134. Teo

Frío sol de invierno

 

La verdad que agradecí mucho que hicieran una excepción conmigo y me dejaran bautizarlo a la manera tradicional, sin el párroco porque ese día no podía que le tocaba un entierro en una pedanía a más de 40 kilómetros, pero con el agua de la misma pila en la que fue bautizada toda mi familia materna. Así cumplía el deseo de mi tío y parecía que incorporábamos un miembro más, cuando las ausencias se iban haciendo demasiado frecuentes, aunque esperadas porque sumaban ya muchos inviernos, y decir en voz alta sus nombres era aún demasiado doloroso. Teo no tenía cien años, era un olivo joven, de no más de veinte.  A mí me gustaban los olivos bajos, longevos, de tronco tan ancho que parecían la falda de un volcán que hubiera ido ensanchándose a base de coladas de aceitunas que alfombraban el suelo demostrando su poderío. Aquel olivo tan esbelto me parecía desafiante porque sobresalía de todos los demás y no me gustaba demasiado. A mi tío, sin embargo, le pareció magno cuando lo vio por primera vez y no quise llevarle la contraria porque él era el que sabía de campo y hacerlo hubiera empezado una batalla interminable en la que ninguno de los dos podía tener razón porque para gustos los colores. Yo era la urbanita que quería aprender y saber más de las cosas de la tierra.

—Se pone de moda la agricultura ecológica y, de repente, os gusta tener huertos urbanos, lo cual está muy bien, no me malinterpretes, Laura. Pero, mira todos estos olivares, cuando el hijo de Juan, el nieto de mi amigo Santi, vea que no le cuadran las cuentas, ¿qué va a pasar con este mar de olivos? —me preguntó un día de forma apesadumbrada—. El hijo de Juan se llama Mateo, tío, y no creo que haya que ser tan pesimista. El aceite de oliva está cada vez mejor valorado en el mercado internacional, que ya sé que tienen muchos problemas porque los costes son cada vez más altos pero ya se le ocurrirá algo, no te preocupes, hombre, que siempre estás con lo mismo.

Cuatro años después de esta conversación, Mateo tuvo la idea de buscar padrinos y madrinas para cada uno de sus olivos. Al principio la idea me pareció descabellada cuando me la contó un fin de semana en que me dejé caer por allí, pero vi que a mi tío le hacía ilusión la idea aunque no supiera en aquel momento el porqué. Yo me convertía en la cascarrabias que no veía bien una novedad como aquella y para él era una forma de que su querido mar no dejase de tener sus mareas de olivos cada invierno.

La tarde en que recorrimos el olivar, aún no había empezado el entrevero, aunque parecía asomarse cuando refulgían las aceitunas al caer sobre ellas los últimos rayos de sol de la tarde. De pequeña siempre robaba algunas verdes que le daba a mi abuela para que las aliñara. Mi tío se las comía sin saber que las dos nos confabulábamos en aquella misión. Mi abuela le decía que las había comprado en el mercado, y él solía decir que estaban buenísimas y que las comprara cada semana. Mi abuela Tomasa se inventaba que eran de una remesa especial que había querido traer el del puesto para que las probáramos en el pueblo y que se agotaban enseguida.

Caminábamos despacio por el olivar de Mateo, como lo habíamos hecho en los suyos tardes y tardes en las que ya estaba el trabajo hecho pero a él le gustaba recrearse mirándolos. Parecía un entusiasta del arte que sufriera un síndrome de Stendhal ante un cuadro en un museo. Se acercaba, se alejaba para verlos mejor en diagonal mientras yo me entretenía jugando con cualquier bichejo que me encontrase en el camino.

Esa tarde me pidió que adoptásemos ese olivo y que podría llamarse Teo, porque así recordaríamos también a su dueño. Me pareció fenomenal porque así la gente se animaría y una vez que saliese el anuncio en internet verían que muchos olivos ya tenían padrinos.

Son las 10 de la noche aquí y me he conectado como hago varias veces a la semana para ver a Teo a través de la webcam. En Florida hace calor y me entra una húmeda sensación de frío al ver la niebla que se cierne sobre el olivar por la tarde. De golpe, la imagen se queda congelada y se va a negro. Cierro la ventana y vuelvo a abrir la web pero no hay manera, así que apago el ordenador y pienso en que puedo aprovechar para regar el jardín que está bastante seco culpa de este verano interminable.

Sueño esa noche con los veranos en el pueblo. Al despertar me viene a la cabeza el primer novio que me eché allí y que a mi tío no le caía bien. Luego me di cuenta de que no le hubiera caído bien ninguno por más que hubiese cumplido con todos los requisitos que decía que le faltaban a Antonio. Yo era su ojito derecho por mucho que discutiéramos, sobre todo, en esa adolescencia rebelde que a él decía que le recordaba a la suya propia. Ojalá yo hubiese sacado también su pasión por aquella tierra de olivos, pensaba muchas veces desde que me mudé a EEUU. A miles de kilómetros de distancia y teniendo que comprar el aceite de mi tierra por internet. Qué jaculatoria no habríamos escuchado de su boca. Menos mal que no puede verlo, me decía a mí misma para reconfortarme.

Pasan varios días y vuelvo a sentarme frente al portátil, con una taza de té frío, y al lado del ventilador porque el calor es aún más insoportable que días atrás. Hay quien se pone vídeos de Youtube de zonas con nieve para sentir menos calor, me lo contaron en la oficina hace poco y me reía, fingiendo que me hacía mucha gracia. Pero yo no les contaba nada de mi ahijado. Era mi pequeño secreto. El momento en silencio en que me unía a mis raíces, gracias a la imagen en directo de un olivo. Podía sentir la brisa, el calor y la humedad, en una especie de estampa portuaria en la que desde el muelle ves llegar a los barcos cargados de pescado y eres ajeno a todo ese ajetreo pero consciente de que disfrutarás en la mesa de aquello que llevan a la lonja.

Me conecto a la webcam sin problemas, ahí está, mi Teo con un pájaro en una rama. Se mece tan suave que casi es imperceptible para la cámara. El pájaro no se asusta por el movimiento. Teo tiene compañía. Lo malo es que le puede dejar a Mateo sin sus olivas. De repente, la pantalla se funde a negro. Otra vez. Será que falla alguna de las placas fotovoltaicas que alimentan a las webcam. Entro en la web de venta on line que puso en marcha Mateo, dos años después de los apadrinamientos. Compruebo que ahí sí funciona todo y aprovecho para comprar una caja de aceite. En el súper está carísimo y son de otras marcas cuyo sabor no me gustan tanto como el del pueblo. Me gusta que sea tan amargo al principio en la garganta y enseguida se suavice, y que su olor me recuerde siempre al de casa, como si me hallara en la cocina con mi abuela y mi tío fuese a entrar agotado después de varear los olivos.

Al día siguiente le escribo a Mateo por WhatsApp para contarle lo que pasa con la webcam. Me anuncia que va a ser papá de nuevo y que está muy contento porque va a ser una niña. Han conseguido que se abra la escuela, tras la llegada de varias parejas jóvenes que han apostado por el oleoturismo y otro tipo de iniciativas para que la zona vuelva a tener vida. Vaya, mi tío no se lo creería, me digo. Él imaginaba el pueblo totalmente abandonado en no muchos años, con las casas vencidas por la maleza y dejándose caer. Mientras los olivos ahí seguirían, solos, testigos del abandono de la comarca y de la constante sucesión de muertes de quienes los cultivaron. Mateo me promete que revisará la instalación de la cámara para ver qué puede fallar y que me dirá algo en breve. “Mírala que si no, no te caen las cinco estrellas de valoración en el aceite” le suelto en broma.

Mateo me escribe a los dos días para enseñarme las pruebas que ha hecho y cómo la webcam funciona sin problemas desde diferentes dispositivos. Así que ahí me planto otra vez frente al portátil para tener noticias de mi joven ahijado. Logro verlo unos cinco segundos en los que me parece discernir un pájaro en una de las ramas altas. Pero otra vez la pantalla se queda a oscuras.

Me he levantado al alba y ya he recogido de la huerta un par de lechugas, unos ajos frescos y un calabacín para la comida de hoy.  Miro el reloj y pienso en qué hora es en Florida. No se oye ningún claxon ni huele a monóxido de carbono. Tampoco se respira la prisa. Esa que te lleva a agotar el aliento mientras taconeas agitadamente el asfalto sin mirar alrededor. Por delante, muchos olivos que plantar que necesitarán de madrinas y padrinos, que puede que no se conformen sólo con eso y quieran volver a una tierra vacía que les acoja en sus entrañas como una madre o un tío que siempre supo que hay que confiar en los más jóvenes.