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125.- Aceite o mantequilla

Sergio Raya Fernández

 

— No quiero— dijo Ángel.

— Pero hijo, que es muchísimo más sano— Dijo su padre.

— Que no, yo quiero mantequilla.

— Pero…

— Déjalo Manuel, es imposible, no le insistas— Dijo su otro papá.

— Pero cómo le va a echar a la tostada mantequilla… es un crimen, con el aceite tan bueno que tenemos en Jaén— Miró a su hijo suplicante, a lo que el otro respondió cruzándose de brazos y frunciendo el ceño tras sus gafotas— A ver hijo, escúchame…

— No quiero, me gusta «más mucho» la mantequilla…

— Se dice «mucho más», pero bueno, atiende, el aceite de oliva proviene de las aceitunas que tanto te gustan, esas que están rellenas de anchoa. ¿Sabías que una tercera parte de la aceituna es aceite? Mira, se cogen las aceitunas y se llevan a las almazaras, donde las exprimen y las filtran. Encima el aceite tiene muchas propiedades medicinales, como por ejemplo…

— ¿Me pueden curar el ojo? — le cortó el niño esperanzado, señalándose el parche de Bob Esponja. Tenía un ojo un poco estrábico.

— No, pero déjame seguir. Mira, el aceite de oliva es genial para la digestión, previene el dolor en las articulaciones y el reuma, previene las enfermedades del corazón, la diabetes, el Párkinson y el Alzheimer, además es bueno para el envejecimiento…

— ¿O sea que te haces viejo antes? ¡Ves, no lo quiero!

— No, burro, todo lo contrario, ¿cómo vas a envejecer más rápido? Que niño éste…

— Además —intervino su otro papá— tú ya lo has probado. ¿O con qué crees que cocino? ¿Cómo crees que frío las patatas que te comes, o el sofrito de los macarrones, o…?

— ¡Que no! Además, eso no cuenta, el aceite que me como con los macarrones seguramente sea «diminúsculo». Nada de aceite —sentenció enfurruñado.

— En fin, como quieras. Aunque tengo una idea, —dijo su padre sonriendo con malicia— como mañana lo único que tienes que hacer es vaguear y ver esos dibujos tan feos que te gustan te vas a venir conmigo al campo del abuelo. Nos vamos a divertir.

Ángel asintió entusiasmado. Eso sí que le gustaba. Le encantaba el campo.

Al ddía siguiente no le gustó tanto cuando madrugaron y una vez allí se llevó un chasco. Resulta que no iban a jugar ni a explorar nada. Iban a lo que su abuelo denominó «Varear». Y no, no era nada de hacer varas, era coger largos palos como lanzas y darles golpes a los olivos para que cayeran las aceitunas. Pero eso de dar porrazos sin ton ni son con la pequeña vara que le dieron no estaba tan mal. ¡Zas, zas, zas! Estuvo toda la mañana dale que te pego. Luego pararon para comer lo que su padre llamó «la talega», pero que para él no era nada más que pan, queso, chorizo y vino. Después siguieron vareando, pero él estaba muy cansado, hacía frío, le dolían los brazos y ya estaba aburrido. Así que dijo que iba a hacer pis y se fue unos cuantos olivos más allá de donde estaba su padre y su abuelo.

— No te alejes más— le ordenó su padre— Quédate como mucho ahí que te vea, so trasto.

Ángel en realidad no quería hacer pis, sino escaquearse, así que se sentó a la sombra del viejo árbol. Se fijó en él y lo tocó. Estaba muy arrugado y su corteza gris era muy áspera. Se retorcía a la vez que subía y en vez un árbol parecía que fuesen dos, ¿serían dos? Miró arriba, hacia las hojas, a través de las cuales se colaba el sol. Se tumbó boca arriba y observó cómo el olivo estaba lleno de lo que su padre decía que eran aceitunas. Aunque él creía que no, porque había mordido una y estaban asquerosas, muy amargas, no sabían para nada igual que las que comía en casa. Allí tumbado, mirando el pálido sol a través de las hojas, le entró sueño y cerró los ojos. En seguida se durmió.

Cuando se despertó bostezó y se incorporó. Se frotó los ojos y buscó a su padre, pero no lo vio. En vez de eso vio algo negro que venía de lejos hacia él. Un perro. Bien, le gustaban mucho los perros. Pero… el perro andaba raro, y se movía diferente. Además, no tenía cola y… espera, ¡eso no era un perro! Era… era… no podía ser… ¡una hormiga! Una muy grande, más alta que él. Pero, ¿cómo era posible? Miró a su alrededor. No le sonaba para nada este sitio, y el olivo bajo el que había dormido no estaba. Miró arriba, el cielo se había cubierto completamente por borrosas nubes de color gris verdoso. Que nubes más raras, pensó. Empezó a sentir miedo, ¿dónde estaba su padre, y por qué una hormiga gigante venía hacia él?

En enorme bicho ya estaba muy cerca. Ahora la pudo ver mejor y la verdad es que daba bastante miedo. No sabía que eran tan feas, ¡puaj! Suponía que eran como en la peli ‘Bichos’ de Disney. Pero no, esta tenía el cuerpo cubierto de pelos negros y duros. De su cabeza salían dos grandes antenas peludas justo donde los niños tienen la nariz y sus ojos eran muy muy negros y brillantes. Pero lo que más miedo le daba a Ángel era su boca, con su gran mandíbula parecida a unas enormes tijeras. Conforme se le acercaba las abría y cerraba haciendo un fuerte ruido, «¡Chas, chas, chas, chas…!»

Ya sé lo que me pasa, dedujo, ¡ahora soy diminúsculo!

— ¡Ahhhhhhh! — Gritó y echó a correr para escapar de la hormiga.

Se paró, cogió varias piedras del suelo y se las tiró al monstruo que le perseguía. Las rocas no pesaban nada y le rebotaron en la cabeza como pelotas de tenis. Como lo de tirarle piedras no le sirvió de nada, giró a la derecha y subió rápidamente por una loma dura, extraña y desigual. La hormiga corría veloz tras él. Hasta podía olerla, una peste fuerte, como a producto de limpieza, a amoniaco o algo. ¡Qué miedo! Le dieron ganas de llorar. ¿Jo, por qué le perseguía, si él no tenía nada de chicha para comer? Mientras corría miró a su derecha y descubrió una pequeña cueva, un simple agujero en un montículo por el que quizá cupiese. Se metió deprisa dentro, arrastrándose. Daba lo justo para que albergar su pequeño cuerpo. Nada más meterse se giró y miró sudando y temblando hacia la entrada. Se apoyó en las paredes del agujero y se dio cuenta de que era de madera. Ah claro, se dijo, esta loma son las raíces donde había dormido la siesta. Un ruido interrumpió sus pensamientos. ¡Chas, chas, chas, chas!

La hormiga pasó por delante lentamente, tocando con sus feas antenas todo lo que había a su paso, buscándolo.

— Mierda, mierda, mierda…— Dijo el niño, a sabiendas de que era una palabrota y estaba prohibida.

Al rato dejó de ver a aquel gigantesco bicho, así que salió de su escondrijo lentamente, mirando a un lado y a otro. Una vez fuera se incorporó, se adelantó un poco, se limpió el polvo de los pantalones y respiró aliviado.

¡¡Chas, chas, chas, chas!!

— ¡Ahhhhhhh! — El grito que dio se oyó hasta en Rusia, como decía su padre.

La hormiga estaba detrás de él, encima del montículo donde había estado escondido. Al instante corrió hacia él, que del susto se cayó de culo. Ángel, angustiado y sin saber qué hacer, se tapó los ojos y se puso a llorar. Se lo iba a comer, de un bocado, así, sin cocinar ni nada. Miró entre los dedos como la hormiga se paraba de repente a escasos metros. Un ruido ensordecedor lo llenó todo, como si alguien estuviera tocando unos enormes tambores por encima de las nubes. El monstruo subió las antenas y miró hacia arriba, el niño también. Muchas bolas enormes, más grandes que coches, caían del cielo a toda velocidad. La hormiga lo miró un instante, resignada, antes de que una de esas bolas le cayera encima, despachurrándola entera y salpicándole toda la camiseta de unas babas blancas y asquerosas. No se podía creer la suerte que había tenido. Se levantó y miró la gigantesca pelota verde que había acabado con el pobre bicho. Son aceitunas, descubrió sorprendido, y sonrió. Súbitamente la bola se movió y la hormiga salió de debajo dirigiéndose a él…¡¡Chas, chas, chas, chas!!

— ¡Ahhhhh! — Gritó, despertando en la cama. Papá entró rápidamente en su cuarto.

— ¿Estás bien cariño?

— Eh… sí, creo que ha sido un sueño.

— Bueno, pues ya que te has despertado vamos a desayunar…

— ¿A desayunar? Pero, ¿qué hora es?

— Has dormido desde ayer que te cogí en brazos debajo de ese olivo. Como estabas muy cansado te acostamos directamente. Así que tendrás hambre. Vístete que te voy preparando la tostada del desayuno. Ya ni te pregunto, así que le pondré mantequilla, como a ti te gusta….

— ¡No! — gritó Ángel atropelladamente— Mejor aceite de oliva. Nunca se sabe cuándo una aceituna te puede salvar la vida.

— Eh… vale, genial, así me gusta. Ah, y he tirado la camiseta que llevabas ayer. No sé qué harías, pero estaba llena de una pringue asquerosa. Si ve eso tu padre se desmaya del asco.

 

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