122. Amanecer entre acebuches

Pasión roja

 

Amanece. El sol bautiza un nuevo día. El ocre y el rojo matutinos acompañan una lágrima olvidada, el sollozo de kilómetros enquistados en corazones sin norte y en adioses sin retorno, entre la sal del destino. En la tierra prometida, decenas de ojos asustados admiran los verdes ignotos y los grises conocidos. Manos desgajadas se reúnen en una sinéresis de viento y flores, epítome de harapos sempiternos y vidas postergadas.

El bermellón de latidos sin sangre empapa corazones hambrientos, corazones descosidos entre el azul salino de la oscuridad, entre el barboteo de espumas anárquicas, entre el bamboleo de un frágil barquito de papel.

Las sangres son hermanas eternas, cicatrizando kilómetros de olivares y mares, aquellos que el destino caprichoso ha elegido para unos y otros. Las sangres son sangres de latidos comunes, sangres arrebatadas entre coriáceas grises y verdes, hojas lanceoladas y glabras en su inocencia.

Los ojos de la lumbre se convierten en olivos, o en quejigos, o en alcornoques, o en hojas sésiles cobijadas, mientras el lentisco y el espino negro bostezan y un pajarillo barítono danza sobre sombreros de paja y epidermis quemadas. Un enjambre de antenas y chimeneas observa anónimamente, desde lejos, en lontananza, ese caminar firme del navegante entre acebuches ovalados. Surge la duda. O la magia de las oliveras retorcidas y oligocenas e inflorescencias inconspicuas, o cláxones desatados entre monstruos de hierro y asbesto insaciable. Los ojos asustadizos se observan y asienten. Siempre es mejor amanecer entre acebuches.