133. Metafísica del olivar

Desirée Amaro

 

La casa que habito es austera, sesenta metros cuadrados de cemento y hormigón, cortinas de lino crudo, no hay un hueco inútil, fea o minimalista, según se mire.

En un rincón vive una mecedora, me refugio en ella cuando me inunda el desánimo o hace calor, solo ella me acaricia en esta casa, remedio contra la tristeza o el aburrimiento, su balanceo me arrastra a un espacio invisible, infinito, donde siempre huele a jazmín.

De aroma a jazmín se ha construido la arquitectura de mis recuerdos, es el olor de la casa de mis abuelos, el aroma consigue que el tiempo juegue a mi favor.

Me balanceo y la imagen gana frente al ruido; inicio un viaje a la firme delicadeza de un horizonte lejano.

Observo la noche cayendo sobre los olivos y experimento una pequeña porción de felicidad, es el placer diferido que solo nos provocan algunos recuerdos.

El olivo tiene una presencia callada y discreta, no hay árbol más solitario, el paisaje acumula soledades perfectamente alineadas, una sensación cotidiana.

El atardecer del olivar en verano dibuja un horizonte de luz y de fragilidad envuelto en un silencio muy especial, apenas soliviantado por los grillos, es una línea anaranjada, con algún matiz púrpura o rojizo justo donde la esperanza y el adiós intersectan.

Mi memoria se balancea en la noche que va cubriendo el olivar. Antiguos deseos se me agolpan, muchos probablemente para una sola cabeza.

El tiempo fuera de mi sitio es de un vacío contundente, por eso nunca abandonamos del todo el paisaje donde hemos crecido.