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130.- Volver a empezar con el olivo

Manuel Alejandro Pérez Díaz

 

Después había un ambiente de libreros repitiéndose, variedad de colores, hojas secas juntadas por la imprenta. La bibliotecaria lo miraba queriendo saber porque estaba allí, interrumpiendo con su presencia el silencio de las pocas polillas. Él también quería preguntarle si ella sabía por qué el señor Oligor no experimentaba con su propia tierra, pero no pasó así porque sobre el buró había un libro maltratado que se titulaba:” Las plantaciones más complicadas para el siglo XXI”. Alpeche le pregunta y ella hizo un resumen más complejo que como lo concebía un especialista, luego abordó su problema en la biblioteca. Fueron sus malvados jefes quienes exageraron y le soltaron a ella toda la responsabilidad. La hicieron permanecer sus horas de trabajo, con una visión de ángulos estrechos, y casi para no hacer nada. Ya se iba acostumbrando a retroceder entre aquellas cuatro paredes, por manosear leyendas fantasmales en bodegas, hombres de madera, molinos de piedra, y hasta el brillo desviado de otros países largos, en sombras. Pero le eran insuficientes los libros necesarios, y no podía existir una biblioteca donde faltara uno de muestra. Ella pidió un juramento, como el arma para la gentuza, así aseguró cuidarse de las malas lenguas. Que cuando entraba sentía comentarios a poca distancia, continuaba desnuda de tanto palabrerío de un pueblo humilde, y además tenía el presentimiento, y que no eran dudas ni ilusiones improvocadas, en estos barrios le acomodaban alfileres minuto a minuto. Fue gesticulando y evitó unas cajas, después palpaba entre los libreros del fondo, y otra solución sin dudas, era lo que se le ocurría a Alpeche para preguntar sobre Oligor. Ella sacó un mártir de las cien guerras, que desde lejos ya empezaba con imágenes borrosas. Lo movía cual criatura endeble y sacudió el polvo casi por completo. Se lo dio, y este en lo primero que pensó fue en la necesidad de restaurarlo. Al menos ya tenía un reto para más estudio e impulso en la mañana, y desquitar el tiempo perdido de una vida de veinticinco años. Ella le pidió que guardara el libro en el bolso.

Esa noche a él lo buscaron con antorchas, perros, y una vez más se rodearon de lo inhabitado. Improvisaron trampas de viejos y él no cayó. Quizás los desconocidos que se queden en el pueblo tengan que ripiar papeles en los árboles y colocar piedras en cruces como señal de espanto. Y al ponerse en marcha el ritmo de la noche, Alpeche puede caminar sin ser escuchado; y no es teoría de cobardes ni la ilusión de algunos héroes viejos que lo buscan.

Al día siguiente Alpeche se montó en un avión inmenso que se elevó y se arrojaba sobre las nubes, penetrándolas. Al bajarse observó el horizonte de montañas y la naturaleza se veía fuerte, verde, pero inofensiva como otras penínsulas. Después le hicieron una sola pregunta para entregarle el uniforme y los instrumentos. A partir de allí terminaba la música orquestal del país que dejaba atrás. Comenzó a probar con la fonética, una clave y un tiempo de otro lenguaje. El dialecto que se hablaba era desconcertante, con otro ritmo, que palabra sobre palabra siempre era un cálculo diferente. Se sintió menos inteligente y loco por aquella decisión tomada. Reflexionaba sobre hazañas reales y no imaginarias, mediante el libro que despertaba en el bolsillo del pantalón.

La noche siempre tenía esa química de campamento que espera una lluvia de granizos. La tarea era sumamente complicada y en esencia se limitaba a sobrevivir. A veces se supo suelto y confundido, pero nunca llegaron a saberlo. Las montañas parecían distintas cada día, y él las apartaba de su memoria, pero al abrir los ojos seguían intactas.

No mencionaba qué ganarían con aquello, para él solo raciones mínimas o extras de alimentos. De la comida no valía la pena aburrirse, porque no gustaba, pero era el único resultado. Terminaron comiéndose todo tipo de animales asados cuando se veían obligados a abandonar otras opciones. Bebían tragos picantes de hierbas machacadas que los acercaban a un ser inmortal de ilusiones, y en aquel momento recordaba la paciencia de Oligor, para escuchar y dar consejos. Se curaban los dolores con insectos y una planta llamada ″Acebuche″ que también tenía propiedades mágicas. El calor no les permitía pensar y en eso consistía la mejor parte de las técnicas especiales de un trabajador joven.

Una tarde en que estaba cerca de un río, acomodando unas estacas, se le acercó un hombre con aspecto común. Alpeche se encontraba también, reajustando las épocas futuras, llevándole flores a su novia, u olvidando el traje ceñido. Ni siquiera se cuidó de pensar en cómo al mirar para atrás, tuvo que moverse porque ya lo tenía muy cerca. El hombre le dijo que lo había visto llevando el suelo rocoso y las semillas a una tienda de jardinería y después a una oficina de correos. Nada de lo que decía se parecía a la lógica con la que él actuaba. Pensó que ese hombre loco, estaba pregonando la noticia falsa, como quien descubre a un fugitivo peligroso. Jamás había estado en una tienda de jardinería ni sabía de suelos fértiles o no. Pensó que podían existir esos estudios importantes y hasta tener utilidad, pero no eran alternativas para dedicarle a un árbol común, en una tarde de otoño. Lo incomprensible y grosero de ese hombre, fue magnífico, por lo que solo le saltaba dentro de la cabeza cuando llega y al momento se tiene que ir.

Días después, por varias horas permanecía en la oscuridad, con los ojos abiertos y escuchando las nimiedades del monte. El poder de la verdad era un procedimiento sencillo o efecto soñado; para él era una pesadilla. Se daba cuenta que las hormigas peligrosas habían caminado kilómetros sobre su cuerpo, pero se alejaban. Comenzó a creer en horóscopos y astros, porque el cielo nocturno era todo lo convincente que le quedaba.

Después de algunas semanas, la diferencia fue cuando escuchó unos gritos, en número escaso, pero se transmitió en aquel agujero de miles de plantas. Sabía que, aunque peligroso, necesitaba un código cifrado para acercarse a uno de los dos bandos. Él tenía una medalla de excesivamente atrevido y no había quien lo siguiera. Se fue acercando, camuflado al límite, casi también convertido en arrollo. Una vez más las hormigas lo iban derrotando lento, con las toxinas, pero él se sobreponía dificultosamente. En aquellos instantes aprendía que uno de sus mayores miedos serían cultivar árboles de una especie rústica, con dificultades de enraizamiento, rodeados de plagas y malas hierbas. Le caían algunas gotas de agua en la cabeza, que podrían transformar sus pensamientos en preguntas inútiles. Vio a un trabajador que llevaba a otro amarrado, como negociándole más golpes en el cuerpo. Alpeche necesitaba averiguar el objetivo y las verdades de todo aquello, así que los siguió. Tuvo cuidado de que no lo descubrieran al borde de cada árbol en que se escondía.

La forma de razonar de Alpeche parecía de la que se hacen de madrugada, con los ojos medio nublados, y bastante metido en la vocación de trabajador, que debería estar durmiendo. Una frase lo perseguía, como la indigna sensación de estar bien ubicado en aquel campamento informal. Al observar una confesión visible, ese momento tenía una explicación más que clara y él debía saber aprovecharse las ventajas. Pensó que la mejor verdad era la que ellos se dirían en un momento como aquel. Sería muy bueno para él buscar oportunidades desde el cultivo de una planta, que era más que eso. Después de mil años existiría una ley, la mencionaran en aquella península y respondiera a conceptos brujos. ″La buena grasa sería vendida como oro vegetal″.

Al otro día Alpeche tuvo que regresar a su casa, estaba más que convencido, comienza a leer una vez más, los mismos carteles, en las calles de un pueblo humilde. No podía esperar a que el futuro se colocara en el mismo sitio, delante, estático, sin dejar alternativa y huir. Lo primero que hizo fue que observó a un hombre con la tierra bien pegada, lo saluda, y le pide que abriera la boca porque había notado algo muy raro. El hombre se bajó de su bicicleta y se quitó las gafas oscuras con la torpeza de alguien que no es humano. Disfrutaba contándole los dientes y le parecía verlos hasta en la garganta. De repente perdió la cuenta, pero ya no le interesaba volver a empezar, ni dedicarse completamente a cultivar árboles de oliva con métodos de otras civilizaciones, ni como lo enseñaban en las universidades, sino la propuesta que le hacía. Luego de la explicación del experimentado agricultor, unos minutos después, además sería su compañero en una plantación de diez hectáreas.

Cuando Alpeche entró a la bodega se percató del sudor en su frente y que estaba en un lugar abandonado, rodeado de insectos y humedad. “Quedaban pocos lugares construidos con las manos y aunque todos formaban parte de la antigüedad, es el respeto a los sitios sagrados lo que distingue a los pueblos”, así decía Oligor. Algunas plantas de olivo retoñaban desde las grietas de las paredes como el lamento de un habitad que no cabe. Alpeche, que nunca tuvo miedo, se atrevió a asegurar que a la maleza le sobraba oscuridad y espinas no solo en la parte del pozo. El sabor amargo del lugar, era porque todavía no lo había tocado el sol.

Por obligación, se convirtió en el trabajador joven a tiempo completo, diariamente sobre el andamio de tablas que se mecían, tratando de recuperar escombros y estacas. Miró la imagen con el color verde y calculaba el ángulo que tenían las peores grietas. Alguna vez pudo entrar el sol del horizonte y su deseo consistía en la restauración total de la bodega.

Sacó muchas cuentas en papel queriendo ser muy exacto y llegar a reconstruir lo que quería. Había adquirido algunas habilidades como si sus manos pudieran convertirse en las de los agricultores especialistas, que se describen históricamente. Tuvo prisa por acabar con los palos secos, las ramas llenas de hormigas y expandir el andamio. Observaba una montaña de piedras inútiles y quería que subieran pegadas con el cemento. Solo en momentos de confusión colocaría cangrejos dormidos y guayabas secas, que crearan contraste sobre el relieve. Hasta en envío de una oficina de correos podría decir, que él a veces se encontraba indispuesto, con un ambiente de roturas emocionales, pérdidas, y amores inacabados. Siempre existía un lugar que Alpeche tenía presente para cada piedra. No fue necesario pulirlas tanto como lo hacían los antepasados con su otra forma de pensar. Fueron ellos quienes encontraron la forma de hacer paredes artesanales, gigantes, que aunque incompletas, se quedaron hasta hoy.

Oligor ya tenía un nivel de inteligencia que lo asombraba, pensaba como el mismo Alpeche, y a veces marchaba delante, siempre sin ser grande y húmedo como el vacío que producen las reglas y órdenes. Al percatarse de algo interesante, con esa intuición de una vida gastada por allí, seguía el hilo atreviéndose por entre materiales resistentes, y creaba más. Era asombroso verlo, acortando distancias, después hablando de miles de árboles, de preparar una cosecha buena, aceite virgen extra; todo aquello lo agregaban a la lista del día siguiente. Fueron mejorando cálculos, celebrando entre batidos que Oligor elaboró con sus manos torpes, un jarro sobre el suelo, en la discreta media mañana de otoño, frutas mordidas por murciélagos y un exterior todavía lleno de bichos. El almuerzo era una olla con viandas y especias, que revolvían debajo de un árbol. Continuamente y hasta en los días de lluvia seguían aplicando sus operaciones de suma y resta para clavos y martillazos en un dedo. En esas ocasiones, a Alpeche le molestaba lo difícil de comparar resultados; aquella tierra silenciosa era tan dura, que ellos parecían dos animales ocultos entre enigmas cifrados.

Cerca de la bodega se pueden confundir los caminos, la distancia desde el umbral, pero más difícil sería confundir las verdaderas observaciones de Alpeche. Le contaban una historia para que tuviera miedo y no supo que parte era real. Según su experiencia, el mérito se lo llevaba la familia, como un remolino sin timón queriendo arrastrar las cosas hacia otro lado. Nadie cercano le quiso responder el por qué lo buscaron, como una versión especial de los bandidos, que huyen, y se dedican a destruir su vida y la de otros.

Le hizo honor a la tradición de aquella región tan natural, con sabores venenosos, esparcida pobremente de buenas semillas, y mediante ese respeto se enfocó en lo que quería. La justificación era que el sol del monte le gana a uno al igual que a las piedras y plantas, más allá queda seco y áspero incluso el aire que se respira. Luego de meses de agotamiento, apartando las confusiones y el dolor al posible al fracaso, fueron insertando cifras correctas y en la máxima calidad, el campo quedó terminado. Alpeche se sentía orgulloso de lo que sería el inicio de sus cultivos olivareros.

Y años después podría decir de Oligor: Ahora sabe resolver los golpes de suerte y los llena con la grandeza de sí mismo. Intensifica la complejidad de su vida y la colma de secretos, completamente raros; casi imposibles. Pero cuando regresé de mi viaje le dije, ″Mi padre querido, si lo deseas, puede retirarse y no pasa nada″.

 

 

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