126. Los atragantados

Maximiliano Sacristán

 

Tarde supe de estas vidas paralelas. Padre, a sus ocho años, se atragantó con el carozo de una aceituna verde. Madre, a sus nueve, sufrió el mismo percance pero con una negra. Ambos se salvaron (obvio, por eso yo lo cuento) a puñetazos limpios en la espalda propinados por mis abuelos. El susto, no obstante, los marcó para siempre, aunque de manera subconsciente, claro. Mientras que madre rechazaba tanto las aceitunas como el aceite de oliva (¿existe la “olivifobia”?), padre se interesó en la producción aceitunera (¿existe la “olivifilia”?). Se conocieron recorriendo la región del oleoturismo mendocino, ella con una mochila de aventurera, él, más maduro, buscando terrenos en los que invertir su herencia tempranera. Se casaron sin saber que en asuntos olivícolas eran el yin y el yang.

Mientras que padre volcaba sus negocios en la producción aceitunera, madre miraba con recelo los olivares patrimoniales desde arriba de la camioneta. Aunque ambos habían olvidado ese trauma infantil con una aceituna atragantada en el gañote, algo los volvía extraños cuando viajaban al campo para visitar la finca. Intrigados, decidieron hacer terapia de pareja. Y lo reprimido salió a la luz: ellos eran antagonistas “oleopsíquicos” (sic el terapeuta).

Él tuvo una idea, y para el cumpleaños número veinticinco de ella se disfrazó de aceituna bípeda (aquí ya puedo dar fe, pues como crío recuerdo el episodio en contrapicado). El aceitunón se apareció en la fiesta de improviso. Traía un plato con aceitunas deshuesadas. “¿Ves? Ni rastro de carozos. Blanditas, sabrosas…”, invitó padre. Madre, sonriendo de nerviosismo, probó a la enemiga reprimida. Masticó con cuidado y tragó con suspenso. Trauma superado. Los invitados, incómodos, aplaudieron sin saber por qué.

Desde entonces padre se dedicó a descarozarle las aceitunas que él mismo seleccionaba y ella devoraba, felices de saberse olivícolas reconciliados.