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121.- Memoria de una aceituna

Cloe Lagunas

 

Hace mucho frío en esta ciudad y tengo la boca reseca de inhalar escarcha.

Las calles se parecen demasiado al negativo de una fotografía sin revelar. Durante este exilio mi estado de ánimo estaba adoptando una textura acorde con la delgadez de los periódicos durante el mes de agosto, con una ciruela pasa, con un corazón sin vino…

Me subo al vagón del tren mientras bebo unos tragos de mi enorme lata de cerveza porque siento que el alcohol le baja un poco el volumen a la realidad. Me falta un aperitivo como acompañamiento por lo que rebusco en mi equipaje algo para comer. Acaricio un paquete envuelto en papel de plata.

— ¡Las olivicas de mi abuela! — Cierro los ojos y emito un suspiro tan profundo como los ojos de un ahogado. Ocurre entonces un hecho insólito: los pedazos de aceituna que machaco entre los dientes consiguen ejercer el poder de la “magdalena de Proust” y trasladarme a mis campos de Úbeda.

La fotografía que me envuelve tiene ahora colores radiantes. Camino entre olivos cerca del cortijo de mis abuelos. Llevo puestas las katiuskas, la ropa más vieja que recuerdo y unos guantes en las manos

— ¡Cada mochuelo a su olivo! — La que grita es nuestra abuela Micaela, es la señal que nos indica que podemos comenzar a varear. A cada uno de sus nietos le corresponde un olivo. Colocamos las lonas con cuidado y recogemos las aceitunas que ya están esparcidas por la tierra.

Subida a una pequeña escalera comienzo a agitar las ramas de mi olivo con una vara que perteneció a mi padre. El sonido de las aceitunas al caer me recuerda a las gotas de lluvia sobre el tragaluz de mi cuarto.

Imagino que lo estoy peinando y quiero que luzca majestuoso.

Observo como mis primos golpean con saña sus olivos hasta arrancar algunas ramas.

—Con cuatro vareos es más que suficiente, ¡no seáis brutos! Son nuestra herencia, quizá un valioso legado para toda la humanidad y debemos tratarlos con mimo para asegurarnos el oxígeno y cosechas prósperas en el futuro.

—La filósofa de la vara…— entonan al unísono— ¡No te enfades, primica!, estas aceitunas son bastante guerreras y no se sueltan con facilidad.

Me aproximo con la vara en la mano con actitud amenazante pero no soy capaz de gritar.

El tren en el que viajo sufre una parada repentina. Me despierto sobresaltada y percibo que todo vuelve a lucir en blanco y negro y el resto de viajeros del vagón no me pierden de vista. Imaginan que estoy soñando y doy rienda suelta a mis ficciones levantando mi cuerpo del asiento, sacudiendo la mano hacia el cielo y elevando el tono de mi voz con expresiones que no son capaces de comprender.

Ante sus rostros de desconcierto frente a esta performance improvisada, sonrío con timidez, cierro los ojos y vuelvo a introducir un puñado de olivicas en mi boca.

Entiendo entonces que los recuerdos manejan mis hilos, silenciosos e invisibles. Me inyectan órdenes aleatorias de las que no formo parte y ese sabor familiar actúa sobre todo mi mecanismo sin pedirme opinión. Me convierto en una marioneta con forma de humana que recoge su lona plagada de aceitunas para trasladarla a la almazara situada en el cortijo de mis abuelos.

Mi abuela, con una gran sabiduría en el proceso de recolección, acaricia el fruto con delicadeza: —Están en el estado perfecto para su molturación —indica con satisfacción.

Me encanta ser testigo de este proceso cargado de magia. Las aceitunas se van triturando lentamente y se rompe su estructura obteniendo una masa que pasa a unos batidores que homogeneizan la pasta y unen las moléculas del aceite.

Los batidores están controlados por agua que se añade de forma adecuada para controlar la temperatura y facilitar la extracción del aceite.

Una vez terminado el proceso de batido pulso el botón correspondiente porque ha llegado el momento del alpeorujo: se aplica un centrifugado igual que en la lavadora donde se separa la parte líquida (aceite) de la parte sólida (piel y hueso). La parte líquida obtenida se lleva a una centrifugación vertical que permite separar el aceite del agua. A continuación, el aceite obtenido pasa por un proceso de decantación donde se elimina la mayor cantidad de impurezas y se almacena esta pócima extraordinaria en depósitos de acero inoxidable que después colocaremos en una bodega climatizada, protegidos de la luz y el calor, a la espera de ser envasados.

Estas botellas de “oro líquido” han sido el sustento de mi estirpe durante siglos y contienen en su esencia nuestras lágrimas, nuestra bilis, nuestro sudor, nuestros desvelos…

Ante un año de cosecha insolente, las cuentas no cuadraban y la producción de aceite no era la suficiente para cubrir los gastos. Mi madre aprovechó con eficacia sus insomnios y nos sorprendió en el desayuno con un completo informe con minuciosos planos trazados a mano. Había proyectado rehabilitar el inmueble abandonado que utilizábamos como trastero en la entrada del cortijo para convertirlo en un alojamiento rural.

En las tierras de viñedos ya estaba más que explotado el enoturismo y era un momento excelente para dar a conocer nuestros excepcionales olivares, el proceso de elaboración del aceite, un producto imprescindible en nuestra dieta, así como la posibilidad de catar el producto o apadrinar un olivo con su certificado correspondiente. Además se daba la posibilidad de completar la plácida estancia con distintos tratamientos de belleza con el aceite de oliva como elemento primordial.

Unos dedos extraños masajean mi cara pringosa embadurnada con miel y aceite.

El revisor no ha tenido más remedio que golpearme con suavidad en la sien para despertarme del letargo y comprobar mi billete.

¡No me puedo creer que siga inmersa en esta radiografía! Con una forzada amabilidad, le pido disculpas y saco el billete de la cartera.

—Disculpe señorita, va a tener que abandonar el tren en la próxima parada. Su billete no tiene validez en este viaje —argumenta en su gris realidad sin mirarme a los ojos.— Ni siquiera pertenece a este país. No entiendo cómo ha podido franquear el control de seguridad de la estación…

Levanto las cejas desconcertada y restriego un pañuelo de tela por mi rostro empapado de aceite.

—Espere un momento… —le suplico visiblemente alterada mientras escarbo bajo los asientos. —¡Tiene que ser un error!

El revisor (que no ha aprendido a gesticular) me devuelve el billete con indiferencia.

Se trata de un boleto para realizar un trayecto de 55 km sobre la “Vía Verde del Aceite” en Jaén, mi tierra.

—Usted no parece satisfecho con su vida. ¿Le apetecería sumergirse en un mar de olivos para lapidar todo ese desánimo? — Introduzco una porción de aceitunas en su boca para silenciar su respuesta. —Cierra los ojos y disfruta del viaje. Me bajaré en la próxima parada, ¡te lo prometo! —Palpo el fondo del envase y compruebo que ya van quedando pocos ejemplares para seguir fantaseando, para revelar en esta lúgubre oscuridad tantos negativos que tenía apartados en un cajón polvoriento de la memoria de mi familia.

Vuelve a despertarme del ensueño el mustio revisor que recuerdo: — ¡Abra bien los ojos, señorita, disfrute de este trayecto fascinante! —insiste ejecutando una ingeniosa reverencia. Parece emocionado y radiante mientras se contonea por los pasillos de este ferrocarril del siglo XIX que perteneció a la línea de Linares-Puente Genil y se dedicó, a lo largo de buena parte del siglo XX, al transporte de distintos metales procedentes de las minas linarenses y, especialmente, del abundante aceite de oliva hacia los mercados del sur peninsular, por lo que popularmente se le denominó el “Tren del Aceite”.

— Comenzamos nuestra ruta en la ciudad de Jaén, preparados para atravesar una infinita cobertura de olivos, atravesando nueve impresionantes viaductos metálicos de finales del siglo XIX. Sobre este tapiz punteado, en la Vía Verde del Aceite podrán disfrutar de un territorio lleno de atractivos paisajes y del legado de una historia sensacional. — El revisor (antes marchito) se encontraba en plena floración, repleto de entusiasmo.

En 1971 (el año en el que asomé mi cabeza al mundo) este tren quedó abandonado por diversas razones técnicas hasta su cierre completo para el transporte de viajeros y mercancías en el año 1985.

Durante mi infancia recuerdo meterme en algunos de estos vagones abandonados sobre las vías para jugar a que viajábamos en una máquina del tiempo. Posteriormente se convirtió en un pasillo verde para recorrer en bicicleta o caminando abrazando un contacto directo con la naturaleza.

Después de un conmovedor itinerario por mis raíces, el flamante revisor y servidora nos alojamos en un par de habitaciones de “Óleo”, la casa rural que con tanto esfuerzo había edificado mi familia en el cortijo.

Era regentada en la actualidad por los Traore, una familia de refugiados que huyeron de Mali y a los que mis abuelos ofrecieron hospedaje y empleo.

Se defendían con soltura en nuestra lengua y aprendieron en poco tiempo el oficio para elaborar nuestras codiciadas botellas de aceite de oliva virgen extra.

Vareaban los olivos como si llevaran toda la vida haciéndolo. También se encargaban de diseñar las catas y de realizar rutas a través de los campos de olivos en las que había que seguir las indicaciones de un mapa en el que aparecían pistas misteriosas.

Tras una ducha reparadora, me atreví a realizar una de esas rutas. Cogí una mochila en la que introduje agua, algunos víveres y el mapa enigmático que reposaba en mi mesita de noche.

Comencé la aventura con la seguridad de conocer a la perfección el terreno que pisaba desde que tenía uso de razón.

En algunos de los olivos colgaban pedazos de tela, como ropa tendida en una cuerda, en los que había escritos fragmentos de poemas:

“Los olivos,
están cargados
de gritos.
Una bandada
de pájaros cautivos,
que mueven sus larguísimas
colas en lo sombrío…”.

“Paisaje” de Federico García Lorca.

Nuestra misión consistía en unir todas las piezas del puzle esparcidas por el campo para completar todas estas poesías trasquiladas.

Me dejé llevar por la emoción por ser una ferviente lectora apasionada de la poesía.

Tropecé en una zanja enorme, estando solo a una estrofa para alcanzar la meta.

Grité de rabia y de dolor… Había regresado a un andén en blanco y negro

Dos fornidos vigilantes me empujaban con violencia de este tren en el supuestamente viajaba como polizona.

En este gélido rincón todo se incrementaba (menos las temperaturas): las esperanzas y la desesperación, el tedio y las oportunidades de transformación…

En este teatro mi vida aún esperaba a ser abierta. Bebo mi última cerveza y compruebo con desesperación que ya se han terminado mis aceitunas milagrosas.

En mi bolsa de aseo guardo una pequeña botella de cristal de “Óleo”, el pigmento que ha bañado nuestros platos desde tiempos inmemoriales.

Encuentro una panadería en mi camino extraviado. Compro una hogaza y vierto sobre su miga las últimas gotas de aceite que conservo.

Regreso a mi pueblo pero esta vez no pienso marcharme. Necesito el color de mi tierra y el aroma de los olivos en cada inhalación.

Y pongo punto final a esta historia insólita lanzando tres olivas sobre la tierra cruzando los dedos para que se conviertan en puntos suspensivos…

 

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