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134.- La auténtica felicidad

Anabel Reolid Soria

 

Hacía meses que no los veía. Desde que se habían mudado a la vieja masía de los padres de Enrique, en cuya restauración llevaban meses trabajando.

Conduje con cuidado, siguiendo las indicaciones del GPS. Hacía unos kilómetros que había salido de la autovía, y la estrecha carretera serpenteaba ascendiendo hacia una pequeña aldea. Bajé las ventanillas del coche, y dejé que el aroma del campo me recibiese. Las chicharras cantaban alegremente su rítmica letanía, y una suave brisa mecía las ramas de los pinos que salpicaban la montaña.

Llegué hasta la aldea, apenas un puñado de casas bajas, pintadas de blanco. Un anciano encorvado permanecía sentado en un banco de piedra, junto a la puerta abierta de una de ellas. Apoyaba ambas manos sobre un bastón, y miraba el coche con curiosidad, sabiendo que no era un habitual de la zona. Reduje la velocidad hasta casi detener el vehículo, y pasé junto a él. Los dedos morenos y curvados, y tan curtidos como el resto de su piel, indicaban que era un hombre de campo. De los de antes.

— Buenas tardes traiga Dios, —dijo, asomando, sin ningún decoro, la cabeza en el interior del vehículo.

— Buenas tardes, —respondí, educadamente. Y atravesé la calle principal de la aldea, para salir, cien metros más adelante, por el otro extremo de la misma.

El asfalto dio paso a un camino de tierra que recorría la falda de la montaña, y a cuyos lados se dibujaba el trazado abancalado de un paisaje rural agrícola que me devolvía a mi infancia. A mi izquierda se encaramaban los bancales irregulares y estrechos que aprovechaban cada rincón de la tierra cultivable robada a la montaña. Multitud de olivos y algunas parras bajas preñadas de racimos de uva dorándose al sol, apuntaladas por una ruda estructura de cañas y ramas, ofrecían un buen resumen de la principal producción de la zona. Una acequia profunda corría paralela al camino, y unos metros más adelante un pequeño puente permitía superar el cauce del río, que bajaba escaso ya, pero que ofrecía, junto a la cúpula que le brindaban las copas de los chopos, un pintoresco refugio de frescor, en la agobiante tarde de agosto. A la derecha del camino, se extendían bancales algo más extensos, en los que la huerta quedaba trazada por regulares caballones en los que crecían las matas enramadas de tomates salpicadas de azufre. Reconocí también las matas de judías verdes, de la altura de un hombre, enredadas en torno a una estructura de cañas, y los girasoles casi secos, de los que ya habrían retirado las pipas. Calabacines, pepinos, pimientos y melones completaban la cosecha. Una añoranza inmensa me invadió cuando vi las espigas de un reducido maizal, en el extremo de uno de los bancales. Se me hizo la boca agua cuando casi pude saborear el recuerdo de las panochas que mi madre asaba en las brasas. Mi mente viajó a la caseta que tenían mis padres cuando yo era pequeña. A las tardes en que aguardaba a que se enfriasen las panochas, pasándolas de una mano a otra, envueltas en la farfolla, para no quemarme, mientras las flores fucsias del San Pedro desplegaban sus pétalos al caer el sol. Aquello formaba parte de mí, aunque durante años hubiese permanecido enterrado en mi memoria. Con su intuición habitual, mi hija, sentada sobre el alzador en el asiento de atrás, me preguntó por qué me había puesto triste, de repente. La miré, con los ojos humedecidos, y le dije que no era tristeza, sino una inmensa nostalgia lo que sentía. Y le conté aquel recuerdo, que junto a otros muchos, trataban de salir a la superficie.

Tomamos un desvío, a la izquierda, que ascendía abruptamente, y que era todavía más estrecho que el camino que habíamos seguido hasta entonces. Una curva a la izquierda, sin ninguna visibilidad, era la indicación de que estábamos llegando a nuestro destino. Unos segundos más tarde se abrió ante nosotras una planicie, en la que apareció, imponente, la vieja masía. Mi amiga y su hija salieron de la casa, y nos recibieron sonrientes.

Salimos del vehículo, y el aroma intenso y fresco de los rosales que había frente a la puerta también nos dio la bienvenida. En torno a un viejo banco de hierro forjado, y bajo la sombra de un nogal inmenso, había millones de flores de todos los colores. En tiestos, bidones, jardineras e incluso una vieja rueda de tractor que habían reciclado, dotándola de una segunda vida mucho más contemplativa.

El abrazo cálido de mi amiga me hizo sentir dichosa, y no pude dejar de emocionarme, sensible, ante la belleza del hogar que había creado, tan acorde a su propia naturaleza. Mi hija corrió al ver a Lucía, su amiga del alma, y las dos pequeñas se fundieron en un abrazo, para acto seguido salir corriendo a jugar en algún lugar tras la casona. Los Enriques de la casa no tardarían en llegar.

Poniendo entre mis manos un vaso de té helado, Toñi me enseñó el interior de la masía, contándome con entusiasmo el modo en que habían restaurado cada rincón, manteniendo materiales y estructuras originales. El amor por el trabajo bien hecho se veía en cada uno de los detalles. El resultado era absolutamente maravilloso. Había sido un gran proyecto, que no sólo tenía que ver con planos y presupuestos. Sentí una punzada de dolor, al entender que lo que daba calidez y confortabilidad a cada rincón de la casa era el amor que se respiraba en ella.

Una vez terminado el recorrido por el interior, Toñi sacó de la nevera una bandeja ya preparada con pollo y verduras de todo tipo, lo sazonó con un puñado generoso de sal y un buen chorro de aceite de oliva, y lo metió al horno. Cogiéndome de la mano, me arrastró al exterior.

— Tengo que enseñarte mi lugar favorito. Es de una belleza increíble. Te va a encantar.

Me llevó por los bancales que quedaban a espaldas de la casa, y que ascendían hasta la cima de la montaña. Pasamos por una pequeña huerta, en la que la cosecha no era muy buena, me contó riendo, porque eran primerizos, y las matas no daban los frutos esperados. Unos pasos más adelante, señaló un montón de tierra removida.

— Es una piscina de jabalíes. Hasta hace unos días había barro ahí. No los vemos, porque bajan por la noche, pero se distinguen perfectamente las huellas de las patas, y las de las barrigas. ¿Te los imaginas, revolcándose en un baño de barro nocturno, bajo la luz de la luna?

Ambas reímos con su ocurrencia, y me pareció alucinante la idea de que los animales viviesen tan cerca, y se aventurasen a acercarse tanto a la casa. Pensé que podría ser peligroso, pero a mi amiga no parecía preocuparle, así que entendí que no era. Dos bancales más arriba me enseñó el lugar en el que los antiguos propietarios habían construido un lavadero y un cenador. La construcción, de obra, estaba destrozada, pero se veía claramente su estructura.

Y por fin, llegamos al lugar que Toñi quería enseñarme. Me miró, contagiándome de su entusiasmo. No había querido decirme lo que me iba a enseñar, pero por su expresión, supe que sin duda valdría la pena la espera. Caminamos por un bancal. Estaba labrado, y por tanto no crecía la hierba en él. Entre los tocones de tierra seca había un olivo. Espectacular. Inmenso. Precioso. Nos acercamos a él y admiré los pliegues retorcidos de su tronco. Era tan grueso que yo no era capaz de rodearlo con mis brazos.

— Tiene más de cien años. —Me dijo, casi en un susurro, para no romper la magia del momento.

Yo estaba encandilada. Los nudos del tronco conferían al árbol un carácter majestuoso. Imaginé la de personas que lo habrían admirado, desde que, más de cien años atrás, alguien lo plantase, ajeno, o no, a lo que el tiempo haría con él.

Tomándome de la mano, me condujo hasta el siguiente árbol. Éste estaba ubicado en el margen de tierra que separaba ese bancal del siguiente. En principio el olivo habría sido plantado en el bancal de arriba, y las lluvias torrenciales, muy propias de la zona, habrían ido erosionándolo y reduciendo su superficie año tras año, hasta dejarlo como estaba en ese momento. Las raíces del olivo estaban a la vista. Como dos grandes brazos extendidos, abrazaban la tierra en un intento por fijarla. Y una red de raíces más pequeñas parecían tentáculos, que se extendían clavándose en la tierra de la que sacaban sus nutrientes. El rumor del viento que acariciaba las hojas era el único testigo del momento, que me pareció mágico. Miré a Toñi, sonriendo. Me parecía una obra de arte viva. Un milagro. El legado de una constante lucha contra el medio. La capacidad de sobreponerse a los contratiempos y vencerlos, adaptándose, aferrándose a la vida. Seguimos avanzando por el bancal. Un tercer olivo, también centenario, compartía con los anteriores una belleza sobrecogedora. El tronco dividido en dos, y medio hueco, volvía a juntarse un palmo más arriba, creando un vacío imposible. La naturaleza caprichosa daba forma a aquel tronco, absolutamente ornamental, que bien merecía una reverencia. No tenía palabras para describir mi admiración. Aquellos árboles habían crecido creando verdaderas maravillas de la naturaleza. Toñi me miró, orgullosa, sabiendo que su tesoro había conseguido rozarme el alma. Por algún motivo, las obras de la naturaleza me parecían las creaciones más bellas. Y establecía con ellas una conexión que me costaba explicar, pero me llenaba de felicidad.

— Anabel, estaban aquí cuando llegamos, y aquí seguirán cuando nos vayamos.

— Son los verdaderos habitantes de la Tierra, Toñi —dije, mientras sentía que se me ponían los pelos de punta.

De vuelta hacia la casa, encontramos a las niñas jugando en lo que parecía un tipi indio hecho con cañas secas.

— Mamá, mira la cabaña de Lucía, —gritó Maia, mientras salía gateando de ella—. ¡Es chulísima! ¿Podemos venir a jugar más veces? ¡Me encanta! —Y volvió a esconderse en su interior, mientras reían escandalosamente.

Una hora más tarde, salivando por los aromas que salían de la cocina, preparamos la mesa para cenar en una terraza lateral de la casa. Era otro edén, repleto de plantas y flores. Enrique retiró el toldo, y una bóveda de estrellas nos iluminó durante toda la velada. ¡Estaba todo buenísimo! Entre conversaciones y risas, me sentí afortunada de tenerles en mi vida. Les había echado mucho de menos en aquellos meses en los que el confinamiento no nos permitió más que vernos a través de las pantallas.

Expliqué a Enrique lo impresionada que había quedado al ver los olivos centenarios, y él me contó que su padre había querido conservar aquel bancal exclusivamente para ellos, a pesar de haber podido plantar alguno más. Era como un homenaje. Como un lugar de honor para aquellos monumentos. Había devoción en su voz. No en vano, Enrique había sido secretario de la cooperativa de la localidad vecina, y era un ferviente defensor de la conservación del medio rural en la provincia. Aprovechaba su presencia en la Universidad para crear cursos, dirigidos a diferentes públicos, y con ellos concienciar y divulgar la necesidad de preservar el legado de los agricultores de la zona. El aceite de oliva estaba presente en su discurso, y en su vida. A menudo, hacíamos chistes sobre ello.

— Es la solución para casi todo —decía, guasón—. Que se te agrietan las manos, aceite de oliva, que la puerta de la entrada chirría, aceite de oliva, que tienes una almorrana, aceite de oliva…

Había convertido su afición en pasión. Y era capaz de transmitírsela a cualquiera. Se implicaba gustoso en cualquier escenario en el que se potenciase el aceite de oliva o el olivar. Desde jornadas gastroturísticas, en las que su cooperativa participaba aportando el aceite, dándole visibilidad, hasta talleres divulgativos en los que incluía visita al olivar, recogida y prensado de oliva, y cata de aceites en la cooperativa, para colectivos de lo más variopintos. Por eso, la rehabilitación de aquella vieja masía era como el eslabón que cerraba el círculo. Mis amigos habían creado un espacio maravilloso, en el que reinaban armonía, amor, y mucha coherencia.

Tras la cena, Enrique hijo sugirió dar un paseo nocturno por el campo, y todos acogimos la idea con entusiasmo.

— Se ha convertido en uno de mis momentos favoritos del día. Después de cenar me voy solo a dar una vuelta, o a tirar la basura a los contenedores de la aldea. —Me dijo, orgulloso, por esa parcela de independencia que había conquistado.

Estaba oscuro, pero coronaba el cielo una luna creciente y brillante que nos permitía avanzar sin alumbrarnos. Mientras caminábamos, en la noche fresca de agosto, cogí a mi hija de la mano, y respirando profundamente, me impregné de todo lo maravilloso que me rodeaba en aquel lugar. La compañía de aquellos cuatro amigos maravillosos por los que me sentía tan afortunada. Los millones de estrellas que cubrían el cielo, el sonido de los grillos amenizando el paseo, los cuchicheos de las pequeñas, que vivían el momento como una aventura… Alcé la mirada, y vi surcando el cielo una estrella fugaz. Deseé poder repetir momentos como aquel muchas veces a lo largo de mi vida. Maia me apretó la mano. Ella también la había visto. Y posiblemente su deseo no era muy distinto del mío.

 

 

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