129. En tierra extraña

Fukinagashi

 

Con la salida del sol, el puerto de Sevilla era un hervidero de actividad. Naos, carracas, urcas y bajeles, con sus velas plegadas, eran cargados y descargados por los estibadores en un ir y venir frenético al grito de los contramaestres y jefes de estiba. Los escribanos y veedores, en sus mesitas de madera ubicadas junto a la carga, a ritmo de tintero y pluma iban llevando el conteo de todos y cada uno de los sacos, toneles y barricas que salían y entraban a las bodegas de las embarcaciones que jalonaban la zona del embarcadero. La marinería ponía a punto los barcos limpiando y despejando las cubiertas, al tiempo que carpinteros y calafates hacían labores de mantenimiento en los cascos de las embarcaciones. El hedor pestilente de las sentinas que emanaban las escotillas de carga, se mezclaba con la fetidez de los restos de alimentos podridos, cadáveres de ratas y demás inmundicias que flotaban en el agua del Guadalquivir. Los marineros de los barcos recién atracados, ociosos y con la paga aún caliente en sus faltriqueras, llenaban las tabernas y lupanares cercanos al puerto mientras que los capitanes, pilotos y contramaestres organizaban la logística de carga para poder partir lo antes posible a un nuevo destino.

La nao Santa Marta zarparía en cuatro días rumbo a Las Indias junto a una flota formada por una decena de embarcaciones. El Juez de la Casa de la Contratación y sus visitadores habían realizado ya su inspección de la nave, dando su aprobación para zarpar. El veedor de la Santa Marta revisaba cada tonel que rodaba por la pasarela que daba acceso al barco, al tiempo que el escribano hacía un apunte en el inventario. El capitán, con su gorra de media vuelta y un ropón oscuro, supervisaba desde el castillo de proa las labores de carga acompañado por el contramaestre.

El veedor vio acercarse hasta él a un fraile franciscano, con su hábito negro, sucio y con los bajos manchados de tierra. Era un hombre joven, enjuto, no muy alto y con su característica tonsura, propia de su Orden. Caminaba al lado de su mula, que agarraba de las riendas, la cual tiraba de un desvencijado carro cubierto con una extraña techumbre de esparto. El fraile se detuvo junto a la mesa del escribano y miró la fabulosa embarcación. El veedor detuvo los trabajos de carga y el capitán bajó hasta la cubierta principal para cruzar la pasarela que lo llevaba hasta el embarcadero y acercarse al fraile.

—Soy Alonso de Ariza, capitán de la Santa Marta ¿Qué puedo hacer por usted, padre?

—Paz y Bien, capitán, soy fray Genaro, de la Orden de San Francisco. Traigo la encomienda del padre fray Martín de Valencia de cargar en su nave los bienes que custodio en este carro —dijo el religioso señalando con su huesuda mano el curioso carruaje cubierto de esteros de esparto que quedaba tras él.

El franciscano sacó un documento enrollado de su hábito y se lo entregó al capitán. Este leyó detenidamente la encomienda, tras lo cual observó al franciscano y su extraño carruaje. Alonso de Ariza se acercó al carro y se asomó entre la cubrición de esparto para descubrir en el interior medio centenar de vasijas de cerámica llenas de tierra de la que asomaban estacas de olivo, y en cada una de las vasijas, escrita con tiza, podían leerse nombres de poblaciones de un extremo a otro del reino de Castilla. Muchas de las estacas mostraban ya incipientes brotes, mientras que otras aún permanecían dormidas. El capitán observó al escuálido fraile con aquellas manos huesudas pero fuertes como garras de águila.

—Tome nota de la carga —dijo el capitán al veedor, devolviendo al franciscano el documento de la encomienda.

—Gracias, Capitán —dijo fray Genaro—. Necesito que las vasijas dispongan de mucho sol y hará falta agua dulce para mantenerlas.

—Contramaestre, reserven la batayola de la borda de estribor para el fraile—ordenó el capitán haciendo una señal para que descargaran de inmediato las vasijas del franciscano—. Y ordene al alcalde de agua que carguen un tonel más. Respecto a usted, padre —dijo dirigiéndose al fraile—. haría bien en hacerse con alguna ropa recia que lo proteja del agua y del frío, y del bastimento que precisara para la travesía, ya que puedo abastecer a Nuestro Señor, pero no a su ministro.

Las vasijas fueron cargadas y dispuestas en la cubierta de la nao tal y como indicó el capitán, aseguradas en la batayola de estribor. Durante los días que duró la carga del buque fray Genaro procuró en Sevilla varias varas de tela encerada y desmontó las esteras de esparto del carro para asegurar la protección de las macetas. Logró hacerse con un ropón de piel de vaca, bien curtida y engrasada, y llenó dos zurrones con galletas secas y salazones de carne del puerto. En sus veinte años de vida no había pisado un barco, y ahora, estaba a escasas horas de cruzar un vasto océano camino a Las Indias.

Quiso el azar o el designio divino que, varios meses atrás, fray Martín de Valencia conociese al joven fray Genaro. Fray Martín había recibido el mandato, por parte del ministro general de la Orden, de emprender viaje a Las Indias con el fin de evangelizar las tierras conquistadas hacía dos años por Hernán Cortés. Era deseo del Papa y del Rey Carlos I cristianizar estas nuevas tierras que pasaban a formar parte de la Corona, por lo que fray Martín, que se encontraba en León, emprendió viaje a Sevilla. A su paso por Alcántara, arribó al convento de San Bartolomé. Allí, el joven fray Genaro mantenía con pericia una huerta que hacía las delicias del refectorio. Junto a la huerta, el convento contaba con una aranzada de olivos de la que el fraile lograba obtener veinte arrobas de aceitunas cada año. Días antes de continuar su camino hacia Sevilla, fray Martín, viendo las dotes del joven fraile con el cuidado del olivar, le encomendó la misión de recoger estacas de olivo de todas las variedades conocidas por todo el reino de Castilla con el fin de llevarlas a Las Indias. La flota que los llevaría a las tierras de Cortés partiría de Sevilla a finales de año, así que disponía de varios meses para dicha labor, a la que el joven franciscano se aplicó con diligencia dedicando todo su esfuerzo. Se hizo con un carro, que preparó para tal fin, y con cincuenta vasijas de los alfares de Trujillo recorrió todo el reino durante semanas hasta lograr una camada de estacas de todas las variedades conocidas, cada una de ellas abrigadas con el terruño que las engendró.

Tras una misa a bordo oficiada por fray Genaro, la nao Santa Marta se hizo a la mar junto a las nueve naves restantes. La nao La Gloriosa, a la cabeza de la flota, contaba entre su pasaje con fray Martín de Valencia y otros once franciscanos de toda Castilla que, como doce apóstoles, arrancaban aquel amanecer de finales de diciembre de 1523 una travesía de miles de millas, teniendo como primer destino la isla de La Gomera, donde harían la primera y única escala antes de emprender el viaje definitivo que los llevara a Las Indias.

La travesía a La Gomera supuso para el fraile un suplicio de mareos y vómitos. Apenas ingería alimento, y lo poco que llegaba a su estómago volvía a salir por su boca más pronto que tarde, permaneciendo adormecido entre los sacos amontonados en la cubierta principal como un bulto más. El marinero Juan Monge, al que todos llamaban Juanillo, un marinero piadoso, se compadeció de él y, dándole migas de pan como si de un gorrioncillo se tratase, lo cuidó aquellos primeros días, aconsejándole que mirase a proa y bebiese agua para que el mal de la mar pasase pronto.

Los vientos alisios empujaron con determinación las embarcaciones hasta el destino canario que alcanzaron tras dos semanas de travesía. Durante los días que pasaron en La Gomera, terminaron de cargar vituallas, agua y se realizaron labores de mantenimiento. Una vez que la flota abandonó el puerto canario se adentraron en un océano infinito que se convertiría en su única compañía durante el mes de viaje que les aguardaba.

El franciscano, habituado con el paso de los días al constante movimiento del horizonte, vivía y dormía en cubierta junto a sus vasijas. Durante el día prefería sufrir los rigores del frío que envilecerse en el ambiente oscuro y pestilente bajo la cubierta. Al igual que hacía la marinería, colgaba sus ropas al oreo en los obenques del palo trinquete, pero el escaso aseo con agua de mar y el relente de la noche terminaba por hacer inviable mantenerse seco en la embarcación, lo cual empeoraba con los ropajes que conformaban su poco aireado hábito, siempre sucio y húmedo. En las noches en mar abierto, el frío caía como un manto inmisericorde sobre los hombres que dormían en el exterior, entre estentóreos ronquidos e indecorosas flatulencias a causa de las salazones y el caldo avinagrado de la bodega al que llamaban vino. Fray Genaro protegía las vasijas con las esteras de esparto y las cubría con la tela encerada cuando arreciaban las tormentas. Con tal de que el oleaje no arruinara las estacas, llegó incluso a contravenir las órdenes del capitán, atando su cuerpo con un cabo a una cornamusa del palo mayor para poder permanecer en cubierta en plena galerna sin riesgo de caer al mar.

A pesar de los cuidados y atenciones que el fraile dispensaba a los delicados esquejes, tras dos semanas de travesía se habían arruinado la mitad de ellos. Con cada pérdida, fray Genaro rezaba la Salutación de la Beata Virgen, oración a la que le acompañaba Juanillo y, con el paso de los días, el resto de marinería, al ver que el fraile cada vez disponía de menos estacas verdes. El tiempo pasaba lentamente en el barco y fray Genaro, se volcaba en labores comunitarias, como leer para los marineros, dirigir las oraciones al amanecer y las letanías al atardecer o velar por el consuelo espiritual de la tripulación. Ayudado por Juanillo, que había terminado por confraternizar con el fraile, aprendió a hacer nudos, aparejos de pesca, coser redes y otras labores propias de la vida marina. Como contrapartida, el fraile comenzó a enseñar a leer al marinero, al que las labores del mar le habían negado ese conocimiento.

Se cumplía el vigésimo séptimo día de navegación cuando fray Genaro vio una gaviota cruzar en majestuoso vuelo sobre las velas de la Santa Marta. Uno de los grumetes hizo sonar la campana que anunciaba el nuevo turno de guardia cuando el vigía, en la cofa del palo mayor gritó Tierra a la vista, las palabras que toda la tripulación esperaba desde hacía días.

La marinería, entusiasmada, corrió a proa para otear el horizonte pudiendo apenas vislumbrar una escueta línea grisácea entre el mar y el cielo. Era el 25 de enero de 1524 cuando alcanzaron el puerto de San Juan en la isla de Puerto Rico. Fray Genaro, de por sí delgado, estaba famélico tras las semanas embarcado alimentándose de salazones y galletas deshechas. Sin embargo, su peor abatimiento provenía de no haber podido salvar más que tres estacas de olivo de las cincuenta que embarcaron en Sevilla. El fraile se mantenía en todo momento junto a aquellas tres vasijas con sus esquejes llenos de hojas, a los que los marineros de la Santa Marta, a modo de chanza, habían bautizado como la Santísima Trinidad. La flota, tras hacer aguada en el puerto de San Juan, prosiguió su ruta hacia la isla de La Española.

El puerto de Santo Domingo se ubicaba en la desembocadura del río Ozama. Fray Genaro, asomado por la borda de la Santa Marta, observó aquella ciudad situada al sur de la isla, al abrigo de los huracanes, que según contaban los marineros, eran muchos y de singular furia en aquellos confines. Remontaron ligeramente la ría, adentrándose entre riberas exuberantes de árboles frutales en la margen de levante y la ciudad en la margen de poniente. Juanillo, que ya conocía el destino, le identificó a fray Genaro los edificios más importantes que emergían solemnes sobre los farallones, como la aduana, el alcázar y, más hacia el interior de la urbe, el monasterio de San Francisco, en plena construcción.

Un mes y medio se prolongó la estancia de los franciscanos en Santo Domingo, tiempo suficiente para que fray Genaro se recuperase y comprobara que el clima de aquella isla no era el adecuado para el cultivo del olivo. Siendo pleno mes de febrero, sobraba humedad y faltaba frío, lo cual era necesario para que madurasen bien las aceitunas. Así que, con gran esfuerzo y tesón, logró mantener con vida las tres estacas supervivientes de la travesía oceánica, además de continuar con las lecciones de lectura que impartía a Juanillo.

La misión evangelizadora franciscana, encabezada por fray Martín de Valencia volvió a embarcar una vez la flota estuvo lista para emprender camino a las tierras de Cortés. Fray Genaro, de nuevo en la Santa Marta, y con ayuda de su amigo Juanillo, dispuso a la Santísima Trinidad en la batayola de estribor esperando que los encapotados cielos del Nuevo Mundo dieran un respiro de sol a aquellos tres futuros olivos.

Mediaba el mes de mayo cuando arribaron al islote de San Juan de Ulúa, frente a las playas de la Villa Rica de la Vera Cruz, donde se iniciaron las labores de descarga de las embarcaciones. Juanillo, que después de tantos días, había cogido cariño a fray Genaro, solicitó al capitán Alonso de Ariza unirse a la misión franciscana, petición que el capitán aceptó, viendo el bien que la amistad con el franciscano había hecho en el marinero, que ya leía con cierta soltura pasajes de la Biblia.

Los evangelizadores franciscanos, tras hacerse con vituallas y guiados por una escolta enviada por Hernán Cortés, dieron por iniciada una larga travesía de casi cien leguas hacia el corazón de las tierras recién conquistadas. Fray Genaro, ante la imposibilidad de cargar con tres macetas, decidió acoger dos de las estacas en una sola vasija y, a costa de reducir su sustento, la metió en su zurrón, procurando que las hojas pudiesen ver la luz mientras caminase. La tercera estaca sería transportada por Juanillo, que habría de seguir al fraile allí por donde pisara, no fuera a echar a perder al mismísimo Espíritu Santo, que era la estaca de la Santísima Trinidad que le había tocado en suerte transportar.

Los religiosos, fascinados por la inmensidad y frondosidad de aquellas tierras, se encontraban a cada paso con nativos de piel tostada que los seguían con curiosidad, hablando un lenguaje incomprensible. Los frailes, gente leída y curiosa, tardaron poco en empezar a aprender palabras en náhuatl y comunicarse de forma sencilla con los pobladores de tan magnífico lugar, mientras fray Genaro, con gran tesón, robaba cada rayo de sol entre aquella densa maleza para alimentar sus estacas, repitiendo Juanillo cada movimiento del fraile.

El viaje se prolongó durante cuatro semanas de dura travesía a pie, envueltos en la espesura de la selva, hasta que la inmensa masa verde dio lugar a un vasto altiplano en el que la vista parecía perderse en el más inmenso cielo que aquellos franciscanos venidos de mas allá del océano hubieran visto nunca. Y frente a ellos surgía Tenochtitlán una inabarcable ciudad rodeada de lagos y canales en la que emergían magníficas construcciones piramidales tan altas como catedrales. Los franciscanos, sobrecogidos ante semejante paisaje, y agotados tras un mes de interminable travesía, continuaron su marcha adentrándose en aquella ciudad majestuosa en la que Hernán Cortés los recibiría ceremoniosamente y donde iniciarían su misión evangelizadora.

Fray Genaro, con ayuda de Juanillo, había logrado mantener con vida las tres estacas de olivo que habían soportado un largo viaje de miles de leguas desde su nacimiento. Durante semanas el fraile evaluó el clima de aquel remoto lugar y viajó buscando el mejor asentamiento para los olivos, recalando finalmente en Tulyehualco, un poblado al sureste de Tenochtitlan, a orillas de uno de los lagos que bañaba la ciudad al que los nativos llamaban Chalco, donde la temperatura y el sol recordaban al fraile a los campos de Castilla. Allí en Tulyehualco, Cortés entregó a los religiosos varias aranzadas de tierra y fray Genaro pudo sembrar con sus propias manos a la Santísima Trinidad. Ya no eran simples estacas brotadas sino incipientes olivos llenos de varetas pobladas de hojas. No faltaron cuidados para los tres olivos que, con el paso de los meses terminaron aclimatándose a su nuevo hogar, tan lejano del lugar que los vio nacer. En los años en que los doce franciscanos liderados por fray Martín de Valencia estuvieron salvando almas entre la población nativa, fray Genaro y Juanillo convirtieron aquellas tres estacas en un hermoso olivar en Tulyehualco que, para alegría de sus dos artífices, comenzó a dar las primeras aceitunas más pronto que tarde.

La parca terminaría llevándose a Juanillo a causa de unas fiebres que ni la medicina ni la curandería local pudieron contener. Fray Genaro viviría hasta cumplir los sesenta años, habiendo logrado, a base de esfuerzo, dedicación y muchas horas de oración, cultivar el primer olivar de lo que ya se llamaba Nueva España, un vasto campo de poderosos olivos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. En sus últimas horas, postrado en el camastro de la celda que habitaba en el convento de San Francisco el Nuevo, con el cuerpo arruinado por años de esfuerzo, y asistido por jóvenes frailes, fray Genaro dibujó en su memoria su travesía oceánica, su amistad con Juanillo y su llegada a Nueva España con tres estacas de olivo. Fueron sus últimos pensamientos antes de su último aliento.

Hoy, quinientos años después de aquella aventura, el primer olivo sembrado por fray Genaro en Tulyehualco sigue dando aceitunas.