MásQueCuentos

127. Las mil cajas

Marcos Sebastián Nuñez

 

—Lo mejor que le puede para a un tullido como yo es vivir en un lugar como este —dijo el viejo Santiago—, con un río al frente y un cementerio atrás: no hay muchos sitios a donde ir.

Su auditorio, claro, le celebró el chiste como cada noche. Estaba achispado pero se lo había visto peor. Juan lo miró y Santiago supo que se iba haciendo la hora de volver. Bebió el fondo del vaso y aceptó las muletas que le tendió Juan.

Bajaron por la costanera hasta el muelle de lanchas, la última todavía no había salido. Era una noche de febrero seca y cálida junto al río. Santiago sugirió tomar un vaso más en el bar que estaba frente al muelle, desde donde verían fácilmente si se acercaba la lancha. Juan no dijo nada y con su silencio lo reprobó: casi todo lo que decía Juan lo decía con su silencio.

De haber sido por Santiago habría cruzado al barcito a tomar un vaso más de vino y habría vuelto cuando la lancha ya hubiese amarrado. Después se habría aprovechado de sus muletas para que les cedieran el primer asiento. Sin embargo esperaron donde estaban. La lancha llegó pasadas las once y un poco más tarde cruzaron el agua mansa del Río Negro hacia Carmen de Patagones. Al día siguiente daban inicio oficialmente a la temporada de cosecha; las aceitunas, poco a poco, habían pasado del color verde intenso al verde amarillento. Seguirían días de trabajo afiebrado, en los que sólo se detendrían a descansar un poco y apenas comerían. Por eso, la última noche antes de la cosecha, una noche que se tornó oscura y ventosa a medida que se internaron en el río, se permitieron el vino.

 

 

La cosecha de aceitunas fue la mejor que Santiago recordara: ese año consiguieron mil cajas antes de que empezara marzo. En España, el verdeo comenzaba hacia septiembre y podía extenderse varios meses, dependiendo de la región. Santiago, como su padre, y como antes el padre de su padre, se había dedicado a cultivar aceitunas cuando emigró a la Argentina, al sur de la provincia de Buenos Aires. Incluso había montado una almazara y no eran pocos los que decían que el viejo Santiago hacía el mejor aceite de la región.

Todavía conservaba encuadrado el recorte ajado del periódico local del día en que un reportero lo había entrevistado. En la nota decía que la sangre no era agua: eso explicaba el origen del olivar en este rincón del mundo. El clima era bueno la mayor parte del tiempo y la temperatura, ideal para cosechar aceitunas.

Aquí había encontrado todo lo que Franco le había quitado al otro lado del océano. Y si bien su padre y su abuelo ya no vivían en la España que los había visto nacer, se contentaba con pensar que una parte de ellos estaba aquí, en el olivar: su Pequeña España.

Muchas veces, revelaba en la entrevista, se decía a sí mismo que aquí en la Argentina, como en su patria, el sol salía por el este y se ponía por el oeste o que la lluvia se disfrutaba igual siempre que tuviera techo de chapas o que los días largos del verano eran espléndidos. Sin embargo, muchas otras veces extrañaba las vacaciones en Málaga junto a su padre y su madre o las visitas a sus tías de Barcelona, que lo consentían. A pesar del tiempo que había pasado, Santiago no estaba seguro de haber hecho todos esos duelos.

También le había contado al periodista que el sitio no se había levantado de un día para otro. Y no lo hubiera podido hacer sin la ayuda de Juan, ese entrañable amigo que la vida le había puesto adelante. Incluso después del accidente, Juan no se movió un centímetro de su lado; aunque también era cierto que muchas veces peleaban y en el fondo, aunque Santiago no se lo hubiera confesado al periodista, Juan solía tener la razón siempre.

 

 

En el almacén, por Emilio supieron que los productores de la zona habían perdido todo, o casi todo, por un bicho que había echado a perder los olivos. A Juan no le gustó la noticia, al viejo Santiago no le hizo falta escucharlo para adivinar: que los iban a mirar mal, que la gente hablaría. Habían llenado mil cajas. Y aunque ellos no tuvieran nada que ver con el bicho, la gente hablaría.

—La gente siempre habla —terminó por decirle Santiago.

Tomaron mate hasta que el agua de la pava negra de hollín se enfrió.

—Tenemos que levantar todo —sugirió Juan.

Santiago lo miró con sorpresa, como si su hermano acabara de bajar de un plato volador. Después miró a su alrededor y se detuvo donde estaban apoyadas las muletas: le arrancaron una sonrisa que todavía tenía en el rostro cuando le habló a Juan.

—Yo no te puedo ayudar a cargar —dijo.

 

 

Anochecía cuando pusieron la última caja. La parte trasera de la vieja camioneta Ford F-100 no había sido suficiente y también colocaron algunas dentro de la cabina, debajo de los asientos. Sobre las cajas tiraron algunas mantas viejas y frazadas, pero no pudieron comprobar el aire de las ruedas, ni el aceite ni el agua. Antes de salir a la ruta Santiago miró el auxilio, parecía bueno; a un costado, encima del paragolpes, la medialuz de un farol iluminó la gastada calcomanía que decía “Viva la República”.

A Santiago el camino de ripio le dio escozor; en cambio, sintió alivio cuando saltaron a la Ruta 3. Antes del amanecer llegarían a Bahía Blanca, donde un primo tendría lugar para ellos. Siguieron de largo en Cardenal Cagliero y pararon en la estación de servicio de Stroeder. Mientras Juan cargó nafta y quitó las mantas para ver que estuvieran bien las cajas, Santiago fue al baño, donde oyó que un tipo le contaba a otro de los estragos que había hecho una plaga en los olivares del sur y que en Bahía Blanca una caja de aceitunas se vendía a 500 pesos: era cinco veces más que el precio corriente.

Ni bien salieron, el viento cambió y Santiago anticipó agua. Sin embargo, el andar moderado de Juan no era una excepción, era más bien un principio. Por eso, por precaución, la camioneta se abrió a un costado de la ruta cuando el cielo abultado se rompió en un aguacero. No tardó en caer piedra, por lo que Santiago maldijo a todos sus muertos. Cuando pasó el temporal condujeron hasta Villalonga, donde comprobaron que se habían echado a perder 63 cajas. Debían ser las cuatro de la madrugada.

Anduvieron en silencio hasta Pedro Luro o hasta Mayor Buratovic, a Santiago siempre se le confundieron. Juan tenía la vista puesta en el parabrisas pero no vio al jabalí hasta que estuvo a unos pocos metros; cuando pegó el volantazo fue tarde: lo embistió y reventó un neumático. En la camioneta detenida Santiago se tomó las costillas, el dolor frío le cortaba la respiración. Sin embargo no había sangre, los dos estaban ilesos. Un olor dulce lo impregnaba todo.

La ruta, siempre cargada de camiones, estaba vacía a esa hora en que el sol empezaba a subir. El viejo se quedó dentro del auto mientras Juan salió a la intemperie y caminó hacia la caja para correr las frazadas. Pasó un rato hasta que finalmente Santiago oyó el lamento: habían reventado más de doscientas cajas y las aceitunas se habían desparramado por todo el camino.

Un paisano que a Santiago le pareció altísimo había detenido su auto delante de la camioneta; con movimientos torpes pero con una fuerza descomunal los había ayudado a cambiar la rueda. Antes de volver a su vehículo, el hombre había oteado las cajas. Santiago y Juan se miraron: sabían que sin su ayuda el recambio les hubiera llevado más tiempo; acordaron darle como recompensa unas 30 cajas al buen samaritano.

De vuelta en la ruta, los ojos grises del viejo Santiago buscaron paz en el paisaje en movimiento. Bahía Blanca nunca le había parecido tan lejos. Se preguntó si realmente pagarían 500 pesos por cada una de sus cajas. Bostezó varias veces antes de pasar debajo del cartel que anunciaba la entrada en la ciudad; todavía anduvieron un rato más hasta su destino.

—Primos —dijo sin emoción el hombre que los recibió. Detrás de él se desmarcó un perro huesudo que caminó lento hasta la cubierta que acababan de cambiar y la meo—. Tengo gente. Se van a tener que buscar otro lugar —anunció.

Deshicieron el camino hecho y encontraron un sitio que podían pagar cerca de la ruta; era un cuarto pequeño de paredes amarronadas, o de un color que se parecía bastante a la sangre coagulada. Vencido por el cansancio, Juan se durmió en la única cama. El viejo Santiago, en cambio, consiguió una botella de vino y abrió una caja para celebrar, probó las aceitunas mirando la ruta árida: sabían avinagradas. Juan se despertó algunas cajas después, cuando Santiago ya había vaciado el vino y comenzaba a decir incoherencias.

Scroll Up