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132.- Raíces

Hortensia Barderas Álvarez

 

Teresa zurce unos calcetines a la sombra de uno de sus olivos. Cada vez tiene la vista más cansada y aprovecha las horas de luz para coser o hacer ganchillo. Siempre se sienta en el mismo sitio, apoyada en el tronco del primer olivo que plantaron. Le gusta oler la tierra en primavera y el olor amargo de las aceitunas en otoño.

A las doce suenan las campanas de la iglesia y reza el ángelus y mientras lo hace tiene un recuerdo para Juanito. Cada 15 de febrero, el día que lo vio por última vez, al terminar el rezo, va caminando por entre los olivos hasta el pueblo y, en contra de sus creencias, entra en la iglesia y reza por él. Espera que Ernesto no se entere nunca de que lo hace.

Han pasado ya casi 50 años. Hace diez que murió el dictador, pero ni la transición, ni la democracia, les ha traído las respuestas que siempre se les han negado.

Es julio, hace calor, pero debajo del olivo se siente segura, tranquila y el calor no le pesa. Levanta la vista y a lo lejos ve acercarse un hombre. Se levanta con dificultad y se pone la mano encima de los ojos para ver mejor de quién se trata. No le conoce, no es del pueblo, ni de ninguno de los alrededores. Es alto y fuerte y viste un traje gris. Lleva la chaqueta en el brazo porque a esas horas de la mañana y cruzando el olivar, el sudor le resbala por todo su cuerpo.

Cuando llega a su altura, solo pronuncia una palabra: “¿Teresa?” Y luego se echa a llorar. Teresa no entiende nada y, a pesar de que siente conmovida por ver a un hombre llorar, mantiene una distancia con el desconocido. El hombre, cuando se calma un poco, mete la mano en el bolsillo y saca una foto antigua y manoseada que le entrega a Teresa. Es la cubierta de un barco lleno de niños. Todos van vestidos muy parecido, con ropa que les queda grande y todos están muy serios. En la primera fila, Teresa reconoce a su hijo.

Mira al desconocido y por un momento las fuerzas le fallan. Cae sobre la silla de enea y la vista se le nubla. Cree oír la palabra madre, pero no está segura porque los latidos de su corazón le retumban en sus oídos.

Tardan un rato en recuperarse entre abrazos, lloros y el sonido de las chicharras que rompen el silencio que ellos no son capaces de llenar. Teresa le toca el cabello, intentado recuperar aquellos rizos negros que besaba cada noche, pero el pelo canoso es más fuerte y liso que lo que ella mantenía en su recuerdo. No identifica ningún rasgo, ninguna mirada, pero siente que es su hijo.

Recogen la costura y la silla y se marchan para la casa, esperando que Ernesto no tarde mucho en llegar. A pesar de los años, sigue levantándose todos los días con el sol y se va a trabajar. En verano solo hasta el mediodía y luego se echa la siesta en el porche de la casa. Son las dos del mediodía y debe de estar a punto de llegar.

Teresa pone la mesa en silencio, sonriendo, tocando las manos del hombre cada vez que se acerca y sonriéndole cada vez que se marcha de nuevo hacia la cocina. La casa huele a aceite y ajo. Te estoy preparando un salmorejo, le dice Teresa, como a ti te gustaba.

Cuando Ernesto entra, el hombre le mira con lágrimas en los ojos, a Teresa le cuesta articular las palabras y solo acierta a decir “regresó”.

Tardan un rato en sentarse a comer. ¡Hay tanto que hablar, tanto tiempo perdido!

Teresa es la que dirige la conversación. No le suelta la mano e intenta explicarle lo que ocurrió. Siempre ha temido que él, con cinco años, no lo hubiese entendido y se creyera abandonado. Todos estos años se ha sentido muy culpable.

Le explica que en 1937 Ernesto estaba huido en el monte. Se había unido a unos cuantos vecinos fieles a la república y estaban siendo buscados por la Guardia Civil. El alcalde del pueblo, amigo de la familia, le ofreció a Teresa llevarse el niño a Francia, a unas colonias, dijo, para alejarle de la guerra y el hambre que ya acechaba al pueblo. Teresa creyó que era lo mejor y el día que el alcalde se lo llevó de la mano, con su traje de domingo y un hatillo con algo de comida, fue la última vez que lo vio.

Cuando acabó la guerra intentaron buscarlo, pero era como si se lo hubiera tragado la tierra. Llamaron a todas las puertas, pero su pasado en el bando perdedor se las cerraba una a una.

Ocho años después, y gracias a un contacto en Francia, averiguaron que Juan había partido en un barco hacia México. 456 niños y niñas cruzaron el Atlántico y llegaron a Morelia. Francia ya no podía absorber más niños de la guerra y pidió ayuda a terceros países para acogerlos. Supuestamente el viaje era de ida y vuelta, pero cuando terminó la guerra México no reconoció el gobierno de Franco, y la vuelta nunca tuvo lugar. Los niños quedaron atrapados allí y se les conoció desde entonces como los niños de Morelia.

Teresa y Ernesto no tuvieron más hijos, se dedicaron en cuerpo y alma al olivar, cuidando aquellos olivos como si de su hijo se tratase. Los principios fueron difíciles, sobre todo por el pasado de Ernesto, primero como peón, luego como capataz y al final el trabajo duro tuvo sus frutos y quince años después del fin de la guerra, con sus ahorrillos y algo que le dejó su padre al morir, pudieron comprar unos terrenos. La tierra les había tratado bien y ahora no solo tenían grandes terrenos, sino, además, almazara propia.

En 1976, Teresa y Ernesto tenían suficiente patrimonio y fuerzas para, pensando que ya no habría tantas puertas cerradas, contratar un abogado que buscara a Juan. Ya no era un niño, tendría 44 años. Pero el abogado no encontró nada. Muchos niños habían sido adoptados y cambiado de nombre. Otros se habían marchado de aquella ciudad y por último, había algunos que no quería ser encontrados tras tanto tiempo.

El hombre escucha el relato en silencio, besando de vez en cuando las manos de la madre. Después de comer se sientan en el porche, el hombre remueve sin parar el café. Ella le mira con dulzura, como si fuera aún un niño a pesar de los años y los surcos en la piel. Poco a poco él les desgrana su vida. Son vidas paralelas y lejanas que no se cruzan, ni reconocen pero que comparten mucho.

No sabe por qué les metieron en aquel barco. Llegó a México con más de 400 niños y les colocaron en algo parecido a un internado. Cuando el tiempo fue pasando y las posibilidades de retornar comenzaron a ser cada vez menores, decidieron intentar repartir a los niños en casas de acogida, esperando que la espera fuera más llevadera. Pero no hubo casas para todos y él se quedó en aquel internado hasta que un día, cuando tenía 16 años le dijeron que tenía que buscarse la vida. Luego todo fue muy rápido: la calle, el hambre, la desesperación, los pequeños hurtos, los que no eran tan pequeños y al final un atraco a un supermercado que se le fue de las manos y acabo con la vida de una persona y con él en la cárcel por muchos años.

Había salido hacia tan solo 4 años, y por suerte consiguió la ayuda de una asociación que buscaba niños de la guerra y les daba cierto apoyo. Le dieron la oportunidad de volver y lo hizo. No pudo buscar a sus padres, solo tenía un apellido “García” muy habitual en España y ni siquiera recordaba de donde era. En la lista de embarque solo ponía como origen “Jaén”.

Había malvivido en los últimos tiempos con un trabajo en un supermercado y dos semanas atrás, viendo la televisión se quedó perplejo a ver unos ojos conocidos, les contó mirando tiernamente a la madre. Teresa y Ernesto habían sido entrevistado en un programa de investigación sobre los niños de la guerra que nunca volvieron y junto a adultos rusos o algún que otro francés y belga que contaban su experiencia infantil, ellos estaban representando aquellos que nunca fueron recuperados.

No dudó un momento en reunir lo poco que tenía y viajar hasta aquel pueblo olivarero del Sur.

Han pasado toda la tarde hablando, rememorando lo que nunca compartieron. Ernesto se lo ha llevado a ver los olivos, a mostrarle lo que consiguió pensando siempre que sería para él, aunque no supiera donde estaba.

La noche les ha sorprendido ya de vuelta y tras la cena comparten un cielo estrellado mientras las palabras nunca parecen acabar.

Al día siguiente el hombre se levanta muy temprano después de una noche larga en la que ha dormido mejor que nunca. Teresa ya está en la cocina y le prepara el café y unas tostadas de pan recién hecho con aceite del olivar. Ernesto se sienta a su lado y comparte desayuno, sonrisas e historias.

Madre, estas tostadas con aceite es de lo poco que recuerdo antes de irme, le comenta entusiasmado saboreando cada bocado, pensando en los miles de desayunos que le quedan con aquella luz dorada en el plato.

El nuevo día pasa deprisa, entre olivos, buena comida, risas, visitas de los vecinos. Los ojos de Teresa, ya grises y apagados parecen tener una nueva luz. Frases sueltas se repiten entre los que les felicitan todo el día: hay que recuperar el tiempo perdido, ya tenéis alguien que os ayude con el olivar, qué buen mozo…

Por la tarde el hombre pasea solo entre los olivos. Se agacha y pone su mano sobre una de las raíces que sobresalen de la tierra. Ya no tiene dudas de que ha encontrado su lugar en el mundo. Llora y las lágrimas caen sobre la tierra que tanto tiempo le ha esperado. Desde lejos Ernesto le observa y también llora.

El día ha sido intenso y el hombre pronto se retira a dormir. Los padres le acompañan hasta la puerta de la habitación, como queriendo recuperar todas las noches alejados. Él entra y se sienta en el borde de la cama y comienza a llorar a la vez que sonríe, sin saber muy bien porqué. Mira la foto de nuevo: Juan está en la primera fila, pero él está en la tercera. Conoció a Juan antes de embarcar. Él era algo mayor y Juan no paraba de llorar, le cogió de la mano y entró por la pasarela con él. Se parecían mucho, los dos eran muy morenos de piel y cabello y tenían unos ojos algo almendrados. Todos dieron por sentado que eran hermanos. Al principio le hacía gracia aquel pequeñajo que le acompañaba a todas partes, pero le resultó tremendamente pesado según pasaba los días y no le dejaba ni a sol ni a sombra, siempre hablando de su madre Teresa y de su padre Ernesto.

En el internado les separaron por la edad y la última vez que le vio fue por la ventana un año después, cuando una ambulancia vino a llevárselo. Hubo un brote de sarampión entre los más pequeños. Tres días más tarde oyó a las cuidadoras contar que no lo había superado. Él se quedó con sus cosas y las guardó sin saber muy bien para qué: un papel manoseado donde decía su nombre, un caballito tallado y un silbato oxidado.

Nunca más pensó en él hasta que vio a Teresa y Ernesto en la televisión. No tardó mucho en tener en su cabeza el plan perfectamente diseñado. Era sencillo, creíble y razonable. Ellos tendrían un hijo y él tendría un futuro. Sabía que era imposible que Juan viniese a reclamar su vida. Él se escudaría en que no recuerda casi nada para que no le pillen en una mentira y todo lo que les ha contado de la supuesta vida de Juan, era cierto, era su propia vida. No tiene nadie que le espere, ni que le busque. El caballito y el silbato ya no los conserva, pero su recuerdo le sirven de excusa para afianzar su identidad.

Se duerme pensando en un nuevo amanecer entre los olivos, pensando que aquel futuro es el futuro que siempre había deseado sin saberlo.

En la habitación de al lado, Ernesto permanece en la cama con los ojos fijos en el techo. Conoce muy bien a su mujer y sabe que tiene que preguntárselo: Te has dado cuenta, ¿no?, en el desayuno. Teresa asiente en silencio. Saben que no puede ser que recuerde los desayunos con aceite porque entonces ellos no trabajaban en el olivar y todos los días desayunaban gachas. Sí, pero no me hacía falta eso para saberlo, lo supe desde el principio.

Permanecen un rato callados hasta que Ernesto rompe el silencio, mañana le llevaré a la almazara. Teresa le mira con cariño, y yo os prepararé un buen desayuno a los dos, como haré todos los días de aquí en adelante.

Ernesto le aprieta la mano y le da un beso. Saben que no se pueden permitir perderlo de nuevo.

 

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