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136.- Celebración

Oscar Arias Rodríguez

 

Los frenos del coche de línea de las ocho chirriaron quebrando el manso silencio del pueblo. El conductor abrió las puertas y los viajeros, que volvían de sus asuntos en la capital con caras largas, bajaron ordenados. Siempre llegaba entre diez y quince minutos tarde a las poblaciones del Valle del Porma y la gente aceptaba resignada esa demora sempiterna.

Una mujer, ataviada con sus mejores galas, se desvió del grupo de pasajeros y se dirigió con paso cansado al gran portón de roble de la casa contigua a la parada. Se trataba de María, viuda desde la guerra, que luchaba cada día por sacar adelante a su único hijo: el último resquicio de aquella vida pasada, junto con una pensión irrisoria que a duras penas llegaba para cuatro gastos contados. En sus manos callosas llevaba una bolsa de malla con algunas provisiones. Entornó aquel portón desvencijado por el paso de los años, que con el lamento de sus bisagras oxidadas pregonaba su llegada, y entró al patio. En un rincón descansaba una arcaica pelota de trapo, tan deslucida como la casa y tan olvidada como aquellos pueblos de la montaña oriental. Fue abriéndose paso entre las gallinas mientras el barro salpicaba sus lustrosos y anticuados zapatos de los domingos.

—Luis, hijo, ¿dónde estás? — dijo alzando la voz al entrar en casa.

—¡Mamá! — vociferó el pequeño bajando los escalones de dos en dos.

—¿Me has echado de menos?

—¡Claro! — respondió con una sonrisa bobalicona antes de saltar en sus brazos.

—Ya vale Luis, ya. ¡Qué me vas a dejar sin aire! — dijo ella entre risas—. Cada día estás más grande y yo soy más vieja. Además, hoy estoy un poquito cansada.

Él apretó algo más y luego se soltó de su cuello.

—Voy a quitarme el vestido y ponerme algo más cómodo para hacer la cena. Tú, entretanto, ve encerrando las gallinas y guardando las vacas.

—Tola y Rubia ya están guardadas en la cuadra. ¡Ahora guardo las gallinas, mamá!

Su madre subió la quejumbrosa escalera de madera y Luis salió raudo al patio donde la turba de aves aguardaba impasible.

Aquella tarde las gallinas no estaban por la labor de entrar por las buenas al gallinero y Luis las perseguía sin mucha fortuna. Cuando unas entraban e iba a por las otras, las primeras salían de nuevo al patio a picotear en cualquier lugar. Tras varios intentos infructuosos, gritó frustrado.

—¿Qué te pasa, hijo? — preguntó su madre bajando ya las escaleras con un camisón deshilachado que cubría una chaqueta de lana rucia.

—¡Jo, que cuando meto a unas, las otras se salen!

—Pues échales algo de grano en el gallinero y ya verás cómo van todas— respondió risueña entrando en la cocina.

Luis siguió sus indicaciones: llenó un tazón de latón abollado en el saco de la despensa y arrojó algo de grano en aquellos comederos de madera que su abuelo había fabricado hacía décadas. Las aves entraron en tropel, agolpándose las unas contras las otras al cruzar el vano de la puerta, chocando entre sí en ángulos imposibles y empujando sus piernecillas al pasar. Plumas y plumones revoloteaban a su alrededor a la vez que la tarea requerida se iba completando por sí sola. El pequeño salió y cerró la puerta con la chaveta. Suspiró satisfecho y una bocanada de vaho emergió de su boca. «Soy un dragón», pensó orgulloso. La baja temperatura de la montaña leonesa hacía acto de presencia con la partida del sol y Luis entró al galope en casa en un vano intento de escapar del frío. Olía a leña de roble y carbón. Mamá había encendido la cocina y aún persistía algo de humo en el ambiente, el mismo humo que durante generaciones había tintado de oscuro aquel techo de madera que todavía no podía tocar sin saltar.

—Tráeme una cebolla, una lechuga y dos tomates de la despensa —dijo la madre—. Y después te lavas un poco que ya te estoy calentando una olla con agua.

—Vale, mamá.

Salió escopeteado de la cocina y fue en su busca. Había sido algo díscolo años atrás. Sin embargo, las responsabilidades diarias y la orfandad paternal habían esculpido en él un hombrecito precoz, capaz de realizar tanto tareas domésticas como labores en la huerta o del cuidado de los animales. Al regresar a la cocina, su madre sacó la olla de cobre humeante del fuego y se la ofreció con cuidado. Luis la cogió con una toalla para no quemarse y fue tambaleante a la cuadra para el aseo.

Tola y Rubia rumiaban serenas algo de paja, ajenas a su presencia. Se situó entre ambas para aprovechar su calor, que se antojaba insuficiente aquella tarde de septiembre, y se desnudó tiritando. Su madre entró entonces en la cuadra anunciando: «Te olvidaste del pijama y del jabón». Puso un paño en el suelo para que colocara sus pies y sustituyó las ropas andrajosas que yacían en el piso por la nueva muda. «Gracias, mamá». La luz mortecina de una vela dibujaba un cuerpo enclenque y alargado en la pared. Entre tembleques, el chaval se apuraba en mojarse con aquella agua ardiente. Se inclinó para recoger la pastilla de jabón, tan redondeada del uso que tenía el tamaño de un guijarro, y la restregó rápido por su piel húmeda, aún vaporosa. Repitió la operación un par de veces y cuando al fin terminó de bañarse, trémulo todavía, corrió veloz a la cocina donde su madre terminaba de hacer la cena para así poder caldearse al lado de la lumbre. «Ya estoy», proclamó al tiempo que un gato negro, tan negro que disimulaba lo escuálido que estaba, se presentaba en la cocina portando una pequeña musaraña en la boca.

—Mamá, Muchi ha cazado un ratón.

—Pues muy bien hijo, hoy no cenaremos carne y tampoco sobrará nada.

—¿Y cuándo vamos a comer carne?

—En cuanto haga un poco más de frío, Luis, así la carne se conservará mejor y haremos varios guisos. La próxima semana podemos matar una gallina o un conejo. ¿Qué tal ha ido el día? ¿Y el colegio?

Luis miraba con curiosidad al gato tontear con la musaraña… hasta que decidió acercarse más, entonces el felino, receloso, escapó de la cocina para dar cuenta de su apetitosa cena sin ser interrumpido.

—Ha ido bien. Tita Marta vino a buscarme al cole. Después Guille pasó por casa y fuimos a jugar al monte. Hace ya rato que estoy en casa.

La cena estaba lista, el tablero del viejo escaño había sido bajado y solo restaba que se deslizara por debajo para ocupar su lugar. Así pues, se coló sibilino con cuidado de no tirar las candelas colocadas encima, y se sentó expectante. Finalmente su madre puso la cena: dos huevos fritos, patatas y una ensalada. Ese era el manjar que estaba por zampar.

—Hacía tiempo que no comíamos huevos fritos y patatas fritas. Huele diferente —dijo Luis al tiempo que cogía una patata con los dedos—. ¡Y sabe diferente! ¡Qué rico está!

—¡Sorpresa! — añadió su madre sonriente mientras se sentaba sobre el mismo tajuelo en el cual ordeñaba a Tola y Rubia cada mañana—. Estamos de celebración.

El niño cogió un pedazo de pan duro de tres o cuatro días y lo mojó en la yema del huevo.

—¿De celebración? ¡El huevo también está muy rico, mamá! ¿Qué es diferente?

—Está frito en aceite de oliva.

Hacía tiempo que María solo cocinaba con aquella manteca de cerdo con la que era obsequiada por su prima Marta, el único familiar directo que aún residía en el pueblo, cada vez que hacían la matanza en su casa. Luis engullía las crujientes y sabrosas patatas como si se tratara de la primera vez, e incluso comía con agrado ensalada sin necesidad de que su madre le insistiera como en tantas otras ocasiones.

—Pero mamá, si no tenemos dinero… ¿vendiste una gallina?

—No, no vendí ninguna. Pero me han regalado dos botellas.

—¿Dos botellas gratis? ¿De verdad?

—Sí, hijo, sí. Esta tarde fui a ver a tu tío a León. Me presentó a un conocido que regenta un negocio y necesitaba a alguien para trabajar.

—No lo sabía, ¿y qué tal ha ido? — farfulló con la boca llena.

—No te había dicho nada porque no estaba segura de que fuera a salir bien. Pero la entrevista fue genial. Es una empresa que distribuye aceite de oliva andaluz aquí en León. Me han cogido para trabajar en el almacén de Boñar, así que podré ir caminando si salgo una hora antes de casa. Y encima me han regalado un par de botellas de su aceite. Mañana mismo empiezo. Tendré que estar fuera hasta media tarde: por lo tanto Tita Marta tendrá que llevarte al colegio otra vez, pero estaré para recogerte cuando salgas.

—Muy bien mamá, me alegro mucho —dijo con una sonrisa sincera sin apartar la mirada de las patatas fritas que aún restaban en el plato de su madre—. ¿Te puedo coger una patata?

Su plato estaba ya vacío y tampoco precisaría de un fregado intenso. Ni siquiera el gato podría sacar mucho partido de él. Su madre sonrió, lo miró con cariño y le sirvió todas las patatas que todavía no había comido.

 

 

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