123. El candil

Mariano Jurado A.

 

La abuelita retorcía la mecha de algodón con sus manos para el candil que alumbraba la casa. Después la colocaba dentro del aceite; bien empapada.

El aceite que nos daba su luz  amarillenta, flotaba en pequeñas balsas preparadas en el alpechín del arroyo en su camino al río. De allí lo recogía ella, cuidadosamente, con su cuchara de aluminio.

En las noches oscuras de invierno nos reunía alrededor de la mesa y, antes de la cena, encendía la mecha impregnada de aceite. Entonces colgaba el candil radiante en un punto alto y bien pensado para que nos iluminara. Fuera del alcance de los niños.

El juego de sombras animadas sobre las paredes blancas movía nuestra imaginación y miedos. Todo crecía o menguaba al pasar delante de la luz. Todo era posible en nuestras cabezas pequeñas al ver aquellas danzas… desde lobos por la sierra, hasta los pajarillos volando entre las zarzas. La luz fabricaba fantasmas en nuestra mente desbordada.

Sobre la humilde mesa: ojos grandes y caras cansadas… una hogaza de pan, aceite y agua.