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120.- Lázaro

Julio César Bojórquez Hernández

 

Al final de sus días, Lázaro Siles, patriarca de la familia más rica de Andalucía, decía que el Camino de Santiago es una ruta espiritual para que los hombres comunes alcancen la iluminación, pues conecta directamente al cielo con la tierra. Todos le creían loco.

Piloto aviador durante la Guerra Civil, se culpó durante varios años por su participación en el bombardeo de Jaén, ciudad donde nació, causando 157 muertos y 280 heridos, entre ellos Juan Ignacio Cazorla, su mejor amigo de la infancia.

Despertaba todas las noches con ataques de pánico gritando –¡Solo seguía órdenes!, ¡solo seguía órdenes! –por lo que al finalizar el conflicto bélico, dejó la Fuerza Aérea, compró una finca en las afueras de Martos y se dedicó a la producción de aceitunas.

Ahí conoció a Azucena, una hermosa joven de piel canela y cabello negro rizado. Se vieron por primera vez en la misa dominical, en la Parroquia de Santa Marta, cuando ella leía el evangelio frente a los feligreses. Fue amor a primera vista.

Se escribieron cartas durante un año y se casaron en el mismo lugar donde se conocieron. Juntos construyeron una almazara y prosperaron económicamente. En el pueblo se les percibía como una pareja feliz; pero después de tres años, no lograban tener familia.

Lo que nadie sabía, es que su matrimonio era una pesadilla. Él despertaba todas las noches llorando, atormentado por su pasado, hasta que su joven esposa se levantaba, le abrazaba amorosamente para entibiar sus escalofríos y le llevaba de vuelta a la cama.

–Estoy maldito mujer, ni siquiera puedo darte un hijo, deberías dejarme –sollozaba frustrado–. Así pasaron 5 años, hasta que una noche de primavera, el 1 de abril de 1944, el fantasma de su amigo, el difunto Juan Ignacio Cazorla, se le apareció en un sueño.

–Lázaro, peregrina hasta Compostela para aliviar tu culpa –le dijo–. Recoge un carbón de tu estufa y llévalo hasta la esquina de Mesones y Progreso, en Jaén. Reza un rosario en el sitio conocido como La Fontanilla, después confiésate y emprende el Camino Mozárabe.
Lleva el trozo de carbón hasta la Cruz de Hierro, en el punto más alto del recorrido, ahí lo lanzarás a tu espalda y seguirás andando, sin voltear. Al llegar a Santiago, abraza al Apóstol y eleva una plegaria por las almas que tomaste. Así podrás dormir –concluyó.

Desde esa noche, los ataques de pánico se redujeron y al amanecer, Lázaro despertó plácidamente abrazado de Azucena, quien lucía radiante por el descanso reparador. Él le contó lo que había soñado, luego la miró fijamente a los ojos e hicieron el amor.

A la semana siguiente cumplió su promesa. Tomó un trozo de carbón del fogón y salió de la finca con su vieja mochila de aviador. Llevaba dos mudas, una cantimplora y una botella de su propio aceite para remojar el pan y frotarse las piernas.

Llegó a La Fontanilla pasadas las 3 de la tarde, se arrodilló con el carbón entre las manos y rezó el rosario ante el asombro de los pasantes, luego caminó hasta la Catedral y se confesó:

–Padre, hace 7 años volé mi avión sobre la ciudad y maté a 157 personas.

Esa noche durmió en Jaén, en casa de su madre y al día siguiente, salió a las cinco de la mañana en la oscuridad de la madrugada. Al abandonar la ciudad, únicamente la luz de la luna vestía de plata los olivos centenarios que le acompañaban en el camino.

El amanecer le sorprendió entre Torredelcampo y Jamilena, se detuvo mirando al norte y le maravilló el resplandeciente sol dorado bañando el mar de olivos que se extendía hasta perderse en la lejanía. Ahí entendió que jamás volvería a ser el mismo.

Los mismos árboles cuyos frutos habían proporcionado sustento a él, su mujer y su madre durante los últimos 5 años, ahora cobraban vida y se convertían en una obra de arte viviente que inundaba sus sentidos y le invitaban amorosamente al renacimiento.

Volvió a Martos pasado el mediodía, pues la ruta mozárabe cruza esta población en dirección a la ancestral Mérida y al llegar a su casa, Azucena le esperaba con una pipirrana elaborada con el aceite de su finca y un delicioso conejo con aceitunas.

Durante el almuerzo, Lázaro le contó el espectáculo que acababa de presenciar y al caer la noche, se entregaron apasionadamente. Ambos sabían que no volverían a verse durante meses; pero entendían que esto era necesario para que él pudiese recuperar la paz.

Los primeros rayos del sol los sorprendieron acurrucados en la cama, por lo que apenas se despidió, salió apresuradamente rumbo a Alcaudete. Esta vez el mar de olivos le acompañó todo el día, hasta que la imponente torre del castillo del pueblo irrumpió en el paisaje.

Durante las siguientes cinco jornadas recorrió Baena, Castro del Río, Espejo y Santa Cruz. El cansancio de la caminata, el aroma a tierra, los cortijos y los olivares poco a poco reconfortaban el espíritu de Lázaro, hasta que al cabo de 5 días, llegó a Córdoba.

Había visto la mezquita varias veces desde el aire en su Fiat Cr32, pero jamás imaginó la grandeza que se levantaba frente a sus ojos cuando atravesó el Guadalquivir sobre el Puente Romano y rodeó la enorme construcción hasta el patio de los Naranjos.

Ingresó al inmueble y quedó maravillado por los mil trescientos arcos que sostienen el templo, hizo oración en la Capilla Real, luego salió y descansó unos momentos en la Fuente de Santa Ana, bajo la sombra del olivo centenario que la resguarda.

Llenó su cantimplora y se sentó unos momentos en silencio hasta que un anciano cura franciscano se acercó y rompió la quietud para contarle que la Mezquita alguna vez fue el segundo templo musulmán más grande del mundo, solo después de La Meca.

Lázaro sacó una pieza de pan, la remojó con el aceite que llevaba consigo, compartió un trozo con el clérigo y le preguntó:

–¿Cómo puede haber una catedral dentro de una mezquita? –a lo que el religioso respondió:

– Dios está en todas partes.

–Él no estaba en Jaén el 1 de abril de 1937. Muchas personas inocentes murieron ese día y nadie lo evitó, yo mismo volé mi avión escoltando un bombardero que destruyó la ciudad y ningún ángel bajó del cielo para evitarlo –reprochó Lázaro.

–La divinidad que buscas no está fuera de ti, sino en ti mismo. ¿Acaso escuchaste esa voz interior que te rogaba derribar el bombardero? Dios está ahí, siempre, en cada uno de nosotros, solo que a veces no lo escuchamos –replicó el cura. Luego se levantó y se fue.

–¡Yo solo seguía órdenes, si hubiera derribado el bombardero, me habrían matado! –le gritó Lázaro mientras se marchaba.

–Si hubieses muerto habrías descansado en paz los últimos 7 años –respondió el religioso sin voltear, justo antes de perderse entre la multitud.

Esa noche volvió a tener ataques de pánico. –¡Yo solo seguía órdenes!, ¡solo seguía órdenes! –gritaba por todo el albergue despertando al resto de los huéspedes–. ¿Cómo podía el anciano saber que hasta hacía un par de semanas llevaba 7 años sin dormir?

Al día siguiente partió a Mérida. Las palabras del viejo cura le acompañaron durante los 9 días de trayecto, pero el cansancio de cada jornada, la blancura de los cortijos y el mar de olivos que bordeaba el camino apaciguaron sus pensamientos y llenaron su alma de paz.

Llegó un martes por la tarde y quedó asombrado por la majestuosidad del Templo de Diana, dejó sus escasas pertenencias en el albergue y salió a buscar el antiguo Teatro Romano, recientemente reconstruido, siempre erguido ante el paso del tiempo.

Lo encontró justo al lado de un enorme anfiteatro, donde se imaginó convertido en un gladiador que luchaba contra los fantasmas de su pasado. Los ataques nocturnos habían cesado, se sentía fuerte física y mentalmente, listo para proseguir hasta Santiago.

Las tres semanas siguientes, el paisaje fue cambiando poco a poco. Dejó atrás sus queridos olivos del Camino Mozárabe y lentamente se introdujo en las verdes praderas y campos cerealeros de la Vía de la Plata que conecta Mérida con Astorga.

En esta ciudad admiró el Palacio Episcopal que parecía salido de un cuento de hadas. A diferencia del resto de los albergues, en Astorga se encontró con muchísimos peregrinos que venían de todas partes de Europa. Al día siguiente partió a la aldea de Foncebadón.

En el camino pudo darse cuenta de que ya no iba solo. Decenas de personas caminaban todos los días 20 o 30 kilómetros con un mismo fin: llegar a Santiago de Compostela. Ya no era un piloto solitario en busca de redención… nuevamente era parte de un escuadrón.

Al caer la noche las estrellas brillaban radiantemente y el viento de la montaña evocaba en sus recuerdos al viejo cura.

–¿Cómo sabía que no dormía desde hace 7 años? –se preguntaba–. Quizá lo adivinó por la fecha del ataque –respondió para sí mismo.

Durante la madrugada, despertó al escuchar varios aviones que se acercaban a lo lejos, segundos después, el sonido vibraba sobre su habitación. Advirtió que se trataba de aeroplanos italianos y alemanes por el ruido del motor.

España se había mantenido neutral durante la Segunda Guerra Mundial, pero frecuentemente, aeronaves de todos los bandos atravesaban su territorio. –Seguro es un caso más de violación del espacio aéreo –pensó mientras volvía a acomodarse en la cama.

Repentinamente, el techo se destruyó en mil pedazos y se vio envuelto en una enorme bola de fuego. Un estallido desencadenó la explosión inmediata de todo su cuerpo, esparciendo sus huesos, su piel y sus órganos en todas las direcciones posibles.

Sentía que se le quemaba el alma, el ardor era indescriptiblemente insoportable. Su último pensamiento antes de morir fue hasta Azucena, su amada Azucena. Luego, el dolor desapareció. Ya no estaba en Foncebadón. Ahora se encontraba en Jaén.

Era apenas una pequeña esfera de luz azul que flotaba alrededor de la plazuela de La Fontanilla. Solo podía ver escombros, sangre, restos humanos y decenas de heridos clamando ayuda. Al parecer había regresado al día del bombardeo.

Sobre el piso, al lado de lo que quedaba de una pequeña fuente, una mujer embarazada agonizaba en un charco de sangre mientras se tomaba con fuerza el vientre. A dos metros de ella, yacía desperdigado el carbón que había comprado para preparar el almuerzo.

–Primero fusilaron a mi esposo y ahora, no solo me arrebatan la vida, sino la de mi pequeño bebé, ¿qué os ha hecho él?, si ni siquiera alcanzó a nacer, ¿qué os ha hecho él? Malditos aquellos que asesinan al amor, malditos sean –susurró dolorosamente antes de morir.

En ese momento, la luz en la cual se había transformado, se apagó repentinamente, cayó sobre el piso, ya no podía volar. Yacía en el suelo al lado del cadáver de la mujer, convertido en uno más de los carbones regados sobre el piso.

Unas negras raíces salieron desde las baldosas jalándolo hacia el centro de la tierra. Se sentía abatido, oscuro, pesado. La culpa impregnaba completamente lo poco que quedaba de su ser. Ni siquiera intentó resistirse, se rindió, ya no era nada, ya no era nadie.

Su vacío era tan inmenso que se convirtió en una especie de agujero negro y comenzó a devorar todo a su alrededor, primero los carbones, luego la mujer, la sangre, los cuerpos, la ciudad entera, el mundo y todo lo que había en el universo.

Al final ya no quedaba nada, solo la oscura densidad de la culpa y el dolor. Todo lo que había en el infinito cabía en un negrísimo grano de sal. Entonces recordó las palabras del viejo cura: –La divinidad que persigues no está fuera de ti, sino en ti mismo.

–¿Podría ser que incluso detrás del hecho más abominable, pudiera existir la virtud? Al inicio de los tiempos no había diferencia entre el bien y el mal, las cosas simple y sencillamente eran –se cuestionó cuando comenzaba a colapsar contra sí mismo. –No estoy orgulloso de lo que hice, es imposible cambiarlo y hoy, en este último instante, asumo la responsabilidad de mis actos. Sí, recibía órdenes, pero siempre, siempre tuve la opción de elegir, incluso a costa de mi propia vida –reflexionó antes de desintegrarse.

Desapareció… y con él, desapareció el universo entero. Ya no había absolutamente nada. La paz y la reconciliación que tanto había añorado se apoderaron del infinito. Todo era oscuridad, una dulce, plácida e indescriptible oscuridad. Así permaneció una eternidad.

De pronto, una vaga idea interrumpió su estado de plenitud: el amanecer frente al mar de olivos. El surgimiento de ese recuerdo, en medio de la nada, desencadenó una gigantesca explosión que llenó todo de luz y materializó a su paso todas las cosas posibles.

En ese mismísimo instante, lenta… y milagrosamente… abrió los ojos en su habitación. Los primeros rayos del sol entraban por la ventana de su cuarto en Foncebadón. Ni siquiera despertó sobresaltado, por el contrario, su alma vibraba ecuánime y apaciblemente.

Lo primero que vio fue el trozo de carbón que la noche anterior había caído de su mochila. Entonces lo entendió todo, realmente había muerto aquella madrugada; pero hoy, la vida le había regalado una nueva oportunidad.

Se vistió, tomó sus cosas y emprendió el camino. Menos de 30 minutos le separaban de la Cruz de Hierro. Al llegar, miró el mítico poste coronado por una pequeña cruz metálica levantándose sobre la gran pila de rocas que dejan los peregrinos en el lugar.

No dudó siquiera un instante. Ahí, en el punto más alto del Camino de Santiago, avanzó decididamente frente al monumento, tomó el trozo de carbón en sus manos, lo besó para agradecer las enseñanzas recibidas y lo lanzó a sus espaldas para iniciar una nueva vida.

Al hacerlo se sintió completamente feliz, las lágrimas refrescaron su rostro con alegría. Recordó todas las noches sin dormir, los ataques de pánico, a Azucena, su incondicional Azucena, al viejo cura, pero sobre todo a Juan, estaba infinitamente agradecido con Juan.

–No puedo cambiar lo que hice, pero sí puedo cambiar lo que haré a partir de hoy. Juro que tu sacrificio, y el de todos los hombres y mujeres que murieron en esa guerra, no será en vano. Te amo querido amigo, muchas, muchísimas gracias –se repetía mientras caminaba.

Los siguientes días se enamoró perdidamente de los bosques gallegos. Los viejos carvallos que le escoltaban a cada paso aminoraban el dolor de sus pies, su ropa estaba percudida, su piel quemada por el sol y había perdido más de diez kilos.

Sin embargo, su espíritu se fortalecía en cada etapa. En Cebreiro le sorprendieron las casas estilo medieval de la aldea, en Triacastela encontró un castaño que tenía más de 800 años y en Monte do Gozo lloró al divisar, a lo lejos, las torres de la Catedral de Santiago.

Llegó a Compostela una tarde lluviosa de verano, habían pasado casi dos meses desde que partió de su casa. El barullo de la ciudad y sus estrechas callejuelas contrastaban con el silencio de los bosques, sembradíos y praderas que había atravesado.

Tal como lo indicó Juan, fue directo a la Catedral apenas llegó. Le asombró el soberbio retablo de oro coronado por la estatua del apóstol a caballo. Solo y en completo silencio, encendió una vela e hizo oración por las personas fallecidas en el bombardeo.

Después se dirigió detrás del altar, subió las escaleras que conducen a la cámara donde las personas pueden tener contacto con la efigie de Santiago, le abrazó efusivamente y bajó hasta la pequeña capilla subterránea donde descansan sus restos. Ahí, se arrodilló a orar.

–He cometido muchos errores, mis manos están llenas de sangre, pero abandonar la Fuerza Aérea ha sido la mejor decisión que he tomado. Querido Apóstol, gracias por permitirme hacer este viaje, el mar de olivos me devolvió la vida –dijo antes de partir.

Cuando salió, la oscuridad se había apoderado de la ciudad. Apenas avanzó unos metros cuando escuchó la voz del anciano cura de Córdoba.

–Parece que encontraste lo que buscabas –le dijo.

–¿Quién es usted y qué hace aquí? –respondió Lázaro atemorizado.

–El salmón nada contracorriente subiendo desde el mar hasta las montañas para desovar en el mismo río donde nació. El dolor y el esfuerzo convierten a cada ejemplar en una mejor versión de sí mismo y digamos que yo sé reconocer a un buen salmón –respondió el cura. –Lo que viviste en Foncebadón no fue un sueño, querías entender el dolor que causaste a esas personas y lo lograste; pero en tu más profunda oscuridad, encontraste la luz. Ha sido la muerte de un iniciado, pero el nacimiento de un iluminado –añadió. –Ahora, solo vine a despedirme. Levántate y anda, querido Lázaro, que tengas una hermosa vida, aprovecha esta nueva oportunidad –concluyó mientras se desintegraba en pequeños destellos dorados que iluminaron la oscuridad de esa noche sin luna.

Lázaro quedó paralizado ante el milagro que acababa de presenciar, corrió con todas sus fuerzas hasta la primera posada que encontró y volvió a Martos a la mañana siguiente. Siete meses después, nació su primer hijo. Lo bautizaron con el nombre de Juan.

Nunca logró explicarse lo que ocurrió aquella noche; pero desde entonces, durmió plácidamente hasta el día de su muerte. Tampoco volvió a ver al fantasmal anciano, ni siquiera en un sueño, pero aprendió a escucharlo en la voz de su corazón.

Se dice que a veces, cuando el destino le enfrentaba a una situación difícil, Lázaro salía a caminar al campo. Entonces, el sonido del viento al acariciar los olivos, le susurraba al oído las palabras del viejo cura: –La divinidad que buscas no está fuera de ti, sino en ti mismo.

Vivió una vida larga y feliz.

 

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