: a la luz de tus ojos, viejo olivo centenario, mientras languideces en el tiempo bajo el cielo azul de Andalucía. Tú, que siembras sin descanso las ráfagas del viento con plácidos deseos. Tú, que extiendes sin demoras un verde manto ceniciento hasta el horizonte absoluto, con la tibia luz del atardecer impregnando tu rostro en la soledad de sierras y colinas. Tú que eternizas el momento de esa voz del viento en los ramajes.

Como viejo resabiado ya no quedas siendo solo sombra, yema íntima donde ninguna hacha se detiene. Ahora, hermoseas los surcos que crecen en una línea infinita, entre árbol y árbol, rama a rama, raíz a raíz, y retuerces tu tronco grueso y gris de corteza rasgada en el más sensitivo de los sueños que ahondan tus raíces.

Con tu tesoro a cuestas eres la dimensión madura de tu estirpe. En tu base no palpita la hojarasca, y así señoreas y rindes pleitesía a los frutos nacidos de tus ramas. Permaneces sereno, en pie, en un acto de fe, como un erguido centinela para que tus hojas lanceoladas se abaniquen sin premura con los rayos del sol en la mañana.

Al mediodía, tu belleza alucina en un engranaje cósmico, y será perceptible tu confusa arquitectura, para que entregues tus dones sin reproches y reposes labrando el silencio sobre la robusta epidermis de la tierra.

¿Eres esencia imprescindible, la belleza con el rostro bruñido, el cuerpo intransigente, la huella del remoto encuentro desde el más estricto secano, la fuente inagotable del instinto por la vida?

¿Eres el cautivo recinto desterrado que apura un espacio sin dominios para extender su rugoso tacto, aquel que cercará mi insomnio con el paisaje perlado del invierno?

Después, será la primavera, el sueño hermoso y breve, donde flores de corola blanca te vistieron con un lienzo puro, ropaje inmaculado, para dar sentido a la sin par naturaleza con olores a incienso, con aromas de frutales distendidos que se diluyen en las estaciones con la árida pendiente.

Despierta la savia, en ti renace un tiempo sin tiempo, como una luz leve de misterio, aquella que para ti solo ve los ojos sedientos de los hombres y casi llega al alma que doma los sentidos.

Como el ojo cargado por el brillo de los espejos, aparece la luz que habilita tu espacio y abastece tus raíces de esperanzas concretas, aquel que sueña con el fruto deseado y se llena de nostalgias.

¿Dónde estás doliente olivo, embrujo conjurado con el verdor de un todo, que a mi corazón llegas, portador de un designio que dicta el margen terrenal de un halo rectilíneo ocupando los espacios?

Hay un temblor callado que tamiza penas agresivas para que caiga y se recoja el fruto ovoide y oleoso de verde intenso, verde amarillento, negro azulado, y en la almazara se exprima el jugo dorado de su seno en ese bosque encantado bañado en un sinfín de tormentas con las más bellas lágrimas.

No te arrepientas de tus frutos, no te subyugues a la caída que te arrastra hacia el suelo, alcanza el placer de los deseos con el jugo extraído de tu pulpa que sirve para ser oro líquido en sus más variados conceptos.

En este espacio perenne canto a tu sabiduría, como un eco que gravita y se estremece con el viento. Canto a tu leyenda como rey de todos los árboles, como el más poderoso del mundo que representa a la inmortalidad. Canto a tu leyenda como símbolo inequívoco de la paz, capaz de iluminar la noche con su jugo extraído, proporcionar alimento y aliviar las heridas.

En este jardín del cielo en la tierra el tiempo se ha detenido. Y tú, viejo olivo centenario, tu destino es alimentar la memoria de las gentes que antaño te dieron vida, porque tú vives en el corazón reverso de la tierra. Y nadie debe cortar tu tronco a menos que se dirija hacia el exilio como castigo dictado en la antigua Grecia.

Cuando vuelvo a ser yo mismo, con mi visión borrosa, veo delante de mí un milagro en forma de árbol, el olivo está ahí, como recién salido de las entrañas de la tierra, o en algunas ciudades en los parque o plazas ofreciendo sus ramas como brazos al infinito; se inclina, me ofrece su corteza rugosa y vuelve a mí la claridad de la vida y el tacto de los surcos de muchos inviernos.

Así coronas con tus ramas a los que fueron vencedores de los primeros juegos olímpicos, o aquellos ciudadanos que merecieran la distinción por sus acciones.

Antonio Machado dijo de ti: «Sencillo e intrincado, con su tesoro a cuestas el olivar cavila. En él no son precisos ni rosas ni claveles: sólo estar, siglo a siglo, serenamente en pie. Cuanto miramos desde arriba es nuestro, porque nos mira y somos suyos…»

 

Había llegado el momento de seguir hacia su destino: la Sociedad Cooperativa Andaluza la Unión del Santo Cristo de Cabra. Allí tiene que hablar a los agricultores de la comercialización, producción, calidad, y temas de la producción del aceite de oliva.

¿Cómo explicar a los aceituneros que para este año el precio medio de la aceituna está entre 60 a 65 céntimos por kilo? Y que hay que aumentar la producción media del olivo que es actualmente de 50 kilos el equivalente de 6 a 8 litros de aceite de oliva. ¿Cómo explicar que el olivar español ha sufrido una profundísima transformación y de estar en plena regresión en los años setenta como consecuencia de su baja productividad, ha pasado a ser, hoy en día, un sector pujante en continuo ascenso, en el que se ha mejorado tanto la producción como la calidad del aceite?

Los cambios en el sistema productivo han repercutido en que la producción se haya duplicado por hectárea en pocos años. Entre los factores que han contribuido a este incremento de los rendimientos está también el abonado. El olivar antes no se abonaba y ahora sí se hace, pasando la fertilización de ser algo secundario a ser fundamental en una explotación olivarera.

El olivar tradicional con 80/100 árboles/ha ha dejado prácticamente de plantarse y se ha pasado a un sistema intensivo con densidades entre 200 y 500 árboles/ha.

Desde hace unos diez años también se están realizando plantaciones intensivas, en seto, con densidades superiores a 1.500 árboles/ha en regadío, que entran en plena producción a partir de los tres años alcanzando plena producción a los cinco años, donde los olivos se cosechan en continuo mediante máquinas de tipo cabalgante.

Con esta técnica los rendimientos se sitúan en los primeros años entre 10.000 y 12.000 kg/ha. En ella, hay que controlar el vigor de los árboles mediante la poda y la fertilización nitrogenada.

La influencia del agua en los rendimientos de una explotación olivarera es de sobra conocida, ya que con un caudal mínimo pueden asegurarse e incrementarse fuertemente los rendimientos. De ahí, el esfuerzo que se ha hecho en la última década para aumentar la superficie en regadío, tanto en plantaciones intensivas como en las tradicionales, casi en su totalidad en riego por goteo.

La fertirrigación va asociada al riego por goteo y por tanto hablar de fertilización en el olivar de riego es hablar de una nueva técnica y de nuevos fertilizantes.

 

Mientras explica todos estos datos, los agricultores aceituneros le escuchan con atención. Ve sus caras expectantes. Se siente satisfecho.  Después, le lanzan infinidad de preguntas que tiene que contestar con la firmeza de un experto olivarero.

Pero esa es otra historia, otra parcela de su vida. Lo primero era rendir tributo y homenaje al árbol que ha sido siempre su emblema y su memoria.