132. Las hojas huérfanas

Manuel Murillo

 

Papá siempre decía, a modo de profecía, que sólo en los velorios se habla bien del que no está. Así, el día de su muerte y durante las exequias que la siguieron, los cuatro hermanos -ya huérfanos- volvimos a encontrarnos en una falsa ilusión de unión dimanada de la necesidad común del elogio por la vida de papá. Pero los ojos hablan más que los labios a oídos de quien ha escuchado las suficientes palabras vacías y pronto supe que, al poco tiempo, mi ausencia sembraba un reguero de palabras de desprecio en la sombra de las conversaciones que con toda probabilidad nunca me serían dadas a conocer. El motivo era predecible, brutal en su sencillez, una de esas cosas cuya obviedad habla mal de la condición humana: la herencia.

Papá no tenía mucho que dejarnos: un coche con demasiados kilómetros, ya en el ocaso de su vida útil; la casa, la vieja casa que había sido telón de fondo de la gran mayoría de mis recuerdos de la niñez; el dinero que había ido acumulando con cuentagotas durante años en el banco; y, finalmente, los dos bancales del Barranco, olvidados desde hacía tiempo, puestos a merced de la sequedad de los días del sur.

Tiempo atrás, el Barranco había tenido dos higueras, varios mandarinos, naranjos, un limonero y varios ciruelos. Y, en el centro de todo, el gran olivo centenario, que, según la mitología genealógica, había sido plantado por mi bisabuelo -a quien ni mis hermanos ni yo habíamos nunca conocido- cuando era un crío. Antaño, de niños y de adolescentes, todos -también mamá- acompañábamos a papá a regar, a podar, a labrar. Recogíamos lo sembrado, plantábamos patatas y habas en la tierra y luego la dejábamos en barbecho para que el olivo, tan amplio, tan coherente con su longevidad, que a todos nos daba sombra, tuviera espacio suficiente para brindarnos su fruto de forma gentil, amable, que sólo hubiera que agacharse, y no enredarse ni cortarse los nudillos. Y nosotros siempre lo agradecíamos sin varas ni motor: subidos a cajas y escaleras, peinábamos sus ramas o agarrábamos el fruto directamente con los dedos, para evitar quebrarlo innecesariamente, para no llenar la carga de hojas, unas hojas que no caían nunca por su propio peso, sino que sólo lo hacían si alguien se las arrebataba, unas hojas que me mostraron que todo tiene siempre un lado fuerte y uno débil, unas hojas que ya habían quedado, al igual que yo, huérfanas. Y, de todo aquello, sólo el olivo había sobrevivido a la dejadez que inevitablemente llegó cuando cada uno de nosotros comenzó a realizar su vida lejos de allí y cuando papá empezó a envejecer y a no tener tiempo ni energía para coger el coche solo y conducir durante varias horas para cuidarlo todo sin poder abarcar ni la mitad en un día, ya que aún quedaban varias horas más de regreso. Los mandarinos y los naranjos comenzaron a dar un fruto áspero y papá los terminó talando; los ciruelos se secaron y tiznaron de tristeza; las higueras y el limonero dejaron de dar fruto tras varios años de sequía en los que papá apenas pudo ir a regar. Sólo el olivo, en el centro del bancal de arriba, abrazando con inmensidad el silencio, perduró, totémico.  

A mí me tocó el coche. Papá lo hizo pensando en mí, y no lo culpo por su imprecisión; por mi trabajo, yo era quien más tenía necesidad de desplazarse continuamente. A David, que tenía tres hijos, le tocó la casa. A Javier y a María, por su lado, el Barranco: un bancal para cada uno. El dinero, que no era mucho, se repartiría equitativamente. Javier y María no tardaron en reprocharme, con socarronería, que me hubiera quedado con el coche. Nos han dado la tierra, decían, como aquel cuento de Rulfo. Qué estupefacción en su rostro cuando, en un alarde de inmediatez insospechada, les dije que con gusto cambiaría mi coche por el bancal del olivo. Desconcertados al principio, firmes tras el instante de vacilación, negaron mi propuesta, aludiendo, como única razón ante mi inquisitiva, que había que respetar la última voluntad de papá. No podía hacer nada; a pesar de que sospechaba que mentían, me habían desarmado con mis propios principios. ¿Cómo pelear? Paradójicamente, el único modo de vencerse a uno mismo es sucumbir. No tardé, por supuesto, en enterarme de que lo que se escondía tras la inexplicable negativa a mi propuesta era un interés pecuniario: a las pocas semanas, los dos herederos ya habían puesto las hectáreas a la venta. 

El otoño ya llevaba casi un mes andado cuando fui a casa de Javier: no quería recriminar nada por teléfono. La mala fortuna quiso que me encontrara allí también con María, que se había pasado a almorzar y había prolongado la sobremesa hasta mi llegada. Mis palabras rebotaban sobre el incólume manto de indiferencia que hilaba su alianza. Cómo vais a vender los dos bancales, les dije. Esa tierra ya está muerta, respondieron. Esa tierra es la historia de nuestra familia. La historia no da de comer. Pero los recuerdos alimentan el alma. Los recuerdos no mueren cuando muere un lugar. 

No supe cómo continuar. Estaba devastado. En su presencia, mi cabeza era incapaz de encontrar las ideas; estaba más seca que las acequias que otrora habían regado nuestros campos. 

Y qué hay del olivo, pregunté. 

Qué hay del olivo, dijeron ellos, al unísono. 

Es que ni siquiera vais a coger la aceituna este otoño. 

Hace años que no recogemos la aceituna. Aunque no tantos años como tú. 

Javier y María sabían cómo utilizar las palabras para hacerme daño. Lo más sangrante era el hecho de querer gritarles que eso era mentira, y no poder hacerlo porque todos allí sabíamos que no era más que la verdad. 

Cuando papá, tiempo atrás, dio por perdidos los naranjos, los mandarinos y los ciruelos, hizo leña con ellos. De tal palo, tal astilla: el modo que sus hijos escogieron para hacer leña del árbol caído fue decirme, a modo de despedida, mientras cerraba la puerta:

De todas formas, si todo va bien, el terreno estará vendido antes de que llegue el invierno. 

Volví a casa y me puse a revisar los álbumes de fotos. La nostalgia es mala compañera cuando la soledad te hace buscarla: es un consuelo deletéreo. Y lo peor no era eso sino que, aún persiguiendo una voluntad de autodestrucción, ni siquiera ese deseo pude satisfacer: no había fotografías de la temporada de la aceituna. Aquellos días poníamos todo nuestro empeño y recursos en el viaje, en recoger el suelo, en colocar las lonas, en peinar las ramas con sumo cuidado, en ir llenando las cajas, lamentando cada aceituna pisada, que trazaba en la lona una mancha de Rochard en la que veía la materialización de mi propia torpeza, una a una. Aquellos días siempre pasaban veloces y, ahora que lo recordaba, papá siempre solía lamentarse, a la noche. Decía invariablemente la misma frase: joder, este año se me ha vuelto a olvidar echar alguna foto. Mamá siempre lo tranquilizaba, diciéndole que ya la sacaría al año siguiente. Pero, mamá, pensé yo, mientras cerraba el último de los álbumes, se te olvidó decirle a papá que algo de su enfado tenía razón de ser, y que se diera prisa, porque llega un momento en el que ya no hay más años siguientes. Sólo años. 

 Guardé todos los álbumes y me eché en el sofá, la luz apagada. Sonó, en mi cabeza, el eco de las palabras de Javier y, contra todo pronóstico, encontré una suerte de alivio en ellas: los recuerdos no mueren cuando muere un lugar. Así que cerré los ojos y me entretuve recordando lo que ya nunca podría ver. Algunas cosas, de hecho, no eran una imagen en sí: el fuerte olor a aceite tan característico que impregnaba el aire cuando llegábamos a la almazara. El sonido de las aceitunas rebotando en la tolva hasta posarse en el fondo, donde empezaban a deslizarse, salpicada su oscura homogeneidad con las verdes hojas que no habíamos logrado retirar de las cajas. El susurro crujiente del mono vaquero de papá mientras esperaba, en una nerviosa quietud, cambiando el peso a cada pierna constantemente, conocer el rendimiento que habíamos tenido ese año. Y la sensación de ligereza en el coche, a la vuelta, cuesta abajo, con el remolque liberado de todo el peso que habíamos cargado hasta allí. Paladeé todos aquellos momentos, tomé la determinación de atesorarlos para siempre, y me quedé dormido. 

Pero, al despertar, decidí que aquello no era suficiente. 

¿Cómo podía ser? Javier y María habían vivido lo mismo que yo. ¿Cómo podía ser que no fueran capaz de valorarlo? ¿Iban a deshacerse del olivo así, sin más? ¿Iban a abandonar las aceitunas que se habían ido fraguando durante todo el año, a pesar del olvido, a pesar de la seguía, a pesar del viento? 

En la última semana de otoño, en la época en la que siempre se perlaba la tierra de azabache, cogí el coche de papá e hice una visita a David, que ya se había instalado en la nueva vivienda, a primera hora de la mañana. Le pedí prestado el remolque que aún estaba en el garaje, apenas le di explicaciones, sólo unos balbuceos vagos que no terminaban de conectar nada en particular. Le bastó; de todas formas, él no tenía pensado utilizar el remolque para nada. Lo enganché al coche, puse unos discos y tomé la carretera. Era la primera vez que conducía con remolque y el trayecto que a mi padre solía llevarle una hora y media a mí se me dilató, en mi prudencia -que no es sino un eufemismo que busco para mi incompetencia- por más de dos horas. Abandoné la carretera y comencé los caminos de tierra. Ya no tardé mucho más en llegar hasta El Barranco. La tierra estaba seca y, como había llegado deprisa y había salido nada más echar el freno, ascendió a mis pulmones y permanecí un rato tosiendo. Luego dediqué otro rato a caminar, con dos cajas en una mano y una escalera en la otra, por un camino inaccesible ya para cualquier vehículo y con un sol que se elevaba tras de mí y que asendereaba mi sombra. 

En el silencio del campo toda voz resulta ajena. Aún estaba lejos cuando los escuché hablar. Pensé que tal vez eran los nuevos compradores. Incluso llegué a visualizar cómo señalaban el ancho tronco del olivo, indicando por dónde talarlo, pues el terreno debía quedar libre cuanto antes. Eché a correr y, a la vuelta del cerro, vi el olivo. Agradecido, como siempre, las gemas negras perlaban aún sus ramas, pero no el suelo. Lo del suelo ya estaba recogido. Había allí dos hombres en chándal, con las rodillas manchadas de aceite oscuro. Uno de ellos bastante más joven que el otro. Ya habían llenado varias cajas sólo con lo que unos minutos atrás debía de haber estado semienterrado en aquel manto telúrico sobre el que las lonas ya estaban extendidas. 

Cuando advirtieron mi llegada quedaron congelados. En su inmovilidad comprendí que los acababa de pillar robando. Sin detenerme, continué caminando hasta llegar a ellos. Se quedaron mirándome, en guardia. 

Hola, les dije. 

Hola, respondió el que debía ser el padre. Yo apoyé una de las cajas que traía junto a una de las lonas y me senté a la sombra del olivo. Quién eres, me preguntó el padre. 

Pasaba por aquí. Y vosotros. 

Nosotros también pasábamos por aquí. 

A estas palabras vacilantes sucedió un silencio que a ellos debió de parecer la mar de incómodo. Luego el padre dejó caer la vara y me dijo:

No serás tú el dueño de esto. 

Claro que no, respondí. Venía a lo mismo a lo que habéis venido vosotros. 

A robar. 

No lo digas así, hombre. Mi padre decía siempre: que no se le llame pecado al comerse una manzana; si se la encuentra en el camino, quién se queda con la gana. 

Y te vas a quedar ahí sentado. 

Sí, os lo dejo a vosotros. 

Así, sin más. 

Es que acabo de darme cuenta de que no he traído la ropa apropiada. Además, estoy cansado. Pero, si no os importa, me quedaré aquí un rato más. 

El hombre permaneció desconcertado unos segundos, pero finalmente se encogió de hombros y dijo: vamos, hijo, palabras que a mí me provocaron una sonrisa que ninguno de los dos advirtió. Y me quedé allí, contemplando la faena. A veces me caía alguna que otra oliva en la cabeza. Pronto parecieron olvidarse de mi presencia y el silencio perdió la incomodidad. Incluso de vez en cuando me dirigieron alguna que otra palabra. 

Parece que ha dado buen fruto este año, les dije cuando ya se iban. 

Sí, y eso que esto tiene cara de que no lo cuida nadie. La tierra está seca. 

Aunque esté seca, es una buena tierra. 

También es un buen olivo, dijo el hombre. 

Sí que lo es. 

Ya se iban. Fueron cargando una caja tras otra mientras yo permanecí allí sentado. Llegado cierto punto, me levanté para sustituir al hijo, que no tenía las manos tan encallecidas como el padre, a llevar las cortantes cajas que restaban hasta su furgoneta. 

Oye, me dijo el padre. 

Dime. 

Nos harías un favor, me preguntó, cuando regresábamos a por la última de las cajas. 

Claro, de qué se trata. Una vez llegamos allí, hice el amago de agarrar el asa, pero me pidió que esperase. Llamó a su hijo, le dijo que la cogiera él de uno de los lados y a mí me tendió su teléfono móvil. 

Por favor, me dijo, échanos una foto. 

Y me alejé, para que se les viese a los dos, padre e hijo, cada uno sujetando una de las asas de la caja llena hasta arriba de aceitunas antes de emprender la marcha a la almazara. Me alejé lo suficiente como para que se pudiese apreciar la inmensidad del olivo enhiesto tras ellos, pero no tanto como para que se dejasen de distinguir sus expresiones de felicidad y satisfacción. Al devolverle el teléfono, el hombre me miró, preocupado. 

Pero por qué lloras, hombre, me dijo. 

No es eso, respondí, restregando el dorso de mi mano por las mejillas. Es que hay algo que no os he dicho. 

El qué. 

Que soy alérgico a los olivos. 

El hombre soltó una carcajada, me dio una palmada en el hombro. 

Caray, hombre, me dijo, si no estuvieras sonriendo, pensaría que estás mintiendo y que te habías puesto triste. 

Y lo estaba. Estaba mintiendo. Pero él, en su sospecha, no se había acercado ni remotamente a la verdad.