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123.- De sol a sol

Merega

 

La cuadrilla es heterogénea, hay paisanos del pueblo y migrantes de varias nacionalidades y colores. Terminan de apurar el café y el cigarrillo en la puerta del bar y se lanzan veloces a ocupar el mejor asiento del todoterreno que los llevará al tajo.

Antes de comenzar la jornada cada operario se equipa con su EPI, cascos para amortiguar el ruido, gafas protectoras, guantes y botas de caña alta con punta de acero. Comienza la rutina, cada cual sabe su función en un trabajo automatizado y mecanizado, con el fin de aumentar la producción al máximo. Los vibradores de tronco, los de gancho, las sopladoras, los tractores, los remolques, incluso los quads para tirar de los mantones.

La jornada será un no parar, un sube y baja, un tira y afloja continuo, sólo descansarán a la hora de la comida el tiempo imprescindible para llenar el estómago. Será ensordecedora, la maquinaria no parará de rugir, de humear, será una puta locura, un caos, un desorden ordenado que acabará llenando el remolque el mayor número de veces. El capataz llevará el fruto recolectado a la almazara en su tractor con cabina climatizada, recogerá el recibo con los kilos pesados y al final del día decidirá si el ritmo de trabajo ha sido satisfactorio, calculando los céntimos que le ha costado recolectar cada kilogramo.

Por la tarde a la hora estipulada la maquinaria cesa al unísono, los trabajadores recogen rápidamente y se dirigen de nuevo al todoterreno. El capataz los abandona en la plaza del pueblo y los despide hasta el día siguiente. Los migrantes cabizbajos se dirigen a la vivienda compartida, se asean, se preparan una cena escasa y descansan para afrontar un nuevo día. Los paisanos con el atuendo aceitunero se van al bar a tomarse unos cubatas y tener su momento “cazador” con operarios de otras cuadrillas. Tanto unos como otros tienen que aprovechar la temporada, el trabajo escasea, el paro es un monstruo sin piedad.

Tras releer este artículo periodístico de la prensa provincial mientras me tomo un biscúter con su tapa en la terraza del bar del pueblo en que nací, me quedo contrariado y rememoro las jornadas de aceituna que viví:

Tengo 14 años, he vuelto a mi pueblo por Navidad, mi ocupación es estudiar BUP en la universidad laboral de Logroño. Me levanto tras varias llamadas dulces de mi padre “Vamos levanta, hay que aprovechar el día”, me dirijo a la parte trasera de la vivienda donde al calor de la lumbre me espera una tostada de pan de pueblo generosa de aceite volcado de la alcuza y un café. Me visto con la ropa más vieja que tengo guardada para el campo, que ha estado calentándose junto a las botas al lado del hogar sobre una silla de anea con las patas cortadas. Tras desayunar con tranquilidad bajo a la calle, la burra ya está aparejada y preparada para que la monte y me dirija al pedazo que estamos recogiendo. Mi burra no tiene nombre, es peluda y pequeña, si montado estiro los pies hacia el suelo lo toco con la punta de las botas. Sabe el camino, montado en su grupa dormito hasta llegar al coche, donde me espera la cuadrilla (mi padre y mi tía). Cargamos los sacos vacíos y la merienda y otro tramo de verea hasta llegar al tajo. Mi padre me anima a estudiar, “Hijo, estudia, el campo es sólo fatigas, si llueve, si nieva, si hace frio…”, lo escucho mientras pienso en acabar la jornada antes de empezar. Los fardos han dormido enrollados en el tronco de una oliva para que no se escarchen durante la despejada noche. Los extendemos en la siguiente oliva, primero el de la parte de abajo, luego el de arriba monta al anterior, en el tronco los unimos con unas pinzas metálicas para que no se cuele ninguna aceituna. Palo va, palo viene, los aldares, las copas, poco a poco la pelamos. Antes de poner los mantones a cada oliva, cogemos la aceituna del suelo entre mi tía y yo. Mi tía es soltera, hermana de mi padre y vive en mi casa. Ataviada con un refajo más pesado que la capa de un torero, con sus rodilleras caseras, con su pañuelo de seda en el pelo, se arrodilla y bordea el tronco del olivo hasta llegar a la poza. Su rapidez y agilidad con los dedos no tiene nada que envidiar a la mejor taquígrafa del Congreso. La aceituna de los suelos la envasamos aparte, en sacos usados del abono, de la urea, que le administramos en su día al olivar. Esta aceituna se pesa aparte porque da peor rendimiento, toma acidez y los cagarraches de turno, como vigilantes jurados, controlan el vaciado en la troje.

Los fardos contienen el fruto de varias olivas que estaban cargadas. El peso nos obliga a desocuparlos, vaciamos la aceituna del fardo de arriba en el de abajo. Mi padre coge un pico del fardo, yo el otro, y apoyados sobre el hombro tiramos hasta juntar un gran motón verdinegro. Ahora toca desechar los tallos más grandes, los terrones y piedras que hayan podido colarse. Mi padre, como veterano llena la espuerta de esparto y la vierte en la parte superior de la criba de madera pintada de verde esmeralda que nos acompaña temporada tras temporada, desde que mi abuelo la compró en la pertinaz ferretería Biedma de Úbeda. Me arrodillo en el suelo y voy quitando las hojas que no se han colado entre las varillas metálicas de la criba, o el aire no ha sido capaz de expulsar. Las aceitunas descienden como una tormenta de granizo e impactan y manchan de futuro puro aceite mis manos, mis dedos, mis muñecas, incluso mis antebrazos. El resto de la jornada ese olor a aceite impregnado de higo, de almendra, de uva, de tierra, y de aire de sierra Mágina inunda mi piel. Sí, porque el olivo se nutre de toda la naturaleza de su alrededor. En la provincia de Jaén los árboles reunidos en asamblea eligieron al olivo como su Rey, se arrodillaban ante él y le rendían pleitesía. El olivo henchido de orgullo y agradecido por este cargo decidió producir el elixir de los Dioses.

La mañana pasa monótona. Mi tía sigue recogiendo suelos mientras canta copla, repite entre la “Bien pagá” y “María de la O”, poniendo énfasis en el “desgraciaita”. A la hora la comida, las varas descansan sobre los mantos, el perro, que ha estado toda la mañana perdido, aparece y no quita vista de la talega. Mientras mi tía y yo ponemos la mesa (o el suelo) mi padre enciende una lumbre para asar un choricillo y un tocinillo de la matanza del año pasado. Comemos guisote todos en la misma cazuela, cada uno con su navaja pincha la carne y moja sopas en la salsa. La bota de vino mosto casero pasa de mano en mano. En la sobremesa mi padre me instruye: “En Jaén el 90 por ciento del olivar es de la clase picual, esta especie se adapta mejor al terreno y al clima, da fruto antes que las demás, da más aceite, un aceite rico en ácido oleico y en polifenoles. La oliva picual da todos los años una cosecha media y el sabor de su aceite es amargo y picante en su justa medida”.

La tarde es una copia de la mañana. A última hora mi padre apareja la burra, y la cargamos con tres saquillos de aceituna. Yo la llevaré hasta la carretera, hay que ir todo el camino pendiente de que no vuelque la carga, ella por naturaleza lo intenta, cada dos por tres tengo que pararla: “Soo burra, sooo…” y equilibrarle la carga. Alguna vez lo consigue, entonces nervioso subo al pedazo a buscar a mi padre para que la vuelva a cargar (yo no sé). Recibimos una buena reprimenda los dos, la burra no aprende, yo… tampoco. Ya en la carretera descargo los tres saquillos en la cuneta y vuelvo a por otros tres, en este viaje ya volvemos toda la cuadrilla después de recoger, varas, pinzas, espuertas, sacos, merienda, todos los aperos. El cuerpo a estas horas pide descanso, queda el último empujón, cargar los sacos en el Dyane 6 descapotable, (al cual le hemos quitado el asiento trasero y le hemos puesto unos cartones para crear una especie de cajón), y llevarlos al molino, donde habrá que hacer cola hasta poder pesar el fruto de la jornada en la báscula.

Ya en la casa después de asearme me siento en el sillón y repongo fuerzas con un ColaCao y un mantecao. Mi padre en la cuadra está hateando a la burra, mi tía en la cocina friega los cacharros del día y prepara la merienda para el día siguiente. Estoy majao, estoy guarnío, me duelen los brazos, las piernas, los callos comienza a aparecer en mis tiernas manos. Entre el cansancio y el sueño me viene a la mente los versos de Miguel Hernández “Cuántos siglos de aceituna, los pies y las manos presos, sol a sol y luna a luna, pesan sobre vuestros huesos”. Sí los huesos y los músculos y el alma. Va a tener mi padre más razón que un sabio, voy a tener que dedicarme a estudiar.

Haciendo cálculos: “Una vez que paguen la cosecha el próximo año, que siendo generoso llegará a 3000 kg de aceituna, le restamos los jornales de nuestra cuadrilla de recolección, los jornales de las noches de regadío, los jornales de las mañanas de corta, los jornales de los días de abono, los jornales de los ratos de cura y de quitar pestugas, los jornales de las abrasadoras horas de quemar ramón. Después, ¿quedará beneficio? ¿o habrá sido un no se gana ni se pierde, pero se trapichea?”, me vence el sueño.

El arrastre de las sillas de la terraza a cargo del camarero me saca de mis pensamientos, le indico con la mano que me cobre. Mientras me retiro me grita:

−¿Usté no es de aquí?

−No, yo no, tuuu prima –le mascullo molesto.

 

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