128. La evolución del aceite de oliva en una planta de psiquiatría del hospital andaluz

Cristina Ramos Ruiz

 

En un famoso hospital, en la unidad de planta de psiquiatría, se encontraba en sus estancias de registro de admisión, una chica con apariencia de ser alegre llamada M Carmen, que era conocida como la ladrona de los abrazos, ya que le gustaba mucho los abrazos y su única finalidad es dar abrazos, y como dar abrazos no es delito, esta curiosa paciente de la planta seguía haciendo de las suyas.

Un chico, conocido como Leopoldo Arias, por su gran barba blanca, y porque era muy conocido, como gran bebedor y asediador de wiski en bares nocturnos, y por sus malas costumbres estaba ingresado en dicha planta por mal abuso de costumbres insanas siendo frecuente fumador. Le gustaba mucho poseer las llaves de las lacenas donde se guardaba la comida y todo lo que tenía que ver con comestible.

Una mujer llamada Eulalia, aspecto mayor, con apariencia de demencia senil, aparentemente transmite conversación, pero su aspecto retraído y sobre todo, devastado hace presagiar que era una mujer con poca calidad de vida.

Y Jennifer y Esther, dos mujeres que parecía hermanas, pero en realidad no lo eran, y se encontraban en planta por consumir drogas, y estaban desintoxicándose en la planta de las consumiciones que realizaban en su vida.

Misteriosamente cuando llevaba el celador los desayunos a planta desaparecía, los cubiletes pequeños de aceite, hasta que el supervisor de la planta se dio cuenta y avisó al policía de turno que vigilaba la planta.

Un día el jefe de policía decidió que ya era hora de parar esa ola de atracos absurdos. Pero no podía detener al ladrón de abrazos, porque no se sabía ciertamente si era ella, así que pensó en una solución.

El jefe de policía reunió a un grupo de voluntarios, que acudían a planta de ese hospital, con el fin de instaurar actividades en la rutina diaria, y les contó su plan. A todos los pareció bien y pasaron a la acción.

El jefe de policía colocó un puesto en la entrada de la planta citada con un enorme cartel que decía: ‘AQUÍ DAMOS COMIDA GRATIS’. Un voluntario se ponía a dar trozos de pan con aceite, a otros voluntarios para llamar la atención del ladrón o de los ladrones.

Cuando el ladrón de abrazos vio a aquello fue corriendo, feliz de poder abrazar y de paso a comer algo de forma gratis, y a deshoras de las comidas principales.

-Si quieres puedes sustituirme cuando quieras -le dijo el voluntario que le dio el abrazo.

-¡Sí, sí, por favor!

Y así fue como el ladrón de abrazos, aparte de dar abrazos también le gustaba la comida, y más el aceite de oliva, dejó molestar a la gente de la ciudad que, agradecida, pasaba por el puesto de abrazos gratis para que el ladrón estuviera entretenido y feliz».

De manera lenta, pero minuciosa y intentando controlar la situación, Leopoldo se fue acercando al stand de comida gratis de la planta, no quitando la mirada al policía que vigilaba la planta, fue paso… a paso… lentamente… hasta que pidió comida y mucho aceite de oliva.

Los voluntarios se quedaban asombrados al escuchar decir de Leopoldo que quería mucho aceite de oliva, de forma enérgica y muy alegre, en forma que sus ojos le brillaban al pronunciar la palabra aceite. Los voluntarios le dieron su correspondiente parte.

“Siempre íbamos a jugar a ese patio de la planta de psiquiatría», y le gustaba llevar su buena merienda de aceite, para continuar con su juego particular. Les gustaba la sensación de estar en terreno de nadie. No, no era una un patio para ir a merendar solamente en realidad, tan sólo el reflejo de lo que en otro tiempo había sido: unas pocas paredes que luchaban contra el tiempo y que se resistían al olvido. Un edificio cuyo techo ya había colapsado hacía años y que carecía de ventanas y puertas. Y que su única protección era aislar del mundo exterior a las personas que presentan enfermedades mentales para que no sea vulnerados ante una sociedad tan divergente en pensamientos y acciones de forma dispare, que condiciona negativamente la vida de un enfermo mental, la búsqueda de la protección y su estabilidad mental es necesaria, como medida de protección de aislamiento y con ello que la estancia sea lo más tranquilizadora en la medida de lo posible.

A Eulalia le gustaba sentarse en lo que decía que era el salón y jugar a que estábamos en otra época. Jennifer y Esther, se sentaba sobre una piedra, que era un inmenso sillón junto a una lámpara y comenzaba a leer toda clase de historias.

Las leía en voz alta y lo escuchaba, el resto de las personas que convivían en dicha planta, con suma atención porque era muy pequeña para leer. ¡Me gustaban tanto su voz y sus historias!

Una tarde cuando llegamos a nuestro refugio un cordón de plástico con enormes letras lo cercaban por completo, y un montón de policías rodeaban nuestras queridas paredes. Un agente se hallaba sentado en el sillón, pero en vez de leer, observaba el suelo y anotaba algo en una libretita mientras algunos de sus compañeros pintaban círculos rojos en las paredes.

Los policías aprovecharon la oportunidad de que estaban entretenidos y dejaron la mesa del comedor, con numerosas botellitas pequeñas de aceite, cada una de ellas precintada y bien puesta de forma ordenada encima de las mesas del comedor de la planta de psiquiatría.

Se acerca la noche, aparece el silencio, y con ello, la noche, la tenebrosidad y la oscuridad. Todo que parece que no ocurre nada, hasta que cada uno de las personas nombradas, salen individualmente, y de forma alineada, una vez que ya han sido previamente tomada la medicación correspondiente. De forma sigilosa, todos caminan hacia el comedor de la planta.

Nos acercamos, ¿Quién estaba en el stand de los enfermeros?, Estaban dormidos…. y sin ningún ápice de estado de consciencia plena, al contrario estaban disfrutando en su jornada de trabajo de su sueño, de repente se escucha un trueno, un relámpago grande, se despiertan los auxiliares de enfermería, se percatan de lo que está sucediendo y de repente, nos echaron a empujones. Eran como niños y no podíamos estar allí.

Les explicamos que ahí vivíamos, que nos pasábamos las tardes en esas paredes y que, si había ocurrido algo con esa casa, debíamos saberlo.

—A lo mejor hasta podemos ayudarlos —había dicho osadamente.

El policía nos miró con una chispa de ironía en los ojos mientras nos preguntaba.

—¿De quién es la idea de robar el aceite, de las tostadas, del desayuno y de la merienda?

Todos enmudecen y no hablan de nada, se encienden todas las luces de la planta, la policía muy severa y muy estricta en su forma de proceder.

La policía se dirigía a ellos como el caco malakum, ya que todo lo surgido, era todo un experto en el arte de robar. Nada se le resistía y era tan bueno en su oficio, que jamás lo habían capturado. Su tranquila vida, se truncó un buen día y sus días en ellos, con esos relámpagos y truenos surgidos, cuando una noche estalló el trueno.

Muy a su pesar, decidieron los propio pacientes buscar ayuda de la policía, en la situación que se encontraron, manifestaron que eran su adicción diaria, y necesitaban beber, y comer mucho aceite, por lo que para ellos era imprescindible no entiende cómo, le dan solamente un trozo pequeño, para ellos transmitía, que era su vida, su deshojo, su forma de ver la vida bonita, aunque las circunstancias para ellos eran de una forma diferentes, querían sentir la vida, disfrutar de todo lo que aquello propiciaba y todo aquello que se sentía, bien, explicaban al policía, que no tenía nada, que sus ropas estaban metidas con llave, no tenían teléfono, no tenían elementos de aseo de su propiedad solamente un esponja para lavarse por la mañana de jabón neutro. Necesitaban tener alegría y vida, y el aceite, era para ellos su fuente de diversión y nutrición. Le hacía olvidar todo lo malo para ver qué y conocer ese sentido tan olvidado, como son el gusto, el olfato y el tacto, para encontrar al valiente que había sido capaz de robar y querer hacerlo investigó a todos.

Finalmente, y tras una valoración del equipo terapéutico, decidieron que, aparte de las propias comidas y alimentación, implementar talleres con el aceite, es decir, hacer cuadros de aceite con las manos, para poder liberarla de estrés y ansiedad, hacer baño de papel con aceite, para mejorar la comprensión, y descubrí el motivo por el cual fluye un papel en el aceite y no se hunde.

Eran los talleres más solicitados de todo el hospital, por los usuarios y pacientes de la zona de la zona y los habitantes del propio hospital. La gente se acercaba a comprar sus cuadros, llaveros de aceite, sus flores de papel cargadas e impregnadas del olor del aceite y demás productos.

En la planta de psiquiatría estaban muy felices, ya que habían mejorado el compañerismo entre los residentes y a la misma vez tenía una motivación en conjunto para no crear conflictos ni disputas. Y con ello, encontrar una fuente de motivación y alegría terrenal con el aceite.