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129.- Olivo en flor

Luz Beatriz Cubillas García

 

Arbolé, arbolé
seco y verdé.
La niña del bello rostro
está cogiendo aceituna.
El viento, galán de torres,
la prende por la cintura.

Arbolé, arbolé
seco y verdé.

Federico García Lorca «Arbolé, arbolé»

(fragmento)

 

Como todos los años, cuando comenzaba el otoño, Pepe oía a sus hermanas y a su madre decir que había que prepararse porque en unos días comenzaba la cosecha de la aceituna. Por la ventana miró los olivos del cortijo. Su madre, doña Encarnación, trajinaba la cocina y preparaba aquellas rosquillas que tanto le gustaban. Solamente de pensar en ese trabajo de tener que cosechar las olivas, ya lo fatigaba bastante. Despertaba ya el otoño y el frío era intenso; se hacía sentir en los huesos y en la piel y recordaba a sus hermanas con sus manos ateridas de frío acercarse al fuego que se preparaba en el olivar. Haberse hecho cargo de la cosecha de la aceituna del cortijo por encargo de su padre, don Paco, lo enorgullecía, a pesar de ser una labor extenuante. Las manos le quedaban enrojecidas y dejaban ver las heridas producidas por el trabajo diario. Su padre siempre con gesto adusto sentenciaba benevolente:

—Pepe, las olivas se cosechan ordeñando las ramas, con sumo cuidado y con amor, hijo, con amor ¿me entiendes?

Y sí, Pepe entendía muy bien eso de rodear la rama con la mano y deslizarla para desprender las aceitunas. Cuando su padre no lo veía, él prefería agitar las ramas con una vara, y recoger en los lienzos los frutos que cayeran, tampoco era cosa de arruinarse las manos porque sí.

Él amaba tanto ese pequeño pueblo enclavado en las sierras. Según decía su abuelo el pueblo tenía orígenes árabes. Trepaba corriendo esas callejuelas encaramadas en las rocas de la Sierra Nevada y desde el mirador de la sierra contemplaba al atardecer, el sol que reflejaba sus rayos en las canteras de mármol.

Por las mañanas iba hasta la Piedra Labrá, varios paneles de piedra, sobre los cuales se encuentran grabados dibujos de la era prehistórica, según le había contado su maestra. Se había corrido la voz del valor arqueológico de esas piedras. Muchas veces Pepe se encontró con una diversidad de personajes que, provistos de lupas y cámaras fotográfica, hacían un relevamiento de esos grabados rupestres, que representaban parte de la vida tribal del pueblo, y que representaban guerreros armados con armas rupestres, caballos, bueyes, asnos, cabras, jinetes y hasta carros.

En el tórrido verano, Pepe disfrutaba de las escapadas a La Balsa, un lugar construido a orillas del río y qué disfrute era darse un chapuzón y nadar a gusto.

Allí se divertía con sus amigos mirando como las niñas bañistas remojaban sus pies. Entre risas las niñas se hablaban al oído. Su amigo Juan le dijo en murmullo

—Mira Pepe allí esta Isabel. Mira cómo te mira… – Pepe solo pensaba en Milagros…

A Pepe le gustaba en las tardes de verano tirarse a descansar y estudiar bajo la sombra del viejo olivo, ese que según decía su padre, tenía más de trescientos años. Su corteza era sumamente rugosa y retorcida, sus raíces añosas parecían enormes brazos extendidos.

Miraba con los ojos entrecerrados su enorme copa. Un pequeño pájaro, que parecía ser un verdecillo, movía las ramas que en ese mes de junio estaban llenas de racimos de flores blancas. Una de ellas cayó sobre la camisa de Pepe. Tomó la flor entre sus dedos y cerró los ojos. Su sueño secreto era poder algún día llegar a Francia, pero era conciente que con sus apenas quince años y sin dinero, era un sueño que por el momento era irrealizable. Algún día tal vez…

Se prometió que, si eso sucedía, volvería y le contaría al viejo olivo, su más fiel confidente, todas las historias y aventuras que hubiera vivido, como siempre lo hizo. Ese olivo era su refugio, él era el testigo de sus tristezas y sus alegrías, allí iba a contarle en murmullos cuánto le acontecía en su aún, corta vida. Como cuando bailó una noche con Milagros, esa niña tan bella que vivía en el pueblo vecino. O como cuando su padre le regaló ese reloj tan bonito que era de su abuelo. Es que Pepe le contaba todo, todo al viejo olivo.

Aquella tarde rodeó el tronco rugoso con sus brazos y como si no dudara que lo escuchaba, le dijo:

—Oye abuelo, te voy a hacer una confidencia. No se lo he dicho a nadie, solo te lo diré a ti. Tengo pensado irme a Francia, no sé cómo lo haré, si fuese necesario iré caminando.

—Luego intentaré llegar hasta París… Mi maestra me ha prestado un libro lleno de imágenes. No sabes lo hermoso que es. No te sientas triste. Volveré para contarte… ¿Sabes? me dijeron que en Francia hay campos enteros de olivos como aquí.

Era como una confesión, como cuando iba a la Ermita y su madre le decía:

— Pepe ya que vas a pasar por la ermita lleva este ramillete de flores y no olvides de rezar por todos nosotros.

Se estaba yendo cuando una leve brisa sacudió las ramas del viejo olivo, giró su cabeza y vio como de éste caían numerosas florecillas blancas. Las recogió en la falda de su camisa y volvió a su casa cuando ya el sol empezaba a ocultarse tras la sierra.

Volvió contento a la casa. Puso detrás de su oreja una flor y al entrar dejó otra en la imagen de la Virgen del Carmen que veneraba su madre.

—Toma esta rapa madre…– y ella con dedicación la prendió en la pechera de su delantal.

—Pobrecillas las rapas… los racimos de flores solo duran en el árbol una semana y luego algunas caen, dijo Doña Encarnación.

—Sí, ya hay un manto blanco al pie del viejo olivo –asintió Pepe, mientras miraba la flor con sus pétalos blancos, carnosos y su centro amarillo.

—Pepe, el olivo viejo pierde muchas flores y eso indica menos cosecha. No se lo digas a tu padre, que el año pasado quería sacarlo porque no da tanta cosecha como los más jóvenes –dijo doña Encarnación mirando a través de la ventana.

Pepe guardó una rapa dentro de su cuaderno donde anotaba frases que se le ocurrían antes de irse a dormir. Ese día escribió: Pequeña flor blanca, serás sin dudas, mi compañera de viaje.

Llegó el mes de noviembre y Pepe asumió con verdadera responsabilidad la cosecha de las olivas con la ayuda de sus hermanas. Las aceitunas estaban en el punto óptimo de maduración y ya estaban allí los aceituneros para ayudar en la recolección que duraría un largo tiempo. El frío era agobiante en el olivar, pero ese año Pepe no lo sentía, porque solo pensaba en su futuro viaje. Y entonces ese año se esmeró más que nunca, derribando los frutos, y recogiéndolos en lienzos, tratando de que sus hermanas no realizaran esa ruda tarea y que se ocuparan solo de mantener encendido el rescoldo en el olivar. Ya sabía Pepe que esta tarea duraría hasta el mes de diciembre. Su madre diligente les llevaba las viandas varias veces al día tanto a sus hijos como a los aceituneros.

Llegó el mes de diciembre y en el cortijo de la familia había finalizado la cosecha. Era Nochebuena. Su padre que regresaba de sus tareas en otro olivar, se acercó a Pepe y lo palmeó en el hombro.

—Oye hijo, ¡qué buena cosecha hemos tenido este año!

—Has visto Encarna, el viejo olivo me ha sorprendido, este año dio varias canastas de aceitunas. Oigan niñas este año festejaremos, fue una gran cosecha. Encarna prepara los vestidos para las niñas para la Fiesta de la Oliva, dijo brindando con su copa en alto.

—Mañana parte de la cosecha irá al molino– dijo. –¡Tendremos el mejor aceite de oliva del pueblo!

Llegó el mes de abril, su madre y sus hermanas esperaban ansiosas la Fiesta de la Oliva. Con sus mejores galas Pepe preparó el carro que iba a desfilar en la plaza. Sus hermanas lo adornaron con ramas de olivo y flores. Su madre preparó los vestidos de María y Josefa.

Pepe se puso su mejor traje y esa corbata que Milagros le había regalado para su cumpleaños. Se miró al espejo y se colocó el sombrero de ala ancha de su padre. Qué bellas estaban sus hermanas vestidas con trajes blancos a lunares rojos y flores en sus cabezas. Había llegado la primavera y Pepe la sentía en todo su ser. Los campos de Andalucía se llenaban de palmas, de bailes y cante.

Ese momento tan esperado había llegado. Iban a la romería, en un largo día de peregrinación hasta el pueblo vecino. Su padre le dijo:

—Tú conduces, hijo. Yo estoy algo cansado…

Al llegar a la feria vieron en las plazas a las andaluzas luciendo su estilo y derroche de gracia con bordados y encajes en sus faldas y flores en sus cabezas.

Sus hermanas y su madre llevaban otros vestidos, más flores y sombreros pues, en una romería es mejor tener más de un traje preparado, ya que puede que durante el viaje sucedan imprevistos y además porque iban a pasar la noche en una hostería del pueblo.

Para el largo viaje ellas usaban zapatillas de esparto, más cómodas y que al llegar a la romería, para distinguirse entre las romeras flamencas, cambiarían por los flamantes zapatos de tacón, elegidos por María y Josefa y que al decir de su padre costaron más de un mes de cosecha.

Era una noche de primavera, llena de aromas, de música. Mientras caminaban hacia el centro de la fiesta, Pepe miró la costa del río. Era una noche de luna llena que con su cara redonda y con dorados y platas se reflejaba en el agua quieta. Pensó en Milagros, en su carita morena, en sus ojos verdes, y sobre todo en poder bailar esa noche con ella.

La música flamenca envolvía todo con su esplendor y las muchachas bailaban en el camino. Su madre dijo que comerían ricas migas y comidas preparadas con aceite de oliva en los puestos de comidas típicas de la plaza. Al llegar, la Banda Municipal del pueblo animaba la fiesta al ritmo del son flamenco. Pepe y su familia fueron a agradecer en la parroquia la cosecha del olivo de ese año.

Las reinas en sus carrozas inauguraron el desfile de carruajes engalanados y allí Pepe y sus hermanas fueron con su carruaje al desfile. Dos bellas muchachas entregaban ramas de olivos e invitaban con fuentes de aceitunas y entremeses a los participantes.

Fueron al baile mientras sus padres se quedaron a descansar en la Hostería de la Plaza.

Sus hermanas comenzaron a bailar con dos mozos muy guapos, bajo la mirada vigilante de Pepe. Al dar vuelta su cabeza todo se iluminó a su alrededor, allí estaba Milagros, bella como nunca, con su traje de flamenca, color malva y volados con lunares blancos y con esas flores rojas sujetas en su pelo negro que caía suelto sobre sus hombros. Él se acercó a ella y le dijo:

— ¿Quieres bailar?

— Oye Pepe, espérame que cambiare mis tacones… – dijo mientras se alejaba.

Pepe la vio desaparecer entre la multitud. La esperó con ilusión durante largo tiempo, pero en vano, Milagros ya no regresó. A lo lejos se oían las últimas estampidas de las carretillas y fuegos de artificio que resplandecían en la noche estrellada y que daban por terminada la fiesta.

Sus hermanas se le acercaron.

—Vamos Pepe que mañana volvemos a casa y es muy tarde. –No advirtieron el brillo en los ojos de Pepe. Su corazón estallaba de congoja. La fiesta había terminado para él.

Al regreso al cortijo Pepe le dijo a su madre, tomando su mano:

— Madre, debo decirte algo que tal vez te llene de tristeza.

—Que pasa hijo, por Dios…–dijo con un hilo de voz

—Hace tiempo que tengo un sueño y una enorme necesidad de viajar…

—¿Y a dónde vas a ir hijo mío?

—Ya tengo lista mi maleta y mañana me iré a Francia, es mi sueño madre y volveré pronto.

— Si es lo que tú deseas, cómo me voy a poner triste. Hijo, habla con tu padre…

A la noche Pepe esperó el regreso de don Paco. Estaba seguro que no aprobaría su partida. Pero para su sorpresa le dijo:

—Mira Pepe eres un buen hijo, pero no olvides que el camino es para el que se va, pero también para quién viene y ésta siempre será tu casa. Aquí te esperaremos. Yo a tu edad estaba embarcado, hijo. Toma esto, que bien te lo has ganao.

Su madre le preparó el morral y algunas comidas para el viaje. Sentía una gran ansiedad y casi no pudo conciliar el sueño. Milagros, pasaba a ser tan sólo, un dulce recuerdo.

Amanecía y un destello de luz dorada entró en su cuarto. Se levantó de un salto. Se despidió de su madre y de sus hermanas.

Tomó su morral y su maleta y al salir se acercó al viejo olivo y le dijo como en un susurro:

— Adiós abuelo, me llevo tu flor en el morral, dame suerte…y al regreso como te prometí, te contaré todo, todo… ¿sabes?

 

Dedicado a mi padre, Pepe el Serrano,
oriundo de Cantoria, cuyos recuerdos fueron
la punta del ovillo para hilvanar este relato.

 

 

 

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