121. Ruidos en la sangre

Joaquín Ortiz Ortiz

 

La primera vez que el hijo del molinero vio una avioneta, tenía la edad de los besos imborrables y el vicio de cuadricularse el pecho con Celtas Cortos. Por entonces, la visión que el Amalio tenía del mundo era tan pobre que cuando el aparato pasó arañándose con las higueras de los corrales, creyó que   las vibraciones   batirían los huevos    dentro de las gallinas y   que los pollinos le saldrían con las plumas del revés. Atrapado en su simpleza,  Amalio no   se enteró de que la avioneta anunciaba la llegada del Circo Roma ni que en ese instante empezaba un tiempo que le iba a llenar la sangre de ruidos.

Casi dos años después de aquella tarde, Amalio Picón no pudo salir a despedir la caravana del circo porque su padre lo había amarrado a las piedras del molino para arrebatárselo a la muerte. Cuando Amalio se enteró de que el Circo Roma se iba para no volver, no solo  se le clavaron en los huesos unas calenturas que lo dejaron   tan amarillo y tan ardiente que daba luz por las noches, sino que se  le pudrieron los tímpanos de tal forma que su padre, para sujetarlo a la vida,   tuvo que  bombearle  recuerdos de niño empotrándole dos lavativas en las orejas.

Aunque con el paso de los días el olor agrio del circo se fue disipando,  Amalio no mejoró.  Al contrario, se le cayeron las uñas, se le escamó la piel y los zambombazos del corazón le abrieron tantas fisuras en el costado que, pobrecito,   tuvimos que ponerlo en remojo porque creímos que acabarían saliéndole branquias de renacuajo.

Cuando el Padre Antonio Aguilar llegó al molino para darle la extremaunción, se encontró   a Amalio Picón vomitando espumarajos, brillante como una luciérnaga y con dos lavativas negras pinchadas en las orejas. Sin ser capaz de imaginar que se le estaban deshaciendo los huesos por un conjuro de amor, creyó que estaba poseído y cuando vio el tufo azulón que le brotaba por la celosía de las costillas, mandó a que lo fumigáramos con una disolución de sulfato de cobre y agua bendita  porque, según dijo, nunca había visto a nadie llamando con tanta decisión a las puertas del infierno.

Y a pesar de que le fuimos dibujando con fervor cruces de aceite en el pecho,  Amalio Picón se fue cubriendo con una capa de limo de alberca hasta que lo dimos por muerto por primera vez. Y cuando el Padre Antonio le estaba   haciendo una foto de cuerpo entero para enviársela a la sección de fenómenos paranormales de la diócesis, un estremecimiento seco zarandeó   tanto el molino que mientras se estaban cayendo los nidos de las golondrinas, nos dimos cuenta de que la avioneta del circo había vuelto para dejar caer un paquete    con el nombre de Amalio Picón escrito con letras redondas.

Nos santiguamos cien veces al ver que el bulto tenía forma de crucifijo,  pero  cuando su padre lo abrió, abandonamos los rezos , apagamos las palmatorias y   oscurecimos el molino para precipitar la noche. El paquete solo era un pulverizador manual de insecticida de la marca Orión, pero venía acompañado de una nota que pedía que le administráramos todo el contenido del depósito   en una única dosis, y que lo hiciéramos a esa hora en la que la penumbra altera la densidad de las palabras para que salgan a flote solo las más sentidas. Y a media mañana tapamos los ventanucos del molino con capachos mugrosos, cegamos las puertas con mantas muleras y, en cuanto nos quedamos a oscuras, inflamos al Amalio con el aire viciado del matamoscas.

No supimos qué contenía el pulverizador hasta que muchos años después llegó la carta de las dos mitades, pero fuera lo que fuera, resucitó al Amalio.  Su padre tuvo que autorizar una investigación médica, no para que le diagnosticaran un martilleo de fragua que Amalio tenía en el centro del pecho, sino para que señalizaran el camino que había tomado para volver de los alrededores de la muerte. Aunque los médicos le midieron la sangre espesa y lo leyeron con la tinta dudosa de las radiografías,  se fueron sin encontrar restos de medicinas en el depósito del matamoscas, pero con la certeza de que el porraceo del pecho solo podía ser una gotera de lágrimas   reverberando en el hueco del corazón, en resumen, dijeron,  creemos que a su hijo se le ha atravesado la vida.

La primera vez que Amalio   fue al Circo Roma, se aburrió tanto con los escupefuegos y con aquellas culebras gordas que se tragaban a los conejos sin masticar,  que se estaba durmiendo cuando María,  la pitonisa,  se presentó en el centro de la pista   vestida con un traje gaseoso que le deshilachó las cuerdas vocales. Amalio no solo se dio cuenta de que nunca había imaginado una forma tan elegante de ir   casi desnuda, sino que cuando ella le dijo al panadero que si se seguía peinando con brillantina se retrasaría la primavera, aceptó   que desde ese momento y para siempre estaría más cerca de morirse de un arrebato de amor que de viejo, y no se equivocó.

A pesar de que aquel sentimiento sin nombre le andaba por la piel como una urticaria rabiosa,  lo percibía solo por fuera como se sienten los anzuelos de las colonias caras. Pero la tarde de domingo que María escogió a Amalio para leerle la vida en las torceduras del cuerpo, un escozor caliente   le atravesó la carne y se le hundió en los tuétanos cuando la pitonisa le advirtió que nunca iba a aprender a dividir por dos cifras. Los que amarillean, le dijo, tienen tantos cálculos en la vesícula que no saben que dividir las penas de amor entre dos, da alegría.  Amalio no la entendió, pero asumió que desde entonces no habría ningún recoveco en el mundo   en donde esconder el bullicio de sus entrañas.

Desde ese momento y durante casi dos años, Amalio fue a todas las sesiones de domingo, se sentaba en el mismo sitio, con la misma ropa y con la mirada agrietada de buscarla en los rincones más íntimos de la imaginación. La segunda vez que ella lo leyó entrelíneas,  le dijo que, aunque había heredado de su padre la costumbre de ponerle a los olivos nombres de reyes godos para huir de los malos pensamientos,  la sangre se le iba a hacer tan ruidosa que le espantaría el sueño para siempre.  Y aunque los dos sentían que se les habían llenado las venas con el estrépito que hacía el nombre del otro, aquella fue la última vez que se hablaron.

Cuando Amalio se enteró por las bocas reversibles del ventrílocuo que el circo se iba para no volver, se le desordenaron tanto los huesos que daba tiritones que hacían que las aceitunas se cayeran verdes y recias. Por eso cuando vieron a los camiones del circo saliendo del pueblo,  a su padre no le quedó más remedio que amarrarlo a las piedras del molino para que la tiritera no le desmontara el esqueleto ni los olivos.

Semanas después de tragarse el depósito del pulverizador, la sangre del Amalio le empezó a circular en el sentido de la vida.  Y cuando se empezó a parecer más a un hombre que a una luciérnaga, se fue a vivir a la casina de tapia y tejavana que había en los olivos de la sierra. Y para desengancharse del mundo, solo cogió el vaporizador del Orión, las lavativas negras y el hábito mañanero de plancharse los labios con una piedra fría para que las palabras se olvidaran de que los tenía llenos de besos atascados.

Pero, aunque se retiró en la clausura del olivar y se aventó al campo para que las ocupaciones de las manos le llenaran la cabeza, como predijo María,  un susurro de cuarto oscuro le zumbaba en la oreja derecha en cuanto cerraba los ojos. Para conciliarse con el sueño puso a prueba todas las recetas de aceituneros solitarios, se acostó al raso y con los pies descalzos para que lo envenenaran los alicantes,  se gastó las muelas chupando piedras de pedernal para entretener a los suspiros y, mientras se pulía el pecho con el humo áspero del tabaco y después de meses sin dormir,  empezó a sentir como propios aquel zumbido y aquella gota seca en el centro del pecho.

Pero cuando el berrocal olía a domingos por la tarde y los   ruidos de las venas no le dejaban escuchar otra cosa que sus propios recuerdos, tenía que recurrir a apaños de desesperados. Llenaba entonces el pulverizador con humo de Celtas Cortos, esperaba a que sus buches de vapor se maceraran con las escurrajas del depósito, y al anochecer, en un ritual de ansia desbocada, se revolcaba por el suelo como las mulas sudorosas, se inyectaba el humo del matamoscas en medio del paladar y se clavaba las lavativas para que se    le enmudeciera la sangre por un rato.

Y después de meses, de años,  cuando el paladar se le iba acostumbrando al regusto del humo escabechado, la amargura cambió de sabor. Sin aviso y sin señales de la naturaleza llegó al correo una carta con su nombre, sin remite y con las mismas letras redondas que el paquete que lanzó la avioneta. Cuando le volvieron esas tiriteras que espantaban a las tórtolas, su padre y yo le subimos a la sierra la mitad caliente de la carta, la otra mitad era tan triste que la molimos hasta hacerla harina. Dentro del sobre que le entregamos amarilleaba un recorte de periódico con la fotografía que el Padre Antonio le hizo la primera vez que se murió, y una nota con letras redondas que contaba que, no he podido ir a curarte las goteras del pecho porque el ventrílocuo no quiso devolverme el corazón. Cuando Amalio Picón leyó que María le había llenado el depósito del pulverizador con besos de estraperlo, no solo aceptó que sería un sonámbulo perpetuo, sino que empezó a contarle a los olivos del berrocal, llamándolos por sus nombres de pila,   que desde que se fue el circo,  la sangre se le había llenado de sonajeros hechos de cristales rotos. Y a la luz del carburo y por mitigar la soledad de las noches,  empezó a escribir en el suelo del olivar frasecitas salidas de los descansillos de sus venas. Pintó en la tierra que las penas de amor no se reparten como las jícaras de chocolate, sino que a cada uno le tocan las suyas enteras,  y   que el hambre de besos no se alivia meciendo los labios, sino gastándolos.

Por el tiempo en que llegó la electricidad,  el obispo Doroteo mandó una comisión de expertos para probar si, como decía el Padre Antonio Aguilar,  el aceite del Amalio se había contaminado con milagrinos de pueblo. Cuando subieron a la sierra y lo vieron con el pulverizador colgando del cuello y con las lavativas en las orejas, llegaron a la conclusión sumaria de que aquel híbrido de hombre y jaramago había deshecho   el camino de la muerte   por cuenta propia y sin mediación divina. Negaron   que los olivos de los peñascales    se retorcieran para enterarse de por qué   olía a esquinas sin barrer,  y cegaron toda posibilidad de   que cuando el hijo del molinero les escribía en su suelo, chuparan las letras por las raíces,  se contaminaran con sus penurias y se comportaran como si hubieran aprendido a leer solos.

Pero dijera lo que dijera    el obispado, cuando llegaban   esos días de marzo en los que se buscan los besos guardados en los armarios de invierno, todos íbamos al molino con nuestra botella de  “La Casera” para hacernos un bálsamo a la medida de nuestras escoceduras de amor. No necesitábamos explicar lo inexplicable,  sencillamente sabíamos que cuando el aceite de los olivos del Amalio se mezclaba con polvo de piedra pómez, se suavizaba la tartamudez de las primeras citas. Sabíamos que   cuando los candiles se rellenaban con clavos de olor, San Antonio de Padua se mataba buscando los besos perdidos en las discusiones de parejas, y sabíamos que cuando el aceite de los berrocales se endulzaba con cilantro, a los que teníamos apagada la bragueta, se nos inflamaba la sangre con un gas carbónico que hacía que las camas antiguas se vinieran abajo en aventuras de alcoba, lo sabíamos, sin más.

Y entre lléname la botella con asperón para hablarle sin durezas,  y  entre dame un litro con hilo de bramante para mantenernos de una pieza cuando vengan torcidas, su padre, sin dar muestra de enfermedad alguna, se murió    lo mismo que se mueren las cucarachas, en silencio, con el polvo de la mitad fría de la carta en el bolsillo y podrido de pena por su hijo.

El día de verano que Amalio bajó al pueblo para enterrarlo, había una calima tan espesa que los jornaleros que no tenían tierra fantasearon con sembrar patatas en los rincones del aire. Hizo tanto calor que a los que   se le mezclaron las lágrimas con el polvo del desierto, vieron jadear hasta los gallos de las veletas. El mundo estaba tan sucio y tan desenfocado que Amalio no fue capaz de leer el nombre de su padre en la lápida,  pero  en medio de aquella niebla caliente, supo que el Circo Roma estaba volviendo porque sintió   las mismas vibraciones que la tarde que temió que los pollos le salieran del revés.

Cuando llegó del cementerio,  Amalio se encerró en el molino y se metió un tapón de esparto en la garganta para que no se le escaparan sus escombros de vida. Cuando se dio cuenta de que estaba brillando por las verijas, para que la luz no le atravesara la ropa, se vistió con la misma pana negra de los domingos de otro tiempo, y bajo la calima asfixiante de julio, se presentó delante de la taquilla del circo y durante los cinco días y las cinco noches que duró el montaje, no se movió ni para mear.

Para quitarlo de la resolana, los trabajadores del circo le vendieron una entrada de ensayos cuando vieron que los gorriatos se bañaban en el charco de sudor del Amalio. Aunque se sentó en el mismo sitio, con la misma ropa y con el pellejo plastificándole los huesos, no quiso probar bocao porque dijo que  le sobraba con comerse el coco. No le importó   que el número de las culebras hambrientas se hubiera sustituido por una exhibición de rayos láser,  pero el peso de la vida se le multiplicó por cien en cuanto se enteró de que el juego   de las adivinaciones se había cambiado   por hologramas de dinosaurios.

Por entonces ya era demasiado tarde para contarle al Amalio que la otra mitad   de la carta venía del hospital psiquiátrico de Mérida.  Y que, aunque solo eran recortes de periódicos quebradizos como el hojaldre, allí estaba escrita   la historia de una pitonisa de circo que había abierto en canal a un   ventrílocuo para recuperar el corazón que le prestó cuando era niña.  Se decía también que se murió en silencio y aferrada a la foto de un extraterrestre amarillo que tenía pinchadas dos lavativas negras en las orejas, y se contaba que un molinero y su amigo   la tiraron a puñados en un olivar pedregoso y hecha ceniza fina para que no tardara en mezclarse con la tierra.

Después de una semana de ensayos, cuando los empleados del circo empezaron a desempolvar al Amalio como si fuera parte del graderío,  apareció en medio de la pista una joven vestida de blanco gaseoso que lo llamó por su nombre. Amalio, le dijo,  tu aceite me trajo el sabor de los besos que no nos dimos. Cuando Amalio se dio cuenta de que era María, y de que no había envejecido ni una hora desde la última vez que se vieron,   se le aceleró tanto la sangre pegajosa  que su tiempo se le  resbaló por un tobogán de manteca caliente hasta acabar pareciendo más viejo que  su difunto  padre.

Cuando ella se mojó los labios con el aceite amargoso del berrocal, Amalio se encendió un Celtas Cortos para anestesiarse el pecho. Aquella distancia sideral fue lo más cerca que estuvieron nunca de un beso, pero como se le fueron callando los ruidos de la sangre, Amalio  no solo lo sintió  como un choque de labios imantados, sino como una sobredosis de tila y melisa que le barrían los ripios de las venas y  que lo llamaban al sueño dulzón de los parvularios.

Y cuando ella le estaba diciendo que aunque la vida les había condenado a un amor sin flores, y que en el futuro se querrían   profundamente y por las raíces como los olivos,  un fallo del suministro eléctrico la dejó congelada y transparente en medio de la pista y de la noche.  Aunque al Amalio,  petrificado y con la mirada agrietada de otro tiempo  se le quemaron los labios con la colilla del cigarro,  no fue capaz de darse cuenta de que aquel maniquí de cristal solo era un montaje holográfico. No supo ver el truco organizado por el circo porque, para entonces las venas se le habían llenado de silencios amables,  el corazón le había taponado las goteras del pecho y, después de tantos años, se había quedado tan dormido que lo dimos por muerto por segunda vez.

Apenas lo lloramos. Lo tiramos al olivar desmigajado y sin lágrimas porque sabíamos que en cuanto sus cenizas molidas tocaran el mismo suelo en donde echamos a la   pitonisa,  los olivos más viejos dejarían que   se fundieran entre las raíces y que  volvieran juntos hechos aceite de berrocal.  Nos despedimos sin aspavientos porque sabíamos que  cada año  volverían para meterse en nuestras vidas,  juntos dejarían que el hambre los mezcle con pan, el amor los  unte con besos y dejarán  que, la gente como yo, los revuelva con claves de sol para cantarle las cuarenta a las trampas del olvido.