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133.- El olivo de la aldea

Poeta de aldea

Unas hojas de olivo, secas, pero bien conservadas, permanecían allí, dentro de aquella maleta, envuelta en una bolsa de tela, desde hacía 80 años… junto a un montón de cartas…

Se caen las hojas
del olivo del huerto
sobre la hierba

Aquel olivo era enorme, sobresalía por encima del cobertizo, anejo a la huerta de mi madre, y no daba aceitunas. No entendía por qué teníamos un olivo en nuestra casa en una aldea de Galicia. Cuando con 24 años me mudé a vivir y trabajar a Madrid, fui consciente de que los olivos viven en el sur, no en el norte. Y los olivos dan aceitunas… como las aceitunas de Campo Real que tanto me gustan, con ese aliño de tomillo, hinojo, orégano y ajo. O esas aceitunas de pincho madrileño gigantes, variedad gordal. También son fascinantes los olivos de la región de Jaén, o en otras zonas de Andalucía, donde pasando por la Vía de la Plata, al volver de mi querida playa de la Barrosa en Chiclana, pueden contemplarse olivos hasta el horizonte. Recuerdo también varios viajes a La Herradura, en coche, y pasar zonas donde se respiraba el maravilloso olor a aceite, a aceitunas. Abríamos la ventanilla del coche y nos deleitábamos con la sensación de libertad, y con ese olor característico de los olivares.

El olivo creció en la casa familiar, una casa de piedra gallega, de casi 200 años de historia, construida cerca de 1820 por los tatarabuelos maternos. Siguiendo las reglas de arquitectura (feísmo gallego típico) del siglo XX, la piedra se había ocultado bajo una capa de cemento gris, tapando la belleza imponente de la piedra, manifestando ese carácter férreo de conformarse con poco y hacerse de menos, tan abundante en el rural gallego que yo conocía. La casa tenía la estructura antigua, una planta baja con salón, cocina enorme, “lareira” (chimenea que en el pasado había albergado un horno de leña) y baño, y en esa misma planta, las instalaciones de las antiguas cuadras, donde hasta bien entrados los años 90, habíamos convivido con vacas, terneros, cerdos, burro, conejos, gallinas, gatos y perros, entre otros animalitos. Con la estampita de San Antonio colgada en la puerta rústica de madera. Era en definitiva una granja de autoabastecimiento familiar, reflejo de la Galicia de la posguerra, que había forjado a fuego en los caracteres la necesidad de tener siempre un trozo de tierra para plantar, o unos animales de los que poder alimentarse, dejando la visita al mercado sólo para bienes que no podían obtenerse en casa, como aceite de oliva. Recuerdo mi infancia, la matanza de los cerdos, el almacenado de la carne en los baños de sal, unos baúles enormes que mantenían la carne en buen estado durante muchos meses. A veces mis abuelos me permitían ordeñar las vacas, pues bebíamos la leche de vaca, y hacían quesos a partir de la misma. No puedo olvidarme del shock que sufrí cuando entró en casa el primer “tetra brik” de leche, o de aquellas madrugadas donde nos levantaban de cama para ayudar a nacer a un ternerito… pero eso es otra historia, para otro relato que algún día dejaré escrito en mis memorias… Uno de mis más felices recuerdos de infancia, fue una vez que mi abuelo me subió al carro, lleno de hierba verde recién cortada, y me acosté mirando al cielo mientras mi abuelo me llevaba a casa en ese carro tirado por nuestro burro. Visualizo mucho aquel momento, todavía en la actualidad me remueve recordarlo.

Dejemos las divagaciones, y volvamos a la casa… En la planta de arriba, el antiguo comedor se había remodelado como habitación. Adicionalmente 3 habitaciones más, un balcón y un baño, terminaban la segunda planta. Muebles de castaño macizo, arte de ebanistas, auténticos artistas de la madera perdurable almacenaban la ropa desde hacía casi 100 años, sábanas de algodón, colchas realizadas a mano a partir de hilo obtenido de la artesanía local.

Desde las ventanas del balcón de la primera planta, se contemplaban las fincas vecinales, que hacía años, la Concentración Parcelaria había unido, para que los minifundistas pudieran tener más “ferrados” (medida gallega de superficie) de tierra para plantar patatas, maíz, hierba para pasto, o lo que se necesitara. Las vistas se mezclaban con el silencio, únicamente interrumpido por los sonidos de los pájaros, y la vibración eléctrica de las torres de electricidad, cuyo sutil zumbido era característica de la zona, por hallarse la casa cerca de una subestación eléctrica. Todo ello formaba una panorámica, de colores verdes de las plantaciones, de los árboles, con el azul del cielo, en los días despejados, y un halo de nostalgia lo invadía todo en los días típicos gallegos, donde amanecía con la niebla sobre la casa y las huertas, o lloviendo. La lluvia interminable y omnipresente gallega que tanto añoro en la que era, aunque ya no lo es, la poco lluviosa Madrid.

Y entre el tejado y el techo de la planta de arriba, el “fallado”, como llaman a la buhardilla en Galicia, lugar para guardar trastos, o reliquias. Y encima del tejado, la chimenea más grande de la zona, remataba la arquitectura de la casa.

Hace unos meses hicimos excursión al fallado, cogimos la escalera de madera, y descubrimos que, envuelta en una bolsa de tela, había una maleta de piel, muy bien conservada. Era la maleta de la guerra del abuelo, con la que volvió a casa en 1940, tras varios años destinado a luchar en varios frentes durante la Guerra Civil Española.

Pasaron horas hasta que volvimos a la realidad de 2020… leyendo y conociendo relatos de su vida, que hasta ahora desconocíamos… historias que se repiten, males y enfermedades, como el reuma, heredadas o quizá no, sentimientos revividos con el paso de los años.

En el año 1937 fue reclutado, y a partir de ahí, durante años, fue destinado a varios frentes, como los de Asturias, Teruel, Navarra o Levante. Qué descarga de emociones conocer todo su periplo por la guerra a través de las cartas. Las misivas de amor y cariño de su familia hacia él, de él a su familia. Lo bien que funcionaba el Correo para los dos bandos, durante la Guerra. Para mantener vivas las ilusiones de la población, independientemente de su ideología. Eran cartas que mi abuelo escribía y recibía de familiares, de un amigo, donde contaban cómo vivían aquellos años, y entre las cartas, varias muy curiosas, de aquella chica manchega.

Entendimos que, al irse a la zona de Levante, en algún momento pasó por Castilla-La Mancha, y en esos lugares tan distintos a la Galicia de la época, encontró un resquicio de felicidad en el desastre. Encontró una vía de escape al horror y a la sinrazón.

En paralelo a las cartas que escribía a su novia de guerra, también lo hacía con mi abuela gallega y sus hermanos. Fue entrañable leer las cartas, en ocasiones transmitiendo el despecho de aquella chica, que no tenía opción, porque el futuro estaba escrito, y mi abuelo volvería y se casaría con mi abuela. Sé que mi abuelo quiso mucho a mi abuela, pero aquella amistad, aquel sentimiento convivió con él toda su vida. Desgarradora la despedida de alguien que probablemente no vuelvas a ver jamás.

Tuvo que elegir y optó por volver a la aldea, a cuidar de sus hermanos, porque su padre los dejó muy joven. Arriesgó, volvió, y fue muy feliz formando una familia.

Fue impactante descubrir que aquel olivo era el símbolo del recuerdo de mi abuelo, de su novia de la guerra civil. Probablemente trajo hojas de olivo, semillas, y de alguna manera ese amor, ese recuerdo, creció y perduró en forma de ese precioso árbol. Un olivo enorme pero que nunca daba aceitunas. Como aquel amor intenso y verdadero que no dio sus frutos.

Porque aquellas cartas en clave denotaban amor, un amor imposible que terminaría al mismo tiempo que la contienda.

Una vez lo supe pregunté a mi madre, y a mi vecina, la cual no se sorprendió en absoluto cuando se lo dije. Sabía que efectivamente esa mujer había existido. Porque mi vecina había emigrado en los años 60, desde la misma región que aquella mujer, a Europa a trabajar, y allí conoció a mi vecino de la aldea. Y se vinieron a vivir a Galicia. Su boda tuvo lugar cerca de La Roda. Fletaron un autobús desde Galicia. Y mi abuelo fue a esa boda. En los años 70. Nunca sabremos si en aquel momento, pudo ver de nuevo a su apreciada amiga.

¡Cómo eran los tiempos de antes! Las relaciones tan fuertes generadas durante la guerra, de amor, de amistad, de personas que nunca más volverían a verse. Qué paralelismo con estos tiempos virtuales, de tenerlo todo ya, de redes sociales, de pandemia… salvando las distancias. Es como si mi abuelo, desde el cielo, quisiera que justo ahora, leyéramos sobre un país desolado, gente confinada (no en sus casas con todas las comodidades, sino en montes a la intemperie), pero que, a pesar de tanta adversidad, se demuestra que resiliencia es clave para sobrevivir, y el amor y la familia, alargan la vida. La vida es cíclica. Al final todas las personas, lo que más valoramos, especialmente en tiempos convulsos, es vivir en paz. Y estar con nuestra gente el mayor tiempo posible.

Este verano tuve la oportunidad de pasar un mes en Galicia, algo que no hacía desde hace muchos años, y continuamos con esa labor de ordenar, de dar paso a lo nuevo, y despedir y agradecer a lo viejo, de revisar entre las pertenencias que todavía quedan de nuestros abuelos, y una tarde, desde el balcón, divisé el lugar donde estaba el olivo, del que todavía quedan los restos, y escarbando un poco, allí, en una caja de hojalata, todavía bien conservada, apareció la foto de los dos, felices, a pesar del país en guerra, disfrutando un momento inolvidable, exultantes. Y lo entendí todo. Plantando ese olivo, mi abuelo vio cada día, hasta su muerte, a aquella joven, y el amor y la nostalgia fueron creciendo a la vez que ese precioso árbol, que milagrosamente se impuso en la tierra del norte, sin decaer hasta hace pocos años. Me dio un vuelco al corazón, ¡qué pena no tenerte abuelo, para que me lo cuentes todo! … Y desde entonces me pregunto, ¿el olivo murió a la vez que murió ella?

Un breve cuento
Dedicado al abuelo
Te extraño siempre.

 

 

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